sábado, 21 de abril de 2012

Capitulo 5.-


Miley se miró en el espejo, y casi dejó escapar una queja. Parecía una niña ataviada con un vestido estrafalario; ¿por qué diablos se había dejado convencer por Daniel? Sólo era un crío, ¿qué sabía de ropa? La respuesta era sencilla: lo había hecho porque lo quería. Estaba allí, en aquella elegante mansión ateniense, a punto de casarse con un hombre a quien no amaba y que ciertamente tampoco la amaba a ella, por el niño.
Las dos semanas anteriores habían sido caóticas. Tracy y las amistades que Miley había hecho entre el personal del hotel se habían presentado el fin de semana en su casa e insistido en celebrar una despedida de soltera. Sabedores de su predilección por la ropa interior fina, le habían regalado entre todos unas minúsculas bragas de encaje y el salto de cama más atrevido que había visto nunca. Aunque no pensaba ponérselo delante de Nick, la mera idea de que la viera vestida así la ruborizaba. Por si aquello no fuera suficiente, Tracy había llevado una revista de novias para que eligiese un vestido con glamour. Cuando Miley le dijo que la boda sería una sencilla ceremonia por lo civil, Tracy argumentó que, dado que se iba a casar con un hombre tremendamente rico, lo mínimo que podía hacer era vestir a la altura de las circunstancias, así que le dejó la revista por si cambiaba de parecer.
Daniel había visto las fotografías de la revista y. tras fijarse en una modelo con un vestido idéntico al del hada que colgaba de la pared de su habitación, había insistido tanto en que Miley se pusiera aquel traje que al final ésta no tuvo más remedio que ceder. Así que, aprovechado el viaje a Londres para ver al señor Smyth, el abogado, se lo compró.
Miley no había vuelto a ver a Nick hasta el día anterior por la tarde. El ayudante personal de Nick, Alex Stakis, había llegado entonces para acompañarlos a Daniel y a ella hasta Atenas en el jet privado de Aristides. Por lo visto, Nick estaba demasiado ocupado. Para Miley eso no era un inconveniente: cuanto menos lo viera, mejor.
Él tenía la perturbadora capacidad de alterarla. El cuerpo de Miley parecía haber cobrado vida propia y no obedecía los dictados de su cerebro, cosa que a ella no le gustaba en absoluto. La última noche, después de haber persuadido a Daniel, Nick había puesto fin a las cenas tempranas de Miley con el niño e insistido en que ella cenase con él después de que Daniel se hubiera acostado. Amargamente ofendida por aquella actitud despótica, pero incapaz de discutir con él delante del niño, había accedido sin entusiasmo.
Cenar a solas con él había sido una experiencia penosa. Nick había sido muy educado; la conversación se había centrado principalmente en los preparativos de la boda para el día siguiente. Pero cada vez que él posaba su mirada en ella, Miley tenía que hacer un gran esfuerzo para no ruborizarse. La mortificaba tener que admitir que se sentía físicamente atraída por Nick. Su único alivio era saber que él no sentía nada por ella. Lo que tenía que hacer para que todo saliese bien era controlar aquel extraño sentimiento de pánico y concentrarse en Daniel.
Ella se volvió a mirar en el espejo. Desde luego, con aquel vestido, no temía despertar el interés de ningún hombre mayor de siete años. Confeccionado en seda, las mangas eran largas y anchas en las muñecas. El corpiño adornado con hilos de plata se ajustaba a sus pechos y a su cintura. La falda caía en finas capas de seda de distinta longitud sobre los tobillos No era un traje propio de Miley. Además, en lugar de los habituales tacones altos que compensaban su escasa estatura, llevaba una especie de babuchas de raso con pedrería y las puntas hacia arriba. Eso sí, al menos iba a hacer feliz a Daniel. Sin embargo, no se daba cuenta de cómo el fino tejido de gasa acariciaba sensualmente su esbelto talle a cada movimiento que hacía.
La puerta se abrió y el ama de llaves, Anna, Una mujer alta y de pelo gris, de unos sesenta años, entró en la habitación seguida de cerca por Daniel.
—Ay, Miley, qué guapa estás —exclamó el niño, con los ojos brillantes—. Exactamente como en mi dibujo del hada.
—Gracias, cariño —ella se agachó para abrazarlo.
—Tío Nick me envía a buscarte porque ya son más de las dos —repitió lleno de orgullo—. Todo el mundo está esperando.
—Es cierto, señora, y como está lloviendo ha habido un pequeño cambio de planes: la ceremonia tendrá lugar dentro de la casa en vez de en el jardín —afirmó Anna. Miley sonrió. Así que, como dijo Nick, en Grecia siempre lucía el sol.
—No hay problema —aseguró a Anna, quien, a diferencia de los otros miembros del servicio que había conocido la noche anterior, hablaba un perfecto inglés—. Tú primero, Daniel—le sonrió Miley al niño, y tomándolo de la mano se dirigieron hacia la puerta.
Nick, de pie en el vestíbulo, saludó a los últimos invitados y echó un vistazo alrededor del grupo, que sumaba unas treinta personas. Sólo había invitado a aquellos amigos y colegas que consideraba imprescindibles. Con la excusa de que se trataba de una ceremonia íntima a causa de los recientes fallecimientos que habían golpeado a la familia, había sido fácil excluir a los parientes lejanos y a los meros conocidos. Sabía que más adelante tendría que organizar una fiesta para presentar a Miley y a Daniel en sociedad, pero en aquel momento lo más importante eran los negocios. Su prioridad era asegurarse de que su matrimonio con Miley Cyrus se celebraba sin obstáculos y que ella se convirtiera en su esposa. Para ello, no era preciso montar ningún espectáculo. Ya había celebrado en su día una gran boda con Tina y no necesitaba ninguna Otra.
Nick fue a hablar con su ayudante personal, Alex Stakis, quien también actuaba como su testigo, y de repente se dio cuenta del extraño silencio que se había adueñado del lugar. Nick se dio la vuelta y se quedó de piedra. Bajando por las escaleras de mármol brillaba con luz propia una visión encantadora, una joven que parecía recién salida del sueño de cualquier hombre. La idea de que aquella mujer, Miley, estuviese a punto de convertirse en su futura esposa le proporcionó una sensación de placer que inundó su poderoso cuerpo; una sensación que no tenía nada que ver con los negocios, sino con la tensión sexual que se iba acumulando ante la expectativa de la noche que tenía por delante.
El pelo rubio ceniza de Miley estaba suelto y caía en tirabuzones sobre sus delicados hombros. Su vestido era una fantasía en blanco y plata, con mangas largas y un pronunciado escote en uve que revelaba las cremosas curvas de sus pechos y seguía fielmente las exquisitas líneas de su cuerpo. La falda le ceñía las caderas y daba la sensación de que flotaba en una corriente de capas transparentes que envolvía sus piernas y muslos, anunciando su piel aterciopelada según iba descendiendo la escalera de mármol. Sus pequeños pies calzaban unas babuchas de reminiscencias orientales. Y como remate, en la cabeza llevaba un tocado de plata con pequeños capullos de rosa. Miley bajaba llevando a Daniel de la mano. No paraban de sonreír.
Durante un buen rato, Nick no hizo otra cosa que contemplarla. Tuvo la fugaz sensación de que ya había visto a Miley vestida así, aunque era imposible. Estaba deslumbrante.
No llevaba mucho maquillaje, el efecto era asombroso. Una vaga sombra acentuaba sus chispeantes ojos violetas y un toque de rímel remarcaba sus largas pestañas. Tenía los labios pintados de rosa y su blanca piel nacarada estaba matizada con un rubor natural Estaba encantadora, era la novia perfecta: inocente y sin embargo, sensual.
No obstante, como advirtió Nick contrariado, vestida así, parecía fuera de lugar en aquella pequeña ceremonia civil. Él le había dicho que sería un evento sencillo, aunque, en definitiva, aquélla era la boda de Miley.
—Miley, estás muy hermosa —dijo galante con una sonrisa.
—Gracias —lo miró sin molestarse en devolverle la sonrisa—. Daniel eligió mi vestido, ¿verdad, cariño? —dijo mirando al niño.
Nick no pudo evitar una sonrisa irónica. Si aquello era cierto, el niño era extraordinariamente precoz en cuanto a las formas femeninas. De repente, al inclinarse Miley sobre Daniel, Nick vio más de sus pechos de lo que resultaba prudente en el estado de semi erección en el que ya se encontraba. Para colmo, el amor incondicional que expresaban los ojos de ella al mirar al niño le daban un aura luminosa que no hacía sino empeorar la situación. Jamás ninguna mujer, ni siquiera su propia madre, le había mirado así. Pero qué importaba, pensó cínicamente. Tenía todo lo que deseaba, o lo tendría aquella noche, se corrigió.
—La ceremonia aguarda —advirtió mientras asía con firmeza la mano de ella.
Miley escuchó a aquel hombre pequeño con barba ejecutar el rito en griego de una tirada, con algunos pasajes en inglés pensados para ella. Respondió correctamente, sin mirar a Nick a menos que tuviera que hacerlo. Cuando éste la había tomado de la mano al pie de las escaleras, ella había sentido horrorizada cómo se le disparaban los latidos del corazón. Pero un rápido vistazo a aquella cara inexpresiva, a sus anchas espaldas, a su cuerpo musculoso, impecablemente vestido con un traje oscuro, había bastado para apaciguarle los nervios.
Nick Jonas parecía casi tan feliz como un condenado a muerte dirigiéndose a la silla eléctrica. En su intento por sonreír dibujó una especie de mueca burlona. Sin embargo, aquél era un matrimonio de conveniencia, tal como ambos habían acordado, así que ella no tenía nada de qué preocuparse.
Cuando por fin se hubieron intercambiado los anillos, ella sintió una extraña sensación de alivio. Entonces el oficiante pidió a Nick que besase a la novia. Ella necesitó de todo su autocontrol para no acobardarse cuando los labios de él se posaron brevemente sobre los suyos.
—Bueno, no ha sido tan terrible como pensabas —dijo en voz baja, con aire divertido e irónico, consciente del rechazo que Miley había manifestado al principio.
En efecto, como la propia Miley reconocería unas horas más tarde, no fue tan terrible. Ella se las había arreglado para controlar su deseo de marcharse de allí siempre que Nick pasaba un brazo alrededor de su cintura, recordándose a sí misma que todo aquello era necesario por el bienestar de Daniel. Nadie parecía notar si tenía que apretar los dientes de vez en cuando para superar los pequeños temblores que experimentaba cuando él, de cara a la galería, ponía su mano sobre las suyas o le tocaba la mejilla en un gesto de aparente afecto. Y tras una larga y placentera comida y dos copas de champán, Miley, con la autoestima recobrada, estaba convencida de que ya había pasado lo peor.
Después de que Alex Stakis pronunciara un discurso y Nick dijera unas palabras, la fiesta se trasladó del comedor a un enorme salón, en una atmósfera más informal.
Miley había conocido al amigo y abogado de Nick, Andrew Stefano, y a su esposa, Mary, una abogada inglesa que tras casarse con Andrew había dejado de ejercer. Mary le produjo una buena impresión a Miley y enseguida descubrió que era madre de un niño de ocho años, Mark, y de dos mellizos, un niño y una niña, de la misma edad que Daniel, y como todos eran bilingües, los niños se hicieron amigos rápidamente.
Miley se quedó a solas un instante y se permitió lanzar un suspiro de alivio. Afortunadamente, Nick estaba conversando con Andrew Stefano y con otro hombre. Ella echó un vistazo alrededor de la estancia. Gente distinguida y sofisticada charlaba y bebía en pequeños grupos. No era su ambiente favorito, y gracias a Daniel su vestido desentonaba.
—Pareces un poco perdida —Mary Stefano se acercó donde ella estaba—. No te preocupes, te acostumbrarás —dijo mirando al grupo de hombres—. Llevo casada con Andrew nueve años y en todo este tiempo nunca he ido a una fiesta, boda o bautizo donde los hombres no terminaran discutiendo de negocios, sobre todo Nick y Andrew —dijo sonriendo.
—Entiendo —contestó Miley con otra sonrisa.
—Bueno, mira el lado bueno: al menos en la luna de miel Nick será sólo para ti.
—No vamos a tener luna de miel —confesó enseguida Miley. La mera posibilidad le hizo estremecerse—. Nick está demasiado ocupado, y yo tengo que cuidar de Dani.
—Menuda noche de bodas con tu hijo rondando para despertarte a primera hora de la mañana.
—Daniel no es hijo mío —Miley se apresuró a aclarar—. Es hijo de Delia, pero siempre he cuidado de él mientras su madre estudiaba —una triste sonrisa se dibujo en su cara—. Ahora que Delia ya no está…
—¿De Delia, dices? —la interrumpió Mary, mirándola de una forma extraña—. Comprendo. Bueno, debo marcharme y buscar a mi camada. Son casi las siete, hora de irse.
Desconcertada por el comentario de Mary, Miley reflexiono un momento. Seguramente Nick habría dicho a sus amigos que Daniel era hijo de Delia. Estuvo a punto de seguir a Mary y preguntarle, pero antes de que pudiera hacerlo apareció el oficiante, que comenzó lo que sería una larga conversación mezcla de inglés y griego. Los buenos modales la obligaron a quedarse y escuchar. Su dominio del griego era más bien escaso; se limitaba a lo que ella había podido aprender de su abuelo y de lo que Delia le había enseñado a Daniel. El niño, por su parte, a su temprana edad, había absorbido el idioma muy bien, y Miley estaba segura de que, tras unas pocas semanas viviendo en Grecia, dominaría la lengua como un hablante nativo.
Cuando por fin se quedó sola y se dirigía hacia la puerta, dispuesta a buscar a Daniel, un largo brazo se enroscó en su cintura.
—Miley, ¿vas a algún sitio?
Automáticamente se puso tensa y echó la cabeza hacia atrás para poder mirar a Nick a la cara.
—Voy a buscar a Daniel. Hace tiempo que tenía que estar en la cama.
—No hace falta. Mary y Andrew se lo van a llevar a pasar la noche con ellos.
—¿Por qué? —y sin darle tiempo a responder, prosiguió—: Daniel nunca ha pasado una noche entera sin mí —ella sintió que la mano de él le apretaba la cintura y percibió un destello de burla en sus ojos. De repente, volvió a sentir unos nervios que le resultaban familiares.
—Entonces ya era hora de que lo hiciera. Ya sé que lo quieres, pero corres el riesgo de asfixiarlo —le dijo sin rodeos. Ella abrió la boca para objetar, pero él la cortó en seco—. Antes de que digas nada, Mary se ofreció a llevárselo y Daniel está encantado con la idea. Aquí vienen.

Miley entró en su habitación y cerró la puerta. Todo había terminado. Dio al interruptor y un par de lámparas de mesa iluminaron el cuarto con una luz tenue. Por primera vez en tres años y medio no tenía a Daniel a su lado. La sensación la entristeció. Tenía que aceptar que el niño estaba creciendo; su vida, sus horizontes, como era natural, se estaban expandiendo.
Además, Nick tenía razón sobre Daniel: el niño se había marchado feliz con Mary y su familia. Cuando unas horas después los últimos invitados se hubieron ido, Miley se había quedado por fin a solas con Nick. Con el pretexto de que estaba agotada, lo cual no dejaba de ser cierto, ella había rechazado la propuesta de él para tomar una última copa.
Suspirando, se quitó el tocado de la cabeza. Entonces esbozó una breve sonrisa; al menos Daniel había visto cumplido su deseo. Entró en el baño que había dentro de la suite. Era mayor que el dormitorio que tenía en casa. Junto con los habituales complementos de lujo, había un enorme jacuzzi circular, casi lo bastante grande como para nadar en él.
Miley se desnudó, se puso un gorro de baño y se dio una ducha rápida. Ya en el tocador, cubierta únicamente con una gran toalla de baño a modo de pareo, comenzó a cepillase para quitarse los tirabuzones artificiales y devolver el pelo a su estado natural. Recogió las bragas y las depositó en el cesto de la lavandería, y colgó el traje en el vestidor adyacente. Abrió un cajón e hizo caso omiso del salto de cama, casi transparente; en su lugar tomó el camisón de algodón que le llegaba por las rodillas y que solía llevar en casa cuando andaba con Daniel. Al ver los dos osos de peluche impresos en el camisón esbozó una tierna sonrisa.
Todavía estaba sonriendo mientras volvía al dormitorio cuando tropezó con la toalla de baño.
—¡Cuidado! —dos fuertes manos la agarraron por los hombros y la ayudaron a recobrar el equilibrio—. No tienes que arrodillarte a mis pies todavía —dijo una voz profunda en son de burla.
—¡Tú! —exclamó ella mirándolo a los ojos—. No estaba arrodillándome a tus pies —replicó con brusquedad al tiempo que le apartaba las manos de sus hombros y retrocedía unos pasos—. Esta toalla es demasiado grande —y él también lo era.
Miley sintió que le daba un vuelco el corazón al clavar su mirada en aquel cuerpo alto y musculoso. Nick sólo llevaba un albornoz negro que dejaba a la vista una gran parte de su pecho moreno y velludo y de sus largas y atléticas piernas. Sin poder evitarlo, Miley pensó que tenía un cuerpo magnífico para ser banquero. De pronto Miley cayó en la cuenta de que ella sólo llevaba encima una toalla, que además, al tropezar, se había deslizado peligrosamente hacia abajo. Soltó el camisón y apresuradamente se subió la toalla de baño tanto como pudo.
—Esta es mi habitación y me gustaría que te fueras —le pidió con una voz algo vacilante.
—También es la mía, es la suite principal —repuso Nick riéndose. Miley se quedó perpleja ante tal descaro. Antes de que ella pudiese darse cuenta, y mucho menos protestar, sus fuertes manos la abrazaron por la cintura y la levantaron en vilo.
Con los pies en el aire, instintivamente ella se aferró a su hombro para mantener el equilibrio. Con la otra mano, agarró el nudo de la toalla como si visa dependiera de ello. Nunca había estado a la misma altura que él. Sólo unos pocos centímetros separaban sus caras. La turbada mirada de ella se topó con la reluciente intensidad de aquellos ojos negros. El corazón le latía con tal fuerza que parecía que se le iba a salir del pecho. Tragó saliva y se dio cuenta de que su posición era ahora mucho más comprometida. Las manos de él quemaban en su cintura, y la respiración de Miley se volvió de pronto errática.
—¿Qué diablos crees que estás haciendo? —con la cara roja de vergüenza, Miley intentó liberarse—. Bájame.
—Por supuesto —rectificó su postura de tal manera que en lugar de abrazarla con las manos por la cintura ahora con un brazo la estrechaba firmemente contra su vigoroso cuerpo y con la otra mano, enredada en la ondulante cabellera, le sujetaba la cabeza por detrás.
Ella lo miró fijamente como si estuviera hipnotizada. Vio sus facciones más de cerca. No se atrevería… o podía estar a punto de besarla…
—Pero primero… —mientras los labios de ella temblaban esperando su beso, los de él rozaban la suave piel de su garganta.
El cálido y húmedo roce de su lengua abrasó su piel, estremeciendo todo su cuerpo. La sensual boca de Nick trazó una hilera de besos desde el cuello hasta sus labios.
—No —apenas alcanzó a decir mientras intentaba resistirse, pero un extraño calor comenzó a desplegarse en el centro de su ser. Su cuerpo la traicionaba al tiempo que una marea de nuevas emociones la inundaba—. No —esa vez el susurro era más bien un gemido. Sus labios impotentes se abrieron bajo la constante presión de la boca de Nick para aceptar la sutil penetración de su lengua. Con su mano sujetándola por la nuca con firmeza, él la besó con una lenta e irresistible pasión que convirtió aquel ardor desconocido en una llamarada capas de derretirle los huesos. Ella nunca había pensado que un beso pudiera ser tan exquisito, que existiera algo tan placentero.
—¿Todavía quieres que te deje en el suelo? —la voz de él resonó en cada célula de su cuerpo.
La tentación de rendirse incondicionalmente a ese placer desconocido que él le ofrecía era insuperable. La mano que tenía en la nuca de ella descendió hasta sus desnudos hombros, abrazándola con fuerza contra sus formidables pectorales, a cuyo contacto respondieron los pechos de ella endureciéndose de forma inexplicable. La boca de Nick se volvió a posar sobre la de ella y la besó como nunca la habían besado. Ella se estremeció y se aferró a él. Las llamas del deseo ardían cada vez con más fuerza, y cuando por fin él levantó la cabeza, ella estaba impotente ante la tormenta de sensaciones que la devoraban como un fuego.
—Bien, Miley, ¿debo bajarte?—preguntó una vez más.
Ella tuvo el «no» de la capitulación suspendido en la punta de la lengua. Él deslizó aún más la mano y llevó a Miley hacia la rocosa pasión de su sexo. Oprimiéndola, sintió toda la rígida longitud de su excitación viril contra su estómago, y en un momento de claridad ella se dio cuenta de lo que podía suceder.
—Sí. Tú, tú… —angustiada, e incapaz de encontrar las palabras adecuadas, le dio un puñetazo en el pecho y comenzó a luchar como una desquiciada—. ¡Bestia!
Algo mortal brilló en las profundidades de los ojos masculinos, aunque lo ocultó enseguida.
—Está bien, ya te he oído —dijo en tono burlón, y la puso en el suelo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario