BIENVENIDA a casa, Miley. Mi hijo me ha hablado mucho de ti.
Doña Elvira parecía sinceramente contenta de verla.
Miley sonrió a la madre de Nick y miró sorprendida a este.
—Existen los teléfonos —le explicó él.
Miley volvió a prestar atención a su madre.
Por supuesto que Nick habría tenido que avisar que iba con una invitada. Había sido una tontería pensar que la habría llevado de sorpresa.
—Paquita llevará tu equipaje a la habitación. Pero antes de que os refresquéis del viaje, Carlota os servirá algo fresco. A mí me da mucha sed viajar. ¡Mi querido esposo solía decir que no podría haber sido camello en pasadas vidas! —exclamó jocosa la mujer, ofreciendo una silla a Miley—.Nick, ve a buscar a Terrina. Creo que está en la piscina, hijo. Déjame que charle con Miley. Quiero que me cuente todo sobre ella.
«¡Oh, no!», pensó Miley.
Miley sonrió al sentarse en la cómoda silla tapizada.
Había algo en lo que Nick había tenido razón. Su madre, con aquella sonrisa, aquel encanto y aquella elegancia, podía hacer sentir cómodo a cualquiera.
Mientras se habían ido acercando a la casa, a su nerviosismo se había añadido un cierto temor. Aquellas paredes blancas, aquellos arcos, portones de hierro forjado y torres le daban un aire de fortaleza árabe.
Nick la acompañó por un patio. Miley estaba demasiado preocupada como para ver la belleza de la vieja fuente de piedra, las perfumadas plantas que trepaban por las altas tapias. Se sintió tan fuera de lugar como una hamburguesa en el banquete de un lord.
Pero doña Elvira la había puesto cómoda inmediatamente, y durante unos momentos Miley intentó disfrutar de una situación que no duraría mucho tiempo.
—Un momento, mamá. Terrina puede esperar —comentó Nick.
Había otras cosas más importantes que la necesidad de echar a la bruja esa, pensó Nick. Y añadió:
— ¿Cómo está Marcus?
A final de año, su padrino había tenido un desmayo, por la tensión acumulada por el excesivo trabajo, y antes de que conociera a su hija ilegítima, y de que se enfrentase al enfado suyo por no haber asumido la responsabilidad que le habría correspondido, él necesitaba saber que estaba lo suficientemente fuerte como para enfrentarse a todo eso. A pesar de la creciente certeza de que Marcus se había comportado poco honorablemente hacía muchos años, lo seguía queriendo.
—Mucho mejor —sonrió Doña Elvira en el momento en que una criada apareció con una bandeja con bebidas frías—. Insiste en que no ve la hora de volver al ritmo de trabajo normal y de ir a la oficina de Cádiz casi todos los días —se levantó para servir el zumo helado—. Por supuesto que eso no agrada a Terrina. Ella preferiría que la llevase de compras —con el vaso en la mano hizo una pausa—. Pero me parece que Marcus ha cambiado de actitud en esas cuestiones. Ya sabemos como es Terrina... —le dio el vaso a Miley—. Perdona, Miley, este es un tema de familia que no tiene ningún interés para ti...
Se equivocaba, pensó Miley, tomando el vaso. Sus propios sentimientos acerca del inminente matrimonio de Marcus habían sido ambiguos, como mínimo. Por un lado, ella no tenía nada contra la felicidad de los demás, y la segunda oportunidad de encontrarla. Por otro, le dolía pensar que después de la muerte de su esposa podría haber buscado a su madre, y no lo había hecho. El que no lo hubiera hecho reafirmaba su convencimiento de que Molly Cyrus había sido solo una aventura para él. Los hombres de su posición no se casaban con gente de clase social más baja.
Cuando la puerta de su dormitorio se cerró y se encontró sola, Miley exhaló un suspiro de alivio. Tenía una suite, que combinaba lujo y buen gusto, cuencos con flores frescas que perfumaban el aire, y unos ventanales que daban al patio por un lado y al campo por el otro. Tenía dos horas para descansar, puesto que no la esperaban hasta la hora de la cena.
La charla con su madre, después de que llamaran por teléfono a Nick y se ausentara, había sido realmente relajante.
Con encanto y habilidad, la mujer le había sacado un montón de información. Sus humildes orígenes, el motivo por el que había dejado sus estudios en la universidad donde pensaba estudiar sociología. El dilema que se le presentaba ahora: si debía continuar sus estudios con un préstamo o seguir trabajando con Jean para pagarse clases nocturnas en la universidad local y terminar siendo secretaria.
—Estoy segura de que todo se resolverá por sí mismo —había dicho doña Elvira, poniendo su mano encima de la de Miley—. Ya verás.
Era una idea bonita. Y Miley sonrió. Pero la vida no era así de fácil, ¿no? Si dejaba todo librado a la suerte, como sugería aquella mujer, jamás llegaría a hacer nada.
Miley se quitó la chaqueta. En aquel momento entró Nick a la habitación, después de unos breves golpes que no le habían dado tiempo para ponerse nuevamente la chaqueta.
Instintivamente, Miley se tapó los pechos con los brazos.
Los ojos de Nick brillaron.
—Te he visto menos vestida. Pero me gustas cuando te pones colorada. No obstante... —se acercó a ella y le puso las manos en los hombros—. Sé lo nerviosa que estás. Te he forzado a una situación que no es de tu agrado. He tomado una decisión por ti —la miró a los ojos.
Ella se derritió con aquella mirada y casi le echó los brazos. Era capaz de hacer cualquier cosa para borrar ese enfado que tenía Nick.
—El asunto tiene que resolverse. Pero no es necesario que sea esta noche. Puede hacerse mañana. Así que esta noche puedes cenar sin miedo a indigestarte.
Cuando él le sonreía así, ella se derretía emocionalmente.
Miley tembló; todas sus terminaciones nerviosas parecían reaccionar ante aquel hombre tan atractivo, pero él solo le dio un suave beso en los labios, y luego le dedicó una elocuente mirada y se dio la vuelta para salir de la habitación, como si se tratase de un hombre atormentado por sus fantasmas.
Miley intentó no pensar qué era lo que lo llevaba a tener un comportamiento tan contradictorio. Se desvistió y decidió darse un baño.
La lujosa bañera de mármol, las paredes de espejos y el suelo verde de mármol, lleno de plantas exóticas, la relajaron y calmaron como para resignarse a aquella situación.
No pasaría demasiado tiempo allí como para acostumbrarse a semejante lujo. En cuanto conociera a Marcus la mandarían de regreso en el primer avión que hubiera. ¡Marcus no podía matarla por ser su hija ilegítima!
Y en cuanto a Nick, ya era hora de que empezara a pensar como una mujer adulta y dejase de actuar como una adolescente romántica.
Probablemente él estuviera acostumbrado a tener sexo solo por el placer que podía encontrar en él y no por amor. Lo tomaría de cualquier mujer que quisiera compartir la cama con él. Si se enteraba de que ella estaba enamorada, saldría corriendo.
No debía olvidarlo. Debía superar lo que sentía por él, continuar con su vida. Y si resultaba que estaba embarazada, ya vería lo que haría en ese momento. Por ahora prefería no pensar en ello, porque eso la liaría más.
Salió de la bañera y se envolvió en una toalla.
Cuando entró en la habitación se encontró con una mujer que anteriormente había visto mirando por una ventana.
La mujer caminó hacia ella y le dijo:
—He llamado a la puerta, pero no me has oído. Así que entré y te esperé. No te importa, ¿no? Soy Terrina Dysart... —con una sonrisa, avanzó para presentarse—. La prometida de Marcus. Me habían dicho que vendrías y quería conocerte.
Miley sujetó bien la toalla y extendió la mano con una sonrisa.
Así que esa era la mujer con la que iba a casarse Marcus. Era encantadora, elegante como una modelo, hermosa. Tenía el cabello castaño a la altura de los hombros, impecablemente peinado. Ella, a su lado, palidecía, pensó Miley.
—Así que... —Terrina agrandó la sonrisa, mostrando unos dientes blancos perfectos, como los de un anuncio de pasta de dientes—... tú eres la chica de Nick. ¡Me alegro! Es hora de que se asiente.
Miley se puso colorada. ¿Así que eso era lo que pensaba todo el mundo? ¿Que era la mujer del español?
Pero era imposible explicar quién era ella y qué estaba haciendo allí en aquel momento, antes de ver a Marcus y explicarle la historia.
Afortunadamente, Terrina no esperaba una confirmación de sus palabras. Se sentó en un sofá tapizado de seda y dijo:
—Se trata de una visita por obligación, supongo, ¿no? Nick y tú no os quedaréis mucho tiempo, uno se termina aburriendo de todo esto al poco tiempo de estar aquí. Quiero convencer a Marcus de que me lleve a Milán para comprar el ajuar.
—Es una idea estupenda —dijo Miley, pensando en que eso sería lo que tenía que decir.
Ella se sentía como una tonta, allí de pie, envuelta en una toalla, intentando tener una conversación frívola con la mujer con la que iba a casarse Marcus, cuando en realidad lo que sentía eran ganas de llorar porque no podía evitar pensar en su madre.
Si Terrina era el tipo de mujer que le gustaba a Marcus, no comprendía qué había estado haciendo con una persona como Molly Cyrus, la sencilla hija del jardinero, a la que nada le había gustado más que escarbar la tierra para sembrar una semilla y que crecieran las plantas.
—Tengo que vestirme para la cena. Doña Elvira me ha dicho que han subido mi maleta. Pero no la veo -dijo Miley.
—Paquita debe de haber vaciado tu maleta —Terrina se puso de pie y caminó hacia un cuarto vestidor—. ¡Ya está todo aquí! —se apoyó en las perchas y dijo—: ¡Una ropa con clase! Debo decir que tienes un gusto excelente. Ponte esto... —sacó un vestido gris sin mangas, largo hasta la rodilla, con un discreto escote—. Estarás sensacional. Yo suelo elegir colores llamativos. ¡Tendré que aprender a usar colores más sobrios cuando sea la esposa del terrateniente!
Al ver su mirada insegura, Miley dijo inmediatamente:
—No debes pensar eso. Yo creo que tienes un aspecto estupendo. Eres lo que eres. No debes intentar cambiar nada.
Nick había intentado cambiarla, y no había servido de nada.
— ¿De verdad?
—Sí, de verdad —afirmó Miley mientras agarraba el vestido seleccionado-. Y ahora, debo cambiarme o se me hará tarde. Te veré durante la cena, ¿no?
—Por supuesto —Terrina hizo un movimiento como para marcharse, luego dudó y dijo-: Yo... ¡maldita sea! Oye, ¿te importa que sea sincera? —sus manos pintadas de rojo se entrelazaron nerviosas—. ¿Puedes convencer a Nick de que se vaya lo antes posible? Dile que te gustaría ir a Sevilla o algo así. Él es un hombre encantador, pero yo no le gusto. Estoy segura de que intentará separarme de Marcus.
— ¿Y por qué iba a querer hacerlo?
Miley no conocía bien a aquella mujer. Pero parecía sinceramente preocupada. De pronto recordó las palabras de Nick acerca de que no era ni digna de que tocase sus zapatos, o algo así. Pero ahora que tenía aquella criatura delante de sus ojos, no le encontraba sentido a sus palabras.
—No es posible que no le gustes —añadió Miley.
—No le gusto porque... —Terrina se mordió el labio inferior, luego respiró profundamente—. No te va a gustar esto, pero es verdad. En este momento Nick es el heredero de Marcus. Todo, su cincuenta por ciento en la empresa, sus propiedades, los millones que hay en las cuentas corrientes irán a manos de Nick. Y perdería todo si Marcus se casa nuevamente. Su esposa, es decir, yo, heredaría todo.
Cuando Miley se quedó con la boca abierta, Terrina dijo:
—Es por eso que hará todo lo que esté a su alcance para que rompamos nuestra relación. Piénsalo, Miley, por favor... —añadió, y se marchó en una nube de perfume.
¡Nick no sería capaz de algo así!, pensó Miley. Era lo suficientemente rico por sí mismo como para hacer algo así. Realmente quería a su padrino; había dicho algunas cosas que eran prueba de ello. Nick jamás lo privaría de la felicidad de un segundo matrimonio por razones tan sórdidas como el dinero.
No obstante... Cuando ella le había revelado su identidad, Nick no había tardado en acusarla de querer la herencia de Marcus. En lo primero que había pensado había sido en el dinero, en su propia herencia.
No había dicho nada acerca del engaño a su tía... Aquellas repentinas dudas la hicieron sentir mareada. Pero hizo un esfuerzo para borrarlas.
Terrina, a pesar de su trato amable y amistoso, debía de estar un poco perturbada mentalmente como para pensar eso de Nick. No podría ser de otra manera, ¿no?
—Estás exquisita. Perfecta —Nick tomó su codo y la invitó a salir de la habitación—. Nos reunimos en el salón pequeño, bebemos vino, conversamos de cosas sin importancia y luego vamos a cenar. Es el ritual en casa de mi madre —Nick habló en un tono suave y con una cálida sonrisa en los labios.
Ella se alegró de que la ayudase a sentirse más segura. Pero, no obstante, percibía cierta tensión en él.
En un momento se sintió tentada de contarle lo que le había dicho Terrina, pero luego cerró la boca. Si decía algo acerca de ese tema, probablemente la acusarían de querer hacer daño. Y ella ya tenía suficiente con su historia. En pocos momentos le presentarían a su padre...
Sintió el muslo de Nick rozando el suyo mientras caminaban por el corredor. Fue una sensación más a añadir al cúmulo de sensaciones que la hacían sentir como borracha.
Nick la miró y le dijo:
—Intenta relajarte, querida. Esta noche no habrá ningún secreto, recuerda. Simplemente actúa con naturalidad y olvídate de todas tus ansiedades hasta mañana. No te olvides, estoy contigo.
¡Como si ella pudiera olvidarse de algo así!
No obstante, Miley finalmente pudo sonreír.
—Gracias, te agradezco tu apoyo —respondió.
Con la frente alta, sonrió y pasó por la puerta que le abrió Nick.
Se trataba de un salón hermoso, con pinturas en el techo, altas ventanas, muebles delicados y un biombo chino pintado a mano.
Doña Elvira, Terrina y el hombre al que había ido a ver los estaban esperando.
Marcus Troone empezó a ponerse de pie, luego, de repente, volvió a hundirse en su butaca, aferrándose a los reposabrazos dorados. Se puso muy pálido y exclamó:
— ¡Molly!
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