domingo, 15 de abril de 2012

Capitulo 6.-

¡LO ÚLTIMO que quería en el mundo era cenar con Nicholas Jonas! ¿Por qué no podía decirle enseguida si le vendería o no Beaumont? ¿Y por qué no se lo iba a vender? Ella le ofrecía un precio justo, y a él la casa no le servía para nada...
No podía ni siquiera plantearse volver sin la escritura de propiedad de la casa, porque sabía lo importante que era aquello para su madre y porque... porque no podía ni plantearse la posibilidad de que Nick Jonas no quisiera vendérsela. ¿Pero por qué no iba a vendérsela?
Miley no dejaba de darle vueltas a lo mismo, así que mientras esperaba a que llegase la hora de la cena, llamó a su madre y le dijo que o bien llegaría muy tarde o se quedaría a pasar la noche en la ciudad. Mientras paseaba mirando escaparates, pensó en comprarse algo más apropiado para cenar con Nick Jonas en uno de los hoteles más famosos de la ciudad y del West End, pero decidió que no, que no podía permitírselo ni mostrar que deseaba cenar con él. Ya había cenado con él una vez en Francia...
«No, no pienses en eso. Sólo vas a cenar con él, a darle el cheque por la compra de la casa, y a marcharte corriendo».
Cuando Miley llegó al Arlington Grill, a las nueve y un minuto, se quedó de piedra al oír que no había ninguna reserva a nombre de Nick Jonas. Al cabo de cinco minutos esperando en la recepción del hotel, con los nervios a flor de piel, el recepcionista fue hasta ella y le dijo que el señor Jonas la esperaba en su suite. Un botones acompañó a Miley hasta la habitación y ella le dio una propina que sabía que habría debido ahorrar.
A pesar de lo tensa que estaba por tener que cenar en privado con Nick Jonas, se sentía aliviada en parte por no tener que aparecer en uno de los restaurantes con más clase de Londres con el hombre que se había quedado con la empresa de su padre, con el revuelo que eso podía conllevar. Además, el servicio sería más rápido si sólo estaban los dos, y tal vez aún pudiera tomar el último tren desde la estación de Marylebone.
Un camarero le abrió la puerta y le ofreció un cóctel al entrar en el comedor de la suite. Miley no conocía ese hotel, demasiado anticuado para los gustos de su padre, y le pareció sencillo pero elegante, con sus muebles antiguos.
—Señorita Cyrus...
Nick Jonas estaba entrando en la sala. Miley sintió un nudo en el estómago, el mismo que sentía cada vez que lo veía, pero intentó centrarse: ella estaba allí para comprar Beaumont, y nada más importaba.
—Señor Jonas...
— ¿Quieres sentarte? —ofreció él, señalando una silla.
No. ¡no, no! Tenía que intentar contenerse y no dejar que su cuerpo reaccionara de esa manera.
Ella se sentó y él hizo lo mismo frente a ella.
Miley sintió entonces que sus defensas se desmoronaban... si estuviera allí cenando con Nicholas Jonas por cualquier otro motivo... si él fuera el hombre que ella quería que fuera... si aquello fuera su primera cena en privado con el hombre que le había robado el aliento... Flores en la mesa, velas, buena comida y bebida... Por unos segundos, Miley se dejó llevar por la imaginación lejos de la sordidez de Nicholas Jonas.
«Nos miraríamos a los ojos diciéndonos palabras románticas en silencio y, cuando acabáramos, me tomaría de la mano para llevarme a la cama y al paraíso...»
— ¿Vino, señora?
La voz del camarero interrumpió sus pensamientos. Cuando los dos estuvieron servidos, Nick levantó su copa.
— ¿Por qué brindamos? —su suave voz y su acento recorrieron el cuerpo de Miley de la cabeza a los pies.
—Por una satisfactoria respuesta a mi proposición de comprarle Beaumont, señor Jonas—dijo ella, tomando un sorbo de chardonnay.
— ¿Señor Jonas? Creo que ya nos conocemos lo suficiente como para andar con esas formalidades.
Su mirada hizo que Miley se sintiera de repente tensa. Tenía que acabar con aquello enseguida, pero sin dejar que se notara el error de su anfitrión, como le había enseñado su madre.
— ¿De verdad? Yo no diría tanto, señor Jonas—Miley no estaba dispuesta a reconocer que el encuentro del mirador había tenido lugar.
—Entonces, tal vez deberíamos remediar eso, ¿non? —preguntó, diciendo la última palabra en francés, sin mostrar expresión en el rostro.
Él había querido evocar aquel mágico encuentro, cuando ninguno de los dos sabía quién era el otro, cuando lo único que sabía de ella era que quería seguirla, abrazarla, besarla... Mientras la miraba, las palabras acudieron a su mente.
«Ojalá seas quién yo quiero que seas. ¡Quiero que seas la mujer perfecta! ¡No puedes ser una ilusión! Daría cualquier cosa porque fueras la mujer que quiero que seas...»
Los camareros acabaron de servir el primer plato y se retiraron. Nick miró a Miley y notó que llevaba puesto el mismo traje que cuando fue a su oficina. ¿Lo habría hecho a propósito, por modestia, porque no tenía otra ropa o porque no se había molestado en cambiarse?
Para variar, no tenía respuesta a esas preguntas. ¡No tenía respuestas sobre Miley Cyrus! Pero aquella noche lo averiguaría: averiguaría la verdad sobre Miley Cyrus, de una vez por todas.
— ¿Por qué huiste de mí en los jardines del hotel? —preguntó, yendo directamente al corazón de sus tormentos. Había una intensidad en su voz que él no había querido imprimirle, pero que no pudo ocultar.
Miley apenas pudo contener una exclamación de sorpresa y sus ojos llamearon. Al verlo, algo primitivo y triunfal surgió en el interior de Nick, pero ella se recompuso enseguida.
—Supongo que la luna tiene un efecto de lo más ridículo sobre el sentido común. Especialmente la luna en países extranjeros —respondió ella, con una sonrisa y su acento más fino. Su madre le había enseñado lo que hacer en las situaciones embarazosas, y era cambiar de tema—. Creo que el Arlington es uno de los hoteles más antiguos de Londres.
—No tengo ni idea —reconoció Nick, arrugando el gesto. Ella no quería reconocer lo que había pasado entre ellos. ¿Por qué?
¿Porque aquello no significó nada para ella? ¿Fue sólo otro de los juegos sexuales de la hija de Giles Cyrus? ¿Entonces por qué no jugaba sus bazas aquella noche?
Nick se sintió aliviado, pues si aquel encuentro fue buscado, ella debería mostrarse con una actitud completamente distinta aquella noche de la que tenía, poniendo distancia y cambiando de tema.
Miley empezó a hablar animadamente de los hoteles más famosos de Londres, y él la dejó seguir adelante sin prestar atención a su historia sobre el Savoy o del Ritz. Nick empezaba a urdir un plan... para probarla de nuevo y saber de qué pasta estaba hecha. Los camareros pasaron a retirar el servicio del primer plato, y dejaron en una mesita auxiliar junto a ellos el segundo, los postres, café y licores, a petición de Nick, para evitar interrupciones. No mientras intentaba descubrir cuál era la verdadera Miley Cyrus.
Miley siguió charlando animadamente sobre la arquitectura de la ciudad, sin mostrar emoción alguna.
En un impulso, cuando ella se detuvo para tomar un sorbo de vino, él la interrumpió.
—Dime una cosa, ¿te sorprendió saber que tu padre había perdido su empresa?
Ella no dejó que sus emociones llegaran a sus ojos, y cuando le respondió, sorprendida por su brusquedad, dijo:
—Sí, la verdad es que sí —respondió sin más—. No era un hombre de derrotas.
—Luchó duro —declaró Nick Jonas con voz seca.
—Ya imagino —asintió ella.
—Y usó todas y cada una de las armas a su alcance.
Miley sintió cómo sus nervios se tensaban por la inesperada pregunta mientras ella buscaba un tema de conversación lo más neutro posible que le sacara de aquel lío.
¿Por qué le había dicho eso? ¿Es que Nick Jonas iba a empezar a jactarse de su triunfo sobre su padre? ¿Aquello tenía algo que ver con su intención de comprar Beaumont? Miley no tenía ninguna simpatía por los métodos de su padre, pero sabía que era lo habitual en los negocios y no iba a hablar de sus defectos a un extraño, y menos a Nick.
—Supongo que es la práctica habitual en estos casos —dijo ella.
—Eso depende —dijo él, y ella sí notó algo en su voz esa vez.
Miley tomó un sorbo de vino. Lo necesitaba. ¿Por qué hablaba de eso? ¿Es que pretendía restregarle la derrota de su padre? Lo único que ella quería era hablar de su casa. Nick Jonas no era más para ella que el hombre al que tenía que convencer para recuperar su casa.
Tenía que hacerlo...
Notó que la tensión crecía en ella. ¿Cuál era el motivo de aquella cena? ¿Por qué no le decía cuál era su decisión sobre la venta? Aquél era su único motivo para estar allí, y cuanto antes supiera su decisión, antes podría marcharse de allí. Miley notó el calor del vino, que debería haber servido para calmarla, pero lo que estaba haciendo era aumentar su percepción de dónde estaba y de con quién estaba.


Nicholas Jonas.
Al mirarlo, sintió la misma descarga eléctrica que la primera vez, y el mismo deseo de seguir mirándolo para siempre... sus ojos, sus labios, su piel morena...
— ¿Cuál es tu forma habitual de hacer negocios, señorita Cyrus?
Miley se quedó mirándolo sin saber qué decir. ¿A qué venía aquello? Ella no tenía nada que ver con Cyrus Enterprises.
—Me temo que no hay nada en mí de una mujer de negocios, señor Jonas —respondió ella, manteniendo un tono ligero, ocultando las emociones que empezaban a subir a la superficie.
— ¿No? —Nick se reclinó sobre su asiento—. Pero esta noche pretendes hacer una compra notable, ¿no es así?
—Yo no llamaría a eso negocios —dijo ella, levantando una ceja.
— ¿La clínica de Beaumont no es un negocio? —su voz sonaba irónica y eso la irritó.
—No —respondió con toda la calma que pudo—. La clínica no produce beneficios —pero ella no quería hablar de la clínica sino de la venta de Beaumont. Sus nervios estaban al límite y volvió a tomar la copa de vino. ¿Cuánto había bebido ya? ¿Acaso importaba? Tomó un sorbo largo y dejó la copa sobre la mesa.
Sentía su mente poco clara, y eso era lo último que necesitaba en aquel momento. Desesperada, buscó algo que decir:
—He notado que el edificio donde están sus oficinas es de la época georgiana. Hay unos cuantos inmuebles notables en ese barrio de la época...
Había vuelto a las banalidades y lo sabía, pero tenía que seguir hablando hasta que aquello pasara. ¿Cuándo le diría si le vendería Beaumont? ¿Cuándo podría escapar?...
Sus preguntas no obtuvieron respuesta, y ella siguió hablando sin dejar lugar a silencios incómodos hasta que él le sirvió un café y se sirvió otro a sí mismo, junto con una copa de licor que ella declinó. Miley estaba al borde del agotamiento mental, pero tenía que saber cuál era la decisión de el sobre Beaumont.
—¿Podría preguntarle si ha tomado una decisión ya, señor Jonas, sobre la venta de Beaumont? —preguntó por fin, con toda la delicadeza que pudo.
Su expresión era completamente neutra, pero la tensión de sus nervios estaba llegando a límites insospechados. Él le devolvía la mirada, pero sin expresión en ella. Miley sintió un escalofrío.
—Dime —dijo él, tomando la copa de coñac en la mano y observando su contenido—. ¿Cuánto deseas recuperar esa propiedad?
A ella se le hizo un nudo en el estómago. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida de ofrecerle el precio de mercado desde el principio?
—Señor Jonas —empezó ella—. La oferta que le he hecho es la del valor de mercado. No intento comprar Beaumont de rebajas —dijo, y lo dejó ahí, porque no estaba dispuesta a discutir sus problemas económicos con aquel hombre.
Nick no estaba sorprendido de comprobar que Miley Cyrus estuviera dispuesta a pagar varios millones por una clínica, ni que tuvieran capacidad económica independientemente de Giles Cyrus; era algo habitual en su clase. Lo que le hizo torcer la boca en un gesto cínico fue el pensar que poseer una clínica de rehabilitación para uso propio debía ser uno de los lujos más grandes que pudiera permitirse nadie. Por otro lado, estar casada con Giles Cyrus podía hacer a cualquier mujer convertirse en una alcohólica...
Nick apartó el sentimiento de compasión de sí. A él no le importaba nada la esposa de Cyrus. Sólo su hija y descubrir su verdadera naturaleza.
Miley sintió que el pulso se le aceleraba. Era el momento de la verdad. ¿Vendería o no? Ella no podía ofrecerle nada más. La tensión era insoportable.
—El precio no sólo puede contabilizarse en libras —dijo Nick Jonas con los ojos entrecerrados—. ¿Qué más puedes ofrecerme para convencerme de que te venda la casa?
Ella lo miró.
—Creo que no lo entiendo —dijo, con voz tensa, apenas incapaz de controlar sus nervios.
Él tomó un sorbo de coñac, recostado sobre el respaldo de la silla, la camisa tensa sobre el pecho y la chaqueta marcando las finas líneas de su cuerpo. Ella trató de no mirarlo, de mantener el control de sí misma, pero era una batalla perdida. Su cuerpo la atraía como un imán: sus finos dedos, su cuello, su torso bajo la camisa, la inclinación de su cabeza y esos ojos que parecían poder ver dentro de ella.
«No puedo evitarlo».
No podía controlar su mente. Podía quedarse allí sentada, como hasta entonces, sintiendo cómo el vino fluía por sus venas debilitándola aún más. Podía sentir su propio pulso en las muñecas y en el cuello, el Dulce temblor de su cuerpo, sus pupilas dilatándose... sabía que estaba perdida.
Él empezó a levantarse. ¿Quería eso decir que quería que se marchase? ¿Que no iba a aceptar la oferta aunque fuera todo lo que ella tenía? ¿No iba a venderle una propiedad que no significaba nada para él?
¡No podría soportarlo! ¡No podía soportar rendirse sin más!
— ¿A qué se refería con que el precio no sólo se establecería en libras? —su voz sonó aterciopelada; ella no quería que sonara de ese modo, pero su cuerpo parecía no estar funcionando como debía. Él estaba detrás de ella y ella quería girar la cabeza para verlo, pero tampoco podía, así que se quedó muy quieta intentando averiguar el significado de todo aquel sinsentido.
— ¿De verdad necesitas... —su voz era distinta, más grave...— que te lo deletree?
Y le pasó una mano por la nuca.
Él sintió cómo se estremecía; el cuello era una zona muy erógena y a la vez aparentemente inocua.
Ella se quedó muy quieta, sin apartar la vista de la mesa. Él ya había entregado el mensaje, sin lugar a ambigüedades y sintió que ella respondía favorablemente. Había visto cómo ella dejaba su pose cautelosa e indiferente ante él, la había visto disolverse ante sus ojos para dejar paso a otra persona completamente distinta. La fría belleza había desaparecido en cuanto él dejó claro que eso no era lo que él quería, sino algo completamente distinto. Su respuesta fue inmediata.
Ningún hombre podía confundir la reacción de aquella mujer y su respuesta a las caricias.
Miley Cyrus estaba disponible sexualmente para él.
—Levántate —le dijo, sabiendo que ella haría cualquier cosa que él le pidiera para salirse con la suya.
Pero una emoción empezaba a embargarlo, y Nick no sabía qué era. Lo único importante en aquel momento era que Miley Cyrus se mostrara como el tipo de mujer que era. La había sometido a una prueba y su verdadera naturaleza había salido a la luz, mostrando que era en realidad la hija de su padre. Lista para negociar con todas las armas a su alcance, y también con su cuerpo.
La vocecilla seguía gritando en su interior. «¡Esto no prueba nada más que Miley Cyrus reacciona ante ti! ¡No sirve como prueba para condenarla!»
Miley se había levantado y estaba frente a él. La emoción lo invadía de nuevo; ella tenía las pupilas dilatadas y los labios entreabiertos, ligeramente temblorosos.
Él deseaba con todas sus fuerzas abrazarla contra su cuerpo, abrir su boca con los labios y saborear su miel. Como en aquel breve instante bajo la luz de la luna.
Alargó la mano. Acarició con el pulgar la fina seda de sus labios y, lentamente, fue inclinando la cabeza.

Fue perfecto. Sus labios sabían a coñac y ella no pudo resistirse a abrir la boca. Cuando lo dejó entrar, él le sujetó la nuca con la mano mientras la tomaba a su antojo.
Desde que él la tocó, ella sintió que sus fuerzas se desvanecían y que su pensamiento lógico también. No podría haber dicho dónde estaba ni por qué, sólo que estaba temblando como una hoja.
Una voz en lo más profundo de su interior le decía que estaba loca, que lo único que debía querer de Nick era que le vendiera Beaumont y que no debía dejar que un hombre que pagaba por el sexo la besara de ese modo. Él no era el hombre de su fantasía.
Miley sintió que la tensión que se había ido acumulando en su cuerpo a lo largo de todo el día, de toda la semana y de años, se disolvía en cuestión de segundos, y se entregó a él sin reservas, ardientemente.
Y entonces él se apartó.
Él dio un paso atrás y su rostro se convirtió en una máscara. Pero había algo en sus ojos... algo terrorífico. Fue hacia la mesa, tomó su copa de coñac y bebió un trago. Miley lo miró sin poder hacer otra cosa, pues sus piernas no tenían capacidad para moverse. Su mente era un remolino y sus sentidos aún estaban desordenados tras el contacto físico con él.
—Aceptaré el precio que me ofreces con una condición —dijo él por fin—. Que pases la noche conmigo.
Ella lo miró como si le estuviera hablando en otro idioma.
—¿Aceptas la condición?
Ella primero notó que no había ninguna emoción en su voz, después, el significado del mensaje. Fue como chocar con un muro de piedra. Miley no pudo reaccionar.
—Seguro que estás habituada a recibir estas proposiciones de un modo más sutil, pero no tengo tiempo para eso. Es un trato muy sencillo. Tú me pagas el precio de mercado y pasas la noche conmigo. ¿Hay algún problema con eso?
Miley notó que su cuerpo estallaba por dentro.
Él la había besado, le había derretido todos los huesos del cuerpo. Había hecho su fantasía realidad por unos segundos... pero no era realidad. Era falso, igual que la última vez.
—Pareces ofendida. ¿Qué esperabas? ¿Luz de luna y estrellas como en Francia? Eso fue entonces, Miley. Esto es ahora —su voz sonaba burlona.
Ella estaba helada. Era como si un cuchillo le estuviera perforando la caja torácica. No podía moverse.
—Miley—él parecía irritado por su silencio—, esto es muy sencillo y te lo he dejado claro. Beaumont está en tus manos, porque a mí no me importa si lo vendo o no. Tú eres la que quiere comprarlo —empezó a caminar hacia la puerta—. Me voy a la cama. O me sigues, o puedes marcharte a casa.
Ella lo vio salir por una puerta y cerrarla tras de sí.
Y se hizo el silencio.
«No puedo creerlo, no puedo creerlo, no puedo creerlo...»

No hay comentarios:

Publicar un comentario