domingo, 22 de abril de 2012

Capitulo 9.-


Miley se movió, vagamente consciente del calor de aquel compacto cuerpo masculino contra su espalda y la suave caricia de una mano en su pecho. Parpadeó y como en sueños notó el roce de unos labios en su nuca. Instintivamente se dio la vuelta y abrió los ojos. Los atléticos pectorales de Nick estaban sobre ella, y en su provocadora mirada se adivinaba una invitación… Sintió una súbita oleada de deseo, alimentada por los sucesos de la noche anterior. Nick la besó suavemente.
Como si estuviera programada para reaccionar al contacto de sus labios, inmediatamente se rindió a la deliciosa tentación de aquel beso.
—¿Qué demonios…? —soltó él. Ella se quejó ante la súbita retirada de su boca. Oyó una risa, abrió los ojos y vio a Daniel gateando por las piernas de Nick.
—Miley—el niño, sonriendo, alargó los brazos hacia ella y Miley se apresuró a darle un gran abrazo; sin embargo, Nick se incorporó y lo sujetó firmemente.
—Buenos días, Daniel—le saludó con frialdad, dándole un rápido beso en la mejilla—. Hombrecito, tú y yo tenemos que hablar. La primera regla de la casa es no irrumpir tan temprano en nuestra habitación. ¿Comprendido?
—¿Qué estás haciendo en la cama de mi Miley? —inquirió Daniel.
—Estamos casados, y las parejas casadas duermen en la misma cama.
—Entonces, ¿por qué no puedo venir al despertarme?
Miley echó una mirada a Nick y reprimió una sonrisa. Estaba tan encantador con su despeinado pelo negro cayéndole caprichosamente sobre la frente; tan espléndidamente masculino. Los amplios pectorales relucían bajo la luz de la mañana, y la colcha con la que se había apresurado a taparse no podía ocultar el comprometedor estado de su miembro. Aquella expresión, entre perpleja y frustrada, lo decía todo. Estaba a punto de descubrir que en el matrimonio el sexo no lo era todo. De repente tenía que hacer frente a la paternidad y no tenía ni idea de cómo hacerlo, pensó ella y esperó a escuchar la respuesta que le iba a dar al niño.
—Porque Miley es ahora mi mujer, y porque lo digo yo.
Qué patinazo. Ella observó con interés mientras los dos, con ojos casi idénticos, se miraban fijamente. Esperaba que Daniel manifestase ruidosamente su disgusto ante la privación de los primeros abrazos y mimos de la mañana. Pero para su sorpresa, el niño puso una mano en el pecho de Nick y volvió sus grandes ojos hacia ella.
—Mark dijo que ahora que estáis casados sois mi mamá y mi papá. ¿Es cierto?
Esa vez fue Miley la que no sabía qué contestar. Pero Nick no tenía ese problema.
—Mark tiene razón —dijo—. Somos oficialmente tu madre y tu padre.
—Entonces, ¿puedo llamaros mamá y papá? —Miley se quedó estupefacta, y todo lo que pudo hacer fue observar cómo Nick sonreía y alborotaba el pelo del niño con dulzura.
—Claro, si quieres puedes llamarnos mamá y papá —dijo volviendo la cabeza hacia Miley y mirándola de una forma que ella no podía ignorar—. ¿Verdad, Miley?
Desvió su mirada de la de Nick. Miró a Daniel y vio en sus grandes ojos negros una mirada suplicante, y supo que había alcanzado un punto a partir del cual no había vuelta atrás. Se había casado para quedarse junto a Daniel y ser una madre para él, pero había pensado que alguien como Nick no querría un compromiso demasiado serio con el hijo de otro hombre; al fin y al cabo, era probable que algún día deseara tener un hijo propio.
La rápida aceptación de Nick a la petición del niño le había pillado por sorpresa. Ella había pensado que quizás en el futuro Daniel los aceptaría como padres. Pero aquello había sucedido tan deprisa que se sentía algo confusa. La madre biológica de Daniel había muerto hacía sólo dos meses, y aunque sabía que Delia habría querido lo mejor para su hijo, no podía dejar de sentirse culpable, ya que la muerte de su mejor amiga le había facilitado a Miley su más preciado deseo. La vida era injusta.

No sólo se sentía culpable porque Daniel la hubiera aceptado tan pronto como madre, sino también porque se le había pasado por la cabeza que Nick  no había usado ninguna protección después de la primera vez que hicieron el amor. Si albergaba alguna esperanza de que ella le fuera a dar un hijo, se iba a llevar una gran decepción. Tendría que decírselo.

—Miley—oyó su nombre en boca de Nick y supo que ahora no era el momento. Y a menos que quisiera aparecer como una malvada bruja ante los ojos de Daniel, tenía que decir que sí. Además, ella sabía que en el fondo eso era lo que deseaba. Dio en silencio las gracias a Delia y accedió.
—Sí, cariño —tomó a Daniel y lo estrechó en sus brazos. Lágrimas de tristeza y alegría inundaron sus ojos—. El tío Nick y yo te queremos mucho, y nos haría muy felices que nos llamaras mamá y papá si eso es lo que quieres. Pero debes pensar en Delia con alegría, pues ella fue la madre que te dio la vida, ¿de acuerdo?
—Sí, muy bien… mamá —dijo con una amplia sonrisa antes de abrazarla.
—Venga, Dani—Nick se levantó de la cama, se envolvió con una toalla y tomó al niño de los brazos de Miley—. Te ayudaré a vestirte, y así Miley podrá descansar un poco más, que lo necesita —dijo haciéndole un guiño—. Y lo que tú necesitas es una niñera.
—¿Qué es una niñera? —oyó Miley preguntar a Daniel mientras Nick lo cargaba a hombros y salía de la habitación.
Nick cerró la puerta y Miley ya no pudo escuchar la respuesta. Al mismo tiempo, se dio cuenta de que la puerta se había cerrado. Nick había establecido las reglas y Daniel los vio compartiendo cama. Así tenía que ser si no quería arriesgarse a defraudar al niño y para ser franca, ya no le parecía tan horrible. Había sido muy agradable despertarse en brazos de Nick.
Aquella noche en la cena estaba convencida de que había tomado la decisión acertada cuando Nick sugirió que debían adoptar legalmente a Daniel. Miley pensó que era una maravillosa idea. Dejaría de ser su tutora para convertirse en su madre de por vida. Aquella misma noche ya no pensó en resistirse cuando Nick la tomó en sus brazos.
En las semanas siguientes Miley fue conociendo mejor a Anna. Nick, en contra del parecer de aquélla, contrató a una joven llamada Marta como niñera de Daniel; según nick, Miley, en calidad de esposa de un importante banquero, tendría compromisos sociales a los que atender y era injusto sobrecargar a Anna o a cualquier otro miembro del servicio con esa tarea. Por si eso fuera poco, había añadido con picardía que no le parecía bien que el niño acudiese a su cuarto a primera hora de la mañana.
En cambio, en lo que Miley sí insistió fue en llevar ella misma a Daniel a la escuela infantil, aunque en realidad no era necesario, ya que disponían de chófer. El momento culminante de la mañana tenía lugar cuando Mary y ella, después de dejar a los niños en la escuela, quedaban para charlar y tomar un café.
Normalmente tras recoger al niño, Daniel y ella almorzaban juntos y jugaban un rato. Luego Miley dedicaba una o dos horas a trabajar en el estudio. Algunas veces, lo dejaba al cuidado de la niñera y se quedaba más tiempo trabajando o iba de compras con Mary por las caras boutiques de Atenas.
En cuanto a su marido, ahora lo conocía un poco mejor y veía el futuro con moderado optimismo. Nick solía dar a la mayor parte de la gente la impresión de ser un hombre más bien serio, lo cual no era de extrañar dado el poco cariño que había recibido de niño. Ella no dudaba de que él se hubiera preocupado de su hermana, pero lo más probable era que la diferencia de edad entre ellos explicase los malentendidos que abundaron en su relación. En todo caso, cuando disponía del tiempo, Nick era fantástico con Daniel, y cuando los tres estaban juntos, normalmente los fines de semana, Miley casi podía creer que eran una auténtica familia.
Pero Nick no era en verdad un hombre fácil de conocer, salvo en el sentido bíblico del término. Siempre se rodeaba de cierta reserva o frialdad, y el estricto control con el que dirigía su vida, dividida en diferentes compartimentos, era desalentador. Los negocios eran su prioridad; siempre presto para viajar a Nueva York o Sidney durante algunos días, ya lo había hecho tres veces en el corto período que llevaban juntos. Miley intentó convencerse de que no la afectaba; estaba encantada de tener a Daniel para ella sola por un tiempo, pero no le quedaba más remedio que admitir que lo echaba de menos durante aquellas ausencias.
El último miércoles Nick regresó de forma inesperada. Se había marchado el lunes para Nueva York y ella no lo esperaba hasta el jueves como muy pronto.
Después de cenar, con Daniel ya en la cama y sintiéndose extrañamente inquieta, Miley había salido a tomar el aire a la terraza. En la Oscuridad apoyada en la balaustrada, su única compañía eran la luna y las estrellas.
—Nos encontramos a la luz de la luna, hermosa Helena —dijo una voz parafraseando a Shakespeare y dándole a Miley un susto de muerte. Al volver la cabeza vio a Nick.
—No deberías estar de regreso tan pronto —exclamó sorprendida—. No está bien que te tomes esas libertades con Shakespeare —bromeó. Nick le pasó la mano por el pelo y sonrió.
—Tienes razón, preferiría tomármelas contigo —deslizó el otro brazo por su cintura y la besó.
Cuando se tomaron un respiro, él la miró a los ojos y ella se sintió impotente para apartar la mirada, impotente para ocultar su propio deseo.
—Ay, Miley, mi dulce Miley, te echaba de menos —le dijo sonriendo con ternura, una sonrisa que sólo le había visto con Daniel. Ella, emocionada, era incapaz de hablar—. Y estoy seguro de que a ti te pasaba lo mismo la respuesta estaba en el fulgor que emanaban sus ojos violeta.
Aquella noche hicieron el amor con una ternura y una pasión que ella nunca había experimentado antes. Más tarde, cuando estaba acurrucada en sus brazos y con la cabeza apoyada sobre su pecho, el constante y rítmico latido del corazón de Nick era música para sus oídos. Por fin Miley aceptó lo que en el fondo ya sabía desde hacía mucho tiempo.
Amaba a Nick. Para él, el deseo y la pasión podrían no ser más que sexo, pero para ella siempre hubo algo más. Lo amaba con toda su alma.
Él no era aquel hombre duro y poco cariñoso que ella se había imaginado. Anna y todo el servicio lo adoraban, y Daniel le tenía auténtica veneración. La máscara austera y fría con la que se presentaba ante el mundo se desvaneció tan pronto como puso los ojos en Daniel. Era maravilloso con el niño, y últimamente tenia la sensación de que aquella actitud amable y cariñosa también se hacía extensible a ella. ¡Cuánto deseaba que así fuera! Ella juró que haría todo lo que estuviera en su mano para que el matrimonio fuera un éxito, con la esperanza de que en algún momento Nick la amase como ella lo amaba.
Meditando sobre aquella noche, Miley ahogó un suspiro mientras esperaba a Mary en una tienda. Su marido era un hombre difícil y complejo, y un adicto al trabajo, aunque para ser justos, antes de bajar al gimnasio del sótano, siempre la despertaba con un beso, y algunas veces con algo más. Él estaba en una forma física impresionante, y tenía que estarlo para soportar su agenda de trabajo. Cuando Miley bajaba a desayunar con Daniel, Nick solía estar a punto de marcharse o ya se había ido, y regresaba a la noche para pasar al menos una hora con Daniel antes de acostarse.
Cenar a solas con Nick ya no era la penosa experiencia del principio. Pero bajo la conversación informal siempre subyacía una tensión sexual que Miley ni podía ni quería negar. Siempre esperaba con ganas que llegase la hora de dormir con él, ya que en los brazos de Nick se sentía completamente viva y, gracias a él, cada vez más aventurera en materia sexual.
Miley había intentado convencerse de que la suya era una respuesta natural ante un despertar sexual tardío y que no tenía nada que ver con el amor, pero después de la noche de aquel último miércoles no podía seguir fingiendo. Lo amaba, no podía evitarlo. Nick era un amante imaginativo y maravilloso. Siempre generoso hasta el extremo, se concentraba en cómo hacerla gozar de mil formas diferentes antes de buscar su propia satisfacción.
Cuando le apetecía, para sorpresa de Miley, Nick era un conversador inteligente y agudo. También había descubierto que compartían gustos musicales y el mismo amor por la lectura, aunque él prefería las novelas de suspenso político y ella una buena novela policiaca.
Él era un auténtico fan de las ilustraciones de Miley y un gran admirador de su talento artístico.
Como era natural, sus conversaciones giraban a menudo en torno a Daniel y a los asuntos relativos a la vida social de la familia. Hasta aquel entonces habían almorzado todos los domingos con Mary y su familia y algunas veces salían a cenar las dos parejas sin los niños. También habían asistido a un par de cenas formales de trabajo, cosa que ya no le agradaba tanto.
La fiesta que iba a celebrar al día siguiente por la noche era para presentar a Miley a los parientes lejanos y a la élite social de Atenas que no habían asistido a la boda. Debía tener lugar en un hotel de lujo de la ciudad, y Nick le había dado instrucciones estrictas para que aquella mañana se comprase un vestido nuevo, lo que Miley no se tomó demasiado bien.
Hacía semanas que ella había abandonado la costumbre de ponerse camisones de algodón. En su lugar, se prodigaba en el uso de ropa interior delicada. También tenía un gran vestuario de ropa de corte clásico. Miley no era aquella remilgada hogareña que Nick había creído. Siempre que Daniel se lo había permitido, había llevado una vida social activa participando en un grupo local de teatro y en un club de lectura. Cuando sus padres vivían, habían disfrutado de una ajetreada vida social en Suiza, y Miley había aprendido cómo comportarse en todos los ambientes. Siendo adolescente, su madre le había enseñado los rudimentos de estilo para una mujer de su estatura, y de hecho aún tenía algunos de los vestidos de su madre. Al principio los había guardado como recuerdo, pero ahora se los ponía. En honor a la verdad, Nick siempre tenía un cumplido para ella. Además, al regresar de su primer viaje de negocios tras la boda, la había llevado al banco y le había abierto una cuenta con una tarjeta de crédito de gasto ilimitado.
Ella se opuso, pero él le confesó, esa vez sin un ápice de cinismo, que odiaba ir de compras y que era pésimo para los regalos, pero que quería que ella y Daniel tuvieran todo lo que desearan. Luego la había obsequiado con un fabuloso anillo de esmeraldas y diamantes que había comprado en Nueva York al pasar por Van Cleef y Arpel. Miley valoró especialmente el detalle de que Nick, siendo adicto al trabajo y detestando ir de compras, hubiera hecho un hueco en su apretada agenda para escaparse a Van Cleef sólo por ella, lo que le daba esperanzas de que su relación pudiera convertirse en algo más que un matrimonio de conveniencia.

Miley dio a Daniel un beso de buenas noches y se marchó de la habitación. El niño le había dicho que parecía un sabroso pirulí morado. Se miró en el espejo de la suite principal y pensó que nadie podría decir que aquel traje era infantil. Nunca en su vida se había puesto nada tan provocativo.
El vestido de tirantes cubría su busto y le dejaba al descubierto la espalda hasta la cintura, ajustándose a sus caderas y muslos como una segunda piel. Esa vez llevaba las sandalias de tacón alto que tanto le gustaban. Y con la ayuda de Anna se recogió el pelo formando una cascada de rizos de modo que la hacían parecer más alta.
—Por Dios, no vas a salir vestida así —la voz de Nick la sacó de sus pensamientos.
Miley se quedó sin respiración al verlo tan atractivo vestido con un traje de etiqueta.
—¿No te gusta? —dijo con cara de decepción, y giró sobre sí misma—. Mary dijo que estaba hecho para mí —le sonrió provocativamente.
Nick se quedó boquiabierto. Cierta parte de su cuerpo saltó de alegría. Ver aquella espalda desnuda hasta el trasero era suficiente para que le temblaran las rodillas.
—Mary debería ver a un especialista —dijo sonriendo—. Ese vestido roza lo indecente pero estas absolutamente asombrosa —se acercó a ella y beso en la punta de la nariz.
—Gracias, amable señor —repuso con humor— pero Daniel opina que parezco un sabroso pirulí morado.
—Ese chico tiene muy buen gusto para ser tan crío, y coincido totalmente con él —dijo tirando de ella suavemente hacia él—. No me importaría comerte ahora mismo.
Ella lo miró con ojos chispeantes, Y él vio sus pupilas dilatadas. La tomó del cuello y ella cerró los parpados y entornó los labios en espera de la boca de Nick.
—Mejor no sigo o nunca saldremos de aquí —dijo poniéndola de cara al espejo—. ¿Qué te parece?
Miley notó una sensación de frío en la piel, y al ver su imagen reflejada en el espejo con aquel formidable collar de diamantes alrededor de su cuello no pudo disimular la sorpresa.
—Nick—pronunció su nombre en un susurro, abrumada por aquel obsequio—. ¿Compraste esto para mí? —él respondió con una sonrisa.
—Sí, hoy se cumplen seis semanas de nuestra boda. ¿Te gusta?
—Me encanta —dijo con total sinceridad, impresionada de que hubiese recordado cuántas semanas llevaban casados—. Es el regalo más fabuloso que me han hecho nunca. Gracias.
Miley tuvo que atajar una pequeña lágrima.
—Pero yo creía que tú nunca comprabas regalos.
—Tuve algo de ayuda —confesó con pesar, y la abrazó por detrás mientras se miraban abrazados al espejo—. Pedí a Mary que se asegurara de que comprabas un vestido para la ocasión y que me dijera con qué tipo de joya combinaría. Me dijo que diamantes, así que me lo puso fácil.
Luego Nick la soltó e introdujo la mano en el bolsillo de la chaqueta.
Compré los pendientes y la pulsera a juego —le abrochó la pulsera a la muñeca—. Espero que puedas ponerte los pendientes tú misma —dijo dejándoselos en la mano— porque si sigo tocándote no vamos a ir a ninguna parte.
Miley había sentido la presión de su erección, y en sus ojos brilló un destello de malicia.
—Por mí no hay inconveniente —ella se volvió y se abrazó a su cuello—. Preferiría quedarme aquí —se asió con más fuerza mientras lo miraba a los ojos—. Las fiestas no son lo mío. Se me dan mejor las distancias cortas —afirmó con una sensual sonrisa.
—No, brujilla, no me vas a engatusar. Pero espera a que regresemos y ya verás.
El inesperado regalo y la imponente presencia de Nick a su lado le dio a Miley la seguridad necesaria para saludar a los invitados a la entrada del gran salón de baile.
—Aquí de pie me siento como si perteneciera a la realeza. ¿Es necesario hacer esto? —preguntó.
—Ya nos falta poco —murmuró él, y entonces alguien lo llamó por su nombre—. Takis, me alegro de verte. No sabía si vendrías.
Miley miró de reojo a Nick y enseguida notó que a su marido no le hacía ninguna gracia ver a aquel hombre. Luego miró al desconocido. Era una persona de estatura media, delgado, con el pelo negro y bastante apuesto.
—No me perdería tu fiesta de bodas por nada del mundo. Estuve en la primera, ¿recuerdas?
Parecía griego, pero Miley notó que hablaba con acento estadounidense. Luego se dirigió a ella.
—¿Así que tú eres Miley? —dijo tomando su mano y llevándosela a los labios—. Es un placer conocerte, y una sorpresa. Nunca pensé que Nick tuviera tan buen criterio. Solían gustarle las modelos como palos, pero tú eres deliciosa, una perfecta muñequita.
Miley estaba aún intentando esclarecer si aquello era un insulto o un cumplido cuando el hombre se dirigió de nuevo a Nick.
—Una bella mujer y un hijo. Eres un canalla afortunado, primo.
—Gracias, Takis —dijo Nick sin perder las formas—. Sabía que te alegrarías por mí. Ahora, si nos perdonas es hora de atender a los invitados.
La tensión entre los dos hombres era palpable, Miley, curiosa, echó un vistazo a su marido pero antes de que pudiera decir nada, Nick la exhortó a que se mezclara con los invitados.
—Espera un momento —se detuvo—. ¿De qué iba todo eso? ¿Por qué no le has dicho a ese hombre que Daniel no es tu hijo, sino el de Delia?
—No había necesidad. Ahora es nuestro hijo, ¿o, acaso una cara bonita te lo ha hecho olvidar? —la provocó con suavidad.
—No… —Miley negó con la cabeza—. Y no te hagas el celoso —se burló—. Pero me sorprende. Al fin y al cabo, es tú primo. Seguramente lo sabe.
—En realidad, estrictamente hablando, es el primo de mi primera mujer, y no me cabe duda de que lo sabe. Es de ese tipo de personas que se enteran de todo. Pero Daniel no es asunto suyo.
—Está bien —dijo Miley en voz baja.
No podía dejar de recordar que en las últimas semanas algunas personas la habían mirado de forma extraña, lo que había atribuido a una curiosidad natural. Ahora, sin embargo, ya no estaba tan segura.
—He notado una actitud algo rara en algunas personas, incluso en Mary el día de nuestra boda —lo miró desconcertada—. ¿No deberías aclarar lo de Daniel? No queremos que la gente llegue a conclusiones erróneas.
—Miley, cariño —dijo con sarcasmo levantando una ceja—, es de conocimiento público que tanto tú como yo hemos declarado que Daniel es el hijo de mi hermana. Pero la gente cree lo que quiere creer. Por lo que a mí respeta, me da absolutamente igual lo que otras personas piensen. El niño sabe la verdad, y eso es todo que importa.
—Sí, pero…
—¿De acuerdo, dan por sentado que tú eres su madre, y qué? En la vida, como en los negocios, a veces conviene dejar un pequeño margen de incertidumbre. Y si es tu reputación lo que te preocupa, olvídalo; en tanto que mi mujer, estás por encima de toda crítica. Y si la confusión ayuda al buen nombre de Delia, ¿qué mal hace? Daniel podría agradecérnoslo en el futuro.
Miley frunció el ceño. Lo que le decía Nick parecía razonable, pero era proteger el nombre de su hermana a expensas del de ella. Bueno, no exactamente, admitió. En realidad él no había mentido. Sólo había manipulado la situación, dejando que la gente creyera lo que quería creer. Más o menos lo mismo que él había hecho con ella cuando le había propuesto un matrimonio de conveniencia. Miley se preguntó qué otras verdades a medias habría.
No tardaría mucho en descubrirlo.
Miey echó un vistazo a la multitud. Ya no se sentía tan segura. Los camareros circulaban entre los invitados con bebidas y canapés, un quinteto tocaba música de baile y todo el mundo parecía estar disfrutando.
—Me encanta el collar —la voz de Mary atrajo la atención de Miley hacia Mary y Andrew—. Es perfecto, Nick —afirmó Mary, y sonrió a Miley—. Le di unas instrucciones tan detalladas que no podía fallar. Tienes que estarme agradecida por su elección —dijo en tono de guasa, todos se rieron incluyendo a Miley, aliviada por la oportuna interrupción de Mary. Nick tenía razón. No había de qué preocuparse. Después de todo, ¿qué importaba lo que algunos pensaran?
—¿No permitirás que Mary salga impune después de lo que te ha dicho? —Miley le lanzó a Nick una mirada burlona.
—Su marido es mi abogado. Créeme, si le digo algo a Mary me demandará —bromeó para regocijo de todos. Luego Andrew propuso un brindis.
—A la salud de dos buenos amigos, Miley y Nick que el vuestro sea un matrimonio duradero y feliz.
—Gracias —contestó Nick mirando a Miley. De repente se dio cuenta de que ya no le importaba que ella hubiera mantenido oculto a su sobrino, ni tampoco si sabía algo de la fortuna que iba a heredar. Se merecía ese dinero y mucho más. Dio las gracias a Dios y a Delia por haberla encontrado y por haber tenido el buen sentido de casarse con ella.
Ella le dedicó una brillante sonrisa. Él no podía explicar el efecto que Miley le producía, pero ya no le importaba, simplemente se limitaba a disfrutarlo. Le invadió una sensación de euforia. Lo más cerca que había estado de sentirse así era cuando cerraba un acuerdo especialmente ventajoso. Pero ni siquiera eso podía compararse con el placer que sentía en aquel instante, con Miley contemplándolo con ojos de enamorada a la vista de todos.
Nick nunca había sido un hombre dado a manifestaciones de afecto en público. Pero en ese momento, rodeado de todos sus amigos y conocidos, quiso decir unas palabras.
—Quiero expresar mi mayor gratitud a mi bella esposa, por ser lo bastante valiente como para tomar a un cínico como yo por marido —acto seguido la besó, deseando que llegara el momento de quedarse a solas con ella.

No hay comentarios:

Publicar un comentario