Nicholas tomó asiento en su sitio en primera clase y abrió su ordenador. Tenía miles de cosas que hacer antes de llegar a Nueva York.
Pero no hizo ninguna de ellas. En su lugar, se quedó mirando la pantalla que le pedía la contraseña.
Su cerebro no funcionaba bien aquella mañana. Aquello le pasaba desde que había caminado por las calles mojadas de Londres; era como si tuviera un compañero de viaje del que no pudiera librarse. Estaba dentro de él.
Se sentía asqueado consigo mismo. ¿Cómo se había dejado hacer lo que había hecho?
«No tenía que haberla tocado, no tenía que haberme acercado a ella. Quise mostrarle que no sólo yo tenía unas defensas frágiles y que todos sus esfuerzos habían sido en vano. Quise que viera que no se me puede manipular ni corromper».
Pero ella lo había arrastrado a su nivel, y no podría olvidar aquella noche en toda su vida.
«Cielos, ¿por qué lo hice? ¿Por qué no la aparté como la basura que es para que se marchara? Ella no merece nada. Tenía que haberla dejado pudrirse».
Poco a poco, abrió los ojos. Pero ya había acabado con ella y ahora debía utilizar lo que había pasado aquella noche para recordar a Miley Cyrus no por su belleza, si no por su corrupción.
Pero no era sólo la repugnancia de sí mismo lo que le atormentaba, sino algo más:
«Podía haberme enamorado de ella... podía haberla amado».
Pero eso había desaparecido para siempre.
Miley estaba en el tren de vuelta de Londres. El precioso paisaje inglés pasaba ante sus ojos sin que ella pudiera apreciarlo. No quedaba espacio en su mente para esas cosas.
Cuando llegó a Beaumont tuvo que darle a su madre las malas noticias, y después empezar a discutir con el personal de la clínica las opciones que les quedaban.
—AC Internacional podría alquilarnos la casa —dijo con cuidado—, pero también pueden echarnos, así que lo mejor será que nos preparemos para lo peor. Me pondré en contacto con la inmobiliaria para ver si podemos comprar otra propiedad.
Miley evitó mirar a su madre a la cara y se puso manos a la obra enseguida. Sabía que Nicholas Jonas les echaría de allí en cuanto pudiera. Aquel hombre no tenía compasión. Era como su padre, por eso tenía que olvidarse de él y seguir con su vida. No le quedaba otra opción.
—Gracias por la información. Buenos días —Miley colgó y se dirigió a la directora de la clínica, la señora Deane, que estaba junto a ella—. Ya ha ocurrido. Va a salir al mercado mañana. La agencia dice que espera posibles compradores en poco tiempo.
La mujer pareció resignada.
—Bueno, sabíamos que esto podía pasar —suspiró.
—Hemos tenido casi tres meses —comentó Miley—. Al menos, hemos podido encontrar un lugar alternativo.
—Pero costará mucho adaptarlo para las necesidades que tenemos, y el lugar no es tan bueno como esto. Más ruidoso, menos terreno...
—Es lo mejor que pude encontrar —replicó él. Comprendía la crítica, pero estaba segura de que había hecho todo lo que había podido. No había tenido alternativa.
—En cuanto a tu madre... —empezó la señora Deane.
—Lo sé —dijo Miley—, pero ya lo ha aceptado. No le ha quedado otra opción, como a los demás.
Igual que ella no tenía otra opción más que vivir con lo que le había pasado. Nada podría borrar aquello ni el recuerdo de su mente. Lo peor eran las pesadillas que se repetían cada noche y le hacían revivir cada momento pasado junto a Nick: la dulce excitación de la primera vez, la emoción que vio por un momento en sus ojos... en los ojos de un extraño que transformó el amor en sexo, y del más corrupto.
Se despertaba sudando y con el corazón palpitante, sintiendo que sus dos sueños se habían roto en pedazos: Beaumont y el que Nick fuera el hombre que ella vio la primera vez que se encontraron.
El hombre que una vez le mostró el paraíso, era ahora el más odioso de la tierra para ella.
Nick levantó la vista del informe que estaba leyendo en el coche. Últimamente le costaba concentrarse en todo. Cerró los ojos un momento y se los frotó. Últimamente no podía dormir.
Bien.
El informe era de un laboratorio de investigación médica que él había visitado hacía poco en Oxford, pero no necesitaba leerlo; ya había decidido donar fondos para el proyecto de investigación. La inversión merecía la pena.
Estaba de mal humor, y no debería pues hacía sólo unos pocos días que había recibido la noticia de la «destrucción completa» de Giles Cyrus de sus agentes en Sudamérica.
¿Cómo podía no estar alegre tras haber cumplido con el objetivo de su vida adulta? ¿Tras haberse librado de Giles Cyrus para siempre?
Se había librado de su hija, sacando a la luz su verdadera naturaleza, asegurándose de no volver a verse tentado por ella. Y ahora, por fin se había librado también del padre.
Pero lo cierto era que había sacado poco placer de ello. Lo que había comprendido era que podía utilizar la riqueza de Cyrus para mejores fines. Podía colaborar en la lucha contra el cáncer y en otras muchas empresas similares.
A pesar de todo, sentía que había perdido algo.
«¿Cómo puedo tener un sentimiento de pérdida que nunca tuve? Ella nunca existió; la realidad es muy distinta de mi fantasía».
Pero su imagen aparecía una y otra vez en su mente. No la de la Miley Cyrus que había mostrado toda su corrupción, sino la que vio por primera vez: la miel de sus labios, la luna en su pelo... no era un recuerdo, sino una ilusión. Entonces recordó cómo Miley Cyrus se prestó y entregó a su acto de corrupción, mientras que Ileana...
«¡No!» Aquello era una locura y tenía que pararlo.
Lentamente, Nick se fue relajando, pero el vacío no dejó su mirada. ¿Cuántos Giles Cyrus había en el mundo? ¿Y cuántas Ileanas? Sabía que la respuesta era miles. Millones. Y eso le heló el alma, porque sabía también que ni con todo su dinero podría hacer mucho por mejorar aquello. A pesar de todo, recordó la promesa que se hizo a sí mismo mientras cruzaba el Adriático hacia Brindisi buscando una vida mejor: lucharía con todas sus fuerzas contra los hombres que le hicieron eso a Ileana, y los destruiría. Sabía que no podía salvar a todas las «Ileanas», pero salvaría a todas las que pudiera.
En la autopista, levantó la vista hacia la carretera y el nombre que vio en un cartel le resultó familiar, pero no sabía por qué. Entonces se dio cuenta: era la ciudad más próxima a la casa que Miley Cyrus había querido comprarle, donde estaba la clínica de rehabilitación para su madre y otros ricachones.
Nick había dado instrucciones de venderla y no volvió a pensar en ella. ¿Qué habría pasado? ¿Estaría vendida ya?
Una casa inglesa en medio de la campiña, utilizada como clínica de rehabilitación, alejada pero no mucho de Londres, tal vez pudiera servirle para sus propósitos: mucha gente sin recursos necesitaba tratamiento y cobijo. Tal vez debería echarle un vistazo él mismo.
—Maitland, toma la próxima salida, por favor.
Miley estaba sentada al ordenador cuando oyó ruido en la entrada cubierta de grava. Hacía un soleado día de verano, y Beaumont estaba precioso, por eso ella se sentía especialmente angustiada de perderlo, aunque no pudiera salir a disfrutar de los jardines, pues tenía mucho papeleo del que ocuparse. Por otro lado, eso no le importaba. La mantenía ocupada.
Miley se levantó para mirar por la ventana y ver quién venía. Sólo los extraños se detenían en la entrada principal. Tal vez fueran posibles compradores... Un elegante coche negro se detuvo frente a la puerta, y de él salió un chófer.
Cuando éste abrió la puerta trasera y Miley vio quién salía del vehículo, sintió que las piernas le fallaban.
No podía ser...
En medio de su repentina debilidad, surgió algo tan poderoso que no pudo contener. Se adueñó de ella en cuerpo y alma.
Miley se dio la vuelta y salió a toda prisa del despacho. Cruzó el pasillo y fue corriendo hasta la puerta, que abrió bruscamente. Nick Jonas tenía un pie ya en el primer escalón de la entrada.
—¡Sal de aquí o llamo a la policía!
Su voz estaba llena de furia y su rostro, lívido.
Nick se quedó helado, sin comprender nada. ¿Qué demonios estaba haciendo Miley Cyrus allí? En ningún momento se planteó encontrársela allí, pues de otro modo, no hubiera ido a aquel lugar ni en un millón de años.
Entonces se dio cuenta: tal vez ella estuviera allí por el mismo motivo que su madre, para limpiarse del uso de drogas en el pasado. Para una mujer como Miley Cyrus, cualquier forma de corrupción era válida.
La miró con los ojos entrecerrados. Le llameaban los ojos y tenía el gesto descompuesto. Parecía medio loca. La otra mitad... ¡No!
No. Había pasado meses tratando de borrar la imagen de Miley de su mente y hubiera deseado no volver a verla en toda su vida. Ella era demasiado peligrosa para él, pero ahora la tenía a sólo un par de metros de distancia.
Ella llevaba una camiseta y una falda de algodón; nada de ropa de diseñadores, pero estaba muy atractiva igualmente. Sintió como si le golpeasen las entrañas al verla y casi le temblaron las piernas.
Nick trató de decirse a sí mismo que Miley no era la mujer mágica de la primera noche que le había atraído como ninguna otra mujer antes; Miley era la mujer que tenía delante, la misma que ofrecía su cuerpo sin atisbo de duda y que consumía drogas. ¿Habría estado bajo su efecto la noche de Londres?
—¡Te lo repito! ¡Sal de aquí o llamo a la policía!
Nick la ignoró e hizo un gesto a Maitland, que no sólo era su chofer, sino también su guardaespaldas, y éste dio un paso adelante.
—Apártese, señorita —dijo, sin pasión.
—Tal vez sea nuestro casero, señor Jonas—le dijo ella a Nick, sin apenas mirar al chofer—, pero sé que tiene que notificar por escrito y con cuarenta y ocho horas de adelanto su visita. Cuando tenga esa notificación, podrá volver.
Nick hizo un gesto a Maitland, y antes de que Miley se diera cuenta de qué estaba pasando, se vio inmovilizada por el hombre.
Nick pasó por delante de ella y entró en la casa.
—¡Si no me suelta inmediatamente lo denunciaré por asalto! —le gritó al guardaespaldas.
Miley estaba furiosa a pesar de su voz gélida. El hombre la soltó, pero cuando ella se echó a correr tras Nick, se convirtió en su sombra.
—Se lo he dicho ya —repitió Miley, conocedora de sus derechos—. No tiene derecho a estar aquí.
Nick la ignoró y miró a su guardaespaldas.
—Maitland, llama a la persona que esté a cargo de esto y dile que la señorita Cyrus requiere asistencia médica.
Maitland salió y Nick se volvió hacia Miley sin expresión en el rostro. Pero, ella vio por un momento la extraña negrura de sus ojos que ya había visto antes, y se estremeció.
—Te sugiero que vuelvas a donde estuvieras y continúes con tu tratamiento. Tal vez tu madre fuera la propietaria de todo esto en el pasado, pero tú no eres más que una paciente más aquí.
—Paciente... —ella lo miró sin comprender sus palabras.
—Al parecer te dejaron tranquila mientras la clínica pertenecía a tu madre, pero estar por aquí cuando estás drogada...
El último vestigio de autocontrol que le quedaba a Miley se rompió en mil pedazos.
—¡Fuera! Saca tu asqueroso cuerpo de aquí —llevaba demasiado dentro y no pudo contener su salida, como la de lava de un volcán en erupción—. Llama a tu matón y salid de esta casa. No tienes derecho a estar aquí, y aunque lo tuvieras, ¿cómo te atreves? Dios, debería entregarte a la prensa amarilla por lo que hiciste y te harían pedazos... echarnos de aquí cuando intenté comprar la casa por un preció justo. Pero no lo haré. No quiero ver sufrir más a mi madre. Y no quiero volver a tener ocasión de hacerte ningún reproche. Lo que me hiciste hacer...
Nicholas Jonas dio dos pasos hacia ella y la sujetó por los hombros.
—¿Qué fue lo que te hice hacer? Yo no te obligué a nada. Tú te echaste encima de mí, así que no trates de ocultarte bajo esa fachada inmaculada. Eres tan corrupta como tu padre, y tengo buena prueba de ello.
—¿Estás loco? —ella se había quedado de piedra.
—Deja que te recuerde —dijo él—, que no te forcé a nada, y no trates de decir que no disfrutaste. Te excitaste con todo lo que hicimos, así que no trates de hacerte la virtuosa ultrajada, porque sé exactamente lo que eres: una mujer que hace con gusto cualquier cosa con un hombre, hombres o mujeres, para conseguir sus propósitos.
Ella se zafó de él y se apartó. Lo que deseaba era salir corriendo, pero tenía que enfrentarse a Nicholas Jonas, el hombre que la había hundido en aquel pozo de oscuridad, y decirle que ella no quería que eso pasara.
—Hice lo que tenía que hacer —dijo con un extraño tono de voz—. Me dejaste muy claro que no me venderías Beaumont si no lo hacía, así que tenía que hacerlo.
—¿Tenías? ¿Por qué? —levantó los brazos—. ¿Por un montón de ladrillos? ¿Por ser la clínica de rehabilitación personal de tu madre? ¿O porque también es la tuya propia?... ¿Es ése tu pequeño secreto, Miley? ¡Dime si algo de eso justifica el sexo! Ahora sé que no sólo has estado con los hombres que tu padre ha elegido para ti, sino también con los que tú misma has elegido. ¿Te enfadaste conmigo porque no te di lo que querías? ¿Porque no conseguiste recuperar tu clínica privada, Miley?
—¿Qué? —dijo ella. Sentía que su cuerpo era de cristal, y si se movía, podría romperse en mil pedazos.
—No te gusta que diga eso, ¿verdad? —su voz no podía ser más hiriente.
—No —fue todo lo que ella respondió.
Entonces le indicó una puerta a su derecha y fue hacia ella. La abrió y la cruzó. Daba a un elegante saloncito.
—Ven —le dijo—. Ven a ver.
Ella cruzó el salón y abrió una puerta de cristal que daba a una terraza en la fachada este de la casa. Después miró a Nicholas.
Nick la siguió al exterior a grandes zancadas sin comprender aquello. Pero no había nada que ella pudiera decir que cambiase su opinión sobre Miley Cyrus: él ya sabía quién era.
Entonces frunció el ceño. Algo lo distrajo del tornado de emociones que sentía en su interior: se oían ruidos que venían de no muy lejos, y eran ruidos que no parecían apropiados de un sitio como aquél.
Al doblar la esquina de la casa vio una extensa zona de césped rodeada de flores y de bosque de gran belleza, pero no fue eso lo que lo detuvo en seco. Cruzando el césped había caminos enlosados, y cruzándolos, había niños en sillas de ruedas.
Algunos tenían soportes para la cabeza y los brazos, y otros recibían la ayuda de adultos. Y hacían mucho ruido, pues reían, charlaban y gritaban alegremente. Parecía que un grupo de ellos estuviera jugando a algo y, de repente, aquello no tuvo ningún sentido.
Uno de los niños en silla de ruedas cambió de dirección y se dirigió por un caminito hacia Miley, que estaba en el borde de la terraza que tocaba el césped.
—¡Dul, Dul! ¿Lo has visto? He pillado a Tom, y él es el más rápido de todos. Es la primera vez que le pillo. ¿Lo has visto?
La cara del niño estaba roja de excitación, aunque hablaba con cierta dificultad. Una de las manos descansaba inmóvil sobre el reposabrazos de la silla, pero la otra movía con destreza unos controles eléctricos. Su silla tenía un soporte para el cuello, y su cabeza descansaba sobre un lado.
Nick vio a Miley caminar hacia él. El niño debía tener unos siete años, era difícil de decir. Y había algo familiar en su rostro...
—Ya te he visto, Charlie —respondió ella.
El tono de voz cortante que había empleado antes había casi desaparecido por completo, como si no hubiera logrado borrarlo del todo.
—Ha sido una buena carrera, pero le has pillado. Sabía que lo conseguirías. Estás mejorando mucho —le revolvió el pelo cariñosamente y siguió hablando—. Oh, oh... será mejor que vuelvas... Tom prepara su venganza.
El chico accionó los controles y giró la silla para dirigirse de nuevo al camino principal a encontrarse con sus amigos. Nick miró a Miley por un momento y después ella se giró y volvió con él. Ella caminaba al mismo tiempo que hablaba, y su voz había vuelto al tono distante y gélido de antes.
—Ese niño es Charlie —dijo—. Es mi hermano. Y era para él y para los otros niños que viven aquí para quienes quería comprar Beaumont. Por ellos, para que estuvieran seguros —lo miró a los ojos, pero no vio nada en ellos—, habría hecho cualquier cosa en el mundo.
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