—Esta mañana tengo que ir al continente —le comunicó Nick a Miley mientras desayunaban en la terraza de la villa.
Ella lo miró con recelo. Él, que en realidad quería hacerle el amor de forma apasionada, maldijo por enésima vez aquello de que tendría que ser ella quien tomase la iniciativa, pero su orgullo no le permitía ahora echarse atrás. Él sabía que ella terminaría por cambiar de opinión. Podía ver el deseo en sus ojos. Miley tenía miedo de tocarlo, y él era consciente de que estaba más asustada de sí misma que de él. Era sólo cuestión de tiempo. Mientras tanto, a menos que Nick quisiera parecer una ciruela pasa con tanta ducha fría, debía abandonar la isla y alejarse de la tentación durante unas horas. Por fortuna, tenía algunos asuntos de trabajo que tratar con Andrew.
—Tengo varias reuniones, pero si quieres puedes venir conmigo —¿por qué demonios había dicho eso? Se sintió aliviado cuando ella rehusó.
—¿Cuándo vuelve papá? —preguntó Daniel, que se había echado en la toalla junto a ella—. Quiero que me dé otra clase de natación.
—Puedo hacerlo yo —respondió Miley al tiempo que se levantaba y se quitaba el sombrero—. Las mujeres son tan buenas nadando como los hombres.
De repente oyó una voz que la llamaba. Miley se giró y se llevó una gran sorpresa.
—Mary, ¿de dónde has salido? —Mary iba acompañada de Mark, su hijo mayor.
—Nick nos trajo a todos, y a la niñera. Pensó que te podría apetecer algo de compañía femenina y que los niños se divertirían jugando juntos.
—Nick tiene razón, me alegro mucho de verte aun que no me dijo nada.
—Quería darte una sorpresa —Mary sonrió y, tras pedir a Mark que vigilase a Daniel, continuó hablando con Miley—. Ya veo por qué; no tienes muy buena pinta que digamos. ¿Y esas ojeras? Estás de vacaciones, se supone que deberías estar relajada.
Miley hizo una mueca.
—¿Qué quieres que haga? —miró a Daniel y vio que estaba feliz, absorto en su castillo de arena y bajo la supervisión de Mark. Mary la tomó del brazo.
—Ven, siéntate, tengo algo que decirte —Miley se sentó en la toalla y Mary a su lado—. Lo quieres, puedo verlo, pero también entiendo por qué no confías en él después de lo que escuchaste en la fiesta. Como abogada, soy consciente de que no debería revelar un secreto, pero quiero pensar que eres mi amiga y que mereces saberlo.
—Eso suena terrible.
—En absoluto. Andrew no sólo es el abogado de Nick, sino que también es su amigo. Nick lo llamó anoche para contarle que iba a ir a verlo, pero también le dijo que, aunque estaba muy a gusto aquí contigo, pensaba que podría apetecerte algo de compañía femenina durante el fin de semana. Desde que Andrew lo conoce, Nick nunca se había interesado por una mujer fuera de la cama. Mi marido está convencido de que Nick te quiere con locura. Pero luego, en la cama, me enteré de algo todavía más decisivo —dijo Mary con una sonrisa perversa—. Fue Andrew quien visitó a Louisa en París hace un par de semanas en calidad de abogado de Nick. Acudió con las escrituras del apartamento y con un talón por una gran suma de dinero. Ya sé que no fue muy elegante, pero tampoco es motivo suficiente para divorciarse. Ahora bien, desconozco si Nick se acostó con Louisa la semana antes de la boda, pero lo que sí te puedo asegurar es que no lo hizo después. Ni siquiera se encontraba en París cuando Andrew cerró aquel dudoso trato con Louisa, y ésa es la pura verdad. Pero no se te ocurra decir a nadie que esto te lo he contado yo o Andrew me matará.
Miley se dio cuenta de que lo que decía Mary podía ser cierto. Al fin y al cabo, ella nunca escuchó decir a Louisa que Nick le hubiera dado aquellos regalos en persona.
—Te creo, Mary, pero eso no cambia nada. Nick no cree en el amor. Para él, yo nunca seré otra cosa que una fuente de placer sexual, y ahora ni siquiera eso —confesó—. En la pelea que tuvimos después de la fiesta, el muy arrogante me dijo que no me volvería a tocar hasta que yo no se lo pidiera, lo que no va a suceder jamás.
—¿Estás loca?; estás tirando piedras contra tu propio tejado. Nick apenas ha recibido amor en su vida, y es muy probable que no lo distinguiera aunque se diera de bruces con él. Pero si de verdad lo amas, puedes enseñarle en qué consiste. ¿Qué eres, una mujer o una gallina? Si te lo propones, está en tu mano intentar que cambie de opinión. Piénsalo bien.
Si Mary estaba en lo cierto, Nick le había sido fiel al menos desde que se casaron. Sin embargo, Miley reconocía que un hombre como él no estaba hecho para el celibato, y había cientos de mujeres esperando ahí fuera. ¿Sería tan tonta de negar lo que su propio cuerpo ansiaba y quizás de empujarlo a los brazos de otra mujer? Esa idea le hacía darse cuenta de que aún no confiaba en él. Su corazón le decía que el amor y la confianza eran inseparables, pero su cabeza y su cuerpo le decían que buscase primero el amor y que tal vez la confianza llegaría luego.
Miley estaba todavía pensando qué hacer Cuando entró al dormitorio para darse una ducha y cambiarse. La respuesta se hallaba allí: un cuerpo atlético de más de un metro ochenta con el pelo mojado y envuelto tan sólo en una toalla.
—Nick, pensaba que estabas con Andrew y los niños —dijo Miley mientras su corazón latía con fuerza y su mirada recorría fascinada aquel cuerpo semi desnudo. Él se despojó de la toalla y comenzó a secarse el pelo con ella.
—Los está cuidando la niñera —Nick se colgó la toalla alrededor del cuello y le dirigió una seductora mirada. Con un escueto bikini y la cara sonrojada, las pupilas de Miley se dilataron de deseo mientras sus pechos cobraban firmeza y sus pezones se marcaban a través de la tela.
A Nick le parecía gracioso, cuando no entrañable, el hecho de que ella aún se ruborizase después de todo lo que habían compartido. Se puso la toalla alrededor de la cintura y se acercó, intentando controlar el deseo de tomarla en sus brazos.
—Tienes la misma expresión que la primera vez que me viste desnudo en la playa —le recordó dulcemente—. Ya te deseaba, pero entonces estaba casado. Recuerdo que te dije que debías preguntar antes de comerte a alguien con los ojos. Reconozco que aquellas palabras no fueron muy amables por mi parte.
Él se aproximó un poco más. Sus cuerpos se hallaban a escasos centímetros el uno del otro. Notó cómo la estremeció un ligero temblor. Ella lo estaba deseando.
—Nunca te vi desnudo —respondió Miley—. No hasta casarnos.
—Mentirosa —le sonrió con sus increíbles ojos—. Noté cómo me estabas mirando mientras caminabas hacia mí antes de taparme con una toalla —no la estaba tocando, pero Miley estaba hipnotizada por el calor que emanaba de su cuerpo. Hacía tanto tiempo que no sentía su roce, el deleite de ser poseída, que apenas podía controlar su deseo. Mary tenía razón, y todo lo que tenía que hacer era preguntárselo. Estaba a punto de hacerlo cuando él prosiguió—. Ahora me gusta que me mires así —dijo mientras contemplaba con satisfacción aquel pequeño y apetecible cuerpo—. Y te perdonaré la mentira si dices las palabras que quiero oír. Sabes que lo estás deseando.
La arrogancia que entrañaban aquellas palabras le hizo cambiar de idea.
—No miento. No te vi desnudo —dijo bruscamente—. Estuve ciega durante más de un año, y la última operación de la vista por la que pasé había tenido lugar sólo unas pocas semanas antes. Si te miraba fijamente era porque te veía de forma borrosa, y cuando por fin logré verte con claridad llevabas puesta una toalla —le replicó furiosa.
Sorprendido, Nick la miró a la cara y supo que estaba diciendo la verdad. ¡Menuda metedura de pata! ¿Nunca iba a hacer nada a derechas con esa increíble mujer? Finalmente, se tragó su orgullo.
—¡Qué diablos! No me importa que no me lo hayas pedido —afirmó antes de abrazarla.
En ese momento la besó con todas las ganas que llevaba reprimiendo desde hacía una semana. Ella rompió en gemidos mientras él la saboreaba con fruición y sentía que aquel cuerpo se derretía entre sus brazos. Se preguntó por qué había esperado tanto, la levantó en vilo y la llevó hasta la cama.
—¿Qué haces? Estoy llena de arena —exclamó.
Con una amplia sonrisa, Nick cambió de dirección y se dirigió al baño.
—Voy a lavarte, a mimarte y a hacerte el amor, no necesariamente en ese orden —Miley tragó saliva y se humedeció los labios, repentinamente secos. Había dicho «hacer el amor», y no había tenido que pedírselo No importaba si era amor o lujuria. Como Mary había dicho, dependía de ella enseñarle la diferencia. Al contemplarlo y percibir la pasión brillando en su mirada Miley supo que tenía que intentarlo aunque le llevas toda una vida, porque lo amaba.
Ya en la ducha, con una ternura que la cautivó la lavó de pies a cabeza. Sus manos se demoraban en ciertos lugares sin que ella plantease objeción alguna. Al terminar, entre besos, la envolvió en una gran toalla y la llevó a la cama. Apoyado en los brazos, se tumbó encima de ella de tal forma que sus atléticos muslos apresaron las piernas de Miley. Ella sintió la dureza de su erección contra su vientre. Cuando su boca alcanzó la de ella, se abrió a él con un apasionado suspiro de placer. Él le lanzó una ardiente mirada.
—¿Tienes idea de lo hermosa que eres? —le susurró. Ella, hipnotizada, lo besó desesperadamente mientras se aferraba a su piel morena.
—Ay, Miley, no sabes la falta que me haces —dijo mientras trazaba una imaginaria línea de besos hasta sus pechos. Se metió en la boca un pezón y lo chupó con avidez.
Miley dio un grito sofocado y hundió las manos en el cabello de Nick mientras éste dedicaba la misma atención al otro pecho.
—Por favor, Nick—gimió ella mientras todo su cuerpo se estremecía.
Él continuó hasta que el placer casi se transformaba en dolor.
—Por favor —suplicó ella.
Al oír su gemido, Nick levantó la cabeza para descubrir una pasión ciega en aquel hermoso rostro. Con un poderoso impulso se hundió en las profundidades de su sexo. Quería quedarse inmóvil dentro de ella durante un tiempo, pero no fue incapaz de aguantar. Tenía su dulce sabor en la lengua, y la ardiente pasión de Miley lo consumía. Al notar la presión de Miley, su fuerza de voluntad lo abandonó y no tuvo otra opción que continuar. Lanzó un gemido y penetró más y más, hasta que los dos estallaron en un orgasmo como nunca antes habían experimentado.
Miley se aferró a Nick mientras remitían los temblores que los habían sacudido con una pasión desmedida. Ella suspiró débilmente. Al fin su mente y su cuerpo estaban de acuerdo. Nick se apoyó en un brazo para aligerarla de su peso mientras contemplaba aquel hermoso rostro.
—Victoria al fin —dijo él. La tranquilidad de ánimo de Miley se vio alterada por esas palabras. Furiosa, le dio un empujón y se sentó en la cama.
—No me ganaste; nunca te pedí que me tocaras. Fuiste tú quien empezó —dijo ella con rabia mientras él se reía descaradamente.
—Quería decir que me venciste; estaba admitiendo mi derrota.
—Ah —era una confesión inaudita viniendo de Nick, aunque tumbado en la cama, con las manos detrás de la cabeza y una sensual sonrisa en la cara, parecía cualquier cosa menos alguien derrotado, pensó Miley con ironía. Su imagen era, por el contrario, la de un hombre seguro de sí mismo que acababa de saciar su voraz apetito sexual.
—Sin embargo, creo que en aras de la armonía matrimonial deberíamos declarar un empate. Si no recuerdo mal, te oí implorarme que continuara no una sino dos veces —dijo en tono de broma.
Miley no pudo reprimir la risa.
—Eres un caso perdido. Si no nos vestimos y bajamos, nuestros invitados van a subir a buscarnos.
—De acuerdo —respondió él mientras le dedicaba una radiante sonrisa—. Dame un par de minutos y el baño será todo tuyo.
Aquellos últimos días habían Supuesto una auténtica revelación. Todo el mundo, incluyendo los niños se lo habían pasado bien. Nick, relajado y Cariñoso era digno de contemplar. Miley estaba casi segura de que era amor, aunque ni él ni ella habían pronunciado la palabra mágica.
Había llegado el momento de regresar a Atenas.
—Tengo que levantarme —refunfuñó Nick. Miley se apoyó con picardía en el pecho de Nick para montarse a horcajadas sobre sus poderosos muslos—. Usted, señora, se está volviendo muy atrevida —bromeó, y con un hábil movimiento se puso encima de ella—. No era lo que esperaba de la inocente mujer con la que me casé. Pero entonces tampoco esperaba… —no terminó la frase.
—¿Qué no esperabas? —preguntó Miley.
—Nada. Tengo que irme —saltó de la cama y se detuvo un momento para contemplarla—. Hay algo que debo decirte, pero puede esperar hasta la noche. Esta noche te lo cuento —y se inclinó para darle un tierno beso en la frente.
Miley guardó aquellas palabras en su corazón como si de un tesoro se tratara. Estaba segura de que iba a decirle que la amaba. ¿Qué otra cosa podía ser después de aquellas tres últimas semanas de auténtica felicidad?
Aquel día la niñera sería la encargada de llevar a Daniel a la escuela, ya que ella tenía una cita a las once. Al principio, cuando había comenzado a sentirse cansada y a tener algunas náuseas, lo había achacado al cambio de país, de comida e incluso de clima. Había sido Mary quien había sugerido que el motivo podía ser otro. Miley no quiso hacerse ilusiones, pero en todo caso había pedido cita con el ginecólogo de Mary para aquella mañana.
Pidió al chófer que la esperase y entró en la clínica privada. La doctora Savalas era una mujer de cincuenta años. Enseguida Miley se sintió muy cómoda con ella. Le contó la historia del accidente y le pidió disculpas de antemano por lo que seguramente era una visita inútil.
—Entonces, a ver si le he entendido bien, señora Jonas: usted cree que podría estar embarazada, pero a la edad de catorce años sufrió un accidente de tráfico en el que se fracturó la pelvis. El doctor que la operó dijo que la intervención había sido un éxito, pero que lo más probable era que nunca pudiera tener hijos. ¿Correcto hasta aquí?
Miley asintió con la cabeza.
—De acuerdo, deme el nombre del doctor que la atendió y ya veremos qué me dice.
—¿De verdad estoy embarazada? —una hora después, sentada de nuevo frente a la doctora Savalas, Miley estaba llorando de felicidad.
—No hay lugar a dudas. He hablado con su doctor de Ginebra y en realidad no hay ninguna razón médica por la cual no pueda seguir adelante con este embarazo, a pesar de que su pelvis es más débil de lo normal y usted es bastante pequeña. Por prudencia, sugiere que lo más seguro sería efectuar una cesárea, algo con lo que estoy de acuerdo.
Miley salió de la clínica y subió al coche. Estaba en el séptimo cielo, con una enorme sonrisa dibujada en la cara. Cuando el chófer le preguntó dónde ir, no dudo ni un segundo en responder que al banco. Necesitaba contárselo a alguien, y Nick tenía derecho a enterarse antes que nadie.
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