domingo, 15 de abril de 2012

Capitulo 4.-


LA CÁLIDA luz del atardecer iluminaba la sala de estar de su madre. La sala estaba decorada con cortinas de seda y delicados muebles y obras de arte del siglo XVIII. Aquella habitación le iba perfectamente a su madre; era un bello y elegante refugio del mundo.
Miley observó disgustada cómo su madre se preparaba un gin tonic, con más ginebra que tónica, con mano temblorosa. Estaba en estado de shock, al igual que Miley, puesto que lo más improbable del mundo había pasado: su padre había perdido Cyrus Enterprises.
Giles Cyrus nunca perdía; su madre y ella lo sabían bien, pero ahora Cyrus Enterprises ya no le pertenecía: había sido derrotado en la batalla.
Miley se había enterado a la mañana siguiente, cuando se había despertado en el yate de un sueño tan potente y real que sólo cuando la tripulación del barco le anunció que su padre se había marchado, pudo apartarlo de su mente. Ella tomó el primer avión a Londres, sin importarle el paradero de su padre, y después había conducido hacia el corazón de la región de los Chilterns, hasta la mansión de estilo reina Ana en medio de un bosque, Beaumont, que era el refugio de su madre.
No le había sido fácil darle la noticia a su madre, pero las semanas que siguieron a aquello trajeron más novedades. AC Internacional había tomado el mando de la empresa de Cyrus, y desde entonces, dos cosas habían pasado: el Ministerio de Hacienda había abierto una investigación sobre las finanzas de la empresa y Giles Cyrus había desaparecido de la faz de la tierra.
El escándalo había llegado a las páginas de todos los periódicos y a todos los rincones de Londres, pero no era eso lo que a Miley le importaba, sino algo mucho más importante para ella. Dejaría de recibir dinero, tal y como su padre le había advertido.
Después de ver a su madre, su prioridad había sido ponerse en contacto con el banco, con el banco de su padre, con el contable de éste, y de todos oyó la misma frase: no había fondos. No recibiría más dinero en su cuenta, ni en la de su madre, y su piso de Chelsea y el de su madre en Kensington serían embargados, pues estaban a nombre de la compañía, y ésta ya no era propiedad de su padre.
Miley y su madre habían dejado sus domicilios y se habían retirado al santuario de Beaumont, que era lo único que les quedaba. Eso, y el dinero que Miley había guardado en secreto a espaldas de su padre, tras ahorrar durante años de la paga de su madre: el modo de Giles Cyrus de controlar a su esposa y a su hija.
Miley no sólo había ahorrado, sino que había hecho inversiones guiadas por el olfato que, ironías de la vida, había heredado de su padre. Aquel dinero no era nada comparado con las asignaciones de su padre, pero si eran cuidadosas, bastaría para mantener Beaumont.
Miley hizo una mueca de desagrado al recordar cómo ella y su madre se habían permitido un lujo tras otro, y cómo todo ese dinero podía haber ido a Beaumont. Bueno, aquel estilo de vida había tocado su fin.
Al igual que su padre.
Aquello era lo único bueno de aquel desastre. Su padre había desaparecido por fin de sus vidas, pues con Hacienda husmeando en sus libros de cuentas, seguro que Cyrus no volvería a pisar suelo británico.
«¿Nos hemos librado de él? ¿De verdad nos hemos librado de él?»
Miley miró a su madre. Su rostro reflejaba una enorme preocupación, pero al menos no estaba tan perfectamente maquillada como ella la había visto toda su vida. En su adolescencia, Miley descubrió que su madre no sólo se maquillaba para engañar la edad y retener su belleza, sino para ocultar las moraduras.
Sólo una vez, con dieciséis años, Miley se enfrentó a su padre y lo amenazó con llamar a la policía por lo que le estaba haciendo a su madre.
—¡Zorra estúpida! ¡Ella nunca me denunciará, y tampoco se divorciará de mí!
Miley bajó la cabeza y se rindió. El terror de su madre hacia su marido era tan enorme que lo único que Miley podía hacer era proteger a su madre cuanto podía. Y tratar que ella no buscara la protección en la ginebra con tónica.
Por fin su madre era libre de Giles Cyrus, al igual que Miley, pero el miedo acumulado durante tantos años de abusos era difícil de superar.
—Puedes iniciar el proceso de divorcio —le apremió Miley—. Puedes alegar abandono del hogar, ahora que se ha marchado.
—¡No! —su madre se llevó el vaso a los labios con mano temblorosa—. ¡Sé que volverá! Siempre lo hace. A veces me deja sola mucho tiempo, pero después vuelve. No puedo detenerlo. ¡Nunca podré!
Miley, al sentir su miedo, tomó a su madre de las manos.
—Si vuelve, lo arrestarán. Si están investigando su empresa por fraude, seguro que encuentran algo. Además, por lo que he oído, los nuevos propietarios de la empresa están colaborando con los inspectores de Hacienda. No quieren que el fraude los salpique.
Miley arrugó los labios al pensar que en cuanto tomó posesión de la empresa, Nick Jonas llamó a Hacienda. ¿Acaso sospechaba de que pudiera estarse produciendo alguna acción fraudulenta en la empresa de su padre?
No, mejor sería no pensar en Nick Jonas y en nada de lo que pasó en aquel viaje al sur de Francia. Aquello pertenecía a una etapa de su vida que había pasado y que no volvería, ¡gracias a Dios!
En su mente volvió a aparecer Nick Jonas caminando hacia ella, pero aquello no era más que una fantasía. El verdadero Nick Jonas se había mostrado tal y como era cuando salió del hotel llevando a una prostituta del brazo. Eso era lo que tenía que recordar de él.
De todos modos, él pertenecía a un mundo del que Miley había salido, del que por fin había escapado.
Cerró los ojos, agradecida. Había soñado muchas veces vivir libre de su padre, y ahora lo tenía, por fin.
—¡Miley, estoy asustada! —su madre se agarró a su mano, interrumpiendo sus pensamientos.
Miley la abrazó.
—No pasa nada —le dijo, intentando calmarla y quitándole el vaso de las manos—. Ya no te puede hacer más daño. Todo irá bien. Beaumont está a salvo y podremos arreglarnos con el dinero que guardé. Es verdad que no es mucho, pero será suficiente, te lo prometo —besó a su madre en la mejilla—. Te prometo que todo irá bien.
Pero su madre se apartó de ella con los ojos muy abiertos de terror.
—¡Oh, no! No irá bien, Miley. Tú no sabes nada. ¡Dios, no sabes nada!
Miley empezó a sentir frío y el mismo terror que invadía a su madre.
—¿Qué ocurre, mamá?
—¡Es Beaumont!
—¿A qué te refieres? —preguntó con cautela, sin dejar de mirarla.
Su padre no podía tocar aquella propiedad. Pertenecía a su madre por herencia, a diferencia de los pisos de Londres, y él no podía disponer de nada allí. Pero su madre no dejaba de temblar. Miley la miró mientras tomaba otro sorbo del vaso de gin tonic y buscaba las palabras para explicar lo que tenía que explicar.
—Le entregué Beaumont a tu padre. Me dijo que lo necesitaba para la empresa, para contrarrestar la oferta de compra.
Miley pensó en la ironía del momento: justo cuando se creía libre, un terremoto venía a acabar con sus esperanzas.
—¿Cómo has podido hacerlo? ¿Cómo pudiste entregarle esta casa?
Nada más pronunciar aquellas palabras, Miley se arrepintió. Su madre se encogió como si su hija la hubiera golpeado y el vaso de gin tonic cayó al suelo.
—Me dijo que lo necesitaba —dijo Amabel, sin expresión alguna en la voz—. Dijo que lo pagaría todo, que si quería seguir recibiendo dinero, tendría que darle Beaumont. Dijo que no tenía derecho, que la casa había sobrevivido gracias a su dinero. Dijo que yo no servía para nada, que no tenía voluntad, que no tenía agallas...
Miley la abrazó.
—No, para, no... —le pidió, angustiada. No podía soportar ver a su madre así.
—Me obligó a dárselo. ¡Me obligó! —su madre cada vez subía más la voz—. Me golpeó, una y otra vez, hasta que firmé el documento que me trajo. ¡Oh, cielos, Miley! ¡Me obligó a entregárselo!
Miley siguió abrazándola mientras la rabia la consumía. Y también la desesperación.
Si Beaumont ya no pertenecía a su madre, estaban perdidas. Tenía que recuperar Beaumont como fuera. Había mucho en juego.

Nick se paró un momento en la cinta de correr, programó la máquina para otra media hora, y empezó a correr de nuevo. Sentía el sudor deslizarse por su espalda, pero eso no le bastaba. Tenía que acabar con aquello que lo consumía.
No debería sentirse de aquel modo. Debería sentirse satisfecho por haber cumplido con el objetivo que había dirigido toda su vida.
Giles Cyrus estaba acabado.
Le había hecho justicia a Ileana.
Una punzada de dolor lo atravesó. Ileana, que se había marchado de su lado tan joven, con apenas dieciocho años, nunca volvió.
Giles Cyrus tampoco volvería.
Cuando Nick había tomado el control de Cyrus Enterprises, examinó los libros de cuentas en busca de un más que posible fraude fiscal, según sus informaciones, y al encontrarlo, llamó a los inspectores de Hacienda. Giles Cyrus hizo entonces lo que Nick había previsto: buscar refugio. Pero no lo encontró. Cyrus solía hacer negocios oscuros con gente aún más oscura, que no quisieron verse involucrados con él una vez se descubrió que tenía las manos manchadas ni que sus operaciones salieran a la luz. Por eso no le dieron precisamente la bienvenida al hombre que había dejado que su empresa cayera en manos enemigas.
Giles Cyrus estaba acabado, y no sólo en el sentido financiero del término. Nick sabía que debía sentirse feliz, tras tantos años de persecución, y en paz por Ileana y por él mismo. Pero no lo estaba, aunque sabía que no podría devolverla a la vida ni ir más allá de donde había ido en su venganza. Pero después de eso, no podía seguir adelante.
Y sabía por qué. Sabía qué era lo que se interponía entre su victoria sobre Cyrus y la paz de su espíritu: era una mujer, y no el fantasma de la pobre Ileana, sino la hija del hombre que había acabado con Ileana.
Miley Cyrus.
No podía librarse de ella, por más que lo había intentado haciendo uso de toda su disciplina interna, pero nada había funcionado. Desde la noche de la cena en el yate habían pasado varias semanas en las que Nick había buscado la compañía de varias mujeres bellas, que habían estado más que encantadas de aceptar sus proposiciones.
Pero ninguna había podido borrar la bella imagen de Miley de su mente. Ninguna lo había tentado como ella.
Al darse cuenta sintió aún más rabia, y forzó su cuerpo al máximo para castigarse por desear a la mujer que no podía tener. Que no debía desear.
Era demasiado corrupta, pero aun así, envenenaba sus sueños. Lo atormentaba.

No hay comentarios:

Publicar un comentario