domingo, 22 de abril de 2012

Capitulo 7.-



Miley yacía hecha un ovillo sobre la enorme cama, lo más lejos posible de su indómito marido. El sonido regular de la respiración de Nick indicaba que estaba profundamente dormido.
Pero para Miley el sueño resultaba esquivo. Se sentía avergonzada y humillada de sólo pensar lo que había hecho. ¿Cómo había tenido tan poca fuerza de voluntad? ¿Cómo pudo ser tan lasciva, besando, tocando, arañando con tanta avidez? ¿Cómo podía su cuerpo haberla traicionado de aquella manera, no una, sino dos veces? Era fácil, se dijo antes de hundir la cabeza en la almohada. Había sido seducida por un auténtico experto.
Revolviéndose en la cama, Miley intentó borrar aquel segundo gran error de su memoria. La última vez su comportamiento había sido incluso peor. Lo había acariciado y tocado abiertamente, explorándolo con el mismo íntimo detalle que él había empleado con ella. Lo único importante al final habían sido los dos cuerpos sudorosos frotándose, tocándose, saboreándose en una orgía de creciente abandono que había culminado en un clímax explosivo.
Por muy doloroso que fuera admitirlo, por alguna inexplicable razón estaba volviéndose incapaz de resistirse a los encantos de aquel hombre. Sabía que por ese camino sólo encontraría dolor. Nick Jonas era el hombre más tiránico y cínico que había conocido nunca. Además, de creer sus comentarios sobre el sexo femenino, era un misógino. Estaba claro que no era el hombre ideal del que enamorarse.
Con los ojos bien cerrados, se prometió en silencio que nunca permitiría que su engreído marido la tocase de nuevo. Al día siguiente hablaría con Anna y tendría su propia habitación, dijese Nick lo que dijese, y estando pensando en ello, exhausta como se hallaba, se quedó dormida.

Miley parpadeo y dio un amplio bostezo. El sonido de una puerta resonó en su cabeza. Se puso boca arriba y se estiró en la cama. Le dolían partes de su cuerpo cuya existencia desconocía. Entonces lo recordó todo. Abrió los ojos y la luz del sol que entraba por la ventana la deslumbró.
—Buenos días, señora.
Pestañeando de nuevo, se fijó en Anna, quien, de pie al lado de la cama, portaba una bandeja con el desayuno.
—El señor dijo que la dejáramos descansar, pero son casi las doce y pensé que tal vez le gustaría un café y comer algo.
—¿Las doce? —exclamó Miley sorprendida—. Siento haberme despertado tan tarde, y gracias, Anna —dijo tomando la bandeja.
—Señora, no hay ninguna prisa, el señor se ha ido a recoger a Daniel y aún tardarán. Tómese su tiempo —Miley se sorprendió por la amplia sonrisa que Anna le dedicó—. Y si me permite, señora, conozco al señor desde que tenía ocho años, ya que primero fui su niñera. Lo he visto crecer y convertirse en el hombre que es hoy, y francamente puedo decirle que nunca lo había visto tan feliz como esta mañana. Quiero darle las gracias por ello. El señor se merece un poco de felicidad en su vida. Su madre era una mujer difícil y apenas se ocupaba de él, y en cuanto a su primera esposa… —Anna hizo un gesto de desaprobación—. Aunque supongo que usted ya lo sabe todo sobre ella y no debería hacerle perder el tiempo con mis chismes. Pero cualquier cosa que quiera sólo tiene que pedírmelo —acto seguido sonrió y abandonó el dormitorio «Me pregunto si eso incluye un dormitorio aparte», rumió Miley mientras se tomaba el café y comía las exquisitas pastas que le había llevado Anna. Por alguna razón pensó que no. Preocupada, su mirada se posó en el otro lado de la cama. Entonces recordó vivamente lo sucedido la noche anterior; recordó el formidable cuerpo de Nick sobre ella, dentro de ella poseyéndola de nuevo mientras la luz del alba inundaba la habitación. Por fin saltó de la cama y se dirigió baño.

Abrió la ducha y permaneció bajo el relajante chorro intentando olvidar los obsesivos recuerdos de la noche anterior. Estaba decidida a no repetir el error. Treinta minutos más tarde, con el pelo seco, observó su propia imagen en el espejo. Parecía diferente; sus labios estaban aún ligeramente hinchados por los besos de Nick. Tenía zonas enrojecidas en los pechos y en el estómago, testimonio de la pasión de su marido. Se apartó del espejo y se vistió con rapidez. No quería seguir dándole vueltas a aquello. Eligió unos vaqueros azules y una camisa amarilla y se peinó el pelo hacia atrás. Se calzó unas zapatillas y se aventuró fuera del dormitorio.
Allí estaba él, al pie de las escaleras, como el día anterior, sólo que esa vez iba vestido de manera informal, con un suéter de lana blanco y pantalones oscuros. Daniel estaba a su lado.
—Tío Nick dijo que teníamos que dejarte descansar —explicó alegremente Daniel. Miley se puso colorada, y su flamante marido sonrió de forma sincera, lo que le hizo ruborizarse aún más.
—Sí, bueno —balbuceó Miley, bajando las escaleras y dando un fuerte abrazo a Daniel—. Ahora cuéntamelo todo sobre la noche que has pasado fuera.
Los nervios de Miley se tranquilizaron un poco, Daniel estuvo contando lo que había hecho y Anna servía el almuerzo. Después, Nick, para sorpresa de Miley, insistió en llevar a Daniel arriba para dormir la siesta y le prometió que más tarde jugaría al fútbol con él, así mientras tanto Anna podría mostrarle toda la casa a Miley.
Los ocho dormitorios y los cinco recibidores la impresionaron pero no podía dejar de pensar que le faltaba algo de calidez. Todo en ella era impecable. Sus vistosos techos altos, los frescos y los suelos de mármol el mobiliario a juego con el resto de la casa… Tal vez demasiado perfecto: una típica residencia de banqueros estirados.
Miley aprovechó la ocasión para contarle a Anna que era ilustradora y preguntarle si podía tener una habitación a modo de estudio, a ser posible no demasiado lejos del cuarto de Daniel, ya que solía trabajar cuando él dormía. Anna la complació encantada y le enseñó un dormitorio que se encontraba en el mismo pasillo que el del niño. Cuando Anna volvió abajo, se apresuró a desempaquetar el caballete portátil y los cuadernos de dibujo y a trasladar algunas prendas de ropa esenciales de la suite principal. No le importaba lo que Nick pudiera pensar. Iba a tener su propia habitación.
Para su sorpresa, el resto del día fue bastante entretenido. Miley se unió a Daniel y a Nick en el jardín; tras la lluvia del día anterior resultaba agradable salir fuera a recibir un poco de sol. La animaron para que jugase al fútbol con ellos, y le dio un ataque de risa cuando su marido pisó el balón y se cayó a sus pies en su ansia por quitárselo. Daniel saltó inmediatamente a la espalda de su tío pretendiendo que hiciera de caballo.
Había algo muy gratificante en el hecho de ver a Nick de rodillas.
—Cabalga, vaquero —gritaba Miley animando al niño. Pero cuando Daniel se cansó del juego, Nick lanzó una perversa mirada a Miley. —Te toca, Miley—y mirando a Daniel ah ¿Qué opinas? ¿Le toca montar a Miley?
—Sí, sí —gritó feliz Daniel.
—No, no deberías —dijo Miley, poniéndose colorada por el doble sentido de la expresión. Pero en realidad estaba muy contenta de lo bien que se llevaban todos. Nick parecía casi un niño y estaba más relajado lo cual era un buen augurio de cara a la familia que ella esperaba formar. Dando la espalda a los chicos, se escabulló—. Y creo que ya es la hora del té.
—Lo siento, Daniel, Miley piensa que es demasiado mayor para jugar.
Ella oyó el burlón comentario y se dio la vuelta.
—¿Vieja, moi? —exclamó en tono de broma—. Eres bastante descarado a tus años —él la miró con picardía y ella salió disparada hacia la casa mientras Daniel y Nick la perseguían.

Con Daniel acostado, Nick se marchó para hacer algunas llamadas de trabajo y Miley se quedó leyéndole un cuento. Cuando dos horas más tarde ella entró en el comedor, sintió inmediatamente que la agradable atmósfera de la tarde se había esfumado. O tal vez había sido fruto de su imaginación. Nick llevaba una camisa y unos pantalones negros. Se hallaba de pie al lado del mueble— bar con una copa en la mano y una expresión pensativa en la cara. Estaba muy atractivo vestido de manera informal; parecía más un bandido que un banquero, pensó Miley.
Ella frunció el ceño. Probablemente la camisa de Nick estaba hecha a medida en Turnbull y Asser, y sus pantalones también eran de diseño. Podía permitirse la ropa más cara, así que no era de extrañar que tuviese un aspecto magnífico, se dijo a sí misma, negándose a reconocer la creciente atracción que sentía por él.
Nick vio el ceño de Miley. Su propia expresión era de fría indiferencia, pero en su interior la cosa era muy distinta. Para un hombre que se jactaba de ejercer una rígida autodisciplina, resultaba preocupante observar que no tenía ningún control sobre su cuerpo. Desde la adolescencia, nunca había sentido un deseo tan imperioso lo cual no le hacía ninguna gracia.
Ella llevaba un vestido abierto azul claro que acentuaba su esbelta cintura y se adaptaba a sus caderas y muslos como si fuera una segunda piel. Tenía unas medias de seda y unos zapatos azul oscuro de tacones altos. Estaba muy hermosa y elegante. No cabía duda de que lo había sorprendido una vez más.
El día anterior el vestido de novia y ahora eso. Primero la vio como una Lolita, falsa y ávida de dinero, y luego como una hippie con vaqueros y suéter. La imagen que tenía de ella estaba cambiando constantemente, y eso le preocupaba.
—¿Te apetece beber algo? —le preguntó Nick secamente.
—No, gracias. Tomaré una copa de vino en la cena —ella lo miró y se sentó a la mesa, ignorándolo.
Él se sentó enfrente de ella, sirvió el vino y, mientras Anna llevaba el primer plato, observó a Miley con ojos pensativos. Ella era un enigma para él, como no lo había sido ninguna otra mujer. Bella e inocente, cariñosa y compasiva. También era reservada y ávidamente sensual; una combinación explosiva y peligrosa para el equilibrio psicológico de Nick. Miley le inquietaba, y no terminaba de entender por qué.
—Mañana, Miley, tengo reuniones desde la mañana hasta la noche —dijo tratando de convencerse de que no había nada de lo que preocuparse. Todo lo que tenía que hacer era continuar como hasta ese momento, volcado en el trabajo. Sólo entonces se relajó y pudo pensar en disfrutar de la noche que tenía por delante con aquel delicioso y grácil cuerpo—. He arreglado con Mary Stefano que os recoja a ti y a Daniel para llevaros a ver la escuela infantil en que está matriculado. Es la misma escuela a la que van los hijos pequeños de Mary, y a ellos les encanta.
Tras estar toda la cena en silencio, Miley se prendió al oír aquello. Miró al otro lado de la mesa del comedor y vio que él disfrutaba del filete totalmente ajeno a su presencia. Lamentablemente ella no podía decir lo mismo. Tan pronto como Daniel se fue a la cama, volvió a sentir la tensión que la oprimía cuando estaba cerca de él.
—¿Y yo no tengo nada que decir sobre el particular? —preguntó ella.
—En este caso, no, ya está hecho.
—¿Y si no me gusta? —preguntó con tranquilidad aunque por dentro estaba furiosa. Menudo dictador… Yo soy su tutora, tanto como tú. Al menos deberías haberme consultado primero.
Él la miró con cara de pocos amigos.
—Te lo aseguro, esta escuela infantil es la mejor de Atenas, y como el niño ya conoce a los hijos de Mary, no le costará adaptarse.
—¿Por qué debería creerte? —Miley tenía ganas de pelea. Desde el momento en que Nick apareció en su vida, había tomado el control de todo con una determinación que no dejaba resquicio al desacuerdo. Miley estaba profundamente resentida, tanto por su propia debilidad como por la fuerza que él mostraba. De pronto soltó—: Me obligaste a dejar de cenar con Daniel para hacerlo contigo desde la primera noche en que llegué —dijo apartando su plato de un empujón.
—Bueno, sabes que no quiero cenar tarde. Prefiero tomar una comida ligera y cenar temprano —sabía que estaba siendo quisquillosa, pero era algo superior a sus fuerzas—. Se me escapa por completo cómo hemos pasado de hablar de la escuela de Daniel a lo de la hora de la cena. La mente femenina es un misterio para mí.
La miró despacio, deteniéndose en la abertura del escote de su vestido.
—Pero en caso de que no lo hayas notado, Miley, yo soy un hombre corpulento. Un sándwich de queso y una tostada con huevos revueltos un poco de beicon no me bastan para todo un día. Pero entiendo que sea suficiente para Daniel o para alguien de tu estatura.
A Miley no le hizo ninguna gracia la indirecta sobre su tamaño. Su enfado aumentó al recordar que eso era lo que le había ofrecido el día en que se presentó en su casa.
—Si todavía tenías hambre, deberías haberlo dicho en su momento. No eres precisamente tímido cuando se trata de pedir lo que deseas —declaró con rotundidad.
—Es cierto, pero tan pronto como llegué al hotel encargué algo de comer, así que no te tortures al respecto.
—No te preocupes nunca sufriría por ti —le provocó.
Los ojos violeta de Miley eran claros como zafiros en comparación con su piel sonrojada. El vestido azul revelaba que el rubor no se limitaba a su cara, y que la causa no era sólo la ira. El cuerpo de Nick reaccionó en consecuencia.
—Uno nunca sabe. Un día, cuando me conozcas un poco mejor, podrías verlo de otra manera. Pero mientras tanto, acábate la comida. No quiero que estés débil para lo que tengo en mente.
Para Miley, aquella descarada insinuación era la gota que colmaba el vaso.
—Ya he terminado —repuso mirándolo encolerizada. Los ojos de él desprendían una sensualidad de la que ella se percató enseguida. El corazón de Miley se aceleró y se le secó la boca; se odiaba por su debilidad. De repente, se levantó—. Voy a ver cómo está Daniel; al fin y al cabo es la única razón por la que estoy aquí.
—Como quieras. Tengo que hacer algunas llamadas al Extremo Oriente. Habré terminado en una o dos horas —y continuó comiendo. Miley, por su parte, se marchó dando un portazo.
Ella miró alrededor del gran vestíbulo y lanzó un suspiro. Probablemente, se había excedido al cerrar de forma tan brusca, pero no le importaba. Se pasó por la cocina para decirle a Anna que no tenía más hambre que se iba a la cama con una taza de chocolate.
Subió las escaleras e, ignorando la suite principal echó un vistazo a Daniel y luego continuó hacia la habitación situada al fondo del pasillo. Cerró la puerta se desvistió y entró en el pequeño baño del cuarto. Se puso un camisón blanco y se metió a gatas en la cama.
Reclinada sobre las almohadas, se sentía a gusto. La habitación era mucho más pequeña que la suite principal, pero tenía un pequeño baño y estaba agradablemente decorada. Junto a una de las paredes había una cómoda, un tocador y un ropero. Al lado de la ventana había un sofá, una silla y una mesita, pero ella los había puesto a un lado para dejar sitio al caballete; en la amplia repisa de la ventana había colocado los cuadernos de dibujo, los pinceles y las pinturas. No era perfecto pero la luz era buena y serviría, pensó complacida.
Se acomodó contra el cabecero de la cama y tomó un sorbo de chocolate caliente. Desde que había llegado a Grecia hacía dos días, no se había sentido tan relajada. Debía aceptar que ahora aquélla era su vida si no quería perder a Daniel, lo que era impensable. Lo quería con locura; él era el único hijo que tendría, y se moriría si alguna vez tuviera que alejarse de él.
En cuanto a su marido, seguramente entendería que la relación entre ellos fuese amistosa y no sexual. A partir de su muy limitada experiencia, el sexo generaba tensiones indeseadas, lo que no podía ser bueno para Daniel. Después de todo, éste era el único motivo de su matrimonio. Ella no se hacía ilusiones de que Nick la quisiera. Era un hombre de mundo que podía tener a cualquier mujer que deseara. No le sería difícil encontrar a alguien con quien saciar su voraz apetito sexual. Debía de tener en algún lugar una o dos amantes. Prefirió pasar por alto por qué aquella idea le resultaba tan dolorosa. Así que tomó otro sorbo de chocolate.

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