—Bueno, bueno, alguien parece muy contenta. Miley miró sorprendida a aquel hombre apuesto que estaba frente a ella.
—Hola, Takis.
—Déjame adivinar, vas de camino a ver a Nick y a los abogados para recoger la herencia que Delia te dejó.
—No, con un poco de suerte, voy a intentar convencer a Nick de que me invite a almorzar —dijo con una sonrisa.
Después de lo que Nick le había contado, Miley desconfiaba de Takis, pero se sentía tan feliz que nada podía estropearlo. Sin embargo, estaba algo sorprendida por aquel comentario: ¿qué sabía Takis del testamento de Delia? Tampoco era que fuera muy importante. Por lo que a ella respectaba, la herencia era para Daniel, y punto.
—Eres una mujer con suerte y pronto serás muy rica, pero quien de veras es afortunado es Nick. Tiene el control de todo y además te tiene a ti. Debo admitirlo: es brillante e implacable cuando se trata de negocios.
Había algo en su mirada muy cercano a la envidia, y a Miley no le gustó aquella descripción tan poco halagadora de su marido.
—Lo siento, no tengo ni idea de qué estás hablando.
—Vamos, Miley, podrás ser rubia, pero no eres ninguna tonta. Seguro que sabes que el viejo Jonas murió antes que su hija. Lo cual significa que Delia heredó el cuarenta por ciento de la fortuna de su padre y, según la información de que dispongo, dejó el ochenta por ciento de sus bienes a su hijo y el resto a ti. Tienes que haberte dado cuenta de que tú y el chico habéis ganado mucho más que si Delia hubiera fallecido primero, para consternación de Nick.
—¿Qué estás intentando decirme? —la sonrisa de Miley se borró junto con la sensación de euforia.
—Así que en realidad no lo sabes —la tomó del brazo—. Ven a tomar un café y te lo explicaré todo.
Entraron en una cafetería, y Miley empezó a sentirse algo mareada.
—Nick y su padre siempre habían conservado la mayoría de las acciones de Jonas International en el entorno de la familia más cercana. Siempre dispusieron del derecho de voto de Delia, aunque podría haber sido diferente en caso de que Delia hubiera vivido lo suficiente para heredar ese derecho de su madre al cumplir los veinticinco años. Pero después de la doble tragedia y del descubrimiento del testamento de Delia y de su hijo ilegítimo, tú, Miley, te convertiste en el comodín de la baraja. De haber sido el albacea de las propiedades del chico, Nick no habría tenido ninguna traba, ya que podría haber votado en su nombre siguiendo sus propios intereses. En cambio, tú sí que podrías haber supuesto un auténtico problema para él.
—No entiendo nada —dijo ella entre dientes, con un creciente sentimiento de temor.
—Es muy sencillo: tú heredaste el veinte por ciento de la fortuna de Delia, lo que incluye el ocho por ciento de las acciones de la compañía. Yo tengo algunas, al igual que otras personas cuyos parientes han estado implicados en pasadas fusiones o que simplemente las adquirieron. El resto de acciones se hallan en manos de grandes firmas de inversión que están más que satisfechas con la forma en que Nick dirige la compañía. Pero técnicamente, si todos nosotros nos uniésemos, Nick dejaría de ostentar la mayoría en el consejo de dirección. En este sentido, tus participaciones serían decisivas a la hora de desplazarlo del cargo.
—Comprendo —asintió ella.
—Entiéndeme, Miley. Eres una mujer preciosa, pero estás en una posición de fuerza, especialmente como tutora del niño.
—Nick también lo es —Miley advirtió una expresión condescendiente en el rostro de Takis.
—¿Estás segura? ¿Por qué no lo verificas con tu abogado? Creo que descubrirás que Nick es albacea de los bienes del niño, pero no su tutor. Eres una mujer fantástica, y odio ser el que te diga esto, pero Nick tenía razones muy poderosas para casarse contigo, y no me refiero sólo al chico. Al heredar esas acciones, te convertiste en una amenaza a su dominio absoluto sobre la compañía. Ya sabes lo obsesivo que es, le gusta tenerlo todo bajo control. Así que ten cuidado.
Takis se levantó y se fue. Durante un buen rato, Miley se quedó sentada con la mirada pérdida dando vueltas a lo que Takis le había revelado sin querer creérselo. Le vino a la memoria la cita que Nick le había arreglado con el señor Smyth. Este la había felicitado por la herencia y por su futura boda, le había comunicado que Nick y ella eran los albaceas de los bienes de Daniel y le había recomendado que leyera el testamento en su integridad. Pero como entonces tenía prisa por comprar el vestido para la boda, no lo hizo. Ella le había dicho que quería dar el dinero a Daniel. Entonces se acordó de que le había aconsejado que no tomara ninguna decisión hasta que el testamento hubiera sido autentificado. ¿Había intentado avisarla? La adopción de Daniel, propuesta por Nick sólo dos días después de la boda y determinante para eliminar la resistencia de Miley, cobró de pronto un sentido siniestro. Si, como Takis afirmaba, Nick nunca había sido tutor del niño, entonces la adopción servía perfectamente a sus intereses, ya que le habría otorgado idénticos derechos a los de ella. ¿Cómo se podía ser tan despiadado y maquiavélico?
—¿Desea la señora algo más? —Miley miró al camarero.
—No, no, gracias —el camarero le dio la cuenta y una sonrisa amarga cruzó su rostro: Takis se había ido sin pagar.
Confusa, estuvo caminando por las calles de Atenas sin saber qué pensar. Cuando finalmente llegó a la casa, ya eran más de las cuatro. Oyó las risas del niño, procedentes del jardín, y se acercó hasta la piscina.
—Hola, mamá, mira cómo nado —gritó Daniel.
Ella lo contempló, reprimiendo las lágrimas. Marta, la niñera, estaba en la piscina con él y Anna y el chófer estaban sentados a la mesa de la terraza, los dos pendientes también del niño.
—Ven a la piscina —le pidió Daniel.
—Hoy no. Voy a subir a cambiarme —y diciéndole adiós con la mano se metió en la casa.
«Ni hoy ni ningún otro día», pensó con tristeza mientras ponía la mano en su tripa. Nick tenía razón:
Daniel era griego y estaba bien atendido por gente que lo adoraba. En realidad él no la necesitaba, se dijo apenada. Ella no pertenecía a aquel lugar, y había decidido volver a casa.
Se detuvo a mitad de las escaleras, horrorizada por aquellos pensamientos egoístas. Daniel era tan hijo suyo como la criatura que llevaba en su vientre, que también sería medio griego. No tenía derecho a hacerles eso. Biológicamente serían primos, y en su corazón, hermanos.
Se despojó de la ropa y se tumbó en la cama con los ojos llenos de lágrimas. Todos sus sueños y esperanzas se habían desvanecido por un encuentro casual y unas cuantas palabras de un hombre al que apenas conocía. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida?, se dijo enfadada consigo misma. Aún se estaba haciendo la misma pregunta cuando llegó Nick.
—Hola, cariño —Nick entró en la habitación con una espléndida sonrisa en el rostro—. Ponte algo elegante que te invito a cenar fuera —la estrechó entre sus brazos, levantándola con suavidad y contemplando aquel delicioso cuerpo ligero de ropa. Estaba a punto de besarla cuando Miley puso las manos contra su pecho y lo empujó.
Incapaz de sentir una pizca de amor, al fin lo veía tal como era en realidad. El perfecto e implacable magnate. ¿Cómo había estado tan ciega?, pensó, advirtiendo un destello de impaciencia en sus ojos.
—No quiero salir a cenar contigo —declaró de forma categórica.
El que debería haber sido el momento más feliz de su vida era ahora una parodia. Estaba apenas vestida sólo quería perderlo de vista tan rápido como fuera posible.
—Estoy embarazada.
—Dijiste que no podías tener hijos —dijo él con aspereza.
Ella se quedó mirándolo. No parecía feliz ante la perspectiva de ser padre. Nunca había visto una expresión tan severa en su rostro. ¿Por qué la sorprendía aquella reacción? Ya le había dicho que no tenía mayor interés en ser padre de un hijo biológico; probablemente no quería dividir sus bienes otra vez, pensó Miley despectivamente.
—Estaba equivocada; por lo visto, después de todo, la fractura de pelvis no me impide quedarme embarazada, aunque necesitaré que me practiquen una cesárea.
Miley no podía creer que le estuviera hablando con tanta calma cuando por dentro era un amasijo de dolor y furia.
—¿Es mío? —aquella pregunta era demasiado cruel después de un día en el que Miley había pasado de la mayor felicidad a la desesperación más absoluta. Ya no podía soportarlo más.
—Déjame en paz. Simplemente déjame en paz —necesitaba irse y lo rozó al pasar.
—Lo siento —dijo Nick bruscamente mientras la agarraba del brazo y la estrechaba contra su cuerpo—. Claro que es mío; no sé qué es lo que estaba pensando. Es mi dichosa forma de ser, perdóname.
En sus brazos, Miley se sentía más débil. ¿Qué más daba la razón por la que se hubiese casado con ella? De repente se le hizo obvio lo irónico de la situación. Al principio la había acusado de hacerse cargo de Daniel por dinero; incluso tuvo el descaro de llamarla «la niñera mejor pagada del mundo». Y, sin embargo, todo ese tiempo había sido Nick el que había actuado en función de sus propios intereses para proteger su formidable fortuna.
—Miley, por favor, siento mucho haber dudado de ti. Confío en ti con los ojos cerrados —dijo con toda solemnidad. Las repetidas disculpas la hicieron reflexionar. Demasiado poco y demasiado tarde, pensó amargamente.
—Hoy me encontré con un amigo tuyo, y lo que me contó fue de lo más interesante. Parece que el único motivo por el que nos querías a Daniel y a mí era para mantener el control de tu maldita compañía.
La expresión de Nick adquirió un carácter sombrío.
—¿Qué amigo?
—Me topé con Takis cuando iba a verte. La doctora Savalas me había confirmado que estaba embarazada y quería que fueras el primero en enterarte. Tonta de mí —lo miró enfurecida—. Takis me paró para darme la enhorabuena por convertirme en una mujer acaudalada y para advertirme sobre ti. Tomamos un café, y tras charlar con él de pronto me di cuenta de que no tenía ningunas ganas de verte. Por eso volví aquí.
—No juegues con mi paciencia —dijo Nick sin perder los nervios—. ¿Qué fue lo que te dijo Takis?
—Me dijo la verdad, algo que parece que tú no entiendes —ella no tenía suficientes fuerzas para gritarle así que hizo un esfuerzo para proseguir con calma—. Irónico, ¿verdad, Nick? Cuando viniste a mi casa me acusaste de ser una cazafortunas, pero en realidad, durante todo este tiempo, has sido tú quien se ha movido por dinero. Me he enterado de todo lo concerniente a los testamentos —expresó de forma tajante—. El hecho de que tu padre muriera primero significa que Delia heredó de sus bienes y, por consiguiente, a Daniel y a mí nos correspondía mucho más. Descubrir que existíamos debió de suponer una conmoción para ti. No es de extrañar que vinieras corriendo a Inglaterra, ya que tu control sobre Jonas International se veía amenazado.
La cara de él era un poema. Ella pensó que no le faltaban motivos para sentirse culpable.
—Ah, y tu sensata oferta de celebrar un matrimonio de conveniencia al tiempo que evitabas decirme que no fuiste nombrado tutor de Daniel fue mucho más deshonesto de lo que yo nunca hice. Y lo de adoptar a Daniel, aquello fue un golpe maestro.
Miley se calló un momento, incapaz de continuar ante el peso de la frustración que sentía.
—Fuiste tan eficaz y considerado, incluso para organizarme una cita con el señor Smyth. Dime, ¿cuánto le pagaste?
—Basta —dijo con los dientes apretados de rabia—. Nunca le pagué nada. Y nunca dije que fuera tutor de Daniel. Lo único que dije fue que era albacea de sus bienes —Miley recordó que tenía razón, pero eso no cambiaba el hecho de que había permitido que lo creyera.
—Tal vez no. El abogado me dijo que leyera el testamento, pero tenía prisa por comprar el traje de boda y no me molesté. Parece una broma de mal gusto, ¿no? Pero para ser justos con el señor Smyth, también me dijo que no firmara nada hasta pensármelo bien. Así que, al contrario que tú, al menos él fue sincero. Aunque ahora me parezca mentira, entonces fui lo bastante ingenua como para creerte, pero eso ya se ha terminado.
—Si te callas, puedo explicártelo todo —dijo Nick, haciendo el gesto de tocarla con una mano, pero Miley se la apartó de un golpe.
—No malgastes saliva. Ya me engañaste para que me casara contigo y para llevarme a la cama, y estoy segura de que no te habría importado lo más mínimo quitarme lo que Delia me dejó.
—No —exclamó enojado mientras le pasaba un brazo por la cintura y tiraba de ella hacia sí—. Eso no es cierto, y la principal razón por la que Takis ha llegado tan lejos en el intento de ponerte en mi contra es porque hoy me enfrenté a él. A partir de la investigación sobre el consumo de drogas de Delia, he descubierto que Takis pasaba drogas a sus amigos como si fueran caramelos, y Delia era una de sus víctimas. La policía no puede hacer nada al respecto porque no pueden probarlo. Pero le dije que si alguna vez lo volvía a ver en Atenas lo mataría.
Miley lo creyó, pero eso no cambiaba nada; sólo confirmaba que Nick era un bastardo sin escrúpulos. Ella respiró hondo y de repente se dio cuenta de la dureza de aquel cuerpo que la aprisionaba. Su olor, una mezcla de colonia ácida y aroma masculino, estaba nublando sus sentidos y debilitando el control que tenía de sí misma.
—Es probable que tengas razón, pero eso ya da igual —lo dijo de forma tajante, decidida a no dejarse dominar otra vez por el deseo—. No tienes de qué preocuparte; no he cambiado de idea. Aún pienso ceder todo a Daniel. Ahora, si no te importa, ¿serías tan amable de marcharte?
La cabeza le daba vueltas, las piernas apenas podían con su peso y había alcanzado el límite de la resistencia física.
—Quiero vestirme —alcanzó a murmurar antes perder la consciencia.
Miley abrió los ojos y por un instante se preguntó dónde se encontraba. Miró alrededor y se dio cuenta de que estaba tumbada en la cama. ¿Cómo había llegado hasta allí? La puerta se abrió y apareció Anna con Daniel a su lado y una taza de té en la mano. Miley se incorporé para sentarse.
—¿Qué ha pasado? —preguntó.
—Se desmayó —Anna sonrió y se detuvo al lado de la cama—. Algo normal en una joven en su estado. El señor la sujetó y la tumbó sobre la cama. Me dijo que usted estaba embarazada y ha ido a llamar al médico —dijo acercándole la taza—. Los hombres no saben qué hacer en situaciones como ésta. Ahora bébase el té y dígale a Daniel que se encuentra bien el niño se subió encima de la cama.
Al recordar todo lo que había sucedido aquel día, abrazó con fuerza a Daniel y con unas pocas palabras y unos cuantos mimos le aseguró que estaba bien y el niño salió disparado a seguir jugando.
—¿Ha comido hoy? —preguntó Anna—. El chófer pensaba que usted iba a almorzar con el señor, pero éste lo ha desmentido, y recuerde que ahora debe comer por dos.
—No, me temo que no he comido nada.
Anna regresó cinco minutos después con una ensalada de jamón, y la dejó sola. Cuando ya se había comido la ensalada y estaba a punto de levantarse para vestirse entró Nick. Era la última persona a la que deseaba ver. Le seguía un hombre de baja estatura y pelo gris. Era el médico.
—No necesito un médico —dijo ella—. Yo…
—Yo seré quien decida eso —dijo Nick con gravedad, mientras se acercaba a la cama para acostarla de nuevo—. Estás de un humor demasiado cambiante como para saber lo que necesitas.
El doctor le tomó la temperatura y el pulso ante la atenta mirada de Nick.
—Voy a acompañar al doctor a la puerta y ahora vuelvo —declaró, mirándola fríamente.
Miley se estremeció por dentro al notar el tono amenazante de sus palabras, e hizo ademán de levantarse. Debía estar vestida y arreglada para hacerle frente.
—No se te ocurra levantarte —le ordenó Nick con la aprobación del doctor.
Miley estaba que echaba humo. Podía desafiar las tiránicas órdenes de su marido, pero no las del médico. Nada ni nadie, incluida ella, pondría en riesgo la preciosa vida que llevaba dentro.
Ablandó las almohadas y se recostó cómodamente. Tenía que quedarse en la cama, pero no tenía que estar tumbada. Ya lo había estado demasiado por Nick Jonas. Una vez que se levantara de aquélla nunca volvería a compartir otra cama con su marido.
Por el bien del hijo que llevaba en sus entrañas y porque Daniel permanecería en Atenas, y de buena gana les cedería toda la herencia que le correspondía. Sabía que Nick la dejaría en paz una vez que obtuviese lo que buscaba. Él mismo le había contado que su primer matrimonio había sido una pantomima durante años. En cuanto a ella, con el tiempo podría acostumbrarse a todo. Tenía suficiente experiencia, y esa vez estaba la compensación no de uno, sino de dos hijos a los que amar. La puerta se volvió a abrir y entró Nick.
—El doctor ha dicho que debes descansar media hora y luego puedes levantarte. ¿Necesitas algo?
—No —sólo quería perderlo de vista—. Creo que ya has hecho suficiente por mí —dijo con sarcasmo—. No tengo nada más que decirte excepto mis condiciones. Si deseas seguir casado, estoy preparada para quedarme en esta casa por Daniel y por nuestro futuro hijo, pero no en esta habitación. Si quieres el divorcio, te lo daré, pero conservaré a los niños —al fin estaba recuperando el control de su vida. Se produjo un largo tenso silencio.
—Está claro que no confías en mí para nada. Pero esta conversación no se ha acabado.
La desafiante mirada que le lanzó puso en jaque la incipiente seguridad de Miley.
—Discutiremos tus condiciones luego en mi estudio cuando Daniel se haya acostado. No me obligues a venir a buscarte —y se marchó dando un portazo.
Miley, reacia a entrar, se quedó a las puertas del estudio. Daniel ya estaba en la cama, y ella no había visto a Nick desde que había abandonado el dormitorio hecho una furia. Estaba nerviosa. Se puso derecha y se ajustó el escote de la blusa. Tenía que plantarle cara y no podía demorarlo más.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando Nick abrió la puerta del estudio. Tenía un vaso de whisky en la mano y se había cambiado de ropa. Miley lo miró a los ojos sin miedo.
—Pasa, te estábamos esperando —dijo Nick con tranquilidad. ¿Por qué hablaba en plural? Miley se sintió desorientada. Enseguida vio que Andrew Stefano también se encontraba allí.
—Andrew…, hola —acertó a decir mientras entraba a la habitación—. Me alegro de verte.
—Ahorrémonos las cortesías y vayamos al grano —soltó Nick abruptamente_. Andrew tiene algunos documentos para que los firmes y no dispone de mucho tiempo.
Miley se quedó paralizada. Andrew era el abogado de Nick. Nick había mencionado la palabra «documentos» en plural. ¿Acaso ya había decidido aceptar su oferta, no sólo sobre la herencia, sino también sobre el divorcio? Una repentina punzada en el corazón le provocó una mueca de dolor.
—¿Estás segura de que estás bien? —Nick le puso una mano en el brazo.
Al sentir la presión de sus dedos, lo miró a la cara y notó un gesto de preocupación. ¿Sería cierto? ¿Podía estar preocupado por ella? No, a Nick nunca le había importado ninguna mujer.
—Sí, estoy bien —Miley ignoró su gesto y se acercó hasta la mesa—. Dime dónde tengo que firmar.
Hizo un esfuerzo por sonreír a Andrew y tomó una pluma del escritorio.
—Siento las prisas, Miley, pero Mary y yo íbamos a salir a cenar. Ya conoces a tu marido: lo quiere todo en el momento —bromeó, mientras colocaba dos hojas delante de ella—. Estoy seguro de que Nick ya te ha puesto al corriente, pero si quieres leerlo, adelante.
—No es necesario, pero podrías repasar por mí los puntos más importantes.
¿Se trataba del divorcio? Miley miró de reojo a su marido, que se encontraba al otro lado de la habitación sirviéndose otro vaso de whisky.
—Todo está perfectamente claro —dijo Andrew—. El primer punto dice que aceptas todo lo que Delia te legó. Necesitaré los datos de tu cuenta para realizar la transferencia, y lo tendrás en cinco días.
—¡Espera un momento! Eso es un error. Le dije a Nick que quería que todo pasase directamente a Daniel —exclamó Miley.
—Lo sé, pero no quiso. Me dijo antes de Semana Santa que me cerciorase de que todo se transfería a tu nombre.
—Antes de Semana Santa, pero… —aquello no podía ser cierto, y sin embargo Miley confiaba en Andrew. Y si era cierto, entonces aquel día había cometido la mayor equivocación de su vida. A pesar de tratarse de un hombre al que apenas conocía, había creído todo lo que Takis le había contado, y había condenado a Nick sin darle la oportunidad de explicarse.
Se volvió hacia Nick, que estaba apoyado en la chimenea con el vaso en la mano y una expresión inescrutable. Recapacitó sobre las doce semanas que llevaban casados y se dio cuenta de que sus prejuicios le habían condicionado todo el tiempo. Siendo franca consigo misma, se dio cuenta de que no había sido justa con Nick. Había sido un maravilloso amante y un gran padre; le había regalado unos magníficos diamantes y, lo más importante, lo que le había contado acerca de Louisa había sido verdad, aunque no fuera grato de oír.
Pero ni aun así le había concedido una pizca de crédito; en cambio, había preferido creer a un perfecto desconocido. ¿Qué era lo que había hecho?
—Tengo un poco de prisa, Miley —insistió Andrew—. El otro documento es el primer paso en la adopción de Daniel.
—No, no voy a firmar nada —afirmó, mirando de nuevo a Andrew—. Yo pensaba que…
Le daba vergüenza lo que había pensado y dejó la frase inacabada.
—Como la mayoría de las mujeres, mi esposa tiene problemas para pensar con claridad —le dijo Nick a Andrew mientras cruzaba la sala para situarse al lado de Miley—. Te lo he dicho antes: deja que sea yo quien piense.
Ella era increíblemente hermosa, tanto por dentro como por fuera, y estaba tan confundida; Nick sabía que la culpa era de él.
—Miley, debes firmar el primer documento para cerrar la herencia, después puedes hacer lo que quieras con el dinero. En cuanto al segundo documento, puede esperar si lo prefieres. Pero Andrew no puede; tiene prisa —Nick notó el torbellino de emociones en las profundidades violeta de sus ojos. A diferencia de él, ella siempre había sido incapaz de disimular sus sentimientos.
Miley plantó su firma en ambos documentos.
—¿Por qué, Nick? —preguntó en voz baja mientras Andrew se marchaba—. ¿Por qué no me interrumpiste esta tarde? ¿Por qué no hiciste caso de lo que dije acerca de ceder todo a Daniel? Te he juzgado terriblemente mal. No tuve ninguna confianza en ti, y ahora me siento completamente estúpida —admitió sin reparos.
—No, yo soy el estúpido —replicó él, dirigiéndole una mirada tan intensa que ella pensó que el corazón se le iba a salir del pecho—. No te hice caso porque quería que lo tuvieses todo.
—Una vez dijiste lo mismo —murmuró Miley—. Un par de semanas después de casarnos, cuando me llevaste al banco.
—Era sincero entonces y lo soy ahora —aseguró, e inclinándose hacia ella, la tomó en brazos antes de que Miley pudiera darse cuenta de lo que pasaba.
—¿Qué haces? —protestó Miley sin convicción, pasando los brazos por el cuello de Nick.
—Lo que debería haber hecho hace semanas.
La llevó hasta el sofá, la puso en su regazo y la miró intensamente a los ojos.
—Te amo —perpleja ante aquellas palabras, Miley se quedó mirándolo transfigurada.
—Yo… Tú me amas —tenía que estar soñando, o tal vez se había vuelto loca.
—Sí, Miley, te amo. Nunca pensé que el amor existiera hasta que apareciste tú.
Una sensación de esperanza recorrió todo su cuerpo. No estaba loca: Nick había pronunciado las palabras que tanto había anhelado.
—Oh, Nick, yo… —él le puso un dedo en los labios.
—No digas nada. Tengo que hacerlo ahora o puede que no vuelva a reunir el coraje suficiente para decírtelo —la interrumpió—. Te deseé desde el mismo día en que nos volvimos a encontrar en Inglaterra. Pero tenías razón, al igual que Takis en cierto sentido: mi principal motivación era teneros a ti y a Daniel bajo mi control. Desde un punto de vista técnico, podría haber perdido la dirección de la compañía, pero eso nunca hubiera ocurrido. Algunos de los pequeños accionistas como Andrew y Alex, nunca habrían votado contra mí. Pero no me gusta dejar nada al azar y cuando ofreciste ceder todo a Daniel, me callé y me casé contigo porque me convenía —confesó de un golpe.
Miley se movió incómoda en su regazo; aquello no era lo que deseaba oír, pero los brazos de Nick la estrecharon con más fuerza.
—Entiendo que no te guste escuchar esto, pero estoy intentando ser franco, Miley. Pensé que eras una mujer astuta e interesada, pero en nuestra noche de bodas me di cuenta de que, al menos en un sentido, eras completamente inocente. Quedé impresionado, y en mi arrogancia me dije que tenía una mujer atractiva y complaciente en la cama y un heredero para seguir mis pasos. ¿Qué más podía desear un hombre?
—Eso es tan machista… —dijo Miley al tiempo que sacudía la cabeza. Al fin y al cabo, sabía que Nick nunca sería el prototipo de hombre nuevo del que hablaban continuamente las revistas.
—Lo sé, y me avergüenzo de reconocer que seguí pensando de esa forma durante algún tiempo. Me intentaba convencer a mí mismo de que el irresistible deseo de hacer el amor contigo cada vez que te miraba era sólo sexo; no podía admitir que fuese algo más.
—¿Y era más? —preguntó Miley deseosa de que le volviera a decir que la amaba, ya que apenas podía creerlo. Nick sonrió y hundió un instante los labios en su pelo.
—Creo que siempre supiste que había algo más. Como la primera vez que te dejé sola para ir a Nueva York y te compré un anillo; o cuando te estrechaba entre mis brazos y te hacía el amor; o cuando le dije a Andrew que se asegurase de que tú heredabas todo lo que te pertenecía. Te amaba, pero era demasiado cobarde para confesártelo.
No había ninguna duda de la sinceridad de sus palabras. Todavía en una nube, Miley recorrió suavemente la cara de Nick con la mano. Él se la tomó y se la llevó a los labios. Ella se sentía impotente ante la suavidad de su caricia y el torrente de emociones que evocaba. Al moverse, Miley percibió la intensa erección de Nick y se movió de nuevo, ahora con afán de provocarlo.
—No hagas eso. Déjame terminar. Por fin acepté que te amaba la noche de la fiesta. Allí estaba, contigo en mis brazos, y supe que eras el centro de mi vida. Te di las gracias por haberte casado conmigo. Nunca me había sentido tan dichoso. Entonces llegó Louisa.
—Ella no importa —finalmente Miley creía en la sinceridad de Nick—. Lo único que importa es que tú me amas, y que yo te amo a ti —dijo llorando de alegría.
—Miley, no te merezco.
La besó con una reverencia y una pasión tan llena de ternura que a Miley le llegó al alma.
—¿Me amas? —preguntó Nick mirándola a los ojos con un destello de inseguridad—. ¿De verdad me amas? ¿Puedes perdonarme todo lo que te hice al principio?
—Te amo con todo mi corazón —contestó Miley sin sombra de duda. No le gustaba ver a su orgulloso marido siendo tan humilde. Bueno, tal vez por una vez sí, pensó pletórica de felicidad—. Te lo perdono todo porque te amo.
Habían sucedido tantas cosas en los últimos tres meses, tantos prejuicios y malentendidos, muchos de los cuales habían sido responsabilidad de ella.
—¿Pero tú puedes perdonarme a mí? —preguntó Miley toda seria. El pasado no podía cambiarse, pero para seguir adelante ella sabía que tenía que superar sus fantasmas—. Creo que supe que te amaba desde el día en que nos casamos. Así me lo reconocí a mí misma cuando volviste de Nueva York la última vez. Pero nunca confié en ti como debía. Pensé lo peor acerca de Louisa y creí a Takis en lugar de escucharte.
—Mientras creas en mí a partir de ahora, todo lo demás me importa un bledo —afirmó él con rotundidad. Miley soltó una carcajada. Su poderoso y arrogante marido había vuelto—. Como dije antes, confío plenamente en ti. Lo que me recuerda algo —dijo con el semblante serio mientras le pasaba la mano por el pelo—: ¿estás segura de que este embarazo es seguro y de que lo deseas? No quiero que corras el menor riesgo. Puedo vivir sin un hijo biológico, pero no puedo vivir sin ti.
—No seas tonto. Por supuesto que lo deseo, y tanto el bebé como yo estaremos bien. Sé que debes de estar preocupado porque perdiste a tu primer hijo.
—En realidad, éste será mi primer hijo. Después de años de matrimonio, pensaba que no podía tener hijos, pues Tina me dijo que ella sí era fértil. Cuando la relación ya estaba moribunda, me decidí a buscar el divorcio, pensando que Tina aprovecharía la oportunidad para tener una familia con otro hombre, pero estaba equivocado. Llevaba más de un año sin acostarme con ella cuando un día por Navidades apareció en Grecia y se metió en mi cama. Me avergüenza reconocer que en ese momento yo estaba bastante borracho, y más tarde, cuando dijo que se había quedado embarazada, no pude hacer nada al respecto. El accidente de tráfico en que se mató tuvo lugar en junio en Nueva York, y el bebé era de nueve meses, así que no había manera de que fuera mío —una sonrisa irónica se dibujó en su rostro—. La criatura sobrevivió tan sólo unas horas, y tenía un parecido extraordinario a su monitor de gimnasia afroamericano que murió en el mismo accidente.
Miley se quedó sin palabras. Era la misma sonrisa que Nick había puesto cuando ella le dijo que era estéril, y ahora sabía por qué. Aquel hombre poderoso y lleno de orgullo había sufrido el mismo dolor que ella. Miley le tomó la cabeza con las manos y le dio un beso lleno de amor.
—Ay, Miley.
Nick lanzó un pequeño gemido y la besó con mayor intensidad. A los pocos segundos, ella se encontraba en el sofá debajo de él. Su mano se deslizó por el pecho y el muslo hacia el dobladillo de la falda cuando se detuvo en seco.
—Estás embarazada; ¿podemos?
—Bueno, algunas de tus posiciones más atrevidas tal vez dejen de ser viables dentro de un tiempo, pero por ahora no hay limitaciones —aquella noche en la cama, con toda la libertad para expresar sus más profundas emociones, hicieron el amor con una pasión y una ternura que superaba con mucho sus experiencias anteriores.
Siete meses después, Nick sujetaba la mano de Miley mientras la llevaban en camilla hacia el quirófano. Parecía tan pequeña, incluso a punto de dar a luz, que estaba muerto de miedo por lo que pudiera pasar. La amaba con locura. Los últimos meses habían sido los más felices de su vida. Ella lo era todo para él, y si le ocurriese algo, se moriría. Pero no dejó traslucir sus miedos.
—No te preocupes, estoy aquí contigo.
Ella lo miró sabedora de que podía confiar en él.
—Te amo y voy a permanecer a tu lado todo el tiempo. Agárrame y estarás bien —ella le sonrió y apretó su mano con fuerza al entrar al quirófano.
El parto transcurrió sin mayores complicaciones.
—Enhorabuena, Miley, Nick, tenéis una hija preciosa —les felicitó el doctor.
—Una niña. Una hija. Nuestra hija —los ojos violetas de Miley brillaban de alegría mientras contemplaba a la bebé.
—No puedo creerlo —afirmó Nick emocionado—. Es tan bella como tú: gracias, amor mío. Juro que los amaré y los protegeré a ti, a Daniel y a nuestra pequeña y maravillosa hija con mi vida— Miley vio que una lágrima se deslizaba por su mejilla.
—Ya lo sé, Nick. Te amo y confío en ti plenamente, y creo que podríamos poner a nuestra hija Delia. ¿Qué te parece?
—Delia… Sí, por supuesto, creo que es perfecto —dijo Nick, con el corazón lleno de amor hacia aquella pequeña, fuerte y compasiva mujer que tenía por esposa—. Al fin y al cabo, fue Delia quien nos juntó y nos dio a nuestro hijo Daniel.
—¿Entonces por qué no vas a buscar a Daniel y lo traes para que conozca a su hermana?
Nick esperó hasta que el doctor hubo terminado, y se quedó al lado de Miley hasta que, agotada, se quedó profundamente dormida. Entonces la beso una vez más y apartó algunos mechones de pelo de su frente.
—Descansa, amor, y cuando te despiertes, Daniel, Delia y yo estaremos a tu lado, te lo prometo. Ahora y para siempre —dijo todo emocionado. Sólo entonces se fue por Daniel.
Era un hombre con la mirada decidida, deslumbrante. Un hombre con una misión en la vida.
te quedo estupendo el final...
ResponderEliminar