viernes, 13 de abril de 2012

Capitulo 2.-


Miley volvió al casino. El calor, el murmullo constante, el olor del alcohol y el humo de cigarros y puros, junto con el aroma denso de los perfumes, le oprimió los pulmones. Intentó ignorar la sensación mientras se dirigía hacia donde estaba su padre.
El montón de fichas que tenía delante había bajado considerablemente, al igual que el nivel de su copa de coñac. En el cenicero había una colilla de puro, pero él ya tenía otro entre los gruesos dedos mientras empujaba más fichas hacia el centro de la mesa.
Sin decir nada, ella fue a ocupar su puesto tras él.
—Ya era hora —le dijo su padre sin mirarla.
—He salido a respirar un poco de aire fresco —respondió ella con voz tranquila. Después de todo, sabía para qué había ido allí y cuál era su papel junto a su padre.
¿Qué más era ella que la hija de su padre. Miley Cyrus.
No era más que eso. No era una mujer normal que pudiera permitirse soñar con un hombre al que había visto unos pocos minutos y la había dejado sin respiración. No podía permitirse el besar a ese misino extraño bajo la luz de la luna. Aquello no había sido más que una fantasía conjurada por su cerebro a raíz de su deseo de escapar.
Durante un segundo volvió a sentir lo que había sentido cuando levantó la cara hacia él, sintió sus manos sobre sus mejillas y sus ojos empezaron a cerrarse...
¡No! Miley volvió a su compostura habitual, a su inexpresiva indiferencia, al girar de la ruleta frente a ella y las fichas cayendo sobre la mesa desde las manos de los jugadores.
Entonces sintió que los hombros de su padre se tensaban. Miley notó el gesto por lo bien que lo conocía y por un instinto de autoprotección que le había hecho aprender a reconocer los cambios de humor de su padre.
Al levantar la vista de la mesa, se quedó lívida.
Se agarró por instinto al respaldo de la silla que ocupaba su padre, con la visión borrosa.
El hombre al que acababa de besar caminaba hacia la mesa de la ruleta.
A Miley le dio un vuelco el corazón, y después se dio cuenta de que no la estaba mirando a ella.
No la buscaba a ella.
Al mismo tiempo que se daba cuenta de esto, comprendió también que en su interior, por patético que fuera, habría deseado que el hombre que le había hecho derretirse ante él con una sola mirada de sus negros ojos, no la hubiera dejado marcharse.
Pero él no la había visto.
Ella era invisible para él.
La había besado pocos minutos antes, pero ahora no la conocía. No la veía.
Pero a la vez que sentía un terrible vacío en su interior, se dio cuenta de por qué no la miraba.
Y hacerlo, sintió que se le helaba el corazón.
Él no estaba caminando hacia la ruleta. Estaba caminando hacia su padre.
Y algo en su modo de caminar hizo que sintiera un escalofrío recorriéndole la espalda.
Controlado. Decidido.
Mortal.
La palabra tomó forma en su mente y ya no pudo sacarla de ahí. Sintió un terrible nudo en el estómago y todos los músculos de su cuerpo se tensaron.

Cyrus dejó de jugar por un momento. Nick vio cómo su mano se detenía un segundo antes de alcanzar la torrecilla la fichas que iba a sacrificar en un arrogante farol, farol que había dicho que se podía permitir perder, como llevaba haciendo toda la noche.
Pero Nick sabía cuál era la realidad. La realidad era que Giles Cyrus no podía permitirse perder ni un penique más. Su yate y todas sus propiedades estaban listas para salir a la venta en caso de necesitar el dinero para comprar las acciones de su propia compañía. Pero ya era demasiado tarde para aquello: aquella misma mañana AC Internacional había llegado a un acuerdo de compra, en términos muy amistosos, con una empresa australiana que tenía el suficiente número de acciones de la empresa de Cyrus como para darle a Nick el control.
Giles Cyrus estaba por fin en la palma de su mano.
Indefenso y arruinado.
Sólo que él aún no lo sabía.
Y Nick no tenía ninguna intención de hacérselo saber por el momento. Quería saborear el momento de ver a su presa por primera y última vez, sin que la presa supiera aún que estaba derrotado.
Llegó a la mesa de la ruleta y se detuvo.
Esperó. Esperó a que Giles Cyrus moviera sus fichas.
 
—Jonas.
Miley oyó a su padre pronunciar el nombre de su adversario, pero no se dio cuenta de su significado. Lo único que podía pensar era que tenía delante al hombre que había creído una fantasía, el mismo al que había besado bajo la luz de la luna y del que había huido.
La gente abrió paso para el recién llegado, que miraba fijamente a Cyrus.
Por un momento, él no dijo nada y Miley sintió un escalofrío.
Poco a poco empezó a tomar conciencia del nombre con el que su padre se había dirigido a él.
Jonas.
Nick Jonas.
¡Era él! ¡Era Nick Jonas!
La sorpresa fue tan grande que sintió que sus piernas no podrían sostenerla y se agarró a la silla de su padre como si eso fuera lo único que pudiera mantenerla en pie.
Entonces su padre se echó hacia atrás en el respaldo y ella apartó las manos, como por instinto. Miley nunca tocaba a su padre y nunca dejaba que él la tocara.
Su padre miraba fijamente a Nick Jonas, que le devolvía la mirada. La expresión del rostro del hombre más joven era impenetrable, pero había algo en su lenguaje corporal que le hacía completamente diferente del hombre que la había seguido hasta el mirador poco antes.
—Vaya, un encuentro muy oportuno —comentó Cyrus, deteniéndose a tomar una calada de su puro—. ¿No te parece? —su voz era gélida.
La expresión de Nick no cambió.
— ¿Debería parecérmelo? —fue su respuesta.
Su voz era muy diferente, como diferente era el hombre que miraba desde arriba a su padre.
Miley se dio cuenta de que el juego se había detenido y la ruleta estaba parada, al igual que las conversaciones alrededor de la mesa. La atención de todo el mundo estaba puesta en ellos, y Miley empezó a sentirse incómoda.
—Ven mañana a cenar a mi yate —le dijo su padre a Nick, haciendo un gesto con la cabeza, como para quitarle hierro al encuentro—. Enviaré la lancha... ¿sobre las ocho y media te parece bien?
Por un momento, Nick Jonas se mantuvo callado, hasta que por fin asintió ligeramente con la cabeza.
—Mejor a las nueve. Me gusta ver cómo abre la Bolsa en la zona de Asia Pacífico. Siempre es interesante.
Miley vio cómo las mejillas de su padre se coloreaban ligeramente y después volvían a la normalidad.
—Muy bien —respondió, y como para acabar la conversación, tiró unas fichas sobre la mesa e hizo un gesto al crupier para que continuase con el juego.
Con una mezcla de alivio y desilusión al ver que el incidente se había terminado, el resto de jugadores y observadores continuó con sus conversaciones.
Nick Jonas no se movió. Miley lo miró mientras él observaba a su padre; Jonas estaba muy quieto. Quieto como un depredador antes de saltar sobre su presa.
Miley volvió a sentir un escalofrío.
«Este hombre es peligroso...»
«Mortal...»
En ese momento, la mirada de Nick Jonas cambió de objetivo. Entonces la vio. Y se quedó helado.

La sorpresa lo sacudió. Verla allí fue sorprendente y algo mucho peor.
Sus ojos se detuvieron en ella.
No la había seguido ni la había llamado para que se detuviese; la había dejado correr.
No era el momento ni el lugar; estaba demasiado cerca de su objetivo, demasiado cerca del momento que había deseado alcanzar toda su vida: la destrucción de Giles Cyrus.
Y nada en el mundo podría interponerse ante eso.
Ni siquiera una mujer bella como ninguna otra, que lo había atraído como ninguna otra y que lo había acariciado como ninguna otra. Que lo había besado en medio de la noche, con la luna reflejada en su pelo, y que había huido de él; una desconocida por completo.
Hasta ese momento.
Miley Cyrus, la hija del hombre que él estaba a punto de destruir.
Entonces se giró y se marchó de la mesa de la ruleta.
Miley Cyrus, repetía Nick para sí, como si quisiera que esas dos palabras penetrasen en su cerebro.
Tenía que ser ella, acompañante habitual de Giles Cyrus. Nick torció el gesto; la ira que empezó a sentir al ver a la mujer tras su rival, se estaba apoderando de él por completo.
Ya sabía quién era, y también cómo era... Estaba claro que era muy buena en lo que hacía: el momento había sido perfecto, el encuentro a la entrada del casino, la carrera hacia el romántico jardín, la bien medida caricia... una experta.
Aquello no había ocurrido. No la había besado bajo la luz de la luna, con la suavidad del terciopelo, ni había sentido aquella inexplicable emoción en su interior, tan desconocida y misteriosa como la mujer a la que se había imaginado besando.
Nick salió del casino. Necesitaba un trago. Necesitaba un sitio oscuro donde estar solo.
Se dirigió hacia las escaleras que llevaban al piso inferior, a la sala de baile del hotel. Aquello le vendría bien.

Nick Jonas.
Ése era el nombre de su fantasía: el hombre que perseguía la empresa de su padre. De todos los hombres del mundo, pensó Miley, el hombre de sus sueños tenía que ser Nick Jonas... Qué ironía.
Pero si no hubiera sido quien era, tampoco habría supuesto una gran diferencia, pensó, dejando caer los hombros en gesto de derrota. Habría tenido que huir del mismo modo, como Cenicienta de un baile al que no podría ir nunca. Estaba condenada a la vida que llevaba, y nunca podría escapar de ella.
Una voz interrumpió sus pensamientos.
—Cherie, no estás pensando en mí. Si lo estuvieras haciendo, tendrías el rostro mucho más radiante.
—Lo siento, Pierre —dijo ella, sonriendo para disculparse—. Creo que no soy buena compañía esta noche.
—Tant pis. Ya te haré sonreír, y después te llevaré a la cama.
Miley arrugó los labios. Pierre Roflet llevaba intentando acostarse con ella desde que la conoció, pero en aquel momento, no le importaba su compañía. Él la había visto junto a la mesa de la ruleta, se alegró mucho del inesperado encuentro, y se la llevó a la sala de baile del hotel, en el piso interior. Su padre sólo se volvió para ver con quién se iba, y asintió con la cabeza para dar su permiso.
Miley se había marchado gustosa y aliviada con Pierre. Lo que realmente quería era volver al yate, pero sabía que su padre no se lo permitiría hasta unas horas después, hasta que él estuviera listo para marcharse. Al parecer, su suerte había cambiado en la ruleta. Por eso prefirió matar el tiempo en la discoteca con Pierre, siempre tan divertido y amable, intentando distraerla.
Bailó una vez con Pierre y después fueron a sentarse a una mesa, mientras él le contaba una anécdota curiosa detrás de otra. Ella lo escuchaba con una taza de café en la mano, sintiéndose cada vez mejor, pero cuando Pierre fue a la barra por otro café y otro cóctel, la sensación volvió.
Por unos segundos, su imaginación volvió al momento que acababa de vivir, y al ver a las parejas que bailaban frente a ella, se imaginó sus fuertes manos en su cintura, las de ella alrededor de su cuello. Los dos moviéndose al suave ritmo de la música... Pero, no. Aquello no tenía ningún sentido...
—Baila conmigo.
Miley giró la cabeza bruscamente. Sus ojos se abrieron de par en par, de la sorpresa, el corazón empezó a latirle a toda velocidad en el pecho y la boca se le quedó seca.
Nick Jonas estaba junto a ella tendiéndole la mano.
—Baila conmigo —repitió.
Tenía los ojos oscuros. Muy oscuros. Como sonámbula, ella le puso la mano sobre la que él le tendía, y al sentir el contacto, se estremeció.
Él no la miró, simplemente la condujo a la pista de baile.
Y la rodeó con los brazos.
Ella colocó las manos sobre su pecho y notó que él dejaba de respirar un momento. Miley podía notar la firmeza de sus músculos bajo la fina tela de su camisa.
Sintió entonces un calor que hizo presa de ella. No podía mirarlo, no podía hacer nada más que dejarse llevar por él en un baile de ritmo lento y sensual.
El tiempo se detuvo para ella; Miley cerró los ojos y dejó caer la frente lentamente hasta descansar sobre su hombro.
Y siguió bailando con Nick Jonas.

Estaba loco y lo sabía. Su cerebro se lo decía a gritos. Estaba loco por haberla visto à deux con Pierre Roflet. Había visto a Miley Cyrus en acción.
Pierre Roflet era hijo del presidente de un banco de inversiones francés, y si Roflet padre quería podría dar ayuda financiera a Cyrus para detener la compra de su empresa.
Desde luego, era un blanco muy apropiado para las habilidades de Miley Cyrus.
¿Por qué había hecho aquello? ¿Para darle a Roflet hijo una oportunidad de escapar de sus redes? Sabía que eso era mentira. Sabía exactamente por qué lo había hecho: deseaba tener una vez más a aquella mujer entre sus brazos y disfrutar de la fantasía hecha realidad que había creído que era. No le importaba que ella no fuera más que una ilusión, pues por un momento creería que su fantasía era cierta.
La música llegaba a sus oídos suave y sensual, como la mujer que tenía entre los brazos. Su cuerpo esbelto junto al de él, su cabeza reposando sobre su hombro, las manos apenas rozando su torso y sus caderas contra las de él.
Sintió cómo su cuerpo reaccionaba a todo aquello, y con la poca cordura que le quedaba, se separó ligeramente de ella. Nick notó cómo ella se estremecía y la miró. Su pelo era tan claro... sin pensarlo, bajó la cabeza y acarició su pelo de seda con los labios.
Ella volvió a estremecerse y él la atrajo más hacia sí presionando en su espalda con los dedos.
Bailó lentamente, como saboreando aquel último momento con ella antes de dejarla atrás para siempre.
La música calló. Él se detuvo y bajó los brazos.
Como si fuese la tarea más ardua del mundo, ella empezó a levantar la cabeza y abrir los ojos.
Lo miró un momento y entonces él sintió la puñalada de la duda.
Entonces la razón volvió a él, y dio un paso atrás. Sin decir palabra, se alejó de ella.

Miley se quedó allí, como si le hubieran clavado un cuchillo entre las costillas. Sentía dolor físico de verdad.
Se giró, se agarró la falda y volvió corriendo a su sitio. Pierre había vuelto a la mesa cuando ella estaba bailando. Cuando estaba bailando con  Nick Jonas.
¿Por qué había ido él a bailar con ella? No tenía sentido...
Cuando se dejó caer en su silla, Pierre la observó en silencio.
—¿Sabías quién era él, verdad? —preguntó por fin con voz grave.
—Sí —respondió ella, mordiéndose el labio inferior—. Es el hombre que intenta comprar la empresa de mi padre.
Pierre asintió.
—Por eso no es buena idea, cherie, bailar con él. Bailar ni cualquier otra cosa.
Su voz sonaba amable y a advertencia al mismo tiempo.
—Lo sé —dijo ella.
—Chica lista —le dijo él, acercándole su taza de café—. Estarás mejor conmigo. No llorarás por la mañana —y enseguida empezó a contarle otra anécdota.
Ella trató de sonreír, pero no pudo.

Nick volvió al bar. Su rostro volvía a ser impenetrable de nuevo. Había perdido la cordura por un momento, pero ya la había recuperado. Ahora Miley Cyrus podría concentrar sus atenciones en su objetivo inicial.
¿Se había acostado ya con Roflet o iba a esperar a que Roflet padre acudiera al rescate de Giles Cyrus?
«No, no pienses en Pierre Roflet con Miley Cyrus».
Ella no era la mujer que él deseaba. Todo había sido una ilusión, un espejismo.
— ¿Monsieur?
—Vodka —le dijo sin contemplaciones al barman.
Nick tomó el vaso que le acababan de llenar y lo vació de un trago. Al ver su gesto, el barman le sirvió de nuevo, pero Nick no se lo bebió de golpe. El primer trago estaba haciendo efecto: quemándole la garganta y adormeciendo sus sentidos.
— ¿Russe?
Nick se giró al oír la suave voz y vio a una chica en el taburete de al lado con una copa de champán en la mano. Apenas tendría veinte años, pensó él. Llevaba un vestido muy corto y estaba muy maquillada.
Era guapa.
Parecía cara.
Parecía disponible.
Nick la miró con los ojos entrecerrados, como si estuviera considerando sus opciones, y le respondió.
Ella pareció sorprendida. Sus ojos parecieron llenos de nostalgia, pero fue sólo un segundo. Entonces sonrió, provocadora, y Nick apenas se tomó unos segundos para convencerla de que subiera con él a su habitación.

Miley lo vio salir de la discoteca con la mujer, que llevaba unos tacones imposibles y movía el trasero provocadoramente. Su pelo largo y negro se balanceaba a sus espaldas.
Miley agarró la taza con tanta fuerza que estuvo a punto de romperla. ¿Cuántas más de sus fantasías podría soportar ver destruidas en una sola noche?
—No es una buena idea, cherie —dijo Pierre, observando su expresión dolida.
—No —admitió ella—. Tienes razón, no lo es.
Miró a Pierre, que le sonrió.
—Además, sería un riesgo para la salud —dijo, señalando la dirección que había tomado Nick  Jonas—. Esa chica es una prostituta.
Miley lo miró boquiabierta.
—No deberían estar aquí —aclaró Pierre, encogiéndose de hombros—, pero ellas, o sus chulos, sobornan al personal del hotel. Créeme, cherie, me ofreció sus servicios cuando fui a buscar las bebidas. Era muy cara, pero el precio no es problema para Nick Jonas.
Miley apenas lo oyó. El estruendo de su última ilusión rompiéndose en mil pedazos era ensordecedor.
Se sentía aplastada por la dura realidad de quién y qué era ese hombre: alguien que no merecía la pena.
Sin pensar, se llevó la taza a los labios.

No hay comentarios:

Publicar un comentario