Fue ese destello de satisfacción masculina en la perezosa sonrisa de Jonas lo que hizo que Miley recuperase el juicio. Apretó los dientes con fuerza en un intento de sobreponerse a aquella sensación de calor que había invadido su cuerpo. Nunca antes le había pasado nada parecido, ni le volvería a pasar si estaba en su mano evitarlo. Respiró a fondo e intentó racionalizar su peculiar reacción ante aquel hombre. Llegó a la conclusión de que Nick Jonas desprendía una sensualidad irresistible y podía manejar a una mujer a su antojo. Pero entonces, ¿de qué se extrañaba? Según Delia, en su familia todos los hombres tenían esposas y amantes, desde su abuelo, el fundador de la compañía, hasta Nick. Dado que Miley se encontraba ahora obligada a tratar con aquel hombre a causa de Dani, cualquier relación íntima entre ellos resultaba totalmente impensable. La felicidad de Daniel era su prioridad absoluta.
—Daniel —dijo ella con seguridad—. Querías hablar de Daniel.
—Sí, Daniel —concedió él, y con un aire reflexivo se reclinó en la silla—. Pero primero debemos hablar sobre Delia.
Para sorpresa de Miley, justamente eso fue lo que hizo a continuación.
—Delia era la pequeña de la familia. Yo tenía quince años cuando ella nació, y durante los primeros tres años de su vida fue una continua fuente de alegría para mí. Reconozco que tras marcharme de casa para estudiar, luego para vivir unos años en Nueva York no la vi tanto como me hubiera gustado, pero pensé que manteníamos una buena relación. La veía al menos dos o tres veces al año, normalmente en vacaciones. Su adolescencia fue un tanto rebelde, pero aquello se pasó pronto. Mi padre le dio una generosa paga, y podía tener casi todo lo que pidiera —movió la cabeza en un gesto de incredulidad. Por una vez, no parecía el distante y calculador banquero que Miley conocía—. Daba la impresión de que las cosas le iban bien y de que siempre estaba contenta. Nunca entenderé por qué pensó que debía ocultar a su hijo de nosotros, de su familia —a continuación, aquellos ojos oscuros se clavaron inquisitivamente en Miley—. Resulta obvio que la Delia que tú conocías era muy diferente, y supongo que eras partícipe de todos sus secretos.
—Algunos —ella, algo ruborizada, apartó la mirada de la de él.
—¿Cuánto te pagó por ello?
—¡Nunca me pagó nada! —exclamó Miley indignada—. Quería a Delia, era mi mejor amiga —intentando mantener la calma, inclinó la cabeza para ocultar las lágrimas mientras le invadían los recuerdos de su amiga. Sobreponiéndose a sus emociones, continuó—: Desde el día en que conocí a Delia en el internado al que tu padre la había desterrado, habría hecho cualquier cosa por ayudarla porque ella salió en mi defensa. Yo no sólo era una alumna externa, lo que me separaba de la mayoría de la clase, sino que además tenía dos años más que el resto.
Nick se puso ligeramente tenso al escuchar aquello. Así que Miley Cyrus no era tan joven como había creído… interesante. Él había pensado en llevarla a juicio en caso necesario, aunque la idea de dar publicidad al asunto le resultaba insoportable. Pero había olvidado lo atractiva que era Miley y en ese momento se le ocurrió una solución mucho mejor.
Ensimismada en sus recuerdos, Miley estaba totalmente ajena a la mirada inquisitiva de su acompañante, y prosiguió:
—Con la diferencia de edad y llevando gafas, fui el centro de las burlas de la clase, pero Delia intercedió en mi defensa y nunca más me volvieron a molestar A partir de aquel día fuimos grandes amigas. Habríamos hecho cualquier cosa la una por la otra —aseguró con total convicción.
—Me gustaría saber por qué accediste a secundarla en aquel plan descabellado —apremió él.
A Miley no le sentó bien lo de «descabellado», pero tampoco podía negarlo. En honor a la verdad, estaba asombrada de que el engaño hubiera durado tanto.
—Cuando Delia vino a visitarme hace cuatro años y me dijo que iba a tener un hijo, ya tenía diseñado un plan.: La Semana Santa en Grecia no sería un problema; nadie notaría nada. Según Delia, tu padre estaba loco de contento porque le acababas de comunicar que tu esposa estaba embarazada y que saldría de cuentas en agosto, sí que no quería estropear la felicidad reinante. En todo caso, no deseaba contarlo. No quería que su hijo fuese como vuestro padre, un tirano machista que la culpaba por la muerte de su madre —Nick hizo un gesto con la cabeza, pero no la interrumpió—. Ella no creía que tú fueras mucho mejor después de coincidir con la idea de tu padre de enviarla a un internado a causa de un par de coqueteos adolescentes.
—Por supuesto —intervino Nick despreciativamente—, tú la secundaste y nunca se te ocurrió que ella podría haber estado mucho mejor si te hubieras puesto en contacto con su familia.
—No, yo no estaba de acuerdo con ella —replicó Miley con vehemencia—. Le pedí que hiciese exactamente eso, que se lo contase a su familia.
—Muy loable, seguro, pero poco verosímil dadas las presentes circunstancias —enfatizó Nick cínicamente.
—Te equivocas. Sólo accedí a ayudarla después de que volviera de las vacaciones de Semana Santa y que viniese al funeral de mi abuelo. Me dijo que absolutamente nadie se había dado cuenta de que estaba embazada —repuso Miley con dureza—, lo que parecía darle la razón.
—Es lamentable, pero no merece la pena discutir sobre ello —opinó él tajante—. Ahora tenemos que considerar el futuro de un niño, un niño sin padres —clavó su oscura mirada sobre la pálida cara de Miley—. A menos que sepas el nombre del padre.
—Delia me dijo que había muerto —repuso ella, evitando su astuta mirada. También le había hecho prometer a Miley que nunca revelaría la identidad del padre, y no veía ningún motivo para romper ahora su palabra.
—¿Estás segura?
—Por completo —aseveró Miley sin asomo de duda y mirándolo directamente a los ojos. Delia le había mostrado un recorte de periódico sobre el accidente de tren en el que había fallecido el padre de Daniel.
—Está bien —aunque ella no le había facilitado ningún nombre, Nick estaba convencido de que sí lo sabía. La señorita Cyrus tenía unos ojos muy expresivos, ojos que había apartado al contestarle. Por la razón contraria, la creyó cuando dijo que el padre había fallecido—. Entonces no hay que preocuparse de que alguien aparezca de pronto reclamando al niño. Lo cual sólo nos deja a ti y a mí.
—Antes de que digas nada más —se apresuró Miley a aclarar—, deberías saber que cuando Dani nació, Delia me hizo tutora del niño hasta que cumpliese los veintiún años. Fue necesario por si ocurría alguna emergencia y para que el niño pudiera disponer de atención médica. Tengo la documentación que lo prueba —ella se sentía en parte culpable por lo que había sucedido, pero no estaba dispuesta a dejar que aquel tirano de rostro impasible le arrebatase a Daniel sin presentar batalla.
—No me cabe duda de que tienes esa documentación —declaró con cinismo—. Antes de venir aquí fui a ver un abogado de Londres, un tal señor Smyth. La última voluntad y el testamento de Delia obran en su poder según los mismos, Delia te hace beneficiaria de un parte sustancial de sus bienes y propiedades, el veinte por ciento para ser precisos, y tú y yo somos ahora administradores conjuntos del dinero de Daniel, como seguro que sabes —Miley no podía dar crédito a lo que escuchaba—. No te hagas la sorprendida. Después de todo, jamás ha habido una niñera mejor pagada que tú —al escuchar aquel tono de firmeza en sus palabras, Miley supo que le estaba diciendo la verdad y tuvo la sensación de que el mundo se hacía pedazos.
—Delia me dejó dinero —dijo ella mirándolo anonadada mientras veía cómo él la miraba con desprecio—. No lo sabía, y no lo quiero. Amo a Daniel. Accedí a ser su tutora para ayudar a Delia, pero no lo hice por dinero —se hallaba horrorizada y furiosa de que ese hombre pudiera pensar algo tan monstruoso de ella—. Y encuentro increíble que Delia también te hiciese tutor de Dániel; me dijo que no quería que creciera pareciéndose a ti —soltó sin pensárselo dos veces.
Nick, con su perspicacia, enseguida se percató de que Miley Cyrus, fuera de sí como estaba, había incurrido en un sencillo error. Lo que él le había dicho es que era un administrador de los bienes del niño, no su cotutor. Sin embargo, no dudó en sacar provecho de la equivocación de aquella pequeña cazadora de fortunas.
—Parece que mi hermanita hablaba demasiado y no siempre decía la verdad. Pero da igual; lo único importante es Dániel.
—,Y crees que para mí no? —protestó ella—. He cuidado de él desde que nació. Lo quiero como si fuera mi propio hijo. La futura felicidad de Daniel es todo lo que me preocupa.
—Excelente —exclamó él ignorando el destello de angustia de sus ojos violeta—. Entonces no tendrás inconveniente en que Daniel venga conmigo a Grecia. —Pero eso es una locura —saltó ella—. No puedes llevártelo de esa manera de aquí. Este es el único hogar que ha tenido.
—Entonces ya es hora de que conozca su verdadero hogar. Daniel es griego y se adaptará rápidamente. Disfrutará viviendo en mi casa, con el personal de servicio atendiendo todas sus necesidades. Sin duda estará mejor en un clima soleado y no bajo esta llovizna constante, gris y fría. Es un Jonas y como tal tendrá la mejor educación posible, y cuando llegue el momento ocupará el lugar que por derecho le corresponde en Jonas International —Nick la miró con calculada arrogancia—. Aseguras no querer el dinero que Delia te dejó; sin embargo, según me contó la recepcionista del hotel cercano cuando fui a reservar una habitación para pasar la noche, trabajas a tiempo parcial como cuidadora en la guardería infantil del hotel. Aunque es una ocupación muy digna, difícilmente te permitirá hacerte rica —dijo en tono de burla—. Por el contrario, yo ya lo soy. Me pregunto qué es lo que tú puedes ofrecerle a cambio.
Miley ya había escuchado bastante. Estaba furiosa por el hecho de que ese canalla tuviera la osadía de hablar sobre ella con una completa extraña.
—El dinero no lo es todo. Quiero a Daniel, aunque, según dicen, esto es algo que tú no puedes entender —dijo ella tomándose la revancha.
—Ah, Delia de nuevo, imagino. No deberías creer todo lo que oyes.
—Por lo visto tu matrimonio no fue por amor, sino que, según Delia, facilitó la adquisición de un banco estadounidense — Miley, encolerizada, estaba devolviendo todos los golpes—. ¿Qué clase de ejemplo serías para un niño tan adorable y confiado como Daniel?
—Un ejemplo realista —afirmó, levantándose y caminando alrededor de donde ella estaba sentada—, lejos de esa visión de la vida propia de un cuento de hadas que tanto tú como mi hermana compartíais —sujetó a Miley por la barbilla y la obligó a toparse con la salvaje oscuridad de sus ojos—. Mira dónde el amor y la independencia condujeron a Delia y dime si estoy equivocado.
Por un instante, Miley se quedó sin palabras. Sus manos, cerradas en forma de puño, estaban entre sus piernas, en un esfuerzo por refrenar las inmensas ganas que tenía de golpearlo.
—¿Ah, sí? Y tú lo hiciste mucho mejor. Te las arreglaste para perder tanto a tu esposa como a tu hijo —replicó ella bruscamente—. Al menos Daniel está seguro, y tú eres el hombre más despreciable que he tenido la desgracia de conocer. No te dejaría cuidar ni de mi mascota.
La presión de sus dedos se hizo más fuerte, y por un momento, durante el tenso silencio que siguió a continuación, ella pensó que le iba a romper la mandíbula. Miley se dio cuenta tarde de que había ido demasiado lejos con aquel comentario. Si quería seguir al lado de Daniel tendría que entenderse con aquel hombre, aunque no sabía cómo lograrlo.
—¡Deja a mi Miley, hombre malo! —gritó de pronto una voz aguda. Hecho una furia, el niño atravesó corriendo la cocina y le propinó a Nick una patada en la espinilla: En ese momento, soltó a Miley y retrocedió para contemplar asombrado cómo el niño se agarraba a su pierna.
—No pasa nada, Dani—Miley se levantó de un salto de la silla y se agachó junto a él—. No es un hombre malo —le tranquilizó, mientras pasaba el brazo por su pequeña cintura y hacía que la mirase—. Este señor es el hermano de mamá Delia, es decir, tu tío —Daniel se aferró al cuello de Miley y ésta, levantándolo en brazos, se puso de pie y, sin creérselo un instante, añadió—: Es un hombre bueno. Ha recorrido un largo camino desde Grecia para venir a verte.
—Sólo para verme —repitió Daniel mirando con los grandes ojos oscuros de su madre al hombre que estaba allí de pie en silencio—. Eres mi tío —entonces volvió a mirar a Miley. Mi amigo Tim tiene un tío que vive con él y con su mamá, y duerme en la cama de ella. ¿Va a quedarse este tío con nosotros? —preguntó Daniel antes de mirar con cautela a Nick.
Miley sintió que se le subía el color a las mejillas, y durante un segundo no supo qué decir. El hecho de que Daniel a su tierna edad fuese consciente de los arreglos de cama de otros adultos la dejó estupefacta. Jonas, en cambio, no tenía el mismo problema.
—Sí. Me gustaría que nosotros estuviésemos juntos —asintió Nick, hablando por primera vez desde que Daniel había irrumpido en la cocina—. Si tú me dejas, claro —añadió con una sonrisa—. Me recuerdas mucho a mi hermana Delia.
—¿Conoces a Delia? —preguntó Daniel.
—Mamá Delia —corrigió Miley.
—Mamá Delia —repitió Daniel—. Tenía que venir a vemos y no lo hizo. Pero me envió una cama en forma de coche por Navidad, y un montón de juguetes —se soltó de los brazos de Miley y se quedó de pie sobre sus regordetas piernas para mirar tímidamente a Nick—.. ¿Te gustaría verlos?
Enmudecida de rabia, Miley se quedó contemplando la escena mientras Nick se agachaba y tomaba de la mano a Daniel. ¿Cómo se atrevía a decirle al niño que se iba a quedar con ellos?
—Me encantaría, Dani. ¿Puedo llamarte Dani?
—Sí, ven —Daniel tiró de su gran mano con impaciencia.
—Espera un momento —Miley habló por fin—. Para empezar, Daniel, ¿qué estás haciendo aquí abajo? Te tengo dicho que no bajes la escalera tú solo —ella se sintió terriblemente culpable. Con las horribles noticias que acababa de recibir, había olvidado que el niño ya no estaba en su cuna, sino en la nueva cama, que podía salir en un segundo, y también había olvidado cerrar la portezuela que protegía la escalera —podrías haberte caído.
—Estoy seguro de que Nicholas ya es mayor Para caerse por las escaleras —afirmó Nick mientras se ponía de pie—. ¿No es así, hijo?
¿Desde cuándo su sobrino se había convertido en su hijo?, pensó Miley furiosa.
—Sí —respondió Daniel, y a juzgar por la sonrisa de su rostro no le importó lo más mínimo que lo llamaran «hijo»—. ¿Cómo te llamas?
—Nick Jonas—aquel hombre tan alto sonrió amablemente al niño—. Me puedes llamar tío o Nick, o los dos, como tú quieras.
Dos minutos después, Daniel y Nick salían de la cocina, y Miley sintió que un escalofrío de miedo le recorría la espalda. De una forma típicamente masculina, Daniel hizo caso omiso cuando ella le pidió que se tomara el zumo y la galleta que tenía por costumbre.
—Lo preparas mientras le enseño a tío Nick mi cama-coche.
La sugerencia de Miley acerca de que debía vestirse también fue ignorada por tío Nick con un «No hay problema, puedo apañármelas».
Reprimiendo la tentación de ir tras ellos, contempló la cocina vacía con el corazón afligido por las terribles noticias que había recibido. Delia había muerto y todavía había que decírselo a Daniel.
—¡Oh, Dios! —se quejó, desplomándose en la silla donde antes se había sentado. Contempló la botella de vino y por un instante estuvo tentada de ahogar con ella sus penas, pero enseguida cambió de opinión. Tenía que ser fuerte por Daniel. Se lo debía a su amiga, tenía que asegurarse de que el niño era feliz; sin importar lo que Nick Jonas pretendiera. De ningún modo estaba dispuesta a jugar un papel secundario en la vida de Daniel, se prometió en silencio.
Miley con su uno cincuenta y siete de estatura, no era una «bajita» inútil. Poseía una extraordinaria fuerza interior que le había permitido superar adversidades que habrían podido con una mujer más débil. Durante cuatro años había hecho de enfermera con su abuelo mientras continuaba sus estudios, cursando parte de los mismos a distancia. Escasos meses tras la muerte de su abuelo se había hecho cargo de Daniel cuando éste era solo un bebé, y aun así siguió estudiando hasta obtener un título en Historia del Arte. Además, no era en absoluto la pobre mujercita que pensaba Jonas.
Después del primer infarto a los sesenta años, su abuelo había vendido a una cadena internacional de hoteles los cincuenta acres de tierra que rodeaban su casa, manteniendo tanto la propiedad de la casa como el derecho de paso. Esa fue su forma de asegurarse el dinero para sufragar los cuidados que precisaba así como las necesidades de Miley. Al heredar la casa de su abuelo y el seguro de vida de sus padres, Miley se encontró en una situación desahogada.
Aunque desde luego no era tan rica como Aristides, el dinero que había invertido le aseguraba una vida razonablemente confortable y le permitía dedicarse a lo que le gustaba. Como ilustradora independiente, ya había completado las ilustraciones para tres libros infantiles de éxito, y tenía un lucrativo acuerdo con el autor y el editor para realizar las ilustraciones de la serie completa de ocho ejemplares. El trabajo en la guardería lo hacía porque le gustaba, pero lo que verdaderamente le encantaba era cuidar de Daniel. Dadas las circunstancias, su vida era casi tan perfecta como había soñado. Al menos hasta entonces.
Miley abrió el frigorífico para sacar un cartón de zumo y bajó de la alacena la taza favorita de Daniel. Colocó todo en la mesa junto con el bote de galletas y pensó si le quedaba algo por hacer. Se dirigió en silencio hacia el vestíbulo y se detuvo al pie de la escalera. Podía oír el murmullo de voces, y luego una risa infantil. Quería subir con ellos, pero en lugar de eso dio media vuelta hacia la cocina. Se paró al llegar a la mesa del recibidor y ojeó el correo. Había propaganda y una carta. No reconoció el remitente, pero al darse cuenta de que se trataba de un bufete de abogados se puso nerviosa. Leyó la carta tres veces, y luego la guardó en el cajón de la mesa.
De vuelta en la cocina, se quedó ensimismada mirando a través de la ventana. Se encontraba muy afectada. Jonas había dicho la verdad. La carta del abogado era breve pero sustancial: simplemente confirmaba la muerte de Delia y que Miley era beneficiaria de su testamento.
Lanzó un suspiro y se dio la vuelta. Necesitaba hacer algo, cualquier cosa que la entretuviese para no pensar en el futuro. Quizás podría ir preparando la cena. Siempre cenaban alrededor de las seis. Después, el baño y a la cama.
—A tío Nick le gusta mi cama —explicó Daniel entrando en la cocina con una amplia sonrisa—. Me ha dicho que conseguirá otra exactamente igual para cuando vayamos a su casa de Grecia —dijo con los ojos abiertos como platos, llenos de asombro—. ¡Es fantástico!
—Sí, es maravilloso —repitió Miley apretando los dientes y sentando al niño a la mesa—. Ahora bébete el zumo y cómete la galleta mientras preparo la cena —no pudo evitar la frialdad en su tono de voz; estaba tan enfadada que debía hacer un gran esfuerzo para no perder los papeles.
Y la situación se pondría aún peor.
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