Miley estaba sentada en el amplio sillón de cuero del avión, con las piernas graciosamente cruzadas a un lado, pasando sin mirar las páginas de una revista Vogue. Sólo había otro pasajero en el jet privado volando con destino a la Côte d'Azur francesa: su padre, que, al otro lado del pasillo, revisaba unos papeles con el ceño fruncido.
Estaba de mal humor y Miley lo sabía. Estaba así desde que AC Internacional lanzó la oferta de compra de su empresa. Al principio su padre no se lo tomó en serio, pero cuando un accionista tras otro empezó a ver con buenos ojos el precio que AC Internacional ofrecía por sus acciones, su actitud empezó a cambiar.
La absorción de la empresa se había convertido en una batalla campal en la que su padre luchaba contra el hombre que intentaba quitarle su empresa.
—Cuando me encuentre con él, tiene que parecer una coincidencia —le había ladrado a Miley—. Si estás conmigo, la situación parecerá más desenfadada.
A Miley no le extrañaba que su padre le pidiera algo así: actuar como la hija amable y atenta anfitriona cuando necesitaba compañía femenina, joven y respetable. La mirada de Miley se endureció. Había muchas otras ocasiones en las que su padre aparecía rodeado de compañía femenina y joven, pero en absoluto respetable. Aún recordaba la vez que volvió a casa de su padre cuando todavía estaba estudiando antes de tiempo y al abrir la puerta encontró una fiesta en su punto álgido. Aunque la palabra «fiesta» no bastaba para describir una reunión de chicas medio desnudas, o desnudas por completo, paseándose por el piso con el claro cometido de «entretener sexualmente», mientras en la enorme pantalla de plasma de la pared se veía una película erótica.
Desde entonces, Miley tuvo muy claro lo que hacía su padre para divertirse cuando no estaba aumentando su riqueza o portándose mal con la gente que le rodeaba. Además, no era el único hombre que tenía esos gustos.
Miley torció los labios en un gesto de repugnancia. En aquella clase de diversiones, los peores ricos eran los nuevos ricos, especialmente aquellos procedentes de países que acababan de descubrir cómo hacer dinero en grandes cantidades.
¿Sería así Nick Jonas? Procedía de un país del sudeste de Europa que parecía haber surgido en el mapa de la noche a la mañana después de la caída del comunismo. Miley sabía muy poco de su país de origen, Dalaczia, aunque había intentado informarse un poco desde la noche anterior, pues pensó que podría ser un tema de conversación neutro si tenía que entablar una con aquel hombre. Por lo que había investigado, Dalaczia tenía frontera con Grecia, unos pocos kilómetros de costa en el Adriático y unas cuantas islas. En su parte continental, el país era montañoso y todas las potencias de la zona, como Rusia, Turquía, Austria, Grecia, Italia y otros estados balcánicos, habían luchado por controlarlo. La religión oficial era la ortodoxa y usaban un alfabeto derivado del cirílico. Su actual independencia era precaria e inestable, al igual que su gobierno, pero Miley pensaba evitar ese punto, pues podía ser fuente de conflicto. En su lugar, había tomado nota mental de las maravillas naturales del país, así como de algunos aspectos de su tradición; con eso debería bastar.
En cuanto al hombre, si seguía el estereotipo de las películas americanas, Nick Jonas sería un hombre de mediana edad, entrado en carnes y con dentadura de oro, que habría hecho su fortuna a base de explotar las riquezas de su país tras la caída del comunismo.
Miley suspiró profundamente. ¿Y qué más le daba a ella? Su único cometido era mantener una conversación agradable hasta que su padre decidiera prescindir de ella y empezar a hablar de negocios. Entonces sería cuando su padre se quitaría los guantes y empezaría a pelear duro y sucio, eso ella lo sabía mejor que nadie. Por eso, de la estrategia que pensaba utilizar con Nick Jonas, no quería ni enterarse.
No quería saber nada de lo que hiciera su padre; lo único que deseaba era mantenerlo lo más alejado de su vida posible, pero eso no siempre era fácil ni factible. Miley había vivido toda su vida bajo la influencia de Giles Cyrus y sabía que no había escapatoria posible.
Estaba de mal humor y Miley lo sabía. Estaba así desde que AC Internacional lanzó la oferta de compra de su empresa. Al principio su padre no se lo tomó en serio, pero cuando un accionista tras otro empezó a ver con buenos ojos el precio que AC Internacional ofrecía por sus acciones, su actitud empezó a cambiar.
La absorción de la empresa se había convertido en una batalla campal en la que su padre luchaba contra el hombre que intentaba quitarle su empresa.
—Cuando me encuentre con él, tiene que parecer una coincidencia —le había ladrado a Miley—. Si estás conmigo, la situación parecerá más desenfadada.
A Miley no le extrañaba que su padre le pidiera algo así: actuar como la hija amable y atenta anfitriona cuando necesitaba compañía femenina, joven y respetable. La mirada de Miley se endureció. Había muchas otras ocasiones en las que su padre aparecía rodeado de compañía femenina y joven, pero en absoluto respetable. Aún recordaba la vez que volvió a casa de su padre cuando todavía estaba estudiando antes de tiempo y al abrir la puerta encontró una fiesta en su punto álgido. Aunque la palabra «fiesta» no bastaba para describir una reunión de chicas medio desnudas, o desnudas por completo, paseándose por el piso con el claro cometido de «entretener sexualmente», mientras en la enorme pantalla de plasma de la pared se veía una película erótica.
Desde entonces, Miley tuvo muy claro lo que hacía su padre para divertirse cuando no estaba aumentando su riqueza o portándose mal con la gente que le rodeaba. Además, no era el único hombre que tenía esos gustos.
Miley torció los labios en un gesto de repugnancia. En aquella clase de diversiones, los peores ricos eran los nuevos ricos, especialmente aquellos procedentes de países que acababan de descubrir cómo hacer dinero en grandes cantidades.
¿Sería así Nick Jonas? Procedía de un país del sudeste de Europa que parecía haber surgido en el mapa de la noche a la mañana después de la caída del comunismo. Miley sabía muy poco de su país de origen, Dalaczia, aunque había intentado informarse un poco desde la noche anterior, pues pensó que podría ser un tema de conversación neutro si tenía que entablar una con aquel hombre. Por lo que había investigado, Dalaczia tenía frontera con Grecia, unos pocos kilómetros de costa en el Adriático y unas cuantas islas. En su parte continental, el país era montañoso y todas las potencias de la zona, como Rusia, Turquía, Austria, Grecia, Italia y otros estados balcánicos, habían luchado por controlarlo. La religión oficial era la ortodoxa y usaban un alfabeto derivado del cirílico. Su actual independencia era precaria e inestable, al igual que su gobierno, pero Miley pensaba evitar ese punto, pues podía ser fuente de conflicto. En su lugar, había tomado nota mental de las maravillas naturales del país, así como de algunos aspectos de su tradición; con eso debería bastar.
En cuanto al hombre, si seguía el estereotipo de las películas americanas, Nick Jonas sería un hombre de mediana edad, entrado en carnes y con dentadura de oro, que habría hecho su fortuna a base de explotar las riquezas de su país tras la caída del comunismo.
Miley suspiró profundamente. ¿Y qué más le daba a ella? Su único cometido era mantener una conversación agradable hasta que su padre decidiera prescindir de ella y empezar a hablar de negocios. Entonces sería cuando su padre se quitaría los guantes y empezaría a pelear duro y sucio, eso ella lo sabía mejor que nadie. Por eso, de la estrategia que pensaba utilizar con Nick Jonas, no quería ni enterarse.
No quería saber nada de lo que hiciera su padre; lo único que deseaba era mantenerlo lo más alejado de su vida posible, pero eso no siempre era fácil ni factible. Miley había vivido toda su vida bajo la influencia de Giles Cyrus y sabía que no había escapatoria posible.
Miley estudió su reflejo en el espejo del baño de señoras del hotel Riviera. Tenía el aspecto que más le gustaba: un vestido de estilo griego plateado y el cabello recogido en un moño bajo. Unos sencillos pendientes de perla en forma de lágrima y collar a juego, maquillaje sutil, al igual que el perfume.
Tenía un aspecto frío y distante, como si los problemas banales no le afectaran. Era la niña mimada del hombre más rico de Gran Bretaña, con un apartamento en Chelsea y cuenta abierta en todas las tiendas de diseñadores de Londres.
Eso era lo que el resto del mundo veía.
Pero ella sabía cuál era la realidad.
Por un momento, sus ojos se nublaron.
Después, levantando la barbilla, se puso recta. Tenía que interpretar un papel, aunque no fuera el que ella hubiera elegido.
Cruzó la recepción del hotel y se detuvo en la entrada del casino buscando con la mirada la mesa donde jugaba su padre, copa de coñac y puro a su lado. Miley se preparó para ir a su lado, como debía.
En ese momento, una oleada de tristeza la invadió. Llevaba demasiado tiempo viviendo aquello, desde que era adulta, actuando como una marioneta en manos de su padre, que acudía junto a él cuando se lo pedía y que se marchaba cuando no la necesitaba.
«Si pudiera escapar de esto... no ser su hija y ser cualquier otra persona, alguien completamente diferente...»
Por un momento lo deseó tan intensamente que se quedó sin respiración. Después, sus pulmones se hincharon para dejar pasar el aire de nuevo.
Se quedó helada.
Un hombre se dirigía desde la barra del bar, en el otro extremo del casino, hacia el arco de entrada, donde estaba ella. Caminaba a paso rápido y decidido entre las mesas, y por un momento, Miley pensó que iba hacia ella. Después se dio cuenta de que simplemente se dirigía a la recepción y que tendría que pasar junto a ella para llegar allí.
Automáticamente, Miley intentó apartar la mira de él.
Pero no pudo.
Sin poder evitarlo, se vio contemplándolo, incapaz de dejar de mirarlo. La boca se le quedó seca.
Él era delgado y el esmoquin le sentaba como un guante. Miley estaba acostumbrada a ver hombres bien vestidos, pero a pocos le sentaban tan bien la ropa formal como a aquél. Lo cierto era que había conocido a pocos hombres con un físico comparable al de aquel hombre. Tenía el pelo corto y negro, la cara fina, nariz bien definida y los ojos… los ojos eran como un oscuro pantano cubierto de neblina.
El corazón le dio un vuelco. Quería seguir mirándolo... su mente iba tan rápido como los latidos de su corazón; no era inglés, estaba claro. No parecía francés ni italiano, tal vez no fuera ni mediterráneo. ¿Entonces? Miley frunció el ceño. Esos pómulos marcados sugerían un origen eslavo, aunque el tono cálido de su piel recordaba a los rasgos mediterráneos.
Pero independientemente de su lugar de origen, había una cosa en él que no dejaba lugar a dudas: era el hombre más atractivo que había visto nunca.
No podía apartar los ojos de él.
Pero debía hacerlo.
Y debía hacerlo porque, independientemente de lo atractivo que fuera, no tenía ningún sentido pensar en él ni mirarlo como si fuera una adolescente alterada, con el pulso acelerado y la respiración entrecortada. No tenía ningún sentido.
No estaba allí para perseguir a un hombre. Además, ella no perdía la cabeza por los hombres. No le había pasado nunca desde que acabó sus estudios y se dio cuenta de que llamarse Miley Cyrus no era precisamente una ventaja a la hora de tener un romance. Por bella que fuera, pocos hombres podían ver más allá de la sombra de Giles Cyrus.
Desde luego, ella tampoco podía hacerlo, pensó con amargura.
Y aquella noche, la sombra de su padre se cernía sobre ella oscureciéndolo todo.
Sólo quedaba una opción: apartar la vista, dejar de mirar al hombre que caminaba hacia ella, y dejar que pasara a su lado sin tenerlo más en cuenta. Y no pensar más en él, porque, después de todo, ¿de qué serviría?
De nada, y lo sabía.
Con un gran esfuerzo, intentó dejar de mirarlo. Demasiado tarde.
El hombre, al pasar junto a la última de las mesas de juego, la miró.
Miley se quedó sin respiración.
Fue como si algo hubiera impactado sobre él, pero sin provocarle dolor. Fue algo distinto.
Nick estuvo a punto de detenerse; no lo hizo, pero sus ojos no pudieron apartarse de ella. El estómago se le encogió.
Era rubia. Muy rubia. Tenía el pelo claro y la piel muy pálida, con unos rasgos bellos propios de los ingleses. Pero ella era espectacular. Tenía unos grandes ojos verdes, nariz fina y los labios llenos y ligeramente entreabiertos. Era alta, elegante y perfectamente proporcionada: piernas largas, caderas torneadas, cintura de avispa y unos pechos perfectos. Llevaba un vestido plateado de noche que realzaba de un modo natural y sin alardes su extraordinaria belleza.
Sintió de nuevo el nudo en el estómago.
No, aquello no debía pasarle en aquel momento. Todas sus energías estaban centradas en una única cosa, y estaba muy, muy cerca de conseguirla. Esa cosa era lo que había dirigido y encaminado su vida adulta.
«No tengo tiempo para esto».
Tenía que parar aquello. Ya.
Era demasiado tarde, pues sus ojos se habían perdido en los de ella.
Duró sólo unos segundos, pero fue suficiente para hacerle sentir una especie de descarga eléctrica que le sacudió cada célula de su cuerpo.
El deseo hizo presa de él.
Y algo más. Algo que no estaba acostumbrado a sentir, algo que no pudo identificar.
Por unos segundos, le sostuvo la mirada mientras la distancia entre ellos se hacía más corta. Ella estaba de pie, inmóvil, sin hacer nada más que mirarlo, como si eso fuera lo que la mantuviera en pie.
Él sintió que su paso se ralentizaba, preparándose para detenerse, para pararse junto a ella.
¡No! No tenía tiempo para aquello; era un mal momento y un mal lugar.
¿Pero sería la mujer apropiada?, susurró una vocecilla en su cabeza. Él se encargó de acallarla prontamente, haciendo gala del autocontrol que había regido su vida. Cerró los ojos un segundo para intentar borrar la imagen de la mujer de su mente, y al abrirlos, ella había desaparecido.
«No tengo tiempo para esto».
Tenía que parar aquello. Ya.
Era demasiado tarde, pues sus ojos se habían perdido en los de ella.
Duró sólo unos segundos, pero fue suficiente para hacerle sentir una especie de descarga eléctrica que le sacudió cada célula de su cuerpo.
El deseo hizo presa de él.
Y algo más. Algo que no estaba acostumbrado a sentir, algo que no pudo identificar.
Por unos segundos, le sostuvo la mirada mientras la distancia entre ellos se hacía más corta. Ella estaba de pie, inmóvil, sin hacer nada más que mirarlo, como si eso fuera lo que la mantuviera en pie.
Él sintió que su paso se ralentizaba, preparándose para detenerse, para pararse junto a ella.
¡No! No tenía tiempo para aquello; era un mal momento y un mal lugar.
¿Pero sería la mujer apropiada?, susurró una vocecilla en su cabeza. Él se encargó de acallarla prontamente, haciendo gala del autocontrol que había regido su vida. Cerró los ojos un segundo para intentar borrar la imagen de la mujer de su mente, y al abrirlos, ella había desaparecido.
Miley dio un respingo. Con toda la rapidez que le dejaron sus zapatos de tacón, corrió hacia una puerta lateral que daba a la piscina frente al mar. El corazón le latía enloquecido y las mejillas le ardían.
Oh, cielos.
Su mente se debatía entre el caos. Sintió como si una descarga eléctrica le sacudiera el cuerpo sin aviso previo.
Esos ojos, mirándola directamente.
Volvió a sentirse acalorada. Intentó tomar una bocanada de aire y siguió andando todo lo deprisa que pudo, sin pensar dónde iba.
¡Nunca le había pasado algo así! ¿Qué había sido aquello? ¿Qué tenía aquel hombre para hacerle sentir de aquel modo? Intentó relajarse y respirar más lentamente a la vez que ralentizaba sus pasos.
«Acabas de ver a un hombre guapísimo. Eso ha sido todo. Has visto a muchos hombres así en tu vida. No son una rareza en el mundo».
Aunque intentaba razonar de ese modo consigo misma, sabía que no se estaba diciendo la verdad. Podía haber muchos hombres guapísimos en el mundo y haber visto a muchos, pero ninguno la había hecho reaccionar de ese modo. Sólo deseaba mirarlo, y seguir mirándolo mientras su corazón se volvía loco y se quedaba sin respiración.
Su imagen se dibujó en su mente. Podía imaginarlo con claridad, y al hacerlo, un escalofrío le recorrió la espalda.
Había algo en él...
Volvió a sentir el escalofrío al recordar cómo la había mirado y la descarga eléctrica que la recorrió entonces. Nunca antes le había pasado algo así.
Sus ojos le habían hecho algo que no podía explicar. No era deseo sexual, y lo sabía, sino algo mucho más poderoso. Mucho más preocupante.
Mucho más devastador.
Su corazón incrementó de nuevo el ritmo de los latidos, a la vez que ella volvía a andar con mayor rapidez. Esta vez ella no hizo nada por contenerse.
Se acababa de dar cuenta de dónde estaba: en una terraza que llevaba junto a la rocosa orilla del mar, entre los jardines del hotel y el Mediterráneo. El camino discurría entre pinos que velaban las luces del hotel y acababa, lo sabía por visitas previas a ese hotel, uno de los favoritos de su padre por el casino y el puerto donde tenía atracado su barco, a un pequeño promontorio frente al mar, con asientos de piedra para disfrutar de la vista durante el día.
Llegó hasta allí unos pocos minutos más tarde, pero no se sentó. La piedra estaría demasiado fría, así que fue hacia la barandilla y se recostó sobre ella mientras intentaba recuperar la respiración al tiempo que observaba el oscuro mar a sus pies. Las estrellas empezaban a lucir, igual que la luna. Una brisa casi imperceptible subía desde el mar, soltando pequeños mechones de pelo de su recogido. El aire de la noche y el aroma del mar y los pinos sirvió para calmarla. Lentamente sintió que el calor de sus mejillas desaparecía y que su corazón volvía a su pulso normal.
Entonces un sentimiento de casi tristeza la invadió. ¿Qué importaba el haber visto a un hombre que le había provocado tan extraordinaria reacción? No tenía sentido pensar en él. Ninguno. Probablemente no volvería a verlo nunca, puesto que él se disponía a salir del casino, y probablemente del hotel, pero ¿si lo hacía? ¿Qué pasaría entonces? Nada.
Él sólo podría ser una fantasía para ella. Nadie real. Nadie que hubiera podido tener algo que ver con ella. Era sólo una ensoñación de cómo podría haber sido una vida diferente.
Eso era todo. Nada más que eso.
Miley siguió mirando el mar, sus ojos tan oscuros como la noche.
Ella no tenía que haber salido corriendo. Eso había sido un error.
Nick la miró una fracción de segundo cruzar la recepción del hotel hacia la puerta trasera frente al mar.
Si ella se hubiera quedado quieta mientras él pasaba a su lado, él habría tenido que dejarla tranquila. No había ningún motivo para hacer lo contrario. Ninguno, desde luego, para hacer lo que él estaba haciendo en aquel momento: caminar tras ella. Con toda la intención, no llegó enseguida junto a ella. Con toda la intención, la dejó llegar a la puerta y salir del hotel. Nick no tenía ni idea de dónde iba ella, pero pronto lo sabría.
El camino que había tomado ella estaba escasamente iluminado, pero él la siguió con la mirada hasta que ella desapareció tras unos pinos y se perdió en la penumbra.
A Nick le brillaron los ojos.
Con paso relajado, fue tras ella.
Sabía que no debía hacerlo, sabía que era un mal momento y un mal lugar, pero ella era la mujer apropiada.
La mujer más perfecta que había visto nunca.
Sólo la había visto un instante, pero nunca antes había sentido ese fuego interno al ver a una mujer, y no estaba dispuesto a dejarla marcharse de su vida de ese modo. Estaba actuando de forma inconsciente, lo sabía bien, pero también sabía lo que quería en ese momento.
Quería encontrarla.
Al oír pasos, Miley se alarmó y se giró hacia el lugar de donde venía el sonido. El hotel y sus jardines eran privados, y la seguridad de sus ricos clientes, férrea, pero ella estaba en un extremo del jardín, y no era un lugar habitual para estar a esas horas. ¿Quién podía ser?
Cuando su figura salió de entre los pinos, ella se quedó sin respiración. Por un momento pensó que aquello no podía ser real, que su mente había conjurado la imagen del extraño alto y delgado que tanto le había impresionado. Pero el hombre que caminaba hacia ella no era una fantasía.
Era real, muy real.
—No deberías haber echado a correr —dijo él.
Hablaba francés. Tenía un Dulce acento, pero Miley no pudo identificar cuál sería su idioma materno. La parte de su cerebro que se ocupaba del pensamiento racional no estaba en funcionamiento.
Ella lo miró sin poder evitarlo mientras él caminaba hacia ella. Su corazón latía lenta y pesadamente esta vez, como si el paso del tiempo se hubiera ralentizado a su alrededor.
Él llegó junto a ella.
Miley no podía ver bien su rostro en la penumbra. La luz de la luna iluminaba su rostro y lo llenaba de sombras a la vez. Sintió que las piernas le fallaban y se agarró con fuerza a la barandilla mientras trataba de ignorar el frío que recorría su piel.
Pero la piel era la única parte de su cuerpo que estaba fría. El resto de sí, ardía.
— ¿Por qué echaste a correr?
El sonido de su voz, grave y su acento, la atraparon.
—No lo sé.
Le pareció una respuesta estúpida, pero era sincera. Él sonrió mostrando ligeramente los dientes. Miley no pudo evitar la atracción de sus labios y sus ojos se clavaron en ellos. El calor aumentó, la presión sobre su pecho también. Sintió que soltaba la barandilla y que sus brazos caían junto a su cuerpo.
¿Qué le estaba ocurriendo? ¿Por qué aquel hombre la atraía como un imán al hierro? ¿Por qué había huido de él? Aquello tenía que ser producto de su imaginación, una fantasía nada más. Pero él la había seguido hasta allí... y tampoco sabía por qué.
—Sólo supe que tenía que marcharme...
Su voz aún era grave y le sonaba extraña hasta a ella misma.
Él dio otro paso hacia ella.
—No tienes que huir de mí —le dijo.
Miley lo miró. Su rostro estaba aún en sombras, pero la luna brillaba en sus ojos. Había algo en sus ojos.
Él murmuró algo que ella no entendió. No era inglés ni francés. Sólo fueron dos palabras, y no pudo identificar el idioma, pero después volvió a hablar, y esta vez fue en inglés.
— ¿Quién eres?
Ella reaccionó ante la pregunta. Sus ojos brillaron y sus labios se entreabrieron, pero no dijo nada. No quería decirle quién era. No importaba si aquel hombre sabía quién era su padre o no, aunque no tenía por qué. Había muchos ricos en el mundo, y no todos se conocían entre sí. Fue por un súbito deseo de ser... de ser alguien diferente de quien era. Una mujer que, si quisiera, pudiera caminar bajo el cielo del Mediterráneo y mirar a los ojos de una fantasía hecha realidad...
— ¿Por qué crees que soy inglesa? —le preguntó en francés.
— ¿Es que no lo eres? —bromeó él, en inglés.
Al verlo sonreír, ella volvió a quedarse sin aliento. Miley se encogió Dulcemente de hombros.
—Tú tampoco eres francés —le dijo, aún en este idioma.
—No —admitió él, pero no dijo nada más.
Miley comprendió por qué. Al igual que ella, tampoco él quería ver mezclados en aquel momento nacionalidades, identidades ni categorías. Como ella, quería que fuera puro. Ésa fue la palabra que le vino a la mente. «Puro».
Donde estaban, el aire era limpio y puro, y corría libre entre los pinos bajo la luz de la luna; aquello no tenía nada que ver con el mundo de lujos del hotel, con sus casinos de elevadas apuestas, su restaurante con tres estrellas Michelin, su puerto lleno de yates y aparcamiento abarrotado de coches caros.
Aquello no tenía nada que ver con el mundo de su padre; estaba más allá del alcance de su alargada y maligna sombra.
Sabía que no estaba siendo realista. No podía escapar de quién y qué era. Ni tampoco aquel hombre, que tal vez fuera un impostor, o a saber qué, pero lo que estaba claro era que él era un hombre rico.
Pero por un breve espacio de tiempo, los dos podrían escapar de sus identidades.
— ¿Por qué me seguiste hasta aquí? —ella seguía hablando en francés aunque sin saber muy bien por qué.
Él casi rió a carcajadas entonces.
— ¡Una mujer francesa nunca hubiera preguntado eso! —otra broma, pero con cierto tono de complicidad—. Y una mujer tan guapa como tú —continuó, esta vez con voz grave—, no tiene por qué hacer esa pregunta.
Por un momento él la miró a los ojos, pero ella apartó enseguida la mirada, dudosa. Al hacerlo, sintió la brisa fresca sobre sus brazos y se estremeció ligeramente.
Él reaccionó enseguida. Se quitó la chaqueta del esmoquin y se la puso sobre los hombros. El calor de su cuerpo aún se notaba en el forro de seda de la prenda. Miley sintió que se le hacía un nudo en la garganta. Era un gesto tan íntimo que sintió que su corazón se lanzaba de nuevo a la carrera.
Él murmuró algo que ella no entendió. No era inglés ni francés. Sólo fueron dos palabras, y no pudo identificar el idioma, pero después volvió a hablar, y esta vez fue en inglés.
— ¿Quién eres?
Ella reaccionó ante la pregunta. Sus ojos brillaron y sus labios se entreabrieron, pero no dijo nada. No quería decirle quién era. No importaba si aquel hombre sabía quién era su padre o no, aunque no tenía por qué. Había muchos ricos en el mundo, y no todos se conocían entre sí. Fue por un súbito deseo de ser... de ser alguien diferente de quien era. Una mujer que, si quisiera, pudiera caminar bajo el cielo del Mediterráneo y mirar a los ojos de una fantasía hecha realidad...
— ¿Por qué crees que soy inglesa? —le preguntó en francés.
— ¿Es que no lo eres? —bromeó él, en inglés.
Al verlo sonreír, ella volvió a quedarse sin aliento. Miley se encogió Dulcemente de hombros.
—Tú tampoco eres francés —le dijo, aún en este idioma.
—No —admitió él, pero no dijo nada más.
Miley comprendió por qué. Al igual que ella, tampoco él quería ver mezclados en aquel momento nacionalidades, identidades ni categorías. Como ella, quería que fuera puro. Ésa fue la palabra que le vino a la mente. «Puro».
Donde estaban, el aire era limpio y puro, y corría libre entre los pinos bajo la luz de la luna; aquello no tenía nada que ver con el mundo de lujos del hotel, con sus casinos de elevadas apuestas, su restaurante con tres estrellas Michelin, su puerto lleno de yates y aparcamiento abarrotado de coches caros.
Aquello no tenía nada que ver con el mundo de su padre; estaba más allá del alcance de su alargada y maligna sombra.
Sabía que no estaba siendo realista. No podía escapar de quién y qué era. Ni tampoco aquel hombre, que tal vez fuera un impostor, o a saber qué, pero lo que estaba claro era que él era un hombre rico.
Pero por un breve espacio de tiempo, los dos podrían escapar de sus identidades.
— ¿Por qué me seguiste hasta aquí? —ella seguía hablando en francés aunque sin saber muy bien por qué.
Él casi rió a carcajadas entonces.
— ¡Una mujer francesa nunca hubiera preguntado eso! —otra broma, pero con cierto tono de complicidad—. Y una mujer tan guapa como tú —continuó, esta vez con voz grave—, no tiene por qué hacer esa pregunta.
Por un momento él la miró a los ojos, pero ella apartó enseguida la mirada, dudosa. Al hacerlo, sintió la brisa fresca sobre sus brazos y se estremeció ligeramente.
Él reaccionó enseguida. Se quitó la chaqueta del esmoquin y se la puso sobre los hombros. El calor de su cuerpo aún se notaba en el forro de seda de la prenda. Miley sintió que se le hacía un nudo en la garganta. Era un gesto tan íntimo que sintió que su corazón se lanzaba de nuevo a la carrera.
Él aún tenía las manos sobre sus hombros y estaba casi detrás de ella. Miley giró la cabeza hacia atrás.
—Gracias —su voz fue casi un susurro.
Él estaba muy cerca, demasiado cerca. El mundo a su alrededor desapareció, dejó de existir, y sus ojos ocuparon todo el espacio, mirándola fijamente. La luz de la luna se reflejaba en sus profundidades. Ella sintió que su mano se movía hacia arriba, y con la mayor delicadeza, le acarició la cara. Ella sintió que él se ponía tenso al sentir su caricia, vio sus pupilas llamear y notó cómo contenía el aliento. Notó su aroma masculino.
Entonces su mano voló libre y se quedó helada al pensar en lo que había hecho. Acababa de tocar a un completo extraño sin más. Por instinto, se apartó y volvió a agarrarse a la barandilla.
— ¡Lo siento! —se disculpó apresuradamente. Bajó la cabeza y se mordió el labio inferior.
— ¿Lo sientes? —ella notó su acento y la hizo estremecerse como un escalofrío como si hiciera resonar su cuerpo.
Él volvió a acercarse y se colocó detrás de ella. Miley volvió a sentir la presión de sus manos sobre los hombros a través de la fina tela de la chaqueta, y eso hizo que su ritmo cardiaco se acelerase un poco más aún.
—No hay necesidad de disculparse —su voz parecía divertida, pero también algo más...
Él hizo que se girara para ponerse frente a él y le puso las dos manos sobre la cara, deslizando los dedos entre su pelo. Era alto, más alto que ella, y la miraba desde arriba. Su cabello era más negro que la noche.
Ella lo miró sin hacer nada, sin poder hacer nada. No respiró ni hizo ninguna otra cosa que pudiera estropear aquel momento, aquello tan real. Estaba bajo la luz de la luna, a la orilla del mar, con un hombre al que no conocía, al que tal vez nunca conociera, que le tomó la cara entre las manos y la miraba.
Entonces la besó.
Ella vio que su rostro se acercaba y se dio cuenta en un segundo de que le dejaría. Se moriría antes de no dejar a aquel hombre besarla, en aquel mismo momento, en aquel lugar.
Cerró los ojos.
Cerró los ojos y dejó que él la besara. Un extraño al que no conocía, al que tal vez nunca conociera, y del que se alejaría poco después. Tal vez nunca volviera a tener un momento así, por eso, por unos preciosos segundos...
Nadie podría quitárselo.
Sus labios se abrieron.
Él la besó lentamente, con dulzura y labios de terciopelo, como si su piel fuera la más fina seda. Después se apartó y dejó caer las manos.
Ella abrió los ojos.
El rostro de él era distinto, y también sus ojos...
Y en ese momento algo la recorrió de la cabeza a los pies. El mundo volvió a detenerse.
Entonces, en medio del silencio de la noche, se oyó el motor de un barco saliendo del puerto en dirección a las luces que indicaban que había otro yate anclado un poco más lejos de la costa.
Los ojos de Miley se encendieron. Volvió a la realidad y el mundo empezó a girar de nuevo.
— ¡Tengo que marcharme!
Se escabulló junto a él mientras se quitaba la chaqueta del esmoquin y se la tiraba.
—Espera...
Era una orden y ella obedeció respirando con dificultad.
—Tengo que irme —repitió.
Levantó la mano, casi como si fuera a tocarle el brazo a él, pero sus ojos volvieron a encenderse y se giró, se agarró la falda del vestido y echó a correr.
Como Cenicienta a la salida del baile, pero sin dejar atrás su zapatito de cristal.
—Gracias —su voz fue casi un susurro.
Él estaba muy cerca, demasiado cerca. El mundo a su alrededor desapareció, dejó de existir, y sus ojos ocuparon todo el espacio, mirándola fijamente. La luz de la luna se reflejaba en sus profundidades. Ella sintió que su mano se movía hacia arriba, y con la mayor delicadeza, le acarició la cara. Ella sintió que él se ponía tenso al sentir su caricia, vio sus pupilas llamear y notó cómo contenía el aliento. Notó su aroma masculino.
Entonces su mano voló libre y se quedó helada al pensar en lo que había hecho. Acababa de tocar a un completo extraño sin más. Por instinto, se apartó y volvió a agarrarse a la barandilla.
— ¡Lo siento! —se disculpó apresuradamente. Bajó la cabeza y se mordió el labio inferior.
— ¿Lo sientes? —ella notó su acento y la hizo estremecerse como un escalofrío como si hiciera resonar su cuerpo.
Él volvió a acercarse y se colocó detrás de ella. Miley volvió a sentir la presión de sus manos sobre los hombros a través de la fina tela de la chaqueta, y eso hizo que su ritmo cardiaco se acelerase un poco más aún.
—No hay necesidad de disculparse —su voz parecía divertida, pero también algo más...
Él hizo que se girara para ponerse frente a él y le puso las dos manos sobre la cara, deslizando los dedos entre su pelo. Era alto, más alto que ella, y la miraba desde arriba. Su cabello era más negro que la noche.
Ella lo miró sin hacer nada, sin poder hacer nada. No respiró ni hizo ninguna otra cosa que pudiera estropear aquel momento, aquello tan real. Estaba bajo la luz de la luna, a la orilla del mar, con un hombre al que no conocía, al que tal vez nunca conociera, que le tomó la cara entre las manos y la miraba.
Entonces la besó.
Ella vio que su rostro se acercaba y se dio cuenta en un segundo de que le dejaría. Se moriría antes de no dejar a aquel hombre besarla, en aquel mismo momento, en aquel lugar.
Cerró los ojos.
Cerró los ojos y dejó que él la besara. Un extraño al que no conocía, al que tal vez nunca conociera, y del que se alejaría poco después. Tal vez nunca volviera a tener un momento así, por eso, por unos preciosos segundos...
Nadie podría quitárselo.
Sus labios se abrieron.
Él la besó lentamente, con dulzura y labios de terciopelo, como si su piel fuera la más fina seda. Después se apartó y dejó caer las manos.
Ella abrió los ojos.
El rostro de él era distinto, y también sus ojos...
Y en ese momento algo la recorrió de la cabeza a los pies. El mundo volvió a detenerse.
Entonces, en medio del silencio de la noche, se oyó el motor de un barco saliendo del puerto en dirección a las luces que indicaban que había otro yate anclado un poco más lejos de la costa.
Los ojos de Miley se encendieron. Volvió a la realidad y el mundo empezó a girar de nuevo.
— ¡Tengo que marcharme!
Se escabulló junto a él mientras se quitaba la chaqueta del esmoquin y se la tiraba.
—Espera...
Era una orden y ella obedeció respirando con dificultad.
—Tengo que irme —repitió.
Levantó la mano, casi como si fuera a tocarle el brazo a él, pero sus ojos volvieron a encenderse y se giró, se agarró la falda del vestido y echó a correr.
Como Cenicienta a la salida del baile, pero sin dejar atrás su zapatito de cristal.
Nick la miró alejarse. Esta vez la dejó irse, aunque no quería hacerlo. Lo que deseaba era echar a correr tras ella y detenerla. Retenerla.
Abrazarla.
Rodearla con los brazos y abrazarla fuerte.
Pero, en vez de eso, la dejó marchar. No tenía opción y lo sabía. La realidad había vuelto a sus vidas.
Y el objetivo de su vida no era abrazar a una mujer que lo había dejado sin aliento, que había sido, durante un breve instante, como un sorbo de agua cristalina después de probar el fango. Sus labios se habían encontrado, pero ella había llegado mucho más allá de los labios de él. Había tocado algo en su interior...
No. Con el ceño fruncido, se puso la chaqueta de nuevo. Aquello era una fantasía que no podía permitirse. No en aquel momento.
La realidad lo estaba esperando. Esperándolo como lo había estado haciendo toda su vida, con toda su crudeza, y no tenía escapatoria.
Volvió al hotel.
me encantooooo...
ResponderEliminarestuvo lindo su primer encuentro...