domingo, 29 de enero de 2012
La continuación de el otro.
capitulo 26
Ella intentó mantenerse distante. ¿Pero cómo iba a conseguirlo si él la besaba por todo el cuerpo? En la boca, en el cuello, en los pechos, en el vientre. En el momento que pasó esa zona, ella gimió y se rindió dejando que sus piernas se separasen de forma desenfrenada.
Él comenzó a hacerle lo mismo que le hizo en la mesa del comedor de la casa de su padre. La sujetaba con fuerza para que no pudiera escabullirse de las caricias de su lengua malvada. La atormentó durante largo rato, jugueteaba sobre terminaciones nerviosas electrificadas antes de introducírsela con suavidad. Después se retiraba
y comenzaba de nuevo. Ella comenzó a rogarle y él la levantó por las caderas y metió la lengua a más profundidad, encontró un punto que hizo que ella gritara de placer.
Miley tenía la espalda arqueada y permaneció así durante todo el orgasmo.
Cuando terminaron las inacabables contracciones, él la dejó.
Jadeando, Miley volvió a acostarse en la cama. Le pesaban tanto los párpados
que sabía que se quedaría dormida en cualquier momento.
Nick se sentó entre las piernas de Miley y mirándola con los ojos brillantes, le dijo:
—Me gustas así No tienes fuerzas para evitar que te haga lo que quiera.
Le metió las manos por debajo de las nalgas y colocó a Miley sobre su regazo.
Ignoró el quejido que emitió ella.
—¿Ves lo que digo? —bromeó él y comenzó a juguetear con los pechos de ella. Le pellizcó los pezones, todavía erectos, y ella se quejó de nuevo, pero de una manera nada convincente.
—Es el momento de decirte el resultado, mi dulce e insaciable Miley —dijo él
mientras comenzaba a moverse dentro de ella—. Primero, a partir de ahora no vas a tener más amigos aparte de mí. Voy a ser tu único amante. Sí, el único —repitió
mientras aceleraba el ritmo—. Saldrás conmigo cuando yo quiera, harás lo que yo quiera. ¿Te ha quedado claro?
Miley quería mandarlo al diablo. Pero no encontró las palabras, o la voluntad.
¡Era tan débil con respecto a él! Terriblemente débil.
—¿Te… ha… quedado claro? —repitió empujando cada vez más fuerte y con la cara desfigurada.
—Sí —lloriqueó ella mientras su cuerpo comenzaba a traicionarla de nuevo—. ¡Sí!
«Lo has dejado muy claro. Muy, muy claro».
Al día siguiente, Miley se levantó un poco enfadada y con un sentimiento de rabia hacía sí misma. ¿Cómo pudo dejar que Nick la tratase de esa manera, como si fuese un juguete sexual?
Era imposible que se hubiera levantado sintiéndose muy bien físicamente, con los ojos claros, la piel tersa y sin una pizca de resaca. El éxtasis sexual no era excusa para haberse comportado de esa manera tan detestable.
Y respecto a volver a enamorarse de Nick…
¡Ese era el pecado más imperdonable de todos!
No quería pensar en ello. Tampoco iba a soportar esa relación ridícula de
amante cautiva que Nick le había hecho aceptar aprovechando que ella no
podía pensar con claridad.
Tenía que estar loco si creía que alguna mujer inteligente e independiente
aguantaría ese tipo de relación masoquista y unilateral. No se había convertido
en una mujer madura para volver a comportarse como la tonta de Destiny.
Después de ducharse, vestirse y tomarse dos tazas de café, le llevó el desayuno a Nick, que aún dormía, y se sentó en la cama.
Viéndolo dormido, Miley vaciló de nuevo. Estaba tan sexy y guapo allí tumbado, con las pestañas reposando sobre los pómulos y su maravillosa boca entreabierta. Recorrió con la vista el cuerpo desnudo y pensó en el placer tan intenso que ese cuerpo podía proporcionarle.
¿Estaba dispuesta a arriesgarse a perder ese placer por orgullo?
Se enderezó y levantó el mentón orgullosa.
«Sí», se dijo, «Tengo que decir que sí».
Era muy fácil tomar esa decisión con Nick dormido. Algo parecido a entrar
en la jaula del león cuando estaba drogado, o muerto, y después alardear de ello.
No era un gran reto.
¿Y qué pasaría si cuando Nick despertara la agarrara y la metiera en la cama?
¿Si no aceptara un no como respuesta y la obligase a realizar sus fantasías sexuales hasta que ella le rogara que la utilizara para lo que él quisiera, y tan a menudo cómo él quisiera?
Esa posibilidad la horrorizaba.
Bajó de la cama y dejó el café sobre la mesilla de noche. Estaba a punto de escapar cuando Nickn se movió, bostezó y se dio la vuelta, la sábana azul se le quedó
justo a una altura que rozaba la indecencia.
Antes de que Miley pudiera moverse, él abrió los ojos y la miró. Se sentó y la sábana se le escurrió hasta los muslos.
—¿Miley?
Él miró el reloj:
—Son las siete de la mañana, ¿qué haces levantada y vestida?
—Es lunes. Tengo que ir a casa a cambiarme y después a trabajar.
—Pero yo tengo vacaciones la semana que viene. Pensaba que te tomarías tiempo libre y pasarías tiempo conmigo.
«¡Cielos!», pensó, «una semana entera como anoche. Siete días con sus siete noches».
—Entonces pensabas mal, Nick —dijo con frialdad aunque su cara estaba ardiendo.
—¿Pero no eras tu propia jefa?
—Sí. Lo soy.
Él la ignoró.
—¿Esto es para mí? —preguntó tomando la taza de café.
—Sí.
—Gracias —lo probó—, está perfecto. Como a mí me gusta.
—Lo sé.
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