domingo, 29 de enero de 2012

Cap 26.-



—¡Madre mía, serías una buena abogada! Tienes mucho talento a la hora de discutir. Y tienes razón, aunque mi madre podría callarse y no contar la vida personal de su hijo a los extraños. Aun así, me declaro culpable. Pido disculpas por cualquier opinión apresurada que te afecte. ¿Pasarás la noche conmigo? —y le dedicó una sonrisa seductora.

Miley estaba deseosa aunque dudaba.

—No debería. Probablemente te arrepientas por la mañana.

Él se rió.

—Si te preocupa que pueda volverme a enamorar de ti, no tienes por qué. Ya no soy un niño que se deja llevar por las hormonas. Sé las diferencias entre sexo y amor.

—Sólo quería decir que puede que por la mañana veas las cosas de otro modo. Estás actuando de forma impulsiva. Y enfadado.

—No del todo,
Miley, he estado pensando en acostarme contigo desde que te vi recostada sobre la columna esta noche. Me he casado con Delta pensando en acostarme contigo. Prometí amarla, honrarla y cuidarla mientras pensaba que me gustaría amarrarte a esa columna, desnudarte y tenerte a mi disposición para el resto de los días.

—¡No digas eso! —susurró ella, su cara resplandecía mientras su cuerpo ardía de deseo.

—Pero es cierto. Eso es lo que me haces sentir. Siempre lo hiciste. No tienes ni idea de cuánto te he deseado, nunca era suficiente, no importaba cuántas veces lo hiciéramos, o de qué manera.

—No, Nick .

—Tienes razón, será mejor que me calle o ni siquiera llegaré hasta el maldito hotel. Pararé aquí mismo, y eso no es lo que quiero. Quiero mucho espacio. Que tú estés totalmente desnuda. Y quiero hacerlo más de una vez. Tu recuerdo me ha atormentado durante años, Dest. Esta noche no me atormentará.

Ella se quedó mirándolo, el sonido de las últimas palabras le retumbaban en la cabeza. Palabras magistrales. Palabras eróticas. Palabras apasionantes.

«No es él mismo», razonó ella. «Está triste».

Y luego pensó… «No me importa. Yo también lo deseo, sea cual sea la manera en que él me desee. Por lo menos será Nick el que me haga el amor, y no un sustituto cualquiera. Y cuando amanezca, será Nick el que esté a mi lado…»

—¿Cuánto queda para llegar al hotel?

Él sonrió de manera sexy y orgullosa. Estaban en la misma onda. Querían las mismas cosas.

—Si tenemos suerte, quince minutos.




—Eso es mucho.

—Pero puedes esperar.

—Quizá.

—Va a ser una buena noche.

—Sí —contestó ella.

Los quince minutos siguientes estuvieron llenos de deseo,
Miley  nunca se había sentido antes así. La sangre le corría por las venas y le llegaba hasta el cerebro, se sentía mareada y desorientada.

Podía aparentar estar tranquila, allí sentada, mirando la ciudad a través de la ventanilla, pero no era así.

Sentía cómo la cabeza le daba vueltas, igual que los pensamientos. ¿Cómo podía hacerse eso? ¿Cómo podía? Porque lo deseaba.

El Jaguar atravesó con facilidad el Harbour Bridge. Parecía como si hubiera una conspiración de fuerzas para que ella llegara pronto a su destino, a menos que cambiase de opinión y le dijese a Nick  que la llevara a casa. O que el diablo opinara que no había otra manera de liberar la tensión sexual acumulada y dejara a
Miley en manos de Nick   una vez más.

Miley le daba miedo que al pasar la noche con Nick se derrumbara la barrera en la que se había protegido para no volver a enamorarse de él. Sospechaba que a la mañana siguiente no sólo desearía su cuerpo, sino también su corazón.

Pero Nick tenía el corazón herido, demasiado grave como para volver a enamorarse de ella. Él quería sexo, no intimidad. Venganza, no interés. Se dejaba llevar por la lujuria, no por el amor.
Miley iba rumbo a la miseria.

Pero el viaje iba lleno de excitación salvaje.

Eso era lo que la mantenía cautiva, por lo que no protestó cuando el Jaguar se detuvo frente a uno de los mejores hoteles de Sydney y Nick la hizo entrar con apremio.

La suite de recién casados estaba situada en la planta más alta. Estaba decorada en azul claro y dorado y tenía unas vistas maravillosas del puerto de Sydney.

Una vez que cerraron la puerta de la habitación y Nick tuvo a 
Miley a su plena disposición, pareció como si su deseo se hubiese disipado. Él caminó despacio por todas las habitaciones, como inspeccionándolas. Había todo lo que unos recién casados podían desear. Un balcón privado. Un elegante salón. Un pequeño rincón destinado a comedor. Un dormitorio como sacado de las Mil y Una Noches. Un baño con jacuzzi, suelo de mármol y grifos de oro.

— Nick —dijo ella cuando regresaron al salón—. ¿Qué estás haciendo?

Él la miró y sonrió.

—Tranquila.

—Oh… —no había nada que pudiera calmarla. Su corazón latía muy rápido y todas sus terminaciones nerviosas estaban en alerta roja.

—¿Llevamos esto a la habitación? —dijo él señalando la botella de champán que estaba en una hielera sobre una mesa, junto con dos copas de cristal.

—Si quieres —murmuró ella, aunque lo único que necesitaba llevar a la habitación era a él. Estaba estupendo, allí de pie, vestido de esmoquin.
Miley no podía esperar a quitárselo.

—Trae las copas —dijo él.

Ella dejó el bolso sobre la mesa, se quitó la chaqueta, agarró las copas y lo siguió

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