Miley cerró la puerta de su apartamento, encendió la calefacción y se dirigió hacia su habitación. Una vez allí se sentó en el borde de la cama, se quitó los zapatos y se recostó sobre las almohadas con los ojos cerrados.
Nunca en su vida había estado tan cansada. Sólo eran las seis, pero se sentía como si llevara una semana sin dormir. Estaba exhausta.
No podía mover un músculo. Estaba tumbada reflexionando sobre todo lo que había sucedido durante el día.
Nada había salido como ella planeó por la mañana. Salvo que Denise no la reconoció. ¡Eso era lo que esperaba!
Se había llevado una sorpresa con esa mujer. Miley reaccionó sin quererlo ante la ternura inusual de Denise.
Una vez que Nick se marchó, la comida y el resto de la tarde estuvieron bien. Si ese día hubiese conocido a la madre de Nick por primera vez, le hubiera caído muy bien. A los sesenta años, Denise se había convertido en una persona muy dulce, con la que era fácil hablar, razonable y dispuesta a escuchar.
Si no fuera por Nick, Miley no tendría ningún problema en organizar esa boda.
Por desgracia, Nick existía no sólo en su memoria, sino en la realidad.
Lo peor era que aún la atraía. El tiempo y las circunstancias curan el amor, pero parece que la química sexual no atiende a razones.
¡Menos mal que él no sentía lo mismo!
Había tenido la sensación de que los sentimientos eran mutuos, pero pensándolo mejor decidió que era imposible. Nick había dejado muy claro que ella ya no era su tipo. No le gustaba el cabello oscuro, ni que estuviese más delgada. Tampoco que fuese una mujer de negocios. O que pensara por sí misma.
Eso era lo que más le molestó a Nick: que ella fuera tan diferente de como era antes.
Miley pensó durante un instante en Destiny y en la clase de chica que era. ¡Muy diferente de Miley! Destiny era rellenita y mimosa, tenía el pelo rubio de bote, ondulado y femenino. Vestía con falda corta y tops apretados para que resaltaran su figura, que ella creía que era imponente.
Temblaba sólo de pensar en ello.
Pero Nick no sólo se sintió atraído por el físico de Destiny, sino por ella en general. Infantil, ingenua, fácil de impresionar, que creía que su novio rico era un dios. Destiny adoraba tanto a Nick que hubiera hecho cualquier cosa por él.
Y, en el fondo, eso fue lo que hizo.
Miley era todo lo contrario a Destiny. Elegante, delgada, moderna, con el cabello Castaño y ondulado. Y no tan sumisa. No vestía de forma provocadora o seductora. Su vestimenta encajaba con la imagen que quería proyectar: la de una mujer de negocios que le daba prioridad a su profesión antes que a los hombres.
Miley apostaría cualquier cosa a que Delta era el tipo de mujer dulce y adorable que siempre obedecía a Nick y que lo hacía sentirse muy importante. Que tenía el pelo rubio y que llevaba vestidos sueltos, utilizaba pintalabios rosa y perfume. Por la noche se pondría camisones, que aunque sin ser provocativos, resaltaban su figura y sus grandes senos.
A Nick siempre le habían gustado los pechos.
El timbre del teléfono sacó a Miley de su ensueño. Miró el reloj y se dispuso a contestar. Sólo eran las seis y veinte. ¿Sería Delta tan pronto? Ojalá que no fuera Joe, o peor aún, Nick.
— Miley Kirby —contestó con su mejor voz.
—¡Por fin estás en casa!
—Sí, Owen. Estoy en casa —dijo dando un suspiro de alivio.
—Te he llamado hace media hora.
—Acabo de entrar.
—Bueno, ¿y qué tal? Me muero por saber cómo te ha ido. No puedo esperar a mañana.
—Fue bien. El trabajo es mío.
—¿Qué? ¡Lo has conseguido! ¿Así que a la señora Jonas no le importa que… ya sabes?
—No le importa porque no me ha reconocido y no lo sabe.
Owen se quejó como si lo estuviesen torturando.
—No temas, Owen. Mi ex apareció de forma inesperada poco después de mi llegada, y él sí me reconoció. No le dijo nada a su madre. En privado, me dijo que no me preocupara, que aceptase el trabajo y que hiciéramos como si fuese el primer día que nos conocíamos.
—¿De verdad? Muy amable por su parte. Bueno, ya me habías dicho que era simpático, ¿no?
—Sí. Pero a decir verdad, ya no lo es tanto como acostumbraba. Tiene la típica actitud de un abogado importante. Que me haya contratado para organizar su boda es más una cuestión de diplomacia que de simpatía. Su querida madre estaba impresionada con mi nuevo yo y él no quería desilusionarla. Además la boda es dentro de diez semanas, así que no tienen mucho tiempo de buscar otra cosa. He de decirte que además la señora Jonas nos ha ofrecido el doble de nuestra tarifa habitual.
—¿Y cómo lo has conseguido?
—Te aseguro que por casualidad. Al principio, dije que estaba muy ocupada para intentar escaquearme, entonces la señora Jonas salió con lo de pagarme el doble. Ya sabes cómo son los ricos. Creen que pueden comprarlo todo.
—¡Y pueden! ¡El doble de lo que cobramos normalmente! ¡Es estupendo, Miley!
—No te emociones, Owen. Nick va a pasar mañana por la oficina. Quiere ver mis cartas de recomendación y el álbum de fotos antes de firmar el contrato.
—Eso será pura formalidad. Nadie tiene mejores credenciales que tú.
—Eso creo yo. Ah, y después me invita a comer.
—Oh, oh.
—No es nada de eso, Owen. Créeme. No es más que curiosidad masculina disfrazada de educación.
—Eso espero, corazón. No queremos ninguna complicación horrible, ¿verdad? Así que mañana intenta no estar muy sexy.
—No seas ridículo, Owen. Nunca estoy sexy con mi ropa de trabajo.
Owen dibujó un círculo con los ojos. ¿Estaba ciega? ¿Por qué creía que tenía a todos esos hombres detrás de ella?
—Te sugiero que no te pongas ese traje negro que te compraste hace poco. Ve de gris. O de marrón. El marrón no es un color pasional.
Miley se rió.
—No te preocupes, Owen. No importa lo que me ponga. Ya no soy el tipo de Nick
—Ya, ¿pero él sigue siendo tu tipo?
—Sólo superficialmente.
—Eso es lo que me preocupa.
—¡Por favor! ¿Quieres o no quieres que Five-Star Weddings organice esta boda? ¡Decídete!
—¿La boda de los Jonas, al doble de nuestra tarifa habitual? ¡Estás bromeando! ¡Daría un ojo de la cara por algo como eso!
—Entonces, cállate Owen y cuelga. Estoy esperando que me llame la novia en cualquier momento.
Él colgó.
Miley suspiró enfadada y colocó el auricular en su sitio. Después se dio la vuelta y se quedó mirando al techo.
—Maldito seas, Nick —murmuró minutos después—. Maldito tú también, Owen. ¡Me vestiré de negro si me da la gana!
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