Owen miró a su socia y amiga y sintió lástima por ella. Detrás de esa amargura auto destructiva, había una persona auténtica, decente, amable, muy trabajadora y generosa; que se preocupaba por sus clientes, se acordaba de los cumpleaños de todos los de la oficina, y nunca pasaba de largo frente a una de esas personas que vendían bolígrafos y medallas inútiles en la calle, sino que se detenía con una amplia sonrisa y les daba un donativo.
Quién sabe qué le ocurriría durante esos dos matrimonios para que tuviera esa actitud dura hacia los hombres; no era dura con ningún otro aspecto de su vida. Decidida, sí. Y ambiciosa. Pero eso era distinto. Eso era el negocio.
Lo que le recordaba que él tenía un negocio que defender. No podía permitir que pusiera en peligro lo que les había costado años construir.
—No podemos confiar en que la señora Jonas no te reconozca, Miley—dijo Owen muy serio—. Si no le dices quién eres desde el principio y lo descubre más tarde, se va a poner furiosa, y tu nombre se manchará. Lo que significa que nuestro nombre se manchará. No veo más solución que mantener la cita que he hecho para ti, que confieses tu identidad con tacto y diplomacia y que después le ofrezcas mis servicios. Por lo menos así, aunque decida no contratar a Five Star Weddings, no tratará de crearnos mala fama.
Miley reflexionó sobre lo que Owen había dicho. Puede que tuviera sentido con respecto al negocio. Además, aún tendría la satisfacción de ver la cara que pondría Denise Jonas al enterarse de quién era ella en realidad.
En cierto modo, demostrarle a esa mujer odiosa que la persona que había despreciado ya no era ignorante como el pecado ni vulgar como el estiércol sería mejor que engañarla. La primera esposa de Nick, a la que ridiculizaron y despreciaron, podía relacionarse en los mejores círculos de sociedad.
Miley había aprendido cómo vestirse, hablar y actuar para cualquier ocasión que se le presentase. Era propietaria de la mitad de un negocio floreciente, de un piso precioso con vistas a Lavender Bay, y de un armario lleno de ropa de diseño. Conocía los vinos y los manjares. Apreciaba el arte y la música. ¡Hasta sabía esquiar!
Pero, lo mejor de todo, podía conseguir casi cualquier hombre que quisiera, cuando y durante el tiempo que quisiera.
Miley se preguntó con tristeza durante un instante qué ocurriría si se encontraba con Nick otra vez. ¿La reconocería? ¿Y si lo hiciera, qué pensaría de Miley en comparación con Destiny? ¿Desearía a Miley igual que una vez deseó a Destiny?
Era una especulación intrigante.
A pesar de que había superado hacía mucho tiempo su amor por Nick, aún sentía cierta curiosidad por él. ¿Qué aspecto tendría ahora? ¿Cómo sería la mujer con la que había decidido casarse?
—Muy bien, Owen —admitió—. Iré y me descubriré ante la señora Jonas. Pero, primero, dime: ¿por qué tiene Denise que organizar la boda de su hijo? ¿Es que la afortunada novia no tiene madre?
—Parece que no.
—Bueno, ¿y quién es esa criatura exquisita que va a formar parte de la familia Jonas?
—No tengo ni idea. No hemos llegado tan lejos.
—¿Cuándo es la cita?
—Mañana a las diez de la mañana.
—¿Un sábado? ¡Sabes que nunca recibo a nadie los sábados! Por favor, Owen, mañana por la tarde tengo una boda.
—Rebecca puede encargarse.
—No —dijo Miley —, no está preparada.
—Sí lo está. La has enseñado muy bien, Miley . Lo que pasa es que no te gusta delegar en nadie. Sabes que admiro tu dedicación y perfeccionismo, pero ha llegado el momento de darle a Rebecca más responsabilidad.
—Puede —dijo Miley —, pero esta vez no. La madre de la novia me espera a mí. No quiero decepcionarla en un día tan importante.
—Quizá puedas hacer las dos cosas —sugirió Owen—, la cita y la boda.
—Lo dudo, y menos si la señora Jonas todavía vive en Kenthurst, y por tu mirada me temo que sí. Eso queda a una hora en coche desde mi casa y está muy lejos de Cronulla, donde se celebra la boda de mañana. Tendrás que llamarla para cambiar la cita al domingo, Owen. Hazla a las once. No voy a madrugar un domingo porque ella quiera.
—Pero… pero…
—Hazlo, Owen. Dile la verdad: que Miley tiene que organizar una boda mañana y que no puede acudir a la cita. Lo más seguro es que admire mi… ¿cómo dijiste? ¿mi dedicación y perfeccionismo?
—Eres una mujer dura —se quejó Owen.
—No seas tonto. Soy más suave que la mantequilla.
—Sí, recién sacada del congelador.
—Confía en mí, Owen, sé lo que hago. Los Jonas respetan más a la gente que no es servil. Sé educado pero firme. Te aseguro que funcionará como un embrujo.
Y para sorpresa de Owen, así ocurrió.
—Ella estuvo muy complaciente —informó diez minutos más tarde—. Quiere que vayas el domingo a la hora de comer. Por suerte, su hijo y la novia no estarán allí. Da gracias porque el novio no viva en casa.
Miley ya sabía que Nick no vivía en casa. Se había enterado por la guía telefónica. No hay muchos Nick Jonas en este mundo, y en Sydney sólo uno. Quince meses después de que ellos se separaran, más o menos cuando él terminó la carrera de derecho, aparecía con una dirección de Paddington, a un paso de la ciudad.
Al año siguiente se mudó más lejos, a Bondi. Y después, a Balmoral Beach, que aunque estaba al lado norte del puente, no quedaba lejos de la ciudad.
Cuando él vivía en Paddington, Miley solía llamarlo sólo para escuchar su voz y, en cuanto contestaba, ella colgaba. Poco después de que se trasladara a Bondi, Miley lo llamó un sábado por la noche y preguntó por alguien llamado Nigel, para así alargar un poco la conversación. Se llevó el susto de su vida cuando Nick avisó a un tal Nigel.
>—Ahora mismo se pone, cariño —dijo Nick y dejó descolgado el auricular. Se oía el ruido de una fiesta. Risas. Música. Alborozo.
Ella colgó en seguida y prometió no volver a llamar.
Y no lo hizo. Pero nunca se quitó la costumbre de comprobar la dirección de Nick cada vez que recibía una guía de teléfonos nueva. Así se enteró de que se había mudado a Balmoral.
> Miley emergió de sus pensamientos. Su socio la miraba. Ella le sonrió.
—Deja de preocuparte, Owen.
—Quiero saber cómo te las vas a arreglar para decirle a la señora Jonas quién eres en realidad.
—Con guantes de cabritilla, te lo aseguro. Puedo ser muy diplomática, ya sabes. Incluso puedo ser dulce y encantadora cuando me lo propongo. ¿No tengo siempre a la madre de la novia comiendo de mi mano?
—Sí, pero la señora Jonas no es la madre de la novia. Es la madre del novio, ¡y tú eres su primera esposa
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