Owen esperaba impaciente el regreso de Miley.
A las tres pasadas, cuando ella entró sola, él apareció algo preocupado.
—¿Cómo te ha ido? —le preguntó ansioso mientras la seguía por el pasillo hasta su despacho—. ¿Seguimos teniendo trabajo?
Miley dejó el bolso sobre el escritorio, sacó un cheque y se lo dio a Owen:
—¡Échale un vistazo!
—Pero es más del doble de lo que nunca hemos cobrado por una boda —exclamó.
—Naturalmente. También será la boda más majestuosa que hayamos hecho. Y nos iban a pagar el doble del presupuesto, ¿te acuerdas?
Owen seguía mirando el cheque.
—Pero, ha pagado todo. ¿Está loco? Creí que era abogado.
—No creo que el dinero le importe demasiado. Lo más seguro es que sea heredado.
—¿Y cuál es la diferencia? El dinero es dinero ¿no? —dijo Owen y después besó el cheque—. Voy a llevarlo al banco enseguida. ¡Eres brillante, Miley! —y salió corriendo.
Miley suspiró y cerró la puerta. Se apoyó en ella y cerró los ojos.
¿Era brillante?
Más bien estúpida. Siguió recordando.
Después de brindar por la tregua, las cosas se habían relajado un poco. Consiguieron hablar todo el rato sin discutir, aunque, eso sí, de temas inocuos como el problema de agua de Sydney y las elecciones.
No estuvo mal. Para Miley fue bastante satisfactorio demostrarle a Nick que era una mujer bien informada que tenía opiniones propias e inteligentes.
Todo resultó más fácil gracias a que Nick dejó a un lado su ironía, y a las cuatro copas de vino que ella se había bebido. Cuando llegó la hora del postre, Miley se sentía un poco melosa y cedió ante la insistencia de Nick para que probara el soufflé del día, que resultó ser de sirope de caramelo.
A Miley siempre le había gustado todo lo que llevara caramelo.
El soufflé estaba exquisito y Nick se reía cada vez que ella decía que estaba de rechupete. Su risa relajada no sólo desarmó, sino que encantó a Miley .
Al llegar el café, Miley había bajado tanto la guardia que cuando Nick comenzó a contarle cosas acerca de un caso de asesinato que tenía que defender, no pudo resistir lo que siempre le había atraído de él.
Su pasión.
Estaba fascinada. Con los codos apoyados en la mesa se bebió el café mientras escuchaba atentamente su voz masculina.
Defendía a una mujer, un ama de casa de cuarenta y tantos años, que mató a su marido al golpearlo con un palo de golf. Al parecer, ella quería declararse culpable, pero Nick descubrió que detrás había una historia de abuso físico y emocional. Quería alegar enajenación mental transitoria, pero la pobre mujer estaba aterrorizada.
Miley le sugirió que alegara autodefensa. Nick se emocionó.
—Tienes razón —exclamó—, es mucho mejor que alegue autodefensa. Será más real y comprensible. Eres brillante, Miley.
Después él estuvo muy animado y describió las nuevas estrategias que emplearía, los testigos que tenía y los argumentos que utilizaría. Miley lo escuchaba y casi sentía envidia de la mujer por tener a Nick. Sabía que nunca la decepcionaría.
Empezó a pensar que él no la había decepcionado diez años antes. Desde el momento en que le dijo que estaba embarazada, estuvo con ella, insistía en que no se preocupara y le aseguraba que la amaba y que se casarían.
Le dio por pensar que se había equivocado al abandonarlo. Quizás el padre de él tenía razón.
¡Se había sacrificado por nada!
De repente, se sintió muy triste y tuvo que esforzarse para esconder sus sentimientos, se sentó derecha e intentó no parecer molesta. Nick debió de notar algo porque dejó de hablar del caso y pidió la cuenta.
Más tarde, en el coche dijo con brusquedad:
—Perdona por haberte aburrido. A los hombres nos gusta hablar de nosotros mismos, y más cuando tenemos un público interesante. Me olvidé de que tú estabas ahí aguantando — Miley no pudo rebatir nada de lo que él dijo. ¿Qué podía decir? Que estaba muy interesada, demasiado interesada—. No tengo tiempo de volver contigo a tu oficina. He quedado con Delta para comprar los anillos. Te haré un cheque. Si insistes en que haya un contrato, tráelo la próxima semana, cuando quedemos para comprar los trajes. Dime cuándo y dónde quedamos y Steve y yo iremos.
Miley no tuvo fuerzas para discutir cuando él le dio el cheque por una cantidad desorbitada diciéndole:
—Con esto debe de haber suficiente para todo.
«Seguro que hay suficiente», pensó ella alejándose de la puerta y dirigiéndose hacia su escritorio. Una vez que tenía el cheque, el contrato no era necesario.
Miley se dejó caer en la silla, estaba demasiado deprimida como para llorar. Y le parecía imposible trabajar.
No sabía qué pasaría con Joe esa noche. ¿Cómo iba a sentarse frente a él en ese restaurante pensando en Nick ? ¿Y cómo iba a acostarse con él después? ¿Pensando que era Nick ?
No era justo para Joe. Había algo que no había pensado antes. Se había vuelto una egoísta con respecto a los hombres. Owen tenía razón. Los utilizaba. No sólo por el sexo, aunque reconocía que tenía fuertes carencias en ese tema. A veces se acostaba con un hombre sólo para que la abrazaran por la noche y quitarse el dolor de la soledad de su corazón vacío.
El regreso de Nick cambió las cosas. De repente, su corazón se llenó de nuevo. Hasta rebosar.
Desafortunadamente.
Miley tomó el teléfono e hizo lo que tenía que hacer.
A Joe no le gustaron las noticias, lo que hizo que Miley se sintiera peor. Él quería saber el nombre de quien iba a ocupar su puesto en la cama. Parecía que quería que hubiera alguien más. No podía creerse que ella lo dejara sólo porque ya no quería verlo más. Insistió tanto que Miley le dijo lo que quería oír:
—Vale, vale. He conocido a otro. Un viejo amor. Nos encontramos por casualidad y… salieron chispas.
—Lo sabía —murmuró Joe
—Lo siento, Joe —dijo ella, porque lo sentía—. Me gustabas. Lo cierto es que Nick y yo estuvimos casados y…
—¡Casados! —chilló él.
—Sí, casados. Éramos muy jóvenes y las cosas no salieron bien. Desde el momento en que lo he vuelto a ver, supe que no me había olvidado de él.
—Ya. Quieres decir que sigues enamorada de ese hombre. ¿Lo estuviste todo este tiempo?
—No iría tan lejos. Pero podría enamorarme de él otra vez fácilmente.
—Ya —dijo Joe con amargura—. Me hubiera gustado que hubieses sido más sincera conmigo.
Miley se contuvo de decirle que siempre había sido sincera con él. Que nunca le había dicho que lo amaba, o que se casaría con él. Se disculpó de nuevo.
—¡Dudo que lo sientas! —soltó Joe—. Pero no pienso perder el sueño por ti. Si te soy sincero, no eres la esposa que busco. Eres demasiado ambiciosa, Miley. Y muy egoísta. La esposa de un médico ha de ser capaz de considerar primero a su marido. No creo que tú pudieras dar prioridad a los deseos de un hombre.
«A los tuyos no, desde luego», pensó ella.
—O sea, que es un adiós para siempre —hizo la tontería de preguntar.
—Sí —contestó ella cortante.
—Podemos seguir pero con una base puramente sexual, si quieres.
Tuvo suerte de que ella no se riera.
—No lo creo, Joe.
—No tiene sentido que espere a que cambies de opinión. Eres una mujer decidida, Miley. Quizá demasiado decidida. A veces no dejas mucho espacio a los hombres. Ni tampoco mucho orgullo —dijo y colgó el teléfono
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