viernes, 22 de junio de 2012

Capitulo 8.-


Ahora que ya sabía lo que la esperaba, empezó a relajarse un poco. Tenía unos cuantos días de tranquilidad por delante, en los que sabía que el teléfono no iba a sonar y que nadie la perseguiría por la calle.
Cuando ella y Nick volvieron a hacer el amor, no le hizo falta disimular, pues estaba los suficientemente tranquila como para mostrarse afectuosa y receptiva. De hecho, se sentía tan a gusto, que cuando terminaron no quiso que Nick se apartara de ella.
—Estás mejor, ¿verdad? —le preguntó Nick, besándola con pasión.
—Sí, mucho mejor.
—¿Qué te ha dicho el médico?
—¡Oh! Me ha dicho que era sólo una fase —se inventó Miley sobre la marcha—. Me ha dicho que la siguiente me la pasaré vomitando.
—¡Pobrecita mía!
—La verdad es que envidio a los hombres —le dijo Miley—. Tienen todo el placer y ningún inconveniente.
—Me temo que no puedo hacer nada para cambiar eso. Pero, ¿no es cierto que al final compensa?
—Sí claro, de eso no hay duda. Sólo estaba siendo un poco mimosa.
—Me encanta que lo seas.
—La verdad es que no me parece tan malo entonces… —dijo Miley con una sonrisa.

El viernes siguiente recibió la carta con las instrucciones; alguien la pasó por debajo de la puerta mientras estaba fuera, llevando a Sam a la guardería.
En la misma, Rick le decía que fuera con el dinero a un lugar en medio del campo, cerca de la ciudad, donde había una cabina de teléfono. Tenía que estar allí a las once, sentarse y esperar que él la llamara. Miley se dirigió al punto indicado, en la cima de una pequeña colina, tan solitario que resultaba ideal para lo que se traían entre manos.
Aunque era un día muy caluroso, no pudo evitar un estremecimiento, pues tenía los nervios de punta. Había pasado mucho tiempo desde que Rick y ella comparecieran ante el tribunal. A pesar de su estado de confusión de entonces, recordaba perfectamente la diabólica risa de Rick cuando leyeron la sentencia que la condenaba a tres años de cárcel.
Miley se estremeció, preguntándose si él estaría vigilándola, cerciorándose de que no le había tendido una trampa. De repente, se puso a sonar el timbre del teléfono de la cabina cercana. Tras un instante de vacilación, asió el auricular, pero estaba tan nerviosa que le costaba incluso articular las palabras.
—¿Sí?
—Me colgaste la primera vez que te llamé, y eso no me gustó nada— la voz era áspera y desagradable, pero perfectamente reconocible—. ¡Pide perdón, zorra! —gritó, al ver que ella no decía nada. Paradójicamente, en cuanto oyó su voz, Miley se sintió mucho menos nerviosa. Tenía delante una amenaza real a la que enfrentarse y, se recordó, lo único que él quería era su dinero.
—¿Quieres el dinero, o no? —preguntó a su vez.
—Ya me has oído —le espetó Rick, ignorando su pregunta—. Te vas a disculpar ahora mismo. Venga, hazlo.
Una oleada de ira recorrió todo su cuerpo.
—Siento mucho que fueras a la cárcel por disparar a ese pobre policía, Rick —dijo ácidamente.
—No es eso lo que quiero que digas.
—¡Ah, ya! Pues siento mucho que te condenaran a sólo a once años ¡en vez de encerrarte para toda la vida! De hecho, siento mucho que sigas vivo.
—¡Maldita zorra barata! ¡Yo te daré tu merecido!
—¡Vete al infierno!
Miley se dispuso a colgar el auricular.
—¡Espera! —exclamó Rick.
—¿Y bien? —preguntó.
—Me las vas a pagar por esto. Me parece que ese hijito tuyo tan mono va a tener un accidente muy, muy desagradable.
Miley recordó que, a pesar de sus delitos, Rick siempre se había mostrado muy cariñoso con su sobrino.
—Tú no le harías daño a un niño, Rick.
—¿Ah no? ¿Y cómo puedes estar tan segura? Te recuerdo que he pasado once años entre rejas, y eso cambia a cualquiera: hace que sienta deseos de vengarme, especialmente de las personas que me traicionaron y a las que yo amaba…
—¡Venga ya, Rick! ¡Déjate de cuentos! Tú nunca has querido a nadie en tu vida.
Él profirió un terrible juramento, tan grosero que Miley  colgó el teléfono sin pensárselo, sintiéndose físicamente enferma por su rudeza.
De inmediato, sonó de nuevo, y a su pesar, Miley contestó.
—Si vuelves a decirme semejante grosería, te juro que no obtendrás de mí ni un céntimo —le amenazó.
—Entonces ten por seguro que todos tus estirados amigos sabrán la clase de perra que eres. ¿Quieres que los peces gordos del partido de tu marido se enteren de que les has mentido de forma tan descarada?
—Bueno, si realmente quieres este dinero, eso no va a ocurrir.
—¡Zorra! —le espetó como si fuera un escupitajo— ¡No se te ocurra colgarme! Escúchame bien: hay una papelera al lado del banco; deja en ella el dinero, y no vuelvas hasta que hayan pasado diez minutos.
—¿Por qué?
—Porque tengo que contar el dinero, por eso.
—He traído lo que me pediste.
—Haz lo que te he dicho, o lo lamentarás.
Miley dejó el dinero en la papelera y se marchó a dar una vuelta en el coche.
Temía volver y que Rick estuviera esperándola. Por suerte, ya se había ido, así que se sentó en el banco hasta que el teléfono sonó de nuevo.
—Dame tu número de teléfono —exigió Rick.
—Ni hablar.
—Si no me lo dices, lo lamentarás.
—No pienso hacerlo —se resistió Miley—. Piérdete ya de una vez.
Ni lo pienses, cariño. De hecho, este es sólo el primero de nuestros encuentros —dijo burlonamente—. Como ya te sabes el camino y lo que tienes que hacer, espero que me traigas cien libras todas las semanas.
—¿Cómo? ¿Es que te has vuelto loco? En la carta decías que te irías y me dejarías en paz.
—Bueno, pues te mentí —dijo Rick con una carcajada burlona—. O haces lo que te digo, o te aseguro que pronto verás tu nombre en letra impresa.
—¡No serías capaz de semejante cosa!
—¡Vaya que no! Aunque puede que lo primero que haga sea concertar una cita con tu maridito. Estoy seguro de que le interesará mucho lo que le voy a contar de la época en la que estuvimos juntos y de los truquitos que te enseñé.Seguro que le encanta…
Sin poder soportarlo un minuto más, Miley colgó el teléfono. ¡Dios Santo! ¿Qué iba a hacer ahora? De vuelta a casa, pensó que tendría que habérselo imaginado; habiendo conseguido tan fácilmente las quinientas libras, Rick no pensaba detenerse. Ella había permitido que la chantajeara, y él se iba a aprovechar de la situación.
Se había metido en un callejón sin salida. Miley pensó horrorizada que aquel tormento podía durar toda la vida. Tenía que hacer algo para pararle los pies, pero lo único que se le ocurría era acudir a la policía… y ellos informarían a Asuntos Especiales, con lo que, sin saber cómo, Nick se vería excluido de la lista de candidatos al Parlamento.
Y ella se vería acuciada por los más terribles remordimientos por haber sido la causante de su fracaso. Así que, o se dejaba chantajear, o arruinaba las ambiciones de Nick, aquello por lo que tan duramente había luchado. No había elección posible: tenía que hacerse como fuera con el dinero que Rick le pedía, a cualquier coste.

A finales de la primera semana, sólo pudo dejar ochenta libras en la papelera. En menos de una hora recibió un fax lleno de amenazas, que ya casi no le causaban efecto. Sabía que Rick no haría nada mientras pensara que podía sacarle más dinero.
Haciendo auténticos malabarismos con el dinero, consiguió mantenerlo a raya otras tres semanas más, pero llegó un momento en que se encontró sin un céntimo. No le quedó más remedio que pedirle dinero a Nick.
—¿Te importaría ingresarme algo de dinero? Se ha roto la lavadora y he tenido que pagar la reparación en metálico, así que me he quedado sin blanca —le explicó, intentando resultar convincente. Nick la miró sorprendido. —¿Por qué no has dado un cheque? Normalmente lo hacemos así.
—Ya, pero es que no ha venido el señor de siempre… es que está de vacaciones, así que he tenido que llamar a un servicio de urgencias. Sólo aceptan pagos en metálico.
Nick buscó su cartera.
—¿Cuánto ha costado?
—Ciento cincuenta libras —dijo  Miley rápidamente, cruzando los dedos por debajo de la mesa—. Ha tenido que cambiar varias piezas, ¿sabes? —añadió a la desesperada al ver su cara de asombro.
—Me parece una barbaridad; la lavadora no es tan vieja como para estropearse así, ¿no?
—Necesito el dinero, Nick—suplicó.
—Claro, aquí tienes —dijo alargándole los billetes—, pero prométeme que no vas a llamar otra vez a ese sitio. Son unos auténticos ladrones… probablemente trabajen de forma ilegal.
—Te lo prometo.
Miley guardó el dinero, aliviada al pensar que eso le permitiría pasar otras dos semanas. Sin embargo, sus pesares no habían terminado, se dijo con amargura al ver que Nick le alargaba la hoja de registro del fax.
—Mira, según esta lista, nos han mandado varios faxes que no recuerdo haber recibido. ¿Tú sabes algo?
Por un momento, Miley se sintió paralizada por el pánico, incapaz de inventarse una excusa.
—¿E.. estás seguro de que no los tienes? —preguntó débilmente.
—Segurísimo —dijo mirándola con el ceño fruncido.
De repente, ella estaba muy pálida y agitada.
—Pues no sé lo que ha pasado, la verdad —empezó a decir, desesperada—. Puede que los hayamos recibido, pero no importa demasiado, ¿no? Al fin y al cabo, sólo nos cobran por los mensajes enviados, no por los recibidos. ¿Es eso lo que te preocupa?
—Pues no…
—Creo que Sam me llama —exclamó Miley, y sin dejarle terminar la frase, salió a toda prisa de la habitación, temiendo que si se quedaba, Nick acabara por hacerla confesar. Estaban a mitad del verano; la guardería había cerrado por vacaciones, por lo que Miley procuraba salir con Sam lo más posible, tanto para mantener al niño distraído como para alejarse de la casa.
Una noche, Nick regresó a casa pasada la medianoche, después de haber asistido a una cena formal con los miembros de su partido. Miley ya estaba dormida, por lo que se desvistió en el baño y se acostó procurando no hacer ningún ruido. Aun así, Miley se removió inquieta, aunque sin llegar a despertarse.
La noche era especialmente calurosa y húmeda. Nick permanecía despierto, procurando no molestarla, pero Miley empezó a agitarse, evidentemente bajo los efectos de una pesadilla. En un momento dado, empezó a gritar, agitando violentamente los brazos. Rápidamente, Nick la abrazó, llamándola por su nombre.
—¡Miley! ¡Despierta! ¡Es sólo un sueño!
—¡No! ¡No! —gritó Miley, abriendo los ojos al fin.
—Tranquila, es sólo una pesadilla.
—¿Sí? —preguntó temblorosa y cubierta de sudor.
Había soñado con Rick, cuyo recuerdo provocaba en ella terribles pesadillas—. ¿He dicho alguna cosa? —dijo, repentinamente angustiada.
—Has gritado no sé qué. Parecía un nombre, pero no he podido entenderlo.
—¡Qué raro! No me acuerdo de nada. ¿Has cenado bien? —dijo, cambiando de tema.
—Muy bien —empezó a contárselo hasta que se dio cuenta de que ella no podía evitar un bostezo.
—Anda, duérmete, ya te lo contaré por la mañana.
—¡Pero si no estoy tan cansada!
—Vamos, a dormir.
Miley permaneció tendida e insomne, agobiada por la idea de haber dicho algo en sueños que despertara las sospechas de Nick. No podía quedarse dormida, hacía demasiado calor. Se deslizó fuera de la cama, y tras mirar a Sam un momento, bajó a la cocina para beber algo fresco. Hasta los azulejos de la cocina desprendían calor.
Se dirigió al salón, y se quedó mirando el panorama nocturno. Hacía una noche preciosa de luna llena. Miley salió al jardín, con la esperanza de refrescarse un poco, pero casi hacía tanto calor fuera como dentro de la casa, y eso que sólo llevaba un ligero camisón de algodón.
El jardín era muy grande, y rodeaba la casa por los cuatro costados. Como era bastante antiguo, los árboles estaban muy crecidos; contaba además con un tupido seto que les protegía de las miradas indiscretas. En uno de los lados habían construido una pequeña piscina para que Sam chapoteara; aunque el agua estaba tibia, Miley tenía tanto calor que se la echó por encima, intentando refrescarse un poco.
Dejó el camisón completamente empapado, lo que hizo que se le pegara como una segunda piel transparente. Paseó un rato más por el jardín, atenta a los ruidos nocturnos: el reloj de la iglesia dio la una y a lo lejos ululó una lechuza.
De repente, oyó un crujido a sus espaldas que la hizo volverse aterrada.
—No te asustes, soy yo —dijo Nick detrás de la rama de un arbusto—. ¿No puedes dormir?
—No, hace demasiado calor.
Él se quedó mirando maravillado su esbelta figura, plateada por la luz de la luna.
—¡Eres tan hermosa! —murmuró, alargando la mano hasta su seno mojado, y acariciándolo hasta despertar en ella la llama de la pasión.
Después, siguió acariciando todo su cuerpo por encima del camisón, excitándola de tal modo, que muy pronto él mismo ardía también consumido por el deseo. Sus jadeos se convirtieron en gemidos de placer a medida que las caricias de Nick se hacían más íntimas; la poseyó allí mismo, contra el tronco de un árbol, en un arrebato de pasión que los envolvió a ambos.
Después, la llevó en brazos a la casa, y, antes de acostarse de nuevo, se dieron juntos una ducha para refrescarse. Volvieron a la cama, mojados y satisfechos.
Miley durmió al fin profunda y tranquilamente, y no se despertó hasta que Nick le llevó el desayuno a la mañana siguiente. Se incorporó en la cama, riendo feliz al darse cuenta de que estaba desnuda.
Nick la besó extasiado, hasta que, con un gesto, ella le apartó.
—Será mejor que me vista, no vaya a ser que entre Sam.
Se levantó para buscar algo que ponerse, pero Nick la detuvo.
—No te muevas, ya te lo doy yo.
Se dirigió a la cómoda y abrió el cajón de arriba para sacar un camisón limpio.
Ella vio entonces cómo de repente se quedaba rígido y extrañamente silencioso.
Se dio la vuelta lentamente con un trozo de papel en la mano: era la tarjeta que Rick le había mandado con las rosas.
Durante un largo instante, se limitaron a mirarse a los ojos. Miley se había quedado demasiado sorprendida como para poder ocultar lo que sentía. Y su mirada culpable era evidente.
—Supongo que ésta es la tarjeta que venía con las rosas que no has recibido —dijo Nick, apretando la mandíbula. Al cabo de unos momentos, Miley asintió.
—Eran para ti, ¿verdad? ¿Por qué me mentiste, por qué me has contado toda esa tontería de la equivocación?
Miley nunca había oído a Nick hablar con aquel tono de voz.
—Olvidé… devolver la tarjeta —dijo.
Nick tiró la tarjeta sobre la cama.
—No te atrevas a mentirme —dijo—. Puedo comprobarlo fácilmente, comprobar si mi mujer me miente —añadió, con la oscura certeza de verse traicionado.
Miley no podía mirarlo a la cara.
Agachó la mirada, vio que tenía los pechos desnudos y se cubrió con las sábanas. Sabía que aquél, si es que había alguno, era el momento de decirle toda la verdad, pero la rabia y el sarcasmo, la decepción que había visto en los ojos de Nick hacían que tuviera miedo de decírselo.
—¿Quién te las ha mandado, Miley?
—¡No lo sé! Sí, eran para mí, pero no sé de quién. No hay ningún nombre en la tarjeta. Míralo tú mismo.
—Puede que no le haga falta poner el nombre. Puede que pensara que tú sabrías de quién son sin necesidad de poner el nombre.
—¡Eso no es verdad! —dijo Miley, y, sintiéndose miserable, trató de ser lo más convincente posible—. No sé de quién son. Lo único que sabía era que no eran tuyas, tú nunca las mandarías así.Pero cuando llegaron, Anna estaba aquí y creyó que eran tuyas.Yo no sabía que decir y las tiré.
Nick se levantó y la miró a los ojos.
—¿Has llamado a la floristería para ver quién las ha mandado?
—Sí, pero me han dicho que las has mandado tú —dijo Miley, alegrándose de decir algo que era verdad.
—Yo no he sido.
—Ya lo sé, ya te lo he dicho. No sé, puede que sea alguna broma estúpida. Puede que haya sido el loco que me llamó —añadió Miley, con una nota de inspiración.
—Entonces, ¿por qué no me lo has dicho? —dijo Nick, sentándose en la cama—. ¿Me tienes miedo, tan malo soy?
—No, claro que no. No quería preocuparte, eso es todo. Pero como te pones celoso enseguida… Mira lo enfadado que te has puesto —dijo Miley, y refugiándose en el arma más antigua de la mujer, se echó a llorar. Nick la abrazó y la besó en la frente, pero a pesar de ello se dirigió a ella con frialdad.
—No puedo creer que me hayas mentido.
—Lo siento. No sé por qué, quería decírtelo, y, de repente, era demasiado tarde, y… —dijo Miley, con un hilo de voz.
—¿Han vuelto a llamar?
—No, no lo han vuelto a hacer desde que cambiamos el número.
—¿Y no han mandado nada por correo?
—No.
—¿Y por el fax?
Miley vaciló, antes de dar un definitivo:
—No.
Pero Nick había oído la ligera pausa, sentido la instantánea tensión de su cuerpo antes de responder. Lentamente, la soltó y se levantó, con el gesto muy serio. La miró, pero Miley evitó sus ojos y se puso a estirar las sábanas.
—Tómate el desayuno —dijo Nick con frialdad—. Voy a ver a Sam.
Miley lo observó marcharse, sintiendo un gran alivio, pero sabiendo que su matrimonio ya no volvería a ser el mismo. Hasta aquella mañana, Nick confiaba en ella ciegamente, pero a partir de entonces, tendría algunas reservas y, aunque no quisiera traslucirlo, Nick se preguntaría si le estaba mintiendo o diciendo la verdad.
Se sintió desolada, aunque, también, profundamente aliviada; al menos, ya no tendría que mentir sobre las flores, pero se maldijo por haber olvidado deshacerse de la tarjeta. La sensación de alivio duró poco. Aquella semana tenía que dar otra fiesta, comprarle a Sam dos pares de zapatos, pues los que tenía se le habían quedado pequeños, y llevarlo a dos cumpleaños, para los que tenía que comprar regalos.
De modo que, todo el dinero que pudo reunir para Rick fueron cuarenta y cinco libras. Dejó el dinero en el lugar de costumbre y volvió directamente a casa, a una casa vacía, porque Sam estaba pasando un par de días con sus abuelos, para que Nick y ella pudieran salir a cenar con unos amigos aquella noche.
Al abrir la puerta.
Miley oyó el teléfono.
Después de comprobar que no era el fax, respondió.
—Dígame.

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