jueves, 28 de junio de 2012

Capitulo 15.-


Dejó que sonara, de modo que saltó el contestador.
—Sé que estás ahí —era Rick—, y sé que estás sola, así que responde al maldito teléfono o me llevaré al niño.
Con un sollozo callado y profundo, Miley se acercó al teléfono.
—Así está mejor. Ahora, escúchame. Te quiero a ti y quiero tu coche, el Range Rover.
—¡No!
—Cállate —gritó Rick—. Es para mañana por la noche. Nos veremos a las dos de la mañana en el mismo sitio donde me has estado dejando dinero. Y no me digas que no puedes escaparte, porque sé que no duermes en la misma habitación de ese *beep* abogado —dijo Rick riendo—. Te ha apartado de su lado, ¿verdad? No importa, volverá a buscarte en cuanto se ponga caliente y…
—¡Cállate! Cállate, por favor.
Rick volvió a echarse a reír. 
—De este trabajo voy a sacar bastante dinero como para irme a España, así que te vas a librar de mí. ¿Te gusta la idea? Y así tu niño estará seguro. ¿Ves lo que pasa cuando eres sensata?
Hubo un largo silencio, luego Miley habló lentamente.
—¿Hablas en serio? ¿Me vas a dejar libre?
—Libre como un pájaro —dijo Rick riendo, luego su humor cambió—. Y no trates de ser más lista que yo. Si se lo dices a tu marido o a la policía, puedes irte despidiendo de tu hijo. Y esta vez no va a ser un paseíto, me aseguraré de llevármelo al extranjero a un lugar donde no puedas encontrarlo nunca. Y pasarás el resto de tu vida preguntándote dónde está, quién lo tiene, y sabiendo que es culpa tuya. Así que más te vale estar allí, a las dos. ¿De acuerdo?
—Sí —dijo Miley, y dejó escapar un largo suspiro—. De acuerdo.
Se fue a la cama.
Al cabo de más de una hora, oyó que Nick volvía.
No se acercó a su habitación para comprobar que estaba o para decirle buenas noches; tal vez pensara que estaba dormida, y debía saber que nunca dejaría solo a Sam.
Miley no tenía ni idea de cómo se las iba a arreglar para salir al día siguiente.
Era sábado, de modo que Sam y Nick estaban en casa, pero, afortunadamente, pasaron la mayor parte del tiempo en el jardín, limpiando las hojas y haciendo una hoguera con ellas, luego asaron unas patatas con las ascuas.
Sam se reía a menudo, parecía feliz, con la confianza recobrada, pero Miley los miraba a ambos con los ojos sombríos y llena de tristeza, sabiendo lo que aquella noche tenía que hacer.
A la una y media, salió de la habitación y bajó con cuidado de no hacer ruido.
Había hecho todos los preparativos necesarios: engrasar las bisagras, comprobar la gasolina del coche, preparar las llaves. Abrió el garaje sin hacer ruido y empujó el coche, dejando que cayera por el camino de entrada, que estaba en cuesta, sin arrancarlo hasta que se paró, unos cien metros más abajo de la casa.
La noche era muy oscura, pero sabía el camino.
Cuando llegó a la cabina, no pudo ver a Rick, pero era temprano, así que esperó.
Por sorpresa, la puerta del pasajero se abrió y Rick se deslizó al interior del coche.
—Apaga la luz interior —dijo—. ¿Es que estás loca?
Pero tener la luz encendida le sirvió a Miley para verle la cara.
Se quedó de piedra.
Cuando lo conoció era un hombre de una belleza algo sombría, pero definitivamente guapo.
Sin embargo, los años de cárcel lo habían transformado.
Había engordado y tenía la cara hinchada y papada, y los ojos rojizos y hundidos.
Tenía entradas y el cabello grasiento y sucio.
Olía mal, a alcohol y sudor.
Exhibía una sonrisa triunfal.
Se sacó un guante y acarició la cara y el pelo de Miley.
Cuando ella se apartó, se echó a reír.
—Puedo hacerte lo que quiera, muñeca, y tú no puedes hacer nada por evitarlo.

Miley encontró cierta valentía en el asco que le daba.
—No si quieres que te ayude.
Rick volvió a reírse, pero se puso el guante y encendió una linterna, que había sacado del bolsillo.
Luego, buscó en la guantera y debajo de su asiento y debajo del asiento de Miley, pero allí sólo había algunos juguetes de Sam.
—Sólo estoy comprobando que no se te haya pasado nada raro por la cabeza. Vámonos.
Miley arrancó.
—¿Adónde?
—Yo te indico.
Ninguno confiaba en el otro, lo que no era de extrañar.
Rick le iba indicando el camino y, de vez en cuando, bebía un trago de whisky de una petaca que llevaba en el bolsillo.
Dos veces trató de apoyar una mano en la pierna de Miley, pero ella giró violentamente, haciéndole maldecir, de modo que la dejó en paz.
No le dijo adonde se dirigían, pero Miley, fijándose en las señales de la carretera, tomaba buena nota del camino que seguían.
Recorrieron más de treinta kilómetros, antes de llegar a un desvío en el que tomaron una carretera estrecha, con un muro un lado y una cuneta descuidada en el otro. Al cabo de unos quinientos metros llegaron a una especie de plaza donde dieron la vuelta.
—Ahora da la vuelta y ve marcha atrás por ahí hasta que yo te diga —dijo Rick.
Siguieron por otro camino que seguía a la izquierda a lo largo del mismo muro.
—Para y apaga las luces —dijo Rick al llegar debajo de un árbol de enormes ramas.
Rick se puso un pasamontañas negro, que le daba un aspecto amenazador y quitó las llaves del coche.
—Para que no te vayas —le dijo a Miley—. Y no intentes nada porque adiós Sam. Y no te olvides de que, si me ocurre algo, tengo amigos que lo harán por mí —dijo y poniéndole la mano el cuello, apretó hasta hacerle daño—. ¿Entiendes?
Miley no podía hablar, pero asintió.
Salió del coche y se subió al techo, desde donde saltó el muro, ayudándose con las ramas del árbol.
Miley esperó diez largos y angustiosos minutos y luego buscó en el asiento trasero un juguete de Sam, un conejo de peluche.
Le dio la vuelta y lo abrió, extrayendo un teléfono móvil que había escondido allí.
Luego salió del coche y corrió junto al muro hasta llegar a la carretera principal, se acercó a la puerta y se fijó en el número y en el nombre del lugar.
No era una casa particular, era un club.
Un club muy exclusivo, por el aspecto que tenía.
Llamó a la policía, dándoles la dirección y diciéndoles que estaban robando, dándoles tantos detalles como pudo. Cuando le preguntaron su nombre, se lo dio, no tenía sentido no hacerlo, ella ya no podía escapar, Rick la retendría y, además, estaban utilizando el coche de Nick. Después de dar aquel paso, sintió una gran sensación de alivio.
Volvió al coche y se sentó, esperando fatídicamente a ver qué ocurría.
Después de diez minutos, esperaba oír las sirenas de policía, y fue poniéndose más nerviosa a medida que el silencio se prolongaba.
Media hora más tarde, Rick volvió, saltando al techo del coche.
Dejó algo en el maletero y entró, con la respiración agitada.
Con una sensación de angustia, Miley se dio cuenta de que la policía no la había creído o se había equivocado de lugar.
Todo su cuidadoso plan había sido en vano. ¿Qué iba a hacer?
—Vámonos.
—Tú tienes las llaves.
Rick las buscó en el bolsillo de su cazadora y se las dio.
Cuando Rick levantó el jersey, Miley vio un brillo metálico y se dio cuenta de que llevaba una pistola.
Se estremeció, pero no podía hacer nada.
Arrancó el coche y condujo hasta la carretera principal.
La policía estaba allí, esperando.
Habían hecho un semicírculo con los coches, cortando cualquier posibilidad de escape.
Rick dio un respingo y maldijo su suerte.
—Sigue —gritó.
Pero Miley frenó y bajó la ventanilla al mismo tiempo.
Sacó la cabeza y gritó:
—¡Tiene una pistola!
Rick la agarró del pelo y la metió en el coche.
Miley sintió el frío cañón de la pistola en el cuello.
—Sigue, zorra, conduce.
Pero Miley siguió con el pie en el freno.
Rick le dio una patada y pisó el acelerador.
El coche avanzó, chocó contra uno de la policía y, como era más pesado, siguió apartándolo, abriendo un hueco. Rick profirió una exclamación de triunfo y apretó a fondo el acelerador. Un policía corrió junto al coche, abriendo la puerta del conductor.
—Lárguese o la mato —gritó Rick, dejando que el policía viera la pistola.
Miley dio un grito, pero trató de girar el volante.
Rick la golpeó y siguió acelerando.
Y consiguieron salir del cerco, arrastrando el guardabarros de uno de los coches de policía.
De repente, cuando empezaba a ganar velocidad, la puerta de Rick se abrió y alguien saltó sobre él, agarrándolo del brazo que llevaba la pistola.
Entonces, Miley oyó la voz de Nick y supo que era él.
—¡Salta, Miley, salta!
Los dos hombres luchaban por el control del coche y de la pistola.
Miley sintió miedo por Nick.
—¡No! No puedo dejarte aquí.
—¡Salta, mi amor, salta!
El coche aminoró un poco la marcha y Rick trató de apartar a Nick.
Miley abrió su puerta y sacó los brazos y los pies, y saltó.
Aterrizó dándose un golpazo contra el suelo, y rodó por la cuneta, notando un dolor agudo en un tobillo. Pero el miedo por Nick le hacía olvidarse del dolor, se puso de pie y volvió a la carretera.
Un policía llegó a su lado.
—Mi marido va en el coche. Oh, ayúdenle, por favor, ayúdenle.
Otros hombres pasaron corriendo junto a ellos, hacia el coche que desapareció en una curva de la carretera. Miley comenzó a llorar, aterrorizada.
Luego se produjo un fuerte sonido, como el de una explosión y vio una llamarada a través de los árboles.
Por unos instantes no reaccionó, pero luego oyó un grito, el suyo propio.
Había soltado al policía y corría por la carretera.
El coche se había estrellado contra un árbol y se había incendiado.
—¡Nick!
Su grito de horror hizo que todo el mundo se volviera hacia ella.
Dos policías se interpusieron en su camino, para que no pudiera ver.
Imaginó a Nick ardiendo dentro del coche...

5 comentarios:

  1. dios mio!! omg me muero por favor yazmin no la dejess a hi me da un ataqe ahhhhhhhhh!!
    por favor sigelaaa! por favor!

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  2. OMJ! Por favor siguelo que terminare muriendo de la angustia D:

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  3. OMG que haiga salido antes Nicholas :'( xq!!!! el ya sabia el sabia sube tocaya sube t lo suplico cuidate hermosa.

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  4. omg porfa que no le haya pasado a nickk
    me encantoooo
    porfa siguelaaaa

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  5. DIOS MIO! No puedes hacerme esto a mí!
    Pooorfaaa que nada ha pasado con Nick!
    Enviar el siguiente!
    Un beso!

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