lunes, 18 de junio de 2012

Capitulo 4.-


—No había comido —dijo Miley dándose la vuelta—. Ve a colgar tu abrigo en el armario, Sam, y luego ponte las zapatillas.
Sam salió de la cocina alegremente; era un niño muy bueno, siempre contento y obediente.
—Bueno, ¿a qué ha venido la escena de la puerta? —preguntó Anna en cuanto el niño se hubo marchado.
—Un hombre había entrado en el jardín y no me gustaba su aspecto.
—¿Has llamado a la policía?
—No, claro que no —dijo Miley, tratando de reírse—. Estoy segura de que es inofensivo. Sólo me pilló por sorpresa. Creía que eras tú y… Como le he dicho a Sam, me he puesto un poco tonta.
—Aun así, si va a pasar por todas partes asustando a la gente…
—No se trataba de él, sino de mí —dijo Miley, interrumpiendo a su amiga bruscamente.
Luego se mordió los labios—. Lo siento, hoy estoy un poco nerviosa.
—Ah, yo sé cómo te sientes —dijo Anna con cariño—. Fíjate, no hace ni un mes que…

Anna relató una larga anécdota y Miley esperó pacientemente a que concluyera, sin escucharla, deseando quedarse sola. Pero Anna estaba muy comunicativa y tardó una hora en marcharse. Normalmente, cuando Nick no estaba, le agradaba la compañía de sus amigas, pero aquel día no hizo el mínimo esfuerzo porque Anna se quedara un poco más y cuando se fue sintió un gran alivio. Pero actuar normalmente, como si nada hubiera ocurrido, la ayudaba. Ayudaba a que el pánico se redujera al mínimo. Le dio a Sam de cenar y luego le dejó ver uno de sus vídeos mientras ella volvía a la cocina a llamar a tía Kate.
—Tiene que haber visto mi foto en el periódico —dijo con desconsuelo, después de explicar lo ocurrido.
—Tienes que cambiar tu número enseguida —aconsejó Kate.
—Ya lo he hecho. Pero va a ser difícil ahora que han elegido a Nick como próximo candidato al parlamento; llama mucha gente, todo tipo de gente.
—Bueno, eso no se puede evitar. Tendrás que decirle a Nick que te han molestado con llamadas anónimas.
—¿Qué puedo hacer? ¿No podemos detenerlo?
—¿Te ha amenazado?
—No, le he colgado. Luego volvió a llamar y dejó un mensaje en el contestador, pero he destruido la cinta antes de oírla.
—Oh, querida, eso no ha sido buena idea. Si no llega a amenazarte, no podemos hacer mucho, excepto cambiar el número, y ya lo has hecho.
—Sí, pero…
—De momento sólo podemos enfrentarnos a esto a corto plazo —dijo Kate—. ¿Quieres que vaya y me quede contigo para que hablemos de lo que se puede hacer más adelante?
—Pero te vas de vacaciones dentro de dos días.
—Puedo esperar.
Miley, sin embargo, sabía que se trataba de un viaje a Sudamérica y que su tía tenía muchas ganas de ir, además de haber estado ahorrando durante años.
—No, no puedo dejar que lo hagas. Pero me gustaría ir a tu casa y que pasemos mañana el día juntas, si te parece bien.
—Claro que sí. ¿Te traes a Sam o lo dejas con su abuela?
—No, lo llevo.
—Conduce con cuidado, y no te preocupes tanto por esa llamada, ya nos las apañaremos. Hasta mañana, a la hora de la comida.
Miley colgó y volvió a descolgar, por miedo a que Rick volviera a llamar. Pero Nick también llamaría, más tarde, como hacía cada noche siempre que estaba fuera. Algunas veces, llamaba temprano, para poder hablar con Sam, pero más a menudo llamaba de noche, cuando sabía que ella estaría en la cama, para que su conversación fuera más íntima, más cariñosa.

Afortunadamente, Miley tenía un teléfono móvil que se llevaba siempre que salía de casa, de modo que lo buscó y lo conectó. Si Nick no podía comunicar con ella por la línea permanente, la llamaría al móvil.
Lo que hizo aquella noche, a las diez y media. Sólo que Miley no estaba en la cama, sino en el salón, con las cortinas echadas y todas las puertas y ventanas cerradas con pestillo. La intrusión había acabado con su sensación de seguridad y odiaba estar sola.
—Hola, cariño —dijo Nick—. ¿Sabías que Sam ha estado jugando con el teléfono otra vez y lo ha dejado descolgado?
—Nick—dijo Miley.
Sintió una inmensa gratitud al oír la voz de su marido.
Lo necesitaba.
Necesitaba su fuerza y su tranquilidad.
Pero se mordió el labio, sabiendo que tenía que ocultar su deseo.
Sin embargo, su marido conocía todas las inflexiones de su voz e, inmediatamente, se dio cuenta de que algo sucedía.
—¿Qué ocurre?
—He dejado el teléfono descolgado a propósito. Alguien ha hecho alguna llamada un poco molesta.
—¿Te refieres a un maníaco?
—Sí —dijo Miley, aprovechando la idea—. Por eso lo he dejado descolgado.
—¡Maldita sea! ¿Por qué no me has llamado? Habría ido inmediatamente.

—Conducir tanta distancia y volver mañana, ¿sólo porque un estúpido pervertido…? Nada de eso. Estoy bien, de verdad —dijo Miley tratando de parecer convincente para que Nick no se preocupara—. Pero he decidido que nos cambien el número. Lo harán mañana y les he pedido que no lo pongan en la guía. Lo siento, sé que es una molestia, pero…
—Has hecho bien. Te lo iba a decir yo —dijo Nick, y Miley suspiró con alivio—. Ya se lo diré a mis amigos y a quien me parezca bien, pero decírselo a ellos es distinto a dejar que lo pueda saber cualquier loco con sólo leer la guía —dijo Nick, dejando traslucir su furia—. ¿Seguro que estás bien, cariño? ¿Quieres que llame a mis padres para que vayan a hacerte compañía?
—¿A estas horas? No, claro que no, estoy bien. Sólo ha sido un poco molesto, eso es todo. Pero he llamado a tía Kate y he quedado con ella mañana, quiero ayudarla a hacer el equipaje para sus vacaciones. Y cuando vuelva, ya tendremos el número nuevo y todo irá bien.
—Ojalá estuviera contigo —dijo Nick.
—Ojalá, pero por una razón mucho mejor que ésa —dijo Miley con un tono de flirteo, para distraerlo.
Nick se rió.
—¿Estás en la cama?
—Sí —mintió Miley.
—¿Qué llevas puesto?
—El camisón de color crema que me regalaste para mi cumpleaños. ¿Te acuerdas?
—Muy bien —dijo Nick, y suspiró—. Dios mío, Miley, me muero de ganas de hacer el amor.
—Bien —dijo Miley, con el mismo tono—. En ese caso, estarás deseando volver a casa.
Siguieron hablando durante diez minutos, en el mismo tono. Miley se sentía mucho mejor sólo con oír su voz. Subió al piso de arriba y fue a comprobar cómo estaba Sam, que, como siempre, había apartado la colcha con los pies.
Volvió a taparlo, con cuidado de no despertarlo, aunque no pudo evitar acariciarle la mano. Aun dormido, Sam le apretó un dedo con fuerza. Miley sintió una oleada de amor maternal, un amor muy distinto del que sentía por Nick pero igual de intenso.
Era un amor protector, porque sabía que sería capaz de hacer cualquier cosa para que Sam no sufriera ningún daño. Ni Nick, en realidad. Por eso no le había dicho nunca la verdad, y no debía decirle que había sido acusada de robo y que la habían metido en la cárcel.
Se quedó sentada junto a la cama de su hijo durante largo rato, sólo mirándolo, pero cuando, finalmente, se fue a la cama, estaba demasiado atormentada como para dormir. Ojalá no se hubiera publicado aquella foto en el periódico, o Fiona no hubiera dado sus nombres.
Pero para sus amigas había sido un acto inofensivo y habían disfrutado de un breve momento de fama, porque no tenían nada que ocultar, ningún oscuro secreto de su pasado que pudiera salir a la luz y arruinar sus vidas.
Se sentó en la cama y encendió la luz, furiosa con el destino, que le había deparado un golpe semejante. Pero, ¿cómo iba a llamarla Rick otra vez cuando le cambiaran el teléfono? Quería ser optimista, pero estaba abrumada por lo que podía ocurrir.
Rick sabía su nombre de casada y dónde vivía. Incluso si se trasladaban podría averiguar su paradero, porque si Nick era elegido parlamentario, se convertiría en una figura pública y sería fácil seguirle la pista.

Miley estaba segura de que saldría elegido; tenía una fe y una confianza absoluta en su capacidad y estaba segura de que los electores sabrían descubrir en él esas mismas cualidades. Sería un parlamentario magnífico y nada podía dar al traste con su carrera, lo que significaba, que nadie debía saber su secreto.
Sintiéndose poco optimista, Miley se durmió por fin, y, al día siguiente, condujo hasta la casa de Derbyshire donde se había retirado tía Kate. Era un largo viaje, pero el deportivo que Nick le había regalado devoraba los kilómetros. Cuando llegó se sintió mejor. Cuando Sam se había dirigido a casa de unos vecinos para ver una cuadra de caballos, Miley le confesó a tía Kate todos sus miedos.
—¿Sabes que es lo que yo creo que es lo mejor que puedes hacer? —le preguntó tía Kate.
—Sí —asintió Miley—, pero, ¿cómo se lo tomarían ellos?
—¿Ellos?
—Nick y Sam.
—¿Sam? —dijo tía Kate, frunciendo el ceño—. ¡Pero si es sólo un niño! No hace falta que se lo digas.
—Si Nick sabe la verdad, pensará que su honor le exige abandonar la candidatura. Pero sus padres están tan orgullosos de que haya sido elegido candidato… Habría que decirles por qué se retira. Tratarían de comprender, pero me odiarían por ello, sé que me odiarían. Son tan ambiciosos con respecto a Nick. Y un día se lo dirían a Sam, porque él querrá saber por qué su padre había abandonado una prometedora carrera política antes de haberla comenzado.
—Pero seguramente… —dijo Kate, y se interrumpió—. Entiendo lo que dices. Si se lo dices a Nick, algún día tendrás que decírselo a Sam.
—Sí.
—Aun así, es mejor decírselo a Nick ahora y acabar con ello.
—¡No, nunca! —exclamó Miley con determinación—. Y si se lo dices a mis espaldas, no volveré a dirigirte la palabra.
—Oh, Miley.
—Lo siento, pero tienes que saber cómo me siento respecto a esto. En mi vida nada me ha importado más, y haré cualquier cosa para evitar que Nick sepa la verdad.
Cuando llegó a casa aquella noche, Miley sintió un gran alivio al comprobar que le habían cambiado el número de teléfono.
Inevitablemente, eso iba a causar algunos inconvenientes y recibirían algunas cartas airadas de gente que no podría comunicar con ellos por teléfono.

Cuando llegó a casa, sin embargo, Nick se alegró por ello, y seguía molesto por las supuestas llamadas del maníaco. Llegó con un enorme ramo de flores, que dejó en una mesa para abrazar a Miley
 —¡Cariño! —dijo dejando las flores en una mesa y estrechándola entre sus brazos—. Pero si estás temblando…
—Me alegro mucho de que estés en casa. Mucho —dijo Miley aferrándose a él, sintiéndose segura entre sus fuertes brazos.
Después de besarla, Nick la condujo al salón y la sentó a su lado en el sofá.
—¿Qué te dijo ese pervertido?
Miley se echó el cabello hacia atrás con una mano.
—Pues… no me dijo nada. Colgué —dijo con una risa nerviosa—. Lo siento; probablemente creas que he armado mucho jaleo por algo sin importancia.
—Claro que no —dijo Nick, pero al ver el rostro sombrío de Miley añadió—: Aunque me parece extraño que te hayas puesto tan nerviosa.
Temerosa de que empezara a hacerle preguntas, Miley respondió rápidamente.
—Debe de ser mi estado.
—¿Has ido al médico para confirmarlo?
—No. He ido a ver a tía Kate, ¿te acuerdas?
—Por supuesto. Pero, ¿no hay ninguna duda?
—No —dijo Miley sonriendo, pero su semblante no expresaba la alegría que debía al dar una noticia como aquélla.

Nick frunció el ceño y la apretó por los hombros.

—Es comprensible que estés nerviosa aquí sola. Trataré de no viajar mucho en los próximos meses.
Miley se irguió y trató de hablar con firmeza.
—No, no lo hagas. Creo que he reaccionado con cierta exageración, pero ahora que han cambiado el número, estaré mejor, de verdad. Y la semana que viene iré a ver al médico. Y cuando nos dé el resultado, se lo diremos a tus padres, ¿quieres?
Aquel pensamiento distrajo a Justin, como Miley esperaba, y el fin de semana prosiguió con normalidad.

Llevaron a Sam a un parque infantil al día siguiente y ellos se quedaron bebiendo café con otros padres mientras el niño se lo pasaba en grande. Por la tarde, Nick se fue a jugar al cricket mientras Miley se llevaba a Sam a un cumpleaños, al que acudieron otros treinta niños, más o menos.
Para mantenerse ocupada, Miley ayudó a la madre del niño homenajeado. Aquella tarde fueron a cenar a la casa de unos amigos, el domingo por la mañana trabajaron en el jardín y por la tarde llevó a Sam a la piscina municipal, que le encantaba.
Sam ya sabía nadar y Nick le estaba enseñando el estilo espalda. De modo que hasta el domingo por la noche Miley y Nick no volvieron a estar realmente solos. Miley trató con todas sus fuerzas de ser brillante y alegre, y lo consiguió.
—Ha sido un fin de semana muy ajetreado —dijo, cuando se metieron en la cama—. ¿Lo has hecho a propósito? ¿Para que no pensara en esa llamada?
Nick sonrió.
—¿Tan transparente soy? Pero ya no estás preocupada por eso, ¿verdad?
—No, claro que no —dijo Miley, tratando de ser positiva.
—Estabas maravillosa con el traje de baño.
—Pronto empezaré a engordar.
Nick apoyó la mano sobre el vientre de Miley
—El niño tiene que crecer y tú vas a estar radiante, igual que con Sam —dijo acariciando a Miley—. ¿Será niña?
—A veces se puede saber por la ecografía. ¿Vas a querer que me haga una?
—No, esperemos. Prefiero una sorpresa.
—Puede que no sea niña.
—Bueno, un niño también sería maravilloso… y puede que la próxima vez sea niña.
—¡La próxima vez! —exclamó Miley, y le dio un codazo—. ¿Cuántas veces vamos a intentar tener una niña?
—Las que haga falta —dijo Nick con una sonrisa—. Y, de todas formas, me gustas embarazada: estás tan guapa y tan feliz, como si alguien hubiera puesto una luz dentro de ti. Miley se echó a reír.
—Bueno, supongo que has sido tú, ¿no?
Nick la acarició con ternura. Miley inclinó la cabeza y lo besó en el cuello, hundiéndose en su aroma cálido y masculino, en la fuerza de sus brazos.
—Algunas veces —murmuró—, te echo mucho de menos.
Nick, con la mano, giró el rostro de Miley y le acarició el pelo.

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