Apretó los labios, tratando de contener las lágrimas.
Nunca había imaginado que Nick fuera capaz de hacer algo así.
No tuvo más remedio que refugiarse en el baño.
Nick debía de estar muy desesperado para hacer algo así, se dijo, con la mirada perdida frente al espejo. La gente sabría que lo había abandonado, verían aquel artículo y sabrían que era para ella. Tal vez Anna volviera a acercarse a él para ofrecerle «consuelo». Contempló su rostro. Había perdido peso y estaba muy delgada.
Pero su figura era bonita, así que no parecía demacrada, sólo pálida y frágil. Sus ojos, sin embargo, estaban oscurecidos, sin brillo, no podían disfrazar su infelicidad, su desesperación. Después de aquel día, no volvió a comprar el periódico. Los multicines estaban en las afueras de la ciudad, de modo que se alegró de haber conservado el coche. Volver a casa en el autobús tan tarde habría sido un problema.
Una noche, un par de días después de leer aquel anuncio en el periódico, vio por el espejo retrovisor un coche de policía que la seguía y le indicaba que se detuviera. Sorprendida, pero obediente, se paró en el arcén, pensando que se había saltado un semáforo sin darse cuenta, porque estaba pensando en otra cosa. Dos policías uniformados se acercaron, uno a cada lado del coche.
Miley bajó la ventanilla y el que estaba a ese lado se dirigió a ella.
—¿Es usted la dueña de este coche, señorita?
—Sí. ¿He cometido alguna infracción?
—¿Tiene el permiso de matriculación del coche?
—Creo que sí, en algún sitio —dijo Miley, rebuscando en el bolso.
—Su nombre, por favor —dijo el policía mientras ella seguía buscando.
—Joan Wilson —dijo Miley, dándole sin pensar el nombre que estaba utilizando—. Ah, aquí está —dijo encontrando el permiso y dándoselo al policía.
—Y su permiso de conducir, por favor.
Miley se lo dio.
El policía se acercó a la parte delantera del vehículo, para comprobar la matrícula, y volvió.
—¿Ha dicho que se llama Joan Wilson?
—Sí —dijo Miley, y, de repente, se dio cuenta de lo que el policía sugería—. Oh, sé que no es el nombre del permiso, pero… verá… he decidido cambiar de nombre, pero no he tenido tiempo de cambiarlo en la matrícula.
—Comprendo —dijo el policía, pero parecía muy escéptico—. Tampoco es el nombre que figura en el permiso de matriculación —señaló.
—No, pero es mi coche.
—¿Y Nick Jonas es otro de sus nombres? —preguntó el policía con ironía.
—No, ese… es el nombre de mi marido. Él me regaló el coche.
—¿De verdad? Puede que le interese saber que han denunciado el robo de este coche.
—¡El robo de este coche! —exclamó Miley perpleja—. No puede ser. Quiero decir, es mío.
—¿Puede salir del coche, por favor? -Miley lo hizo, lentamente. —La arresto bajo sospecha por el robo de este coche.
—¡No puede ser!
Lo hicieron, y todo lo que siguió fue una pesadilla. La llevaron a la comisaría y la metieron en una celda. No pudo evitar recordar todo lo que había ocurrido hacia ya tantos años. La celda tenía el mismo aspecto, incluso el mismo olor, a desinfectante y a miedo.
Se sentó en el catre, muy rígida y con las manos entrelazadas sobre el regazo, tratando de no pensar en el pasado, y esperando. Sabía lo que había pasado, sabía que Nick había denunciado el robo del coche en un intento desesperado por encontrarla. Y él no sabía, por supuesto, lo traumático que era para ella que la metieran en una celda o lo nerviosa que se ponía al hablar con un policía de uniforme.
Todo el propósito de su huida era que él nunca llegara a saber cosas como ésas. Se le escapó una risotada burlona; ella creyendo que era tan lista como para desaparecer sin dejar huella y a Nick le había resultado facilísimo encontrarla, sólo al cabo de unos pocos días.
Tendría que haber vendido el coche y comprado uno nuevo, pero era demasiado tarde, Nick la había encontrado y exigiría una explicación.
¿Qué podría decirle?
Nick llegó a la mañana siguiente.
Miley había permanecido tranquilamente en su celda, negándose a desayunar y no miró cuando se abrió la puerta.
—Puede salir —dijo un policía.
Miley lo siguió hasta un despacho, donde esperaba Nick.
Miley lo miró durante un breve instante, pero le dio un vuelco el corazón al ver su profunda mirada, mezcla de rabia y alivio, de esperanza y resentimiento.
—¿Confirma que esta mujer es su esposa, señor? —le preguntó un policía en ropa de paisano.
—Sí.
—¿Confirma que retira los cargos contra ella?
—Sí.
—Muy bien, aquí están las llaves de su coche.
—Gracias, muchas gracias por su ayuda.
El policía de paisano asintió, miró a Miley, y le devolvió el bolso.
—Puede usted marcharse, señora Jonas.
De repente, Miley tuvo miedo y miró al policía con mirada suplicante, luego agachó la cabeza, sabiendo que era un intento inútil.
Pero Nick había visto aquella mirada y su expresión se endureció.
La agarró por el brazo con tanta fuerza que le hizo daño y la llevó así hasta el coche.
—¿Dónde estás viviendo? —preguntó con brusquedad, empujándola al interior del coche.
De repente, Miley tuvo miedo y miró al policía con mirada suplicante, luego agachó la cabeza, sabiendo que era un intento inútil.
Pero Nick había visto aquella mirada y su expresión se endureció.
La agarró por el brazo con tanta fuerza que le hizo daño y la llevó así hasta el coche.
—¿Dónde estás viviendo? —preguntó con brusquedad, empujándola al interior del coche.
Cuando llegaron a la casa, Nick paró el coche y la miró.
—¿Estás sola?
—Sí, claro.
—Dame las llaves.
Miley se las dio, y al salir, Nick volvió a llevarla del brazo.
La casa estaba en silencio, vacía, todos los inquilinos debían de estar trabajando o en la universidad. Nick abrió la puerta de su habitación y dejó escapar un suspiro al comprobar su sencillez, su pobreza, el único adorno era una fotografía suya y de Sam.
Empujó a Miley al interior y cerró la puerta.
Miley se dio la vuelta para mirarlo.
—¿Y bien? —dijo Nick—. ¿No tienes nada que decir, ninguna explicación que dar por irte y abandonarnos?
Miley tragó saliva.
—Por favor, no me hagas esto, deja que me vaya.
Nick la agarró por los hombros.
—¿Cómo te atreves a decirme eso? ¿Cómo te atreves? ¿Puedes imaginar lo que han sido estos días para mí? Casi me vuelvo loco y Sam ha llorado todas las noches. ¿Puedes imaginarlo? ¿Puedes imaginarlo? —dijo y la apretó con fuerza—. ¿Por qué te fuiste?
Miley agachó la cabeza, tratando de pensar en algo que decir.
—¡Maldita sea, Miley! ¡Mírame!
Al mirarlo, Miley se dio cuenta, por primera vez aquel día, de cuánto había cambiado su rostro. La separación también había supuesto para él un alto precio. Tenía ojeras, una mirada que nunca le había visto y los labios fruncidos.
Le rompió el corazón.
—Lo siento —susurró—, lo siento mucho.
—¿Lo sientes? ¿Es eso todo lo que tienes que decir? Pues no es suficiente. Quiero saber por qué, por qué te fuiste sin decir una palabra. ¿Hay otra persona? Tienes que decírmelo.
—No.
—Entonces, por Dios Santo, ¿por qué? Está bien, sé que las cosas no iban muy bien entre nosotros, pero, ¡dejar a Sam! ¿Cómo puedes ser tan despiadada?
Miley se quedó inmóvil, incapaz de decir nada, con los ojos enormes y el semblante ceniciento.
—¿Cómo está Sam? ¿Está bien?
—No, claro que no está bien. Te echa mucho de menos y no puede entender por qué lo has abandonado, por qué no estás en casa —dijo Nick, y con una exclamación se alejó de ella, para pasearse por la habitación—. ¿Dónde está tu maleta?
Miley empezó a temblar.
—¿Por qué?
—Porque nos vamos a casa, por eso.
—No, por favor.
Nick abrió el armario y la miró.
—Nos vamos a casa.
—No, no puedes obligarme —dijo Miley, elevando el tono de voz.
—¿No puedo? —dijo Nick, y se acercó.Le puso a Miley la mano en el cuello—. Nos vamos a casa y vamos a solucionar este asunto como dos personas civilizadas. Por el bien de Sam. ¿Lo entiendes? —dijo apretándole el cuello—. Ahora es lo único que importa y no voy a permitir que su vida se eche a perder. Pase lo que pase entre nosotros, no pienso permitir que siga así ni un día más.
Miley apartó la mirada y cerró los ojos un instante.
Luego asintió lentamente, sabiendo que nada lo detendría.
—¿Dónde está tu maleta?
—Debajo de la cama.
Nick la sacó y le dijo que hiciera el equipaje.
Al terminar, Miley puso en la maleta la fotografía, con cuidado de que no se rompiera.
Luego se acercó a la cama y buscó algo debajo de la almohada.
—¿Qué es eso?
Miley no respondió, de modo que Nick se acercó para ver qué era.
—¿Mi sudadera? ¿Por qué la has traído?
Miley no se atrevió a decirle que dormía agarrada a ella cada noche, hundiendo en ella la nariz para embeberse de su olor. La metió en la maleta y cerró ésta a continuación.
—No tenías que haber venido. Tenias que haberme dejado marchar.
—¡Nunca! Así, nunca —dijo Nick haciéndose cargo de la maleta—. ¿Debes algo aquí?
—No.
—Pues vámonos.
Pero Miley vaciló.
—Tengo un empleo, debería decírselo.
—Puedes llamarles desde casa. Vámonos —dijo Nick y volvió a agarrarla del brazo para llevársela.
Fue un largo camino hacia el sur. Las carreteras estaban atestadas de coches, de modo que Nick tenía que ir muy concentrado en la conducción. Miley se alegró, porque no quería hablar, ni siquiera hacer más preguntas acerca de su hijo.
Pesaba sobre ella la sensación de lo inevitable.
Era como si no le estuviera permitido salvar a las personas que quería de las consecuencias de su pasado. El destino estaba siendo muy cruel con ella, favoreciéndola primero para arrojarla a lo más hondo después.
No era justo, un error de juventud no merecía un precio tan caro.
Cerró los ojos, tratando de olvidarse de todo, tratando de olvidar lo que les pasaría cuando llegaran a casa. Finalmente, se quedó dormida, lo que no era extraño, pues había pasado toda la noche en vela.
Al salir de la autopista y detenerse en un semáforo, se despertó.
Tenía la cabeza apoyada en el asiento, vuelta hacia Nick, y cuando abrió los ojos, sorprendió el gesto de Nick, lleno de desesperación y de dolor. Pero éste, al ver que Miley lo miraba, cambió por completo, y su rostro se convirtió en una máscara inescrutable.
Miley se incorporó lentamente y se quedó mirando por la ventanilla. Pasaban por calles muy familiares para ella y finalmente llegaron a su casa. Le resultó muy extraño volver a entrar en su casa, ver los objetos que tanto amaba.
Miley se incorporó lentamente y se quedó mirando por la ventanilla. Pasaban por calles muy familiares para ella y finalmente llegaron a su casa. Le resultó muy extraño volver a entrar en su casa, ver los objetos que tanto amaba.
Se sentía igual que si hubiera pasado años fuera, en lugar de unos pocos días.
Se detuvo a ver un cuadro, a tocar un adorno, e iba sintiendo un gran placer.
Después de cerrar la puerta, Nick dejó la maleta en el suelo y observó a Miley, dándose cuenta de la nostalgia que sentía, lo que le dolió mucho.
—¿Por qué demonios te fuiste? —preguntó, con voz rota.
todo le sale mal a mileyy
ResponderEliminarporfa que ya le diga la vdd
siguela porfiiiiiis
Siguela porfaaa!
ResponderEliminarMiley tiene que decir la verdad! Y él debe creer en ella
Porfa, porfa, porfa!
Esta muy triste!
Envía el siguiente si?
BESOS!
OMG Miley dile la verdad para que acabe esa pesadilla :(.
ResponderEliminarAlfin me puse al corriente despues d casi un pes me consentre solo en leer tu blog bueno otro pero me pike en este ;).
Sube pronto creo que ya le dira todo y buscaran una solucion aun que nick se enogara x ocultarle la verdad super picada con la nove sube pronto cuidate hermosa.