Sabía que la reunión de aquella noche era importante y no le costó convencerlo de que no se preocupara. Cuando se marchó, por primera vez en su vida de casada, se alegró de quedarse sola. Después de cumplir con la familiar ceremonia de meter a Sam en la cama, de bañarlo, de hablar del día que había tenido y de leerle dos cuentos, Miley fue libre por fin para buscar el consuelo de su propia cama y de la oscuridad.
Hacía mucho tiempo que no pensaba en el pasado. Desde su matrimonio lo había olvidado deliberadamente, pero aquella mañana, se volvió a presentar con toda su crudeza. Hacía mucho tiempo que había dejado de pensar en Rick Ravena, que incluso había dejado de comparar la infancia y adolescencia de Nick con la suya. Nick era hijo único, y había tenido la suerte de tener unos padres que lo querían y lo cuidaban.
Le habían dado un maravilloso hogar, una buena educación y se habían asegurado de que tuviera un completo conocimiento del mundo y de lo que ofrecía. Habían fomentado todas las habilidades que tenía, de modo que llegó a ser muy buen deportista, entre otras cosas. Pero no lo habían mimado y le habían dado un grado de independencia que lo había convertido en un hombre maduro y seguro de sí mismo.
Su infancia había sido todo lo contrario. Su madre los había abandonado a su padre y a ella cuando era muy pequeña. «Se ha largado con un maldito semental y me ha dejado a mí colgado con su niñata» fueron las palabras de su padre, si es que era su verdadero padre. Algunas veces, cuando había bebido mucho le decía: «Eres demasiado lista para ser mía demasiado lista, maldita sea». Y a menudo la acusaba de haber echado a su madre, que siempre se sentía molesta con ella. Le habían hecho sentirse culpable sin que ella supiera por qué.
Pero su padre la había cuidado a su modo, porque, al fin y al cabo, se había quedado con ella, incluso después de casarse de nuevo, aunque para divorciarse poco después. Luego, hubo más mujeres, que trataron a Miley de muchas formas, desde el resentimiento a la frialdad, hasta que su padre volvió a casarse por tercera vez con una mujer que ya tenía tres hijos.
Miley fue muy brillante en el colegio, encontrando más tranquilidad e interés fuera que dentro de su casa. Y ella estudió mucho en el colegio, porque las únicas alabanzas que podía esperar eran las de sus profesores. Hablaron de mandarla a la universidad con una beca, pero su padre se opuso, declarando que tendría que trabajar en cuanto tuviera edad para ello. Sin embargo, su padre murió cuando ella tenía catorce años, al caerse de una escalera.
Ni siquiera en aquellos momentos, podía Miley pensar en el infierno que supuso para ella el año siguiente a la muerte de su padre, cuando la obligaron a cuidar de sus hermanas y de su hermano, porque su madrastra salía todas las noches. Perdió entonces algunas clases y comenzó a tener malas notas. Le pegaban por lo más mínimo o por ninguna razón en absoluto, simplemente porque su madrastra estaba de mal humor.
En cuanto cumplió los dieciséis años se marchó de casa, se dirigió a Londres y buscó trabajo. Su gran ambición era acudir a la escuela nocturna, matricularse en algún curso para mejorar sus aptitudes y no volver a depender de nadie, pero no pudo hacerlo. Sólo llevaba un par de semanas en Londres cuando conoció a Rick.
Se acercó a ella en un café e inmediatamente, su vida se transformó en algo excitante. Tenía un coche deportivo, apartamento propio y siempre bastante dinero para llevarla a las discotecas y clubs. Ella olvidó sus ambiciones, porque se sentía bajo el dominio de su hechizo, y, pronto, habría hecho cualquier cosa por él. Lo que Rick quería sobre todo, por supuesto, era acostarse con ella.
Y ella, que siempre había estado tan ocupada y con una infancia tan difícil, nunca había tenido ningún novio. Creía que Rick estaba enamorado de ella, lo creía porque él se lo decía, de modo que no opuso mucha resistencia cuando una noche la invitó a beber y se llevó su virginidad. Se convirtió en su esclava, tal como lo había sido de su madrastra.
Pero seguía siendo muy inocente y no se daba cuenta de que los recados a los que la enviaba eran ilegales, ni de que las noches que pasaban sentados en su coche en tranquilas calles de barrios residenciales él observaba las casas con el fin de decidir en cuáles podía robar.
A su manera, era amable con ella, pero se aseguraba de que no pudiera llegar a ser independiente, para que no lo abandonara. Entonces llegó la terrible noche en que un vecino lo vio entrando en una casa y avisó a la policía. Para entonces, Miley llevaba viviendo con él casi tres meses y, en aquella noche en concreto, estaba con él, esperándolo en el coche. Le había dicho que tenía que ver a alguien para un asunto de negocios.
Tal vez fuera verdad, pero Rick vio una ventana abierta de una casa sin luz y no pudo resistir la tentación. Ella estaba medio dormida cuando vio a Rick acercarse corriendo, pero con un policía pisándole los talones. Miley no sabía que Rick tenía una pistola. Disparó por dos veces al pobre policía, tiró la pistola y se alejó por un callejón, abandonando a Miley a su destino.
Quizás pensara que estaba tan loca por él que no le diría a la policía quién era él, y tal vez no lo hubiera hecho si no la hubieran llevado al hospital para ver al policía, cubierto de cables y junto a unos monitores, luchando por su vida. Les contó todo, respondió a todas sus preguntas. Estaba destrozada. Se dio cuenta, por primera vez, de la vida que había llevado.
Tenía que ir a juicio, pero la policía le aseguró que no tendría cargos importantes, ya que aquélla era la primera vez que se veía implicada en un delito y porque les había ayudado. Fueron muy amables, pero la tuvieron bajo custodia, y no volvió a ver a Rick hasta el juicio. Sabía que no había esperanza para él después de su testimonio, pero nunca olvidaría el odio de su mirada cuando volvieron a verse.
Ravena hizo todo lo posible por implicarla, diciendo que ella sabía de la existencia de la pistola, que lo había ayudado en muchos robos. Miley declaró su inocencia, pero el jurado creyó a Rick, y tal vez el juez tuviera un mal día, porque la envió a prisión también a ella, por tres años. Rick se rió, y siguió riéndose cuando lo llevaban a las celdas.
Su abogado de oficio quería que recurriera la sentencia, pero ella estaba completamente intimidada por lo que le había ocurrido y no hizo nada. Se refugió todavía más en sí misma, viviendo en una especie de estupor, haciendo todo lo que le decían, comportándose como un zombie. Pero entonces apareció Kate Cyrus y, poco a poco, todo fue cambiando para mejor, hasta que conoció a Nick.
La tía Kate tenía razón, pensó Miley; la mujer había tratado de convencerla por todos los medios para que le hablara a Nick de su pasado, pero ella había tenido tanto miedo de estropear las cosas que no la había escuchado. En vez de eso, le había rogado a Kate que le guardara el secreto, que le prometiera que nunca lo contaría.
¿Cuándo se lo confesaría todo a Nick?, se preguntaba.
No quería hacerlo.
Nick siempre había creído que entre ellos existía una franqueza absoluta.
¿Qué pensaría al saber que ella le había estado ocultando su pasado?
Pero él la quería y la entendería.
Se revolvió en la cama, inquieta.
No sabía qué hacer, temerosa de perder la perfecta felicidad que habían compartido.
En un instante decidía que se lo diría, luego pensaba que no podía.
¿Cómo se sentiría al saber que él, un abogado, estaba casado con una mujer que había estado en prisión? No importaba que ella fuera inocente, aquella mancha figuraba en su historial y siempre estaría allí. Se daba cuenta de que había estado viviendo en un universo de fantasía…
Aunque, en realidad, ¿qué había cambiado?, pensó con más esperanzas. Muy bien, Rick había salido de la cárcel, pero ¿qué importancia tenía para ella? ¿Por qué no podía seguir su vida como hasta entonces? En ese caso, se habría abierto a Nick sin ningún motivo.
Golpeó la almohada, no sabía qué hacer. Recordó las palabras de su tía, diciéndole que lo mejor era ser completamente sincera, y casi había decidido contárselo todo cuando lo oyó entrar en casa. Ella seguía allí tendida, en la oscuridad, debatiéndose sobre si decírselo o no, preguntándose de dónde podría obtener la valentía para hacerlo.
—¿Estás dormida? —murmuró Nick.
Miley no respondió, pero Nick sabía que estaba despierta.
Se desnudó, se metió en la cama y la buscó.
Miley abrió la boca para hablar, para decírselo todo, pero entonces se dio cuenta de que Nick estaba algo nervioso.
—¿Qué pasa?
—Mi reunión de esta noche, era el comité local del partido. El parlamentario actual quiere retirarse y tienen que elegir un candidato. Han decidido que quieren a alguien que viva aquí y me han preguntado si estaría interesado.
Miley se sentó en la cama y encendió la luz.
—¿Y qué has dicho? —preguntó, comprobando la excitación de Nick
—Que pensaré en ello, que lo hablaría contigo.
—Pero tú quieres —dijo Miley, no era una pregunta.
—Sí —dijo Nick sin vacilación—. Podría ser un principio, Miley. ¿Quién sabe adónde puede llevar? Piensa en el desafío, y en lo emocionante que puede ser esa vida.
—Puede que no te elijan —dijo Miley, haciendo de abogada del diablo.
—Puede que ni siquiera llegue a ser candidato, pero me gustaría intentarlo. Aunque depende de ti. Si no te gusta la idea, me olvidaré de ello. La mujer de un candidato cuenta casi tanto como el propio candidato.
—¿Y si estoy embarazada? ¿Y si quieres tener otro hijo?
Nick se echó a reír.
—Incluso los diputados pueden ser buenos padres… y engendrar hijos, si quieres una demostración… —dijo y se inclinó para besarla, pero, por primera vez en su vida matrimonial, ella lo rechazó.
—Lo estás deseando, ¿verdad?
—Sí, mucho. ¿Qué dices?
Miley apagó la luz, no quería que Nick viera su gesto de preocupación.
—Lo pensaré.
Pero no fue en eso en lo que pensó cuando Nick se quedó dormido a su lado.
Nick casi nunca le pedía nada; era él quien le daba todo lo que ella quería. Pero en aquellos momentos le pedía aquel gran compromiso.
La carrera política encajaba muy bien con la personalidad de Nick: mucho trabajo, dedicación, relaciones. Pero, ¿quién iba a votarle si se hacía público que ella había estado en la cárcel? Si se lo decía, sabía que él declinaría la candidatura y perdería una oportunidad única de alcanzar la ambición de su vida. Miley retrasó su decisión cuanto pudo.
Nick era muy paciente, pero el partido no lo era tanto y le pidió una respuesta.
Ella sólo podía dar una: tal vez hubiera esperado un milagro, que el partido o Nick hubieran cambiado de opinión, pero en la vida sucedían pocos milagros.
De modo que tuvo que asentir, para que Nick pudiera luchar por sus ambiciones.
Poco tiempo después, cuando Nick fue elegido candidato, sonó el teléfono una tarde, mientras Miley hacía algunas tareas.
—Dígame.
—¿La señora Miley Jonas?
Era una voz de hombre, seca y formal.
—Sí, ¿quién es?
La voz cambió y se hizo sedosa, con acento londinense.
—Hola, Miley, cariño, ¿no te acuerdas de mí?
Y supo que Rick Ravena la había encontrado.
Miley se quedó helada, presa del estupor.
Pero cuando Rick siguió hablando, colgó de un golpe.
Parecía haber perdido toda la fuerza y salió de la cocina tambaleándose, sin saber dónde iba.
Llegó al recibidor y se apoyó en la pared, respirando con dificultad. Volvió a oír el teléfono en la lejanía y oyó que el timbre dejaba de sonar al ponerse en marcha el contestador automático. El pánico se apoderó de ella.
No podía permitir que dejara en un mensaje, tenía que impedírselo. Corrió hacia el estudio de Nick, se tiró de rodillas y desenchufó el contestador. Luego, sin dejar de temblar, abrió el contestador y sacó la cinta.
Se dirigió a la cocina y buscó una sartén grande. Sacó la cinta magnética del cassette y la puso en la sartén, y, con la respiración agitada, buscó nerviosamente las cerillas y la quemó. Echándose hacia atrás la vio arder, derramando lágrimas y sollozando.
Se cubrió el rostro con las manos, sabiendo que su paz se había roto, que su felicidad había terminado. Durante cerca de media hora permaneció allí sentada, acurrucada, pero al oír que el reloj del recibidor daba las cuatro recordó que Sam, que estaba en casa de Anna jugando con Adam, el hijo de aquélla, volvería pronto a casa.
No debía dejar que el niño la viera en aquel estado, ni que Anna sospechara que algo no andaba bien. Se levantó, puso la sartén en el lavaplatos y echó el resto de la cinta a la basura, escondiéndola en el fondo. Buscó otra cinta para el contestador automático y grabó un nuevo mensaje. Llamó a la compañía de teléfonos y les dijo que quería cambiar su número de teléfono cuanto antes.
Al principio, le pusieron objeciones, pero cuando amenazó con acudir a otra empresa, le dijeron que le cambiarían el número al día siguiente y no la pondrían en la guía telefónica. Colgó y fue a lavarse la cara. Levantó la cabeza del lavabo y se miró en el espejo. Estaba pálida, parecía enferma o con resaca. «Oh, Dios», pensó, «¿por qué, por qué me has hecho esto?» ¿Es que no había sufrido ya bastante? ¿Por qué no podía vivir en paz? «Porque has mentido», la acusaba una voz interior, porque le has mentido a Nick. Gimió y apartó aquella idea de su mente.
Se puso algo de maquillaje, con las manos temblorosas, para ocultar su palidez. Afortunadamente, Nick estaba fuera y no volvería hasta el fin de semana. Se detuvo de pronto, horrorizada. Era la primera vez que se alegraba de que Nick no estuviera a su lado. No hacía ni una hora que había llamado Rick Ravena y ya había cambiado su hábito de pensamiento, sus prioridades. ¿Pero qué otra cosa se podía esperar cuando el diablo se metía en la vida de uno?
Se sentó en el cuarto de estar, mirando por la ventana, para ver el coche que llevaría a Sam. Lo necesitaba desesperadamente, necesitaba sentir su pequeño cuerpo, estrecharlo entre sus brazos, oír su voz. El camino, parcialmente oculto por dos hileras de árboles, hacía una curva al llegar a la puerta. Una figura, apenas entrevista, andaba por la carretera, mirando hacia la casa, luego se detuvo y abrió la puerta de la verja.
A Miley se le pusieron los pelos de punta, al pensar que, si Rick tenía su número de teléfono, muy bien podía tener su dirección. La figura entró en el camino y empezó a caminar hacia la casa. Era un hombre, bastante alto, sus rasgos eran apenas visibles, pues llevaba levantado el cuello de la cazadora. Miley se retiró de la ventana, con el corazón palpitante. El hombre llegó a la puerta de la casa y llamó al timbre.
Miley, presa de un furor repentino, corrió hacia la puerta y la abrió de golpe. No era Rick. Era un hombre mucho mayor que él, con ropa limpia pero vieja.
—Perdone que la moleste, pero quería preguntarle si necesita que alguien le haga algún trabajo en el jardín o en la casa. Si quiere, puedo echarles una mano con lo que sea… Miley, que normalmente era muy comprensiva con los desamparados, pues ella misma había sido una de ellos, exclamó:
—¡No! Váyase, por favor —y cerró la puerta de golpe.
Echó el cerrojo y se apoyó en la puerta, temblando.
Trató de respirar profundamente para tranquilizarse.
Al cabo de unos segundos el timbre volvió a sonar, sobresaltándola.
—¡Váyase! —exclamó—. ¡Le he dicho que se vaya!
—¿Miley? —era la voz de Anna—. Miley, ¿estás bien?
Con un suspiro de alivio, Miley quitó el cerrojo y la cadena y abrió la puerta.
Se topó con la expresión preocupada de Anna.
—¿Qué pasa?
—Oh… nada.
—Quién lo diría. Pareces asustada.
—Mamá —dijo Sam, entrando y agarrándose a la mano de su madre.
También él la miraba con preocupación.
Agachándose, Miley lo levantó en brazos, algo que empezaba a costarle, pues el niño tenía ya cuatro años.
—No pasa nada —le dijo—. Sólo que me he puesto un poco tonta, eso es todo.
Entraron. Miley seguía llevando a Sam en los brazos, necesitaba sentirlo cerca, pero, al llegar a la cocina, se dijo que debía dejarlo en el suelo.
—Huele a quemado —dijo Anna.
—Sí, se me ha quemado una tostada —mintió Miley con desesperación.
—¿Una tostada a estas horas?
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