miércoles, 27 de junio de 2012

Capitulo 14.-


La noche anterior, Miley había pasado el mayor tiempo posible con Sam.
Había jugado con él en su habitación, hasta que Nick llegó para decirles que la cena estaba lista. Temiendo que la madre de Nick siguiera allí, Miley había bajado de mala gana, pero al comprobar que se había marchado, respiró tranquila. A lo largo de su matrimonio había llegado a querer a sus suegros, pero no podía enfrentarse a ninguna recriminación aquella noche, ni a sus miradas de reproche.
Pero su suegra no estaba y fue Nick el que hizo la cena. Sam, emocionado con la vuelta de su madre, monopolizó la conversación. Nick permaneció en un silencio casi absoluto, con el gesto adusto, masticando eternamente cada bocado, mientras Miley concentraba su atención en su hijo y evitaba cruzar cualquier mirada con Nick.
Después de la cena, fregó los platos y se entretuvo haciendo otras cosas en la cocina, aunque en realidad no hacía falta; la nevera y los armarios estaban bien provistos; la madre de Nick había cuidado bien de ellos. Cuando no pudo encontrar más excusas para retrasar el momento, se dirigió al salón. Nick estaba sentado en su sillón favorito, tamborileando los dedos monótonamente, mientras Sam veía una película de vídeo.
Siempre había sido un momento muy agradable del día, la hora después de la cena antes de que Sam se fuera a la cama, pero Nick le dirigió una mirada recriminatoria, sabiendo que ella se había estado entreteniendo en la cocina, y el aire estaba lleno de tensión.

A las ocho y media, Nick dijo:
—Hora de irse a la cama, Sam.
Sam, obediente, apagó el vídeo y se acercó a Miley.
—¿Me acuestas, mamá?
—Sí, claro.
Miley subió a bañarlo y acostarlo, luego se tumbó a su lado, como siempre hacía, para leerle un cuento. Pero aquella noche Sam no parecía muy interesado en la historia, aunque escuchó sin interrumpir.
Cuando Miley terminó, retuvo su mano.
—¿Me prometes que no te vas a ir otra vez, mamá, me lo prometes?
Había tanta preocupación en su voz y en su expresión, que a Miley le dio un vuelco el corazón. Con gran pesar, sin embargo, sólo podía darle una respuesta.
—Es muy difícil hacer una promesa como ésa, Sam.
Sam empezó a llorar y ella fue a abrazarlo, pero el niño la rechazó.
En ese momento, Nick entró en la habitación y, con una exclamación de desprecio hacia ella, levantó en brazos a su hijo.
—No te preocupes, hijo. Yo estoy aquí, no te preocupes.
Era una escena, pensó Miley, que debía de haber tenido lugar a menudo las noches en que estuvo fuera.
Miley se levantó y fue a acariciar a Sam, a besarlo.
 —¡No! ¡Vete! —gritó el niño, y ocultó el rostro en el hombro de Nick.
Dejándolos juntos.
Miley se dirigió a su habitación, pero se dio cuenta de que ya nunca sería bienvenida en aquel lugar, de modo que fue al cuarto de invitados y se sentó en la cama. Pasó algún tiempo antes de que Nick saliera del cuarto de Sam, y al hacerlo, inmediatamente fue a buscarla a la habitación de matrimonio.
Luego, Miley oyó sus pasos apresurados hacia el cuarto de invitados.
Abrió la puerta de un golpe y sintió un evidente alivio al verla allí.
—¿Qué estás haciendo aquí?
Miley se irguió.
—Voy a dormir aquí.
Nick se encogió de hombros.
—Como quieras, pero tenemos que hablar.
—Esta noche no, por favor, estoy muy cansada.
Nick también parecía exhausto, de modo que no insistió.
Miley se desvistió y se metió en la cama, pero no podía dormirse.
Sentía una enorme angustia, no podía dejar de pensar en el modo en que Sam la había rechazado.
Oyó a Nick deambular por su habitación y se preguntó si sufría tanto como ella. Dos horas más tarde, saltó de la cama, se acercó a la puerta de Sam y entró en su habitación. La luz nocturna estaba encendida y gracias a ella pudo comprobar que estaba dormido, agarrado a uno de sus juguetes favoritos, uno que ella pensaba que había tirado hacía ya años.
Qué inseguro debía sentirse para recurrir a él de aquel modo.
Notó un movimiento a sus espaldas y se dio cuenta de que Nick la había seguido. Estaba asomado a la puerta, con una expresión muy seria.
—¿Cómo puedes hacerle esto?
Se refería a los dos, pensó Miley, pero sólo pudo responder negando con la cabeza.
—Lo siento.
Volvió a su habitación y pasó la noche como pudo.
Se levantó muy temprano a la mañana siguiente.
Esperaba que Nick fuera a trabajar, pero bajó en vaqueros.
Miley lo miró con incertidumbre.
—¿No vas a trabajar?
—No. He pedido unos días.
Nick no hizo más comentarios, pero Miley sabía que debía de ser muy duro para él.

Era muy trabajador y odiaría dejar de lado a sus clientes.
—¿Quieres algo de desayuno?
—Ya me lo hago yo.
—Oh, no, deja que…
Los dos fueron a abrir la puerta del frigorífico y chocaron.
Nick le puso una mano en el brazo para sostenerla y durante un momento se tocaron.
Miley vio un brillo de emoción en sus ojos al mismo tiempo que ella sentía un temblor de emoción y deseo. Sentir su cuerpo, el olor de su loción de afeitar… la llenaba de un deseo casi incontrolable. Lo deseaba, lo necesitaba.
—¿Miley?
Ella levantó la cabeza para mirarlo a los ojos y supo que él se había dado cuenta de lo que estaba sintiendo.
—Perdona —dijo, apartándose de él, pero Nick no la soltó—. Suelta —dijo con una voz llena de tensión.
Pero Nick no era la clase de hombre que deja pasar por alto algo así y la miró con rabia.
Fue Sam quien la salvó, corriendo hacia la cocina para asegurarse de que seguía allí.
Desayunar juntos le pareció una actividad emocionante y no pudo evitar que le temblaran las manos. Lo ocultó como pudo, pero sabía que Nick no le quitaba ojo de encima.
—¿Quieres que te vista para ir al colegio? —le dijo a Sam, que seguía en pijama.
—No quiero ir al colegio —dijo Sam agarrándose a la silla con fuerza, y su mirada fue la misma que tenía Nick cuando fue a buscarla a la comisaría: de desconfianza y preocupación.
—Pues entonces nos quedaremos los dos en casa —dijo Nick—. ¿Qué quieres que hagamos?
Sam miró a Miley.
—¿Mamá viene con nosotros?
—Claro —dijo Nick.
—¿Podemos ir a alquilar otra peli?
—Sí, pero esta tarde —dijo Nick—. Así que por qué no vas a vestirte y vamos a limpiar las hojas del jardín.
Cuando el niño se fue, Miley supo que iban a comenzar las preguntas, pero Nick, en vez de eso, se levantó.
—Tengo que hacer unas llamadas y escribir unas cartas.
Se dirigió a su estudio y se encerró en él.
Sam volvió a bajar, parecía haber perdido todo el resentimiento de la noche anterior y estaba tan contento como siempre. Miley pensó que le gustaría hacer galletas en el horno, como habían hecho tantas veces, e hizo una masa.
Cuando estaban haciendo las galletas con unos moldes, lo que a Sam le gustaba más, sonó el teléfono y el niño corrió a responder antes de que ella pudiera adelantarse.
Al oír a Rick, Miley no pudo articular palabra y sintió una gran desesperación al darse cuenta de que sabía que estaba allí sólo al cabo de un día de su vuelta.
—Pensabas que podías librarte de mí, ¿verdad? —dijo Rick y se echó a reír.
Su risa era el sonido que Miley más odiaba en el mundo—. Vas a tener que pagar por ello.


—No tengo bastante dinero… —dijo Miley en voz baja, para que Sam no pudiera oírla, pero Rick la interrumpió.
—Estoy harto de la miseria que me das. Eso no es nada, casi no merece la pena para las molestias que me tomo —dijo Rick, a Miley se le heló el corazón—. Y me vas a ayudar a conseguir más.
—¿Ayudarte?
—Sí. Vas a venir a hacer un trabajito conmigo.
Era evidente a qué clase de «trabajito» se refería Rick.
—¡No! No quiero.
De repente, le arrebataron el auricular.
—¿Es él? —dijo Nick, y cuando ella asintió, demasiado desconcertada para negarlo, gritó—: Maldito bastardo, deja en paz a mi mujer —dijo—. Sam, sal a jugar al jardín, por favor.
Se quedó mirando a Miley a los ojos, sosteniendo su mirada, mientras Sam, sensible a la tensión que existía entre ellos, hizo lo que le decían.
En cuanto oyó que se cerraba la puerta del jardín, agarró a Miley por la muñeca.
—¿Estabais haciendo planes para irte con él? ¡Dímelo! —dijo. Miley no podía hablar, pero no importaba, porque Nick, presa de la furia, no la habría escuchado—. Porque no voy a dejar que te vayas. ¿Pensabas que iba a dejar que te fueras sin luchar? ¡Eres mi mujer! —dijo, e hizo una mueca—. Y, que Dios me ayude, todavía te quiero.
Miley lo miró.
—¿Incluso… después de esto?
—Sí —dijo Nick, y sus ojos traslucieron una enorme desolación—. Me he pasado la noche diciéndome que te odiaba por lo que nos has hecho. Quiero odiarte, pero en cuanto te miró o te toco… —dijo mirando la mano de Miley, que tenía atrapada—. Y entonces me di cuenta de que no puedo dejar que te vayas, que haré todo lo que esté en mi poder, sea lo que sea, para que te quedes...
Su *beep* corazón latía con tal alegría y gratitud que Miley pensó que iba a salírsele del pecho.
—Oh, Nick.
Él la miró por un instante, frunció el ceño, pareció que iba a hacerle una pregunta, pero entonces la soltó y retrocedió.
Luego se apartó el flequillo, un gesto que siempre hacía cuando algo le preocupaba, un gesto tan familiar que a Miley le dieron ganas de abrazarlo, de decirle que estaba allí, que era parte de él. Pero eso era imposible, no tenía derecho a consolarlo cuando era la causa de sus tormentos.
—Voy a necesitar más tiempo para estar con Sam, y contigo. Así que esta mañana he escrito al presidente del partido y le he dicho que rechazo la candidatura.
—¡Oh, no puedes! —dijo Miley con desesperación—. No puedes hacer eso. No, después de todo lo que he pasado para… —se interrumpió y echó a correr hacia el estudio de Nick.
La carta estaba sobre la mesa, con el sello puesto.
La rompió en pedazos y la echó a la papelera.
—¡Miley! —dijo Nick agarrándola por los hombros—. ¿Por qué has hecho eso? ¿No te das cuenta de que…?
—Porque lo deseas con toda tu alma. Porque lo harías muy bien y porque serías un político bueno y honrado. No debes dejar que nada se interponga en tu camino, nada, ni yo, ni… este lío —dijo Miley sacudiendo la cabeza con desesperación—. Nick, es lo que quieres, lo que más quieres…
—No hay nada que quiera tanto como tú, ¡nada!
El teléfono volvió a sonar, interrumpiendo sus palabras, distrayéndolos a ambos.

Miley se sobresaltó, presa del miedo y se puso tensa.
Nick, que no la había soltado, se dio cuenta y su rostro volvió a cubrirse con una máscara de frialdad.
—Dígame —dijo, respondiendo a la llamada—. Es para mí.
Miley sintió un gran alivio, se tranquilizó y abandonó el despacho, sin saber que Nick la miraba con una profunda tristeza. Sus pensamientos y emociones eran demasiado caóticos para extraer de ellas algún sentido.
Se dirigió a la cocina y se quedó apoyada en la encimera varios minutos antes de salir a buscar a Sam. Estaba en el columpio que Nick le había construido y que colgaba de la rama de un manzano, pero no se balanceaba, sino que estaba sentado en él, mirando hacia la casa con una expresión de temor en sus ojos.
—¿Quieres que te empuje?
Sam negó con la cabeza.
—¿Vas a irte otra vez?
—Claro que no —dijo Miley, con la mayor ligereza de que fue capaz—. Vamos a ir a alquilar un vídeo, ¿no?
—No me gusta cuando te vas.
—Apuesto —dijo Miley, sentándose en el suelo, a su lado— a que has estado muy a gusto con la abuela y con el abuelo. ¿Te llevaron al cine?
Pasó mucho tiempo antes de que Nick saliera para unirse a ellos.
Estaba muy pensativo, como si le estuviera dando vueltas a algo, pero, supuso Miley, en aquellas circunstancias era una actitud comprensible.
—¿Quién llamaba?
—¿Qué? Ah,… del despacho —dijo Nick, sin dar más explicaciones—. ¿Por qué no nos vamos a comer fuera? Que elija Sam el sitio.
—Sí, por favor… Mmm, ¡el Burguer nuevo! —dijo Sam y corrió a buscar su abrigo.
Miley y Nick lo siguieron más despacio.
—No vas a rechazar la candidatura, ¿verdad? Por favor, por favor, prométemelo.
Nick la miró de forma extraña.
—Ya lo he hecho.
Antes de escribir la carta había hablado con el presidente por teléfono.
—Oh, no —dijo Miley, con tristeza—. Por nada del mundo quería que eso ocurriera.
Nick la miraba fijamente.
—¿No?
—Nick. Lo siento mucho, mucho.
—¿Confías en mí, Miley?
—¿Confiar en ti? —repitió ella frunciendo el ceño.Era una pregunta desconcertante, ¿por qué se la hacía?—. Sí, claro. Supongo que lo dices en el sentido de que tú sepas lo que es mejor.
Nick negó con la cabeza.
—No, no. No es eso lo que quería decir, pero da igual. Vamos, Sam está esperando.
Durante todo aquel día Nick parecía distante, extraño.
Miley se preguntó si iba a comportarse así con ella a partir de entonces.
Tal vez lamentaba la discusión de aquella mañana o estaba pensando lo que había dicho de retenerla a cualquier precio. Antes de que Rick se cruzara en sus vidas, su relación siempre había sido sincera y abierta, pero Nick, en aquellos momentos, estaba ocultando algo.
Les prestaba una atención superficial, pero era evidente que tenía algo en mente y sus ojos, cuando creía que ella no lo veía, miraban a su alrededor, como si estuviera buscando a alguien. Se le ocurrió que tal vez temiera que Rick, a quien él sólo conocía como «el otro» y con quien él pensaba que tenía una aventura, los seguía.
No le había preguntado por Rick, ni quién era, ni dónde se veían, ni dónde lo había conocido, nada. Eso también la desconcertaba, hasta que pensó que, probablemente, no quería saberlo, porque no podía soportar oír ningún detalle.
Cuando Sam eligió su vídeo, fueron a un centro comercial donde había una pequeña granja y un tren en miniatura. Cuando llegaron a casa, los tres estaban cansados. Pero Sam insistió en ver su película de vídeo después de cenar y se fue a la cama después de verla, y de mala gana.
Nick se levantó, parecía muy cansado.
—Voy a escribir esa carta otra vez.
—¿Sí? ¿No puedes decirles que has cambiado de opinión? —le rogó Miley—. No puede ser demasiado tarde.
—Al contrario; tenía que haberlo hecho hace meses —dijo Nick, y se dirigió a su estudio.

Miley, automáticamente, se puso a limpiar el salón y la cocina, y seguía allí cuando Nick asomó la cabeza por la puerta.
—Voy a echar la carta al correo. Puede que al volver me quede en el pub a tomar algo.
Miley se sorprendió de que la dejara sola, pero alguna vez tenía que ocurrir.
Se hizo un café y se sentó en el salón para tomárselo.
Que Nick hubiera decidido abandonar su candidatura era un gran golpe, pero también un gran alivio. Al menos, si Rick cumplía su amenaza de delatarla, no afectaría a las aspiraciones políticas de Nick ni supondría un escándalo, al menos no un gran escándalo.
El cansancio se apoderó de ella y decidió irse a la cama, a la fría y solitaria cama de la habitación de invitados. Pero al levantarse, sonó el teléfono.
Se quedó helada al momento.

1 comentario:

  1. por que la dejas ahiii
    me encantooooooooo
    siguela porfaaaaa

    estoy aansiosa por leer el sig.
    please no tardes

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