Se fueron de vacaciones a Noruega, las primeras que pasaban juntos en el extranjero. Y fueron maravillosas. Miley volvió muy morena y llena de esperanza, porque estaba embarazada de nuevo, lo que supuso una gran alegría para el matrimonio.
Durante un tiempo iba a ser su secreto, hasta que estuvieran absolutamente seguros, pero saberlo aumentaba la vivacidad de Miley tanto como el moreno su belleza. A los veintisiete años estaba en la flor de su vida como mujer.
Era castaña y esbelta y sus ojos eran brillantes, llenos de felicidad. No era extraño que Nick la mirara con el orgullo de la posesión y menos lo era que no pudiera dejar de acariciarla, que le hiciera el amor en cada oportunidad que tuvieran.
Poco tiempo después de volver, Miley y media docena de su amigas, aquellas que como ella tenían hijos pequeños y que solían reunirse regularmente a tomar café, decidieron salir a pasar un día juntas. Un día sin maridos, sin niños, sin responsabilidades.
Acudirían al Día de las Damas, en Ascot, harían una comida en el campo, con champán, y se vestirían a la última moda, poniéndose extraños sombreros.
—Estoy celoso —se quejó Nick, observándola probarse el vestido el día antes de la excursión—. Te lo vas a pasar muy bien mientras que yo tendré que pasarme el día en un juzgado oyendo mentir a un hombre que es claramente culpable —dijo, sentado en la cama, apoyando la espalda en el cabecero.
—Una pena —dijo Miley—. Pero sólo hay un Día de las Damas, tú puedes ir cuando quieras.
—Pero me parece que tendría que ir para cuidarte. Estás tan encantadora que tendrás a tus admiradores revoloteando a tu alrededor como las abejas alrededor de la miel. Pero da la casualidad de que eres mi miel.
—Para tu consumo privado, ¿eh?
—Exactamente. -Miley se puso la chaqueta de su traje color naranja tostado y una pamela, adornada con flores de seda naranjas y blancas.
—Quítatelo —gruñó Nick—. No pienso dejar que vayas. Estás demasiado guapa. Se te va a acercar algún millonario apestoso y te va a llevar a su yate o a su palacio.- Miley sonrió, fingiendo que le gustaba la idea.
—Suena muy bien.
Nick gruñó.
—Si alguien te toca, lo mato.
—Pareces un hombre de las cavernas —dijo Miley dándose la vuelta—. Bueno, ¿de verdad estoy guapa?
—¿Pero es que no te das cuenta tú misma? Vas a eclipsarlas a todas.
—No es eso lo que pretendo, sólo vamos a pasarlo bien. Pero ojalá vinieras. Quiero compartirlo todo contigo —dijo Miley.
Reconociendo una nota de inseguridad en su voz, Nick se acercó a ella y le puso las manos sobre los hombros, con ternura.
—Te lo vas a pasar muy bien con tus amigas —dijo con convicción—. Vas a apostar en todas las carreras y a ganar una fortuna. La comida será deliciosa, y además con champán. Y cuando vuelvas a casa, te esperaré aquí arriba, te desnudaré, te quitaré todo menos ese sombrero y te haré el amor justo aquí, en este sitio, delante del espejo.
Miley se sonrojó.
A Nick le encantaba hacer el amor delante del espejo. Se separó de él y se cambió de ropa.
—Tu madre ha estado lanzando indirectas sobre cuándo vamos a tener otro hijo, cuando se lo digamos se va a alegrar mucho.
—Claro, mis padres son otros desde que son abuelos.
—Puede que no tengan tantas ganas de tener más nietos después de que mañana pasen el día entero con Sam.
—El día y la noche —dijo Nick sonriendo. Miley lo miró con complicidad.
—¿Y eso desde cuándo?
—Todavía no he hablado con ellos, pero estoy decidido a ver qué pinta tienes sólo con ese sombrero.
—Eres incorregible.
—La culpa es tuya, mujer; no seas como eres.
El día siguiente fue cálido y soleado, pero sin brisa, el mejor tiempo para llevar pamela. Como Nick había predicho, Miley se lo pasó muy bien.
Alquilaron un coche de caballos para que las acercara al hipódromo y comieron en un prado, cerca de un aparcamiento lleno de Rolls Royces y Bentleys.
Entre risas, todas se soltaron el pelo, después de abrir la segunda botella de champán. Miley disfrutaba tanto como las demás hasta que un fotógrafo que le había pasado inadvertido se acercó y les hizo una fotografía.
—Ha sido buena —dijo el fotógrafo—. Puede que la publiquen en un periódico. Denme sus nombres para el pie de foto, señoras.- Miley vaciló, pero decidió ser prudente.
—Yo no quiero aparecer en un periódico —le dijo a Anna—. Por favor, no le den mi nombre —dijo, y se levantó y se marchó. Cuando volvió, diez minutos después, el hombre se había ido.
—No le habran dado mi nombre, ¿verdad? —dijo, quitándole importancia al asunto.
—No —dijo Anna—, pero Fiona habló con él y le dio el suyo.Creo que está un poco achispada.Pero no te preocupes, ¿por qué nos iban a sacar a nosotras cuando tienen a tantas para elegir? -Era cierto.
Dieron por finalizada la comida y se acercaron a la pista para ver las carreras.
Miley se olvidó del fotógrafo al comprobar, con excitación, que acertaba el ganador en dos carreras.
Y Nick cumplió su promesa, con creces, haciéndole el amor delante del espejo.
—No te quites el sombrero, cariño —dijo Nick—. Porque me vuelves loco.- Miley se echó a reír, pero muy pronto estaba suspirando, con los ojos cerrados, llevada por la sensualidad, luego los abrió, para ver sus cuerpos en el espejo.
Gimió, el erotismo de la situación era tanto que casi no lo soportaba.
Gritó de éxtasis y luego Nick se separó de ella y la abrazó.
Aquella noche estaban libres, y podían manifestar su entusiasmo sin necesidad de no hacer ruido.
Podían exclamar el nombre del otro, dar rienda suelta a una pasión que crecía sin ser nunca saciada.
Miley se despertó tarde a la mañana siguiente. Pudo dormir más tiempo, ya que Sam no estaba en casa y Nick no tenía que ir a trabajar.
Se duchó y se vistió, tomándose su tiempo, sonriendo al ver la pamela deshilachada en el suelo. La recogió y la guardó en el armario, pensando que la guardaría para siempre y la sacaría cuando fueran viejos y con el pelo canoso y el pasado les hiciera sonreír.
Nick había hecho el desayuno y estaba sentado a la mesa de la cocina, leyendo el periódico.
Al llegar a la última página, se removió sobre la silla.
—¡Miley, hay una foto tuya en el periódico!
—¿Qué?
Miley se acercó para verla.
Era una buena fotografía, en color, de todas las amigas con sus ropas tan elegantes, riendo, felices, junto a las botellas de champán. Miley era fácilmente reconocible, la más atractiva de todas, y su nombre estaba en el pie de foto, junto con el nombre del pueblo del que todas provenían.
—Qué gracia. No me habías dicho nada.
—Se me había olvidado. Había muchas mujeres y muchos fotógrafos. No creía que fueran a publicarla.
—Pues es una foto muy buena. Parecen todas muy felices —dijo Nick sonriendo y rodeándole la cintura con un brazo—. Te dije que serías la más guapa de todas.
Miley le dio un abrazo y se sentó frente a él, disponiéndose a tomar una taza de cereales y fijándose en la fotografía, mientras Nick seguía leyendo el periódico. Le palpitaba el corazón mientras se preguntaba si habría cambiado mucho en los últimos diez años.
¿La reconocería alguien de su pasado en la elegante y alegre joven de la fotografía? Después de pensarlo, concluyó que era muy difícil, y menos al ver su nombre, Miley Jonas. Aquel pensamiento la hizo sentirse mucho mejor, lo bastante como para considerar que sus miedos eran absurdos.
Nick hizo un gesto de desdén al leer un artículo.
Era algo que hacía a menudo, implicarse con las noticias, sobre todo las políticas y, con frecuencia, hacía comentarios mordaces, cuando no estaba de acuerdo con algo.
A menudo, sin embargo, también se divertía con algunos artículos.
—Tienes que leer esto —dijo unos minutos después—. Es un reportaje de cómo las mujeres conductoras pueden protegerse si tienen un fallo mecánico yendo solas.
—Ya me has dado un teléfono móvil.
—Léelo, no te hará ningún daño.
Miley sonrió, sabiendo que la mayor preocupación de Nick era su seguridad.
Nick volvió a gruñir.
—Tendrán que hacer algo con la masificación de las prisiones. Hablan de un hombre que ha matado a un policía y al que pusieron en libertad cuatro años antes de cumplir condena. Lo sentenciaron a quince años, pero sólo cumplió once.
La taza de zumo que Miley sostenía se le escurrió de las manos y se le heló la sangre.
—¿De… de verdad? ¿Cómo… cómo se llama?
—¿Qué? —dijo Nick, y volvió a fijarse en el artículo.
Incluso antes de que hablara.
Miley supo qué iba a decir.
La premonición era tan fuerte que no experimentó ninguna sorpresa cuando Nick dijo:
—Un nombre extranjero. Ah, sí, aquí está. Rick Ravena.
Dijo algo más, pero Miley no le prestó atención, el tiempo parecía haberse detenido.
Era el único nombre del mundo que esperaba no volver a oír, el nombre de la persona que había arruinado su vida, cuyos deseos de venganza la habían enviado a la cárcel por algo que no había hecho.
Miley se sirvió más zumo, pero le temblaba la mano y derramó parte del líquido sobre la mesa. Se levantó rápidamente para buscar un trapo, dándole la espalda a Nick para que no pudiera ver la expresión de su rostro.
Nick consultó su reloj.
—Será mejor que nos movamos; recuerda, tenemos pista en el club antes de que vayamos a buscar a Sam a casa de mis padres —dijo Nick, se refería a un club de tenis.
Miley tenía un desesperado deseo de estar sola para tratar de pensar en aquella noticia terrible.
Pensó en decir que no se encontraba bien para jugar al tenis, pero sabía que Nick insistiría en quedarse con ella. Así que quizás lo mejor sería ir, al menos, así estarían rodeados de gente y Nick no estaría tan pendiente de ella. Estaban tan unidos que tenía miedo de que se diera cuenta de que estaba preocupada.
La mayoría de las mujeres con las que había ido a Ascot el día anterior estaban en el club, felicitándose por sus diez minutos de fama. Anna los vio llegar y se acercó al instante.
—¿Han visto el periódico? ¿No es fantástico? —dijo besando a Miley en la mejilla y a Nick en la boca, sonriendo—. Voy a llamar al periódico y a pedirles que me den una copia de la foto para enmarcarla.
—Buena idea —dijo Nick—. ¿Puedes pedir una para nosotros?
—Por supuesto —dijo Anna colgándose del brazo de Nick y conduciéndolo a un tablero de anuncios—. Mira, nos han puesto juntos en el sorteo para el torneo mixto.
Nick miró la lista, pero pronto volvió con Miley, que estaba muy seria.
—¿Ocurre algo, cariño?
Miley se las arregló para esbozar una pequeña sonrisa.
—Anna —dijo— está flirteando contigo otra vez.
—Anna flirtea con todo el mundo —replicó Nick encogiéndose de hombros.
Pero Miley negó con la cabeza.
—Le gustas.
—¡Cielo Santo! No estarás preocupada por eso, ¿verdad? —dijo nick con perplejidad—. No significa nada para mí. Ninguna otra mujer en el mundo significa nada para mí.- Lo dijo sencillamente, declarando sus sentimientos con toda claridad. Miley se sintió humilde, aunque maravillosamente segura de su amor.
Sin embargo, no estaba segura de ninguna otra cosa, su tranquilidad se había ensombrecido con la noticia de la libertad de Rick Ravena.
Jugaron el partido de tenis y perdieron. Miley jugó muy mal, incapaz de concentrarse en el juego.
Después, Nick la rodeó por los hombros, para tranquilizarla.
—Después de anoche —le susurró al oído—, no me extraña que te falte energía.
Por un instante, Miley no comprendió, luego sonrió como pudo, pensando con amargura que las noticias sobre Rick la habían hecho olvidar la maravillosa noche anterior.
El club tenía un pequeño restaurante y, después de ducharse, se dirigieron a él. Anna, que estaba sentada con su marido, Martin, junto a un gran ventanal, les hizo señas de que se acercaran. Anna y Martin eran sus mejores amigos en el pueblo.
Vivían sólo a un kilómetro de ellos y su situación era similar, además, ellos también tenían un hijo varón de la misma edad de Sam. Las dos mujeres se hacían el favor de cuidar del hijo de la otra si necesitaban hacer algún recado.
Eran muy amigas, aunque, algunas veces, Miley tenía la sensación de que Anna estaba celosa de ella, de que su matrimonio con Nick fuera tan evidentemente feliz. En cierto modo, era una amistad descompensada, porque era Anna la que solía hacer todas las confidencias, quejándose a menudo de Martin, quien, a su juicio, no era demasiado viril.
Miley, por otro lado, nunca hablaba de su matrimonio, aunque no tenía nada de qué quejarse, en todo caso, de todo lo contrario. Normalmente, charlaban juntos amigablemente, pero aquel día, aunque Miley lo intentó todo, sus pensamientos siempre estaban en otra parte y callaba en seguida. Al terminar la comida, sin que hubiera tocado prácticamente su plato, Nick la miró frunciendo el ceño.
—Me temo que tenemos que ir a buscar a Sam.
—Oh, no me digas que tienen que irse ya —dijo Anna, apoyando la mano en el brazo de Nick—. Podríamos jugar otro partido.
—Miley está cansada.
Anna miró a Miley intrigada.
—Sí, estás muy pálida. ¿Te encuentras bien?
—Muy bien —mintió Miley—. Sólo estoy un poco cansada.
Fueron a buscar a Sam, pero la madre de Nick insistió en que se quedaran a tomar el té y, después de toda su amabilidad, negarse habría sido una ingratitud. Llegaron a casa a primera hora de la tarde. Para entonces, Miley estaba tan tensa tratando de fingir que no pasaba nada que estaba a punto de estallar.
Viendo su expresión, Nick frunció el ceño.
—Tengo que ir a esa reunión esta noche —dijo—, pero tú no te encuentras bien, ¿quieres que la cancele?
Miley casi suspiró de alivio.
—No, claro que no. Voy a darme un baño y me iré pronto a la cama. Estoy bien.
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