sábado, 23 de junio de 2012

Capitulo 9.-


—Pensabas que no iba a dar con tu nuevo número, ¿verdad? —dijo Rick, con un tono amenazante—. Qué estúpida eres, yo creía que me conocías mejor. Te dije que cuando quisiera, te encontraría. ¿Dónde está el dinero que falta?
—Era todo lo que tenía —protestó Miley, sabiendo que no servía de nada.
—¡Pues lo buscas! —exclamó Rick—. Vende algo. Esa casa está llena de cosas. Lo sé porque las he visto.
—No —susurró Miley, horrorizada. Rick se echó a reír.
—Yo era ladrón, ¿no te acuerdas? ¿Te crees que me iba a costar entrar? He visto la cama en la que te acuestas con ese abogado. ¿Qué le parece que hayas sido la amiguita de un ladrón? ¿O es que no se lo has dicho? —preguntó Rick, y ante el silencio de Miley, se respondió a sí mismo—. No, apuesto a que no. Cuánto voy a disfrutar contándole todo tu oscuro pasado. Qué pena, porque no voy a estar allí para verlo.
—Si tuviera el dinero, te lo daría —dijo Miley—. Seguro que si te doy algo siempre, te parece mejor que nada.

Miley quería ser razonable, pero Rick no le prestaba atención.
—Empiezo a estar cansado de tus juegos. Voy a mandarte un regalo por fax y, si no me pagas pasado mañana, voy a mandar el mismo regalo al jefe de tu marido. Y cómo me estás creando tantos problemas, ya puedes ir añadiendo doscientas libras más a lo que tienes que darme.
—¡Pero eso es imposible! No puedo… —dijo Miley, pero Rick había colgado.
El fax llegó unos minutos más tarde.
Era una copia del artículo de un periódico escrito durante el juicio, relatando toda la triste historia, en la que se daba por sentado que, como el jurado la había encontrado culpable, era culpable. El artículo incluía una fotografía de Miley, sacada entonces, cuando tenía dieciséis años, pero en la que era fácil reconocerla.
Miley imaginaba la impresión que tendrían en el bufete de Nick al recibir aquel artículo. Tal vez no dañara la carrera política de Nick, pero sí su posición ante sus colegas, que nunca volverían a tener el mismo respeto por él. Aquella tarde, Miley se dirigió a un pueblo donde nadie la conocía y empeñó el collar de perlas que Nick le había regalado.
Tenía pocas esperanzas de recuperarlo, pero empeñarlo era mejor que venderlo y perderlo para siempre definitivamente. Aquella noche, una vez más, no pudo dormir. Rick empezó otra campaña, más cartas, más llamadas, y en todas, amenazas de revelar toda la historia si no pagaba. Siempre se las arreglaba para deshacerse de las cartas, pero una tarde Nick llegó antes de lo normal, porque el caso que llevaba había terminado antes de tiempo.

Cuando sonó el teléfono, Miley estaba en el cuarto de la plancha y corrió para ir a responder, pero Nick llegó primero. Dijo el número, lo repitió y, al cabo de unos segundos, colgó. La vio en el vano de la puerta, y la miró con el gesto sombrío.
—Han colgado. ¿Esperabas una llamada?
—Es… Creía que era Anna —dijo Miley
—¿En serio? Qué raro, porque la he visto en la tienda del pueblo. No me dijo nada.
—No habíamos quedado en nada en concreto —dijo Miley a la defensiva, pero se dio cuenta de que se había sonrojado. Nick se acercó a ella y la agarró por la muñeca.
—¡Me estás mintiendo! Sé que me estás mintiendo. Esperabas la llamada de otra persona, ¿verdad? ¿Verdad?
—¡No! No. Suéltame, me estás haciendo daño.
Pero Nick la sacudió, gritando.
—Dios mío, no puedo creerlo. ¿Estás viéndote con alguien? Maldita sea, Miley, dímelo.
—¡No, no! Te juro que no.
Nick la miró de arriba abajo, apretándola por la muñeca, consciente de que le hacía daño.
—¿Y cómo sé si me estás diciendo la verdad? ¿Cómo puedo creerte? Habría dado mi vida por ti, pero ahora… —dijo y la soltó, retrocediendo hasta la puerta.
—¿Adónde vas?
—¡Me voy!
—¿Adónde?

Nick se volvió para mirarla con burla y sarcasmo.
—¿Qué pasa? ¿Quieres saber cuánto tiempo voy a estar fuera para saber si puedes llamarlo?
Miley se agarró las manos con fuerza, estaba desesperada.
—No hay nadie más. Por favor, Nick, no te vayas así.
Pero Nick soltó una carcajada, y se marchó dando un portazo. Miley se quedó mirando la puerta, consternada, luego corrió hacia ella, la abrió y salió corriendo al jardín. Pero era demasiado tarde.
Nick salía en coche por la puerta de la verja.
Gritó, pero él no la oyó o no quiso oírla.
Miley volvió a entrar, caminando muy despacio, y salió por la puerta de la cocina al jardín trasero, donde se sentó al pie de un manzano. Nunca había visto a Nick tan furioso, y pensar en ello le helaba el corazón, le causaba un profundo dolor, porque ella era la culpable de todo.
Tendría que decírselo, no había otra salida. No podía dejar que su matrimonio se destruyera de aquel modo, y menos por causa de un canalla como Rick Ravena. Pero entonces, ¿y las esperanzas de Nick de ser parlamentario?
Renunciaría a su candidatura, sabía que lo haría, pensaría que era lo más honorable. Con un gemido, escondió la cabeza entre las manos y se balanceó hacia delante y hacia atrás, llorando, presa de la angustia y la indecisión.
Nick no volvió hasta muy tarde. Miley, que lo esperaba sentada en la escalera con los ojos fijos en la puerta, sintió un gran alivio al oír el coche.

También sintió temor, porque por fin había decidido contárselo todo y rogaba a Dios que Nick la quisiera lo bastante como para perdonarla. En cuanto Nick abrió la puerta y entró, corrió hacia él y le echó los brazos al cuello.
—¡Estaba tan preocupada por ti! Tenía miedo de que… —dijo, pero se interrumpió, al oler perfume de mujer en su ropa, un perfume que reconocía. Luego vio un cabello negro en el cuello de su camisa y restos de lápiz de labios en la boca—. ¿Dónde has estado? —dijo separándose de él.
—En el club de tenis —dijo Nick con voz ronca y sarcástica.
—Supongo que te has tropezado por casualidad con Anna.
Los ojos de Nick, fríos y  castaños, se fijaron en su rostro.
—Sí, estaba allí.
—¿Y?
—¿Y qué?
—¿Y qué ha pasado entre ustedes? ¿Estaba Martin?
—No, estaba sola y se acercó —dijo Nick, cerrando la puerta, y con una mirada sardónica.
—¿La has llevado a casa?
—Sí, da la casualidad de que sí.
—¿Y tenías que darle un beso de buenas noches? —exclamó Miley, sin poder contener su rabia.
—Se supone que somos amigos suyos y siempre le doy un beso al despedirme, igual que tú le das uno a Martin. ¿Ocurre algo? ¿Estás celosa? No me digas que para ti el pecado depende del pecador.
Miley se puso pálida y su decisión de decírselo todo se esfumó.
—Ya te dije que no hay nadie más.
—Y yo te digo que no hay nada entre Anna y yo —dijo Nick riéndose con desprecio—. Pero a lo mejor me crees igual que yo te creo a ti.
—¿Mamá?
Sam apareció en lo alto de la escalera y Miley subió hasta llegar a su lado.
Después de volverlo a poner en la cama, Miley comprobó que Nick se había acostado.
Ella se metió en la cama, pero él no la abrazó, como solía.
Estaban a unos centímetros, pero en mundos separados.
De algún modo, siguieron con sus vidas, aunque a Miley le hacía falta cada vez más dinero.
Si tía Kate hubiera vuelto, habría podido acudir a ella como último recurso, pero su tía estaba trabajando como profesora de inglés en un pequeño pueblo de Perú, lejos de cualquier parte, tal como le había dicho en una carta.
Nick, tal vez con la esperanza de arreglar las cosas, quería que fueran de vacaciones unos días, pero Miley se resistía a ir, por miedo a que a la vuelta se encontraran con alguna carta o algún fax.
—No me siento bien, no quiero ir al extranjero.
—Bueno, pues nos vamos a algún lugar de Inglaterra —dijo Nick con impaciencia.
Miley se mordió el labio.
—Estoy muy ocupada. No creo que podamos ir.
—¿O es que no puedes soportar la idea de estar lejos por si te pierdes alguna llamada telefónica o alguna cita secreta? —dijo Nick con sarcasmo—. ¿Se trata de eso, Miley? ¿Te estás viendo con alguien?
—Ya te he dicho que no. Me gustaría salir, pero no dos semanas, eso es todo.
De modo que arreglaron las cosas para pasar unos días en la costa. No fueron unas vacaciones agradables, Miley estaba demasiado tensa como para relajarse.
En la tercera noche, Nick quiso hacer el amor y Miley sintió gratitud al ver que él todavía la deseaba y trató de responder, pero estaba tan tensa que no pudo. Nick, igualmente desesperado, por temor a perderla, se enfadó más todavía
—¡Maldita sea! Supongo que te gustaría que fuera él. Con él sí quieres hacer el amor, ¿verdad?
—¡No, no! Es por el niño, tengo miedo de que le hagas daño.
—No me mientas. Aún quedan meses para eso. Con Sam no te pasaba eso. Pero este niño es especial, ¿no? Es suyo, ¿verdad?
Miley se quedó con la boca abierta, luego, al cabo de unos instantes, le dio una bofetada.
El sonido de la bofetada resonó en toda la habitación y Nick sintió un escalofrío, no de dolor, sino de desesperación. Se levantó y se fue a la habitación contigua, donde dormía Sam. A la mañana siguiente, Miley se sentía débil y enferma, incapaz de levantarse de la cama. Finalmente, volvieron a casa.
Las vacaciones en las que Nick había insistido tanto con la esperanza de que sirvieran para su reconciliación sólo sirvieron para separarlos aún más. Les invitaron a muchas barbacoas, que daban sus amigos. Se había convertido en una agradable costumbre en su círculo de amistades y, en el pasado, Miley había sido de las primeras en invitar, pero aquel año esperaba fervientemente que acabara el buen tiempo antes de que llegara su turno, porque no tenía dinero para preparar nada.
Algunas veces, ir a las fiestas fue un alivio a sus problemas, pero otras, se sentía como una extraña; estaba sometida a tanta tensión que ver cómo la gente desarrollaba su vida normalmente la desconcertaba y entristecía. Bailar, divertirse, reír, le parecían entretenimientos olvidados y vedados para siempre, y sólo sentía envidia y resentimiento. En la cuarta de aquellas barbacoas, Anna y Miley se encontraron solas en el jardín de la casa.
Miley estaba sentada sola, pensando, como hacía muchas veces, en un modo de conseguir más dinero.
—¡Eh! —dijo Anna acercándose—. ¿Sigues aquí?
—¿Qué? Ah, perdona. Estaba pensando.
—Como de costumbre últimamente. ¿Te ocurre algo?
—No, claro que no —dijo Miley con una sonrisa, y se enzarzó en una animada charla con su amiga, pero al cabo de unos minutos, volvió a perderse en sus pensamientos, mientras Anna le contaba una de sus muchas anécdotas.
La fiesta, duró mucho. Los hombres habían hecho la barbacoa y las mujeres se habían encargado de recogerlo todo. Los niños estaban dentro de casa, viendo un vídeo.
En aquellos momentos, cuando el día declinaba en un largo y dorado crepúsculo, su anfitrión puso música y algunos empezaron a bailar. Nick se acercó y le tendió la mano.
—Es una de nuestras favoritas, ¿no?
—¿Sí?
Miley no aceptó su mano ni se levantó.
La terrible frialdad que había entre ellos no había desaparecido cuando volvieron de vacaciones. Aunque en lo más profundo de su corazón, Miley odiaba que fuera así, de alguna manera, era más fácil enfrentarse a la situación cuando estaba sola, cuando no tenía que fingir. No quería bailar con él porque eso significaba estar junto a él, sentir su calor y, para él, eso era el preámbulo del deseo, de modo que querría hacer el amor cuando volvieran a casa.
Pero ella sabía que sólo conduciría a una gran decepción y a una nueva frustración, porque ella no era capaz de responder a aquel deseo y no se atrevía a enfrentarse a aquella situación otra vez.
—¿Quieres bailar? —repitió Nick con sequedad.
—No.
Nick apretó la mandíbula y la miró con dureza. Luego se dirigió a Anna.
—¿No vas a apiadarte de mí?
Anna se levantó inmediatamente, tomó su mano y lo acompañó riendo al lugar donde los demás estaban bailando. Miley los vio bailar, con un dolor sordo en el corazón. Sabía que su matrimonio se estaba rompiendo a pedazos pero aún le quedaba un hilo de esperanza: en septiembre, Sam tendría que empezar el colegio, en el que estaría todo el día, y ella podría buscar un trabajo a tiempo completo, lo que, esperaba, le diera el dinero suficiente para pagar a Rick Ravena, y así recuperaría la solvencia; tal vez entonces pudiera volver a dormir bien.

Anna y Nick parecían hablar mucho; los dos miraban en su dirección y supo que estarían hablando de ella. Se imaginaba la conversación. Anna le preguntaría a Nick si le ocurría algo a ella y Nick… ¿Qué le diría Nick?
No era el tipo de persona que hablaba de sus problemas personales con terceros, ni siquiera si eran muy buenos amigos, pero había pasado por una situación muy difícil últimamente de modo que tal vez quisiera desahogarse con Anna. Anna puso una mano en el cuello de Nick y se lo acarició. Eso, pensó Miley  con indignación, era llevar su simpatía demasiado lejos.

1 comentario:

  1. DIOS YAS♥ ME ENCANTO♥ AMO VER A NICK CELOSO ME ENCANTA ♥.♥ POR FAVOR YAZ SUBE MAS MAS MAS MAS MAS MAS MAS MAS MAS MAS ME ENCANTA SUBE MAS XFA'
    DISCULPA NO AVER COMENTADO LO QUE PASA ES K ESTOY EN EXAMENES Y SOLO ENTRO UN RATITO Y LO PRIMERO QUE AGA ES SABER SI SUBISTE Y PONERME A LEER COMO LOCA C: JAJAJA SUBE MAS PLISS
    AMOOOOOOO A NICK CELOSO :D

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