—Pero, cariño, si estás llorando.
—No, no. Es sólo que… te quiero, eso es todo.
—Mi niña —dijo Nick con ternura.
Se pegó a ella y al cabo de unos minutos de permanecer inmóviles, pegados el uno al otro, iniciaron un plácido viaje en busca del placer, que culminó con un dorado éxtasis que dejó a Miley exhausta.
Luego, en los brazos de Nick, se quedó completamente dormida.
Cuando el lunes, Nick se marchó de nuevo, Miley casi había recobrado la felicidad, y, resuelta a permanecer así, tomó la decisión de olvidar a Rick y volver a su vida normal. El incidente había terminado.
Su paz de espíritu duró tan sólo dos días. Al volver a casa después de llevar a Sam a la guardería, recogió el correo y encontró una carta dirigida a ella, con la dirección escrita a mano. Había otras cartas, de modo que se preparó un café y salió al jardín para leerlas todas, sentada al sol. La carta manuscrita era muy corta, decía: ¿Por qué te molestas en cambiar tu número de teléfono,Miley? Deberías saber que siempre te encontraré. ¿Recuerdas la última vez que nos vimos, en el juicio? Nunca lo olvidaré, y me aseguraré de que tú tampoco.
Debería haber sabido que encontraría su dirección. Con manos temblorosas, Miley volvió a meter la carta en el sobre. La dirección estaba escrita con claridad, con el nombre de la calle y el número, y el matasellos era de hacía dos días.
Entró y puso la carta en la chimenea, para quemarla. ¿Qué podía hacer? Pero sólo había una cosa que podía hacer, y era ignorar la carta. Se dijo que si Rick no pretendía pegarla, o maltratarla de alguna manera, acabaría por marcharse y dejarla en paz.
Trató de convencerse de lo que pensaba, pero a medida que pasaban los días tenía más pánico a la hora de recoger el correo o al oír el timbre de la puerta o del teléfono. A los tres días, sin embargo, no había ocurrido nada anormal y ella empezó a sentirse más confiada, esperando, además, la llegada de Nick para el fin de semana.
Daban una fiesta el sábado por la noche para algunos miembros del comité local de selección, una especie de agradecimiento por haber elegido a Nick, de modo que el viernes estuvo ocupada haciendo las compras y los preparativos.
El teléfono sonó un par de veces, luego dejó de sonar. Era la señal del fax. Terminó de hacer el pavo y la metió en el congelador, luego se lavó las manos y fue a ver el fax. Al leerlo casi se desmaya. <<No creas que puedes escapar. Siempre te encontraré. A propósito, me gusta tu coche.>>
Cuando Nick volvió a casa a última hora de la tarde, trató de fingir que no ocurría nada, pero fue incapaz de controlar sus nervios por completo y, después de besarla, Nick la miró con preocupación.
—¡Vaya beso! ¿Qué ocurre?
—He tenido un día muy ajetreado, eso es todo, y me duele la cabeza. ¿Puedes bañar a Sam mientras hago la cena?
—¿Bañar a este mocosillo? —dijo Nick, balanceando a su hijo, al que tenía en brazos. El niño dio un grito de entusiasmo—. Supongo que tendré que hacerlo.
Llevó al niño al cuarto de baño del piso de arriba y bajó una hora después, después de haber acostado a Sam. Miley tenía lista la cena.
Normalmente, aquél era un tiempo muy valioso, en el que se ponían al día de todo lo sucedido durante la semana, sin dejar de reír, alegres por estar juntos. Aquella noche, sin embargo, Miley se sentía como una extraña.
El terrible secreto que ocultaba la había convertido en una persona distinta y le resultaba difícil incluso hablar con naturalidad. Le preguntó a Nick qué tal había sido la semana y Nick le habló del hotel en el que se había alojado junto con otros dos abogados, a quienes Miley conocía.
—Peter Brent nos ha invitado a pasar en su casa un fin de semana en Gales —dijo—. Está junto a un lago al que salen a navegar. Puede ser divertido, ¿qué te parece?
Pero Miley tenía la mirada fija en su plato y sus pensamientos allí mismo y no en Gales.
—¿Miley? —preguntó Nick, y tocó su mano—. Eh, estoy aquí.
—¿Qué? Perdona. Estaba distraída—dijo forzando una sonrisa.
—Ya me he dado cuenta. ¿Qué estabas pensando?
Miley inventó una excusa.
—Pues… en la fiesta de mañana. Nunca había cocinado para tanta gente.
—No estás nerviosa, ¿verdad?
—Un poco sí.
—Cariño, no tienes por qué. Eres una gran cocinera.
—Gracias, pero no conozco mucho a esa gente, y como son tan importantes…
—Tonterías. No se comen a nadie. Tú espera a que me elijan e invite a cenar al primer ministro —bromeó Nick—. Entonces podrás ponerte un poco nerviosa.
Miley le concedió la sonrisa que él quería.
—¿Hay gente que invita a cenar al primer ministro?
—Supongo, pero no pienses mucho en ello, el momento tardará en llegar, si es que llega alguna vez.
—Serás ministro en poco tiempo —dijo Miley con lealtad. Nick sonrió y la besó en la mano.
—Qué optimista, y ni siquiera me han elegido todavía.
—Lo harán.
Miley trató de estar alegre y atenta el resto de la cena, pero volvió a distraerse un par de veces. Se sintió culpable por ello y miró a Nick.
Él lo notó, por supuesto, pero no dijo nada hasta que no terminaron de cenar.
—Ve al salón y descansa —dijo—. Yo recojo la mesa y hago el café.
—Pero llevas todo el día trabajando…
—Y tú. Cuidar de Sam es trabajo y medio, haz lo que te digo o te doy unos azotes.
Miley se echó a reír.
—Hum, me encanta cuando te pones en plan macho —dijo—. ¿Te importa que no tome café? Prefiero darme un baño y relajarme.
—Claro que no. ¿Te duele mucho la cabeza?
—Se me pasará.
—Eso espero —dijo Nick, rodeándola por la cintura—, porque he estado fuera una semana entera…
—Echas de menos tu comidita, ¿eh?
—Sí —dijo Nick y la apretó contra sí. Miley se dio cuenta de su excitación—. Eres la mujer más sexy que he conocido.
—Bien —dijo Miley, pero en lugar de besar a su marido, apoyó la cabeza en su hombro, mirando al suelo.
Nick la soltó.
—Ve a bañarte. Me tomaré un café y subiré.
No supo cuánto tiempo pasó en el baño, pero seguía allí después de que Nick subiera y se duchara.
Justin se puso un albornoz y se acercó a la bañera, arrodillándose junto a ella.
Miley miraba al techo.
—Cariño, el agua está casi fría.
—¿Sí? Sí, será mejor que salga.
Intentó levantarse, pero Nick se lo impidió.
—No, espera aquí.
Abrió el grifo del agua caliente y empezó a enjabonarla.
Era algo que había hecho muchas veces y que les gustaba mucho a los dos, sobre todo porque sabían que siempre terminaban haciendo el amor. Aquella noche, Miley se limitó a seguir mirando al techo y a dejarle hacer, tratando de combatir la tristeza que la dominaba. Nick la miraba de vez en cuando y ella le sonreía.
Las burbujas fueron desapareciendo y él pudo ver con claridad su cuerpo. Enjabonó y acarició sus pechos, su estómago y su vientre, deleitándose en la belleza de su esbelta figura, en cada curva de su cuerpo, disfrutando de aquel placer exquisito.
Finalmente, la ayudó a levantarse y la secó. Tenía algunas burbujas en la cara, donde la había besado, incapaz de contenerse.
—Te quiero, te quiero mucho —dijo Miley con emoción, limpiándose las burbujas con la mano.
—Cariño! —dijo Nick, envolviéndola con una enorme toalla de baño y levantándola en brazos para llevarla a la habitación, donde la tendió sobre la cama. Abrió la toalla y comenzó a secarla, pero Miley le puso las manos en los hombros y le habló con voz grave, dominada por la urgencia.
—No, quiero que me hagas el amor —dijo, desanudando el cinturón de su albornoz y tirando de él para que se pusiera encima de ella.
Nick dio un respingo de sorpresa, y ésta aumentó cuando vio que Miley casi lo forzó para que la penetrara, sirviéndose de su amor con un deseo feroz, con un abandono salvaje que Miley no había mostrado nunca y que era completamente egoísta. Esto excitó a Nick más allá de toda posibilidad de control.
Y Miley lo necesitaba más que nunca, necesitaba formar parte de él, porque sólo de ese modo podía olvidar los miedos que la amenazaban y borrar las terribles escenas que se presentaban a su imaginación. Más tarde, cuando el corazón agitado de Nick le permitió hablar, la estrechó entre sus brazos y dijo.
—No esperaba algo así esta noche. Si te pones así cuando te duele la cabeza… ¡Dios! —dijo. Miley sonrió, pero no dijo nada—. ¿Ha sido por algo? —preguntó Nick acariciándole la cara. Miley se encogió de hombros.
—No lo sé —dijo, y giró la cabeza para mirarlo a los ojos, con una mirada suave y vulnerable—. Si algún día te perdiera, no podría soportarlo. Me moriría.
Nick frunció el ceño y, como estaba completamente seguro del amor que sentían el uno por el otro, malinterpretó el significado de aquella frase.
—Eh, ¿qué ocurre? No me va a pasar nada, ni a ti tampoco. Vamos a hacernos viejos y decrépitos juntos.En eso quedamos, ¿no?, ¿qué es lo que temes?
Miley tenía que darle una excusa, de modo que dijo:
—En la televisión… —no tenía por qué proseguir; en la televisión siempre había algún asunto hablando de gente que moría o era asesinada.
Nick la apretó con fuerza.
—Tienes que estar muy cansada para que te haya afectado tanto. Ven, deja que termine de secarte.
Pero Miley ya estaba seca, de modo que Nick la ayudó a ponerse el camisón y la tapó.
—¿Quieres que te traiga algo caliente?
—No, gracias —dijo Miley, negando con la cabeza y cerrando los ojos.
Nick pronto se unió a ella y apagó la luz, abrazándose a ella, adoptando la posición en la que siempre dormían. Al cabo de unos segundos, Miley notó que se relajaba por completo y se quedaba dormido.
Pero ella no podía dormir.
Con una punzada en el corazón, empezó a pensar en lo egoísta que estaba siendo al querer otro hijo mientras sufría todas aquellas amenazas. No era justo ni apropiado. El niño sería otra víctima de su pasado.
La hija que Nick tanto deseaba vería su vida teñida por el escándalo. Por un momento, Miley llegó a desear no estar embarazada. Luego, devastada por aquel pensamiento terrible, derramó unas lágrimas silenciosas.
La fiesta del sábado no fue un fracaso, pero tampoco fue tan perfecta como Miley habría deseado. Estaba muy cansada, porque la noche anterior apenas había dormido y estuvo en ascuas todo el día, temiendo que llegara otro fax.
Cuando sonaba el teléfono, corría al estudio de Nick, pero en todas las ocasiones se trataba del teléfono, no del fax. Por la tarde tuvo un ataque de nervios, y las pagó con Sam cuando lo acostó. Por primera vez en su vida, le gritó porque tardaba en meterse en la cama. Nick, al oír los gritos de su mujer, se acercó corriendo al cuarto de Sam.
—¿Qué ocurre?
Al instante se dio cuenta de la situación, metió a un lloroso Sam en la cama y se dirigió a su esposa.
—Cálmate. No va a venir mucha gente. Mira, yo acuesto a Sam mientras tú bajas y terminas de prepararlo todo. ¿Queda algo por hacer?
Miley negó con la cabeza, odiándose por su comportamiento.
—Perdona, Sam —dijo, besando a su hijo, y salió corriendo de la habitación. Cuando Nick se unió a ella diez minutos después, estaba casi lista.
Se puso un vestido negro muy sencillo, con el collar de perlas que Nick le había regalado cuando nació Sam, y se recogió el pelo. Tenía un aspecto juvenil, elegante y encantador, el de la mujer perfecta para un parlamentario.
—Estás fantástica —dijo Nick—. Sólo tienes que tranquilizarte. Son gente normal y corriente. Si te sientes intimidada por ellos, imagínatelos desnudos; es lo que me dijo mi madre que hizo cuando se casó y tuvo que conocer a los jefes de papá.
Miley, sin esperarlo, se rió.
—¡No me digas! Nunca me ha dicho nada.
—Es un poco raro, pero me aseguró que funciona.
Aquella extraña idea ayudó mucho a Miley, sobre todo durante la cena, con todos sentados a la mesa. Luego, sin embargo, cuando las mujeres se retiraron a un rincón del salón y los hombres al opuesto, sus invitadas, todas bastante mayores que ella, le hicieron preguntas que ella no se habría atrevido a hacerle a nadie, y menos a alguien que acababa de conocer.
—¿Y vas a tener más hijos, Miley, querida? —dijo una mujer observando la fotografía de Sam—. Un hijo único se vuelve muy solitario, es lo que siempre he dicho.
—Nick y yo somos hijos únicos —señaló Miley.
—¿Sí? Normalmente, la gente que no tiene hermanos tiende a hacer lo contrario y a tener familias enormes. ¿Cuántos hijos queréis tener?
—Todavía no hemos hablado de ello —respondió Miley con frialdad. Pero la mujer no estaba dispuesta a darse por vencida tan fácilmente.
—¿No? Siempre les he dicho a mis hijos que tienen que decidir qué tipo de familia quieren tener, desde el principio. Hoy en día es mucho más fácil y más conveniente planear estas cosas. Te aconsejo que hagas lo mismo. Siempre es mejor, ¿sabes?
—¿En serio? Miley empezaba a cansarse de aquella mujer entrometida.—Perdona, voy a hacer más café.
En la cocina, se puso a hacer café, con tanta rabia que se echó agua encima.
—¡Maldita sea! —dijo, y se apretó las manos, tratando de calmarse, de controlarse, de ser racional. Muy bien, aquella mujer era insoportable, pero no era culpa suya que Miley quisiera gritar en contra de su destino.
Hizo el café y trató de adoptar una actitud amable y encantadora, diciéndose que la fiesta terminaría pronto. Sus invitados debieron pasarlo bien, porque no se fueron hasta después de la una, y a esa hora, Miley pudo relajar los músculos de su rostro, cansados de tanto forzar la sonrisa. Corrió al piso de arriba y se encerró en el baño, donde se dejó caer al suelo y empezó a llorar en silencio.
—¿Miley?
No sabía cuánto tiempo llevaba llorando cuando Nick llamó a la puerta.
—Ahora salgo —dijo, tratando de que en su voz no se vislumbrara su estado.
Se lavó la cara y procuró que no se vieran las huellas de que había estado llorando. Luego se cepilló el pelo y se quitó el vestido arrugado antes de volver a la habitación. Nick había encendido las lámparas de las mesillas y se estaba desnudando. Miley se detuvo en la puerta un instante. La luz del pasillo enmarcaba su silueta.
Nick la miró y se quedó con la vista fija en ella, cautivado, como siempre, por su belleza. Pero entonces Miley apagó la luz del baño, dejó el vestido en una silla y abrió un cajón para sacar unos vaqueros y un suéter.
—¿Para qué sacas eso?
—Voy a fregar los platos.
Nick se acercó a ella y le quitó la ropa de las manos.
—Ya está hecho.
Miley lo miró, desconcertada.
—¿Has fregado los platos? Oh, Nick, no tenías por qué hacerlo.
—Tonterías. No me ha llevado mucho tiempo. Métete en la cama, cariño.
Cuando estaban acostados, Nick la estrechó entre sus brazos y empezó a besarla.
Al principio, Miley respondió, pero cuando Nick quiso quitarle el camisón, se apartó.
—No, no tengo ganas.
—Miley…
Era la primera vez que lo rechazaba.
No hay comentarios:
Publicar un comentario