viernes, 15 de junio de 2012

Prologo parte 1.


Todo sucedió de repente.
Miley estaba paseando en bicicleta a lo largo de la soleada avenida que bordeaba el parque; sintiendo sobre ella los rayos de sol que atravesaban las copas de los árboles. No había demasiado tráfico, lo normal para una tarde de sábado en la tranquila ciudad de Hayford donde ella vivía.
Aunque notó que se acercaba un coche, le prestó poca atención, ya que estaba sumida en sus propios pensamientos. Entonces, se desencadenaron los acontecimientos: una pelota pasó por encima de la verja del parque, haciendo que el perro que paseaba un muchacho por la acera saliera disparado por ella, arrastrando tras de sí a su amo.
Alguien, una mujer, dio un grito de pánico que rompió la tranquilidad de la tarde. El coche consiguió frenar a pocos centímetros del chico, pero atropelló en su brusca maniobra a Miley. Por un instante, al ver cómo se abalanzaba el coche deportivo rojo, el color de la sangre, pareció detenerse el mundo en torno a ella. La escena siguiente se desarrolló ante sus ojos como a cámara lenta, mientras sentía su cuerpo y su mente como paralizados por el miedo. 
Entrevió apenas el rostro asustado del conductor, impotente para eludir el choque, a pesar de sus frenéticos esfuerzos por esquivarla. Sintió un fuerte golpe que la hizo saltar de la bicicleta y caer sobre el parterre. Se sintió extrañamente consciente de todo lo que le ocurría, como si lo estuviera contemplando desde fuera; no parecía que las piernas y los brazos formaran parte de su cuerpo, ya que su cerebro parecía haber perdido el control sobre los mismos.
Por fin, se detuvo, chocando contra la misma verja del jardín. 
Se quedó inmóvil, con los ojos cerrados, incapaz de procesar qué era lo que le había ocurrido.
Poco a poco, oyó el tumulto organizado a su alrededor: los gritos de la mujer, los ladridos del perro, el motor del coche que se apagaba, y por último, unas pisadas que se dirigían hacia ella.
—¡Dios mío! —exclamó alguien a su lado, palpándole el cuello para buscarle el pulso—. ¿Está usted bien? ¿Puede oírme? —preguntó el desconocido angustiado.
Lenta, cuidadosamente, Miley abrió los ojos, aliviada al comprobar que el mundo había dejado de girar a su alrededor y que el cielo seguía en su sitio. Sin embargo, la mayor parte de su campo visual estaba ocupada por la cabeza del hombre que le había hablado.
Se le quedó mirando, incapaz de articular palabra todavía, mientras él apartaba de su pelo las ramitas y hierbas que se le habían quedado pegadas. 
—¿Se ha roto algo? ¿Qué le duele? —insistió el desconocido preocupado. 
—No… no lo sé —logró responder Miley con un enorme esfuerzo.
Intentó moverse, pero de inmediato sintió un dolor punzante en su brazo izquierdo que la hizo desistir.
Debió de quedarse inconsciente durante un par de minutos, porque cuando volvió a abrir los ojos, el hombre seguía a su lado, pero esa vez en pie, hablando por un teléfono móvil. También pudo ver a otras personas a su alrededor: una mujer llorosa estrechaba contra ella a un chico, tan fuertemente que casi parecía que le estuviera haciendo daño. 
El muchacho miraba a Miley fijamente, con la cara tan blanca como el papel. Otras personas empezaron a arremolinarse a su alrededor, pero tras hacer su llamada, el hombre se volvió hacia ellas con gesto severo y les hizo apartarse.
—No se preocupe, la ambulancia está ya de camino —dijo, arrodillándose a su lado otra vez. 
Se quitó la chaqueta y con gran cuidado se la puso por debajo de la cabeza. 
—¿Es ése el chico? —preguntó Miley—. No está herido ¿verdad? 
—No, está bien. 
—¡Lo siento muchísimo! —exclamó la mujer—. Pero es que la correa se le quedó enganchada, no pudo soltarse.- Miley se sintió un poco molesta por esa explicación, pero al darse cuenta de la perturbación del chico, desistió de hacer cualquier comentario.
Alzó la vista hasta toparse con los ojos del desconocido. Eran de un color cafe, oscuros como el chocolate; mientras que las cejas eran castañas; el hombre mantenía el ceño fruncido en un gesto de preocupación. 
—Me gustaría sentarme —pidió Miley, que se sentía un poco mejor.
—¡No lo haga! —exclamó una de las personas—. Puede tener el cuello roto.
—¿Tiene usted el cuello roto?
—No, creo que sólo me he roto la muñeca.Lo peor es que me siento como una tonta, aquí tumbada. 
El hombre pareció relajarse un tanto, e ignorando las advertencias de los otros peatones, la ayudó a incorporarse. Miley se sintió un poco mareada al principio, por lo que agradeció poder apoyarse en los fuertes hombros del desconocido.
—¿Cómo se llama? —le preguntó, mientras la tapaba con la chaqueta.
Miley, Miley Cyrus.
—¿Quiere que llame a alguien? —dirigió una mirada de soslayo a sus manos, desprovistas de anillos— ¿A sus padres, quizás?
—No… Sólo tengo a mi tía, y vive fuera. 
—Pero, seguramente… 
Les interrumpió la sirena del coche patrulla de la policía; salieron de él dos agentes que enseguida se hicieron cargo de la situación. Poco después, llegó la ambulancia, y el hombre se apartó de Miley para dejar trabajar a los enfermeros. 
Querían trasladarla en una camilla, pero ella se negó en redondo, determinada a subir a la ambulancia por su propio pie, ya que no quería poner más nervioso al niño del perro.
Cuando se levantó, vio su bicicleta tirada en la carretera, y no pudo reprimir un gemido de horror al ver el estado en que había quedado, con la rueda delantera hecha un acordeón. Se había librado de un accidente gravísimo por muy poco. 
Si el conductor del deportivo no hubiera conseguido esquivarla, sería ella la que estuviera en medio de la carretera hecha papilla. El hombre, que estaba hablando con uno de los policías, se dio cuenta de su gesto, y se dirigió inmediatamente hacia ella. 
—Ha quedado destrozada, pero no se preocupe, le compraré otra.

Miley se le quedó mirando desconcertada.

—No, no… No es eso… 
—Vamos, señorita —intervino uno de los enfermeros—. Tenemos que llevarla a urgencias.
—¿A qué hospital van? —preguntó el desconocido. 
Miley no oyó la respuesta, ya que estaba subiendo a la ambulancia. Se sintió muy contenta al alejarse del lugar del accidente. Dos horas después, cuando ya le habían curado el brazo herido y estaba instalada en una habitación del hospital en observación, llegó un policía para interrogarla acerca de lo sucedido.
—Concuerda con lo que nos han dicho los otros testigos —comentó después de que ella le contara su historia—. No hay duda de que el accidente no fue por culpa del señor Jonas.
—¿Quién? 
—El conductor del Jaguar, el coche que la atropelló —aclaró.
—¡Ah! No sabía cómo se llamaba. No, no fue culpa suya en absoluto. De hecho, creo que fue su rápida reacción lo que nos salvó al chico y a mí —de repente, la asaltó una duda—. ¿El perro también se libró?
—Sí —respondió el policía con una sonrisa mientras cerraba su libreta—. También esquivó al perro —se puso en pie para salir de la habitación—. El señor Jonas está fuera, esperando para ver cómo está. Le han dicho que se quedará usted aquí una noche en observación, pero aun así ha insistido en pasar a verla. ¿Le parece bien?
Miley asintió, y tan pronto como el agente salió, intentó atusarse el pelo con la mano ilesa. Sin embargo, la enfermera que la había atendido, se lo había recogido con una banda de una forma muy poco favorecedora; también tenía la cara llena de arañazos y, se temía, un ojo morado.
El camisón del hospital, de un descolorido azul, tampoco le sentaba muy bien, pues sus ojos eran de color celeste y le iban mejor los colores más vivos. Suspiró, sintiéndose un poco baja de moral. El policía había dejado abiertas las cortinas que rodeaban la cama, por lo que Miley pudo ver al hombre acercarse por el pasillo.
Tenía el pelo castaño y rizado, parecía de unos treinta años. Lo que más llamaba la atención de él era su estatura: no se había dado cuenta de lo alto que era cuando se arrodilló a su lado después del atropello. Llevaba un traje oscuro de buen corte, aunque con los pantalones manchados de verdín.
Se mantenía con la cabeza muy erguida, como un soldado, lo que le daba un aire de autoridad. El Jaguar era un coche que le iba bien, se dijo Miley. Un coche con menos personalidad no le pegaría en absoluto.
—¿Cómo se encuentra? —preguntó el hombre cuando llegó a su cama.
—Muy bien —repuso Miley con una sonrisa—. Ha sido muy amable de su parte esperar tanto tiempo.
—Tonterías —dijo él bruscamente—. Estaba muy preocupado por usted. Lamento muchísimo lo ocurrido.
—¡Pero si no ha sido culpa suya! —protestó Miley—. Ha sido un accidente; ya se lo he dicho a la policía. Espero que no le acusen a usted de nada…
—No, no lo van a hacer, pero muchas gracias por su apoyo —sonrió, y ese simple gesto pareció transformar su rostro por completo, haciéndole parecer más joven, despreocupado, mucho más accesible en suma—. Yo sé cómo se llama, pero aún no me he presentado —continuó, alargándole la mano—. Soy Nick Jonas.
—¡Vaya forma tan rara de conocerse!, ¿verdad? —dijo Miley mientras estrechaba la mano que él le tendía.
—Sí —dijo Nick sonriendo de nuevo—. Podría decirse que ha sido un impacto para ambos.
—Pero la verdad es que pudo ser terrible —comentó Miley.
—Sí, siento haber dicho eso, la verdad.
—Espero no estar alejándole de su familia —dijo Miley, quien no sabía si le gustaba sólo su sonrisa o si le estaba empezando a gustar ese hombre.
—En absoluto. Había venido a ver a mis padres, pero ya les he llamado para decirles lo que ha pasado. Por cierto, ¿qué hay de su familia? ¿Está segura de que no quiere que avise a nadie?
—No, vivo sola.
—¿Y no tiene novio?- Algo en su voz indicaba que era más que una simple pregunta. Miley se le quedó mirando con interés. 
—No, no lo tengo.
Él asintió, con una chispa de alegría en la mirada. Justo entonces pasó una enfermera con una bandeja.
—Será mejor que me vaya —dijo Nick incorporándose—. ¡Ah! ¿Puede darme su dirección? Es para enviarle la bicicleta cuando esté reparada —añadió, al ver el gesto de extrañeza de Miley.
—No tiene por qué ocuparse de eso, a fin de cuentas…
—Quiero hacerlo —la interrumpió con firmeza.
—Muy bien entonces. Muchas gracias —accedió Miley. 

Él anotó sus datos en la agenda.

Cuando al fin se marchó, Miley se recostó sobre las almohadas, sintiendo que le dolía cada músculo, pero, al mismo tiempo, con un excelente estado de ánimo. Debía de tratarse de una reacción al shock sufrido, pensó, la alegría por haber salido con bien del accidente… aunque también podía deberse al recuerdo del rostro interesado y atractivo sobre ella, de los anchos hombros y el fuerte brazo en el que se había apoyado.
Por supuesto, cabía la posibilidad de que no volviera a verlo nunca, pero algo le decía que iba a ser él en persona quien le llevara la bicicleta a casa. Sintió que los párpados le pesaban como plomo, y se quedó dormida casi de repente, intentando adivinar cuánto tiempo pasaría hasta que la bici estuviera arreglada. Pero volvió a verlo mucho antes de lo que esperaba.
A la mañana siguiente, después de que una enfermera la ayudara a vestirse con las mismas prendas arrugadas y maltrechas del día anterior, se dirigió a recepción y pidió el número de una compañía de taxis. Entonces, oyó una voz a sus espaldas.
—¿Puedo servirte yo?
Ella reconoció la voz de Nick y se volvió con una gran sonrisa.
—¡Hola! 
—Hola, tienes mucho mejor aspecto esta mañana.
—En ese caso, ayer debía estar hecha un auténtico espanto —dijo Miley riendo—. Me he visto en el espejo y casi me muero del susto.
—En ese caso —dijo Nick imitándola—, normalmente tienes que tener un aspecto fabuloso —había sido un piropo muy bonito, y, además, parecía que lo decía en serio. Nick le puso una mano en el codo—. Vamos, tengo el coche fuera. -Él la condujo con extrema delicadeza, como si ella fuera un objeto frágil y valioso, en vez de una chica de casi uno setenta de estatura y con aspecto de lo más saludable.
A Miley, que no estaba acostumbrada a que la trataran así, le pareció extremadamente agradable. Tuvo alguna dificultad para abrocharse el cinturón de seguridad, por lo que él se agachó para ayudarla, lo que la permitió oler la fragancia de su aftershave.
Se había puesto ropa más deportiva, unos vaqueros y una sudadera, que, sin embargo, no borraban su aire de seguridad en sí mismo. Conducía con mucho cuidado, evitando los acelerones y frenazos bruscos.
No pasaron por el parque, aunque ése era el camino más directo para llegar a su casa; Miley se dio cuenta de que lo hacía para evitarle recordar lo sucedido del día anterior, y esa delicadeza hizo que casi se le llenaran los ojos de lágrimas.
Enfilaron su calle y se detuvieron al lado de su apartamento. Se trataba de una casa de dos pisos dividida en dos viviendas. Aunque no era nada del otro mundo, para Miley representaba algo muy especial, un sueño largamente perseguido.
Nick la ayudó a salir del coche, evidentemente esperando que ella lo invitara a subir. Ya en la casa, no pudo reprimir una exclamación de sorpresa ante la cuidada decoración; Miley se sintió muy complacida, ya que había pasado mucho tiempo y dedicado mucho esfuerzo para amueblar la casa. 
—La cocina está atrás —le dijo—. ¿Qué tal si preparas un poco de café mientras me cambio? —propuso. 
—Si me necesitas, silba. 
Miley arqueó las cejas sorprendida ante tal proposición, ¿es que acaso pretendía ayudarla a vestirse? Sin embargo, enseguida se dio cuenta de que un poco de ayuda no le habría venido mal, ya que aunque desvestirse le resultó relativamente fácil, le fue imposible ponerse un sujetador limpio. Al fin tuvo que desistir, poniéndose sólo un chándal.
Volvió a la sala de estar, donde Nick la estaba esperando. Se la quedó mirando, y ella intuyó que había adivinado que no llevaba nada debajo de la sudadera.
—Aquí tienes tu café.
—Gracias. -Se sentó en el mullido alféizar de la ventana, sin darse cuenta de que el sol hacía que su cabello resplandeciera como un halo. Llevaba el pelo suelto, y caía sobre sus hombros como oro fundido. Vio que Nick la observaba como hipnotizado, hasta que se dio cuenta de que ella reparaba en su interés.
Entonces, procuró iniciar una conversación.
—¿Trabajas aquí, en Hayford? 
—Sí, en una oficina.
—¿Eres secretaria? Pues no vas a poder trabajar con esa muñeca dislocada.
—Mi trabajo no es tan importante —le explicó Miley con una mueca—. Me limito a comprobar las mercancías que recibimos con los albaranes de entrega y cosas por el estilo. Espero poder hacer algo. 
—Pero tendrías que tomarte unos días libres, hasta que te recuperes por completo, ¿no? —dijo Nick, sinceramente preocupado.
—Llamaré mañana y ya veremos qué me dicen. 
—¿Me lo prometes?

Ella asintió, con los ojos sonrientes.

—Te lo prometo —dijo, pero enseguida dudó, al recordar amargas experiencias pasadas—. Pero, de verdad, no tienes por qué preocuparte de mí —se sintió obligada a añadir—. Puedo cuidar de mí misma.
—Pero no tienes por qué hacerlo —dijo Nick bruscamente—. Mira, tengo una semana de vacaciones, así que estaré por aquí. Llámame si necesitas cualquier cosa: ir de compras, al médico, a rehabilitación… Cualquier cosa, -insisto- sólo tienes que llamarme —se dio cuenta de que Miley lo miraba sorprendida—. Si me dices que no —añadió—, me quedaré en el coche, al otro lado de la calle, y no me moveré de allí hasta que cambies de idea.
—¿Eres siempre tan mandón? —dijo Miley entre carcajadas.
—Sólo con la gente a la que he estado a punto de matar —Nick se levantó y se dirigió a la mesita donde estaba el teléfono, para apuntar en una hoja del taco de notas un teléfono—. Te doy el de la casa de mis padres. Llama si necesitas algo, a cualquier hora ¿prometido? 
—De acuerdo, te lo prometo —dijo Miley—. La verdad es que no estoy acostumbrada a ser objeto de tantas atenciones —continuó, con cierta ironía. 
—Buenos, pues mejor será que te vayas acostumbrando —advirtió Nick con una radiante sonrisa—. Por cierto, no creo que puedas cocinar nada, así que, ¿qué te parece si traigo algo de comida china esta noche?
 Miley dudó, diciéndose que debería negarse, pero sin encontrar fuerzas para hacerlo.
—Me encantaría —aceptó. Él salió de la casa, y Miley se le quedó mirando por la ventana con una mezcla de sentimientos encontrados. Le parecía un hombre muy atractivo, y del que sin duda le resultaría muy fácil enamorarse. Había algo en él que hacía que empezara a gustarle mucho; y había sorprendido un par de miradas de él por las que sospechaba que sentía algo parecido hacia ella.
Ese pensamiento la llenó de excitación, pero, a la vez, la puso bastante nerviosa. No tenía mucha experiencia con los hombres, y la poca con la que contaba, había resultado desastrosa. Quizá estuviera equivocada, y Nick estuviera limitándose a ser amable con ella; una vez que acabara su semana de vacaciones y su muñeca mejorara, se iría y no volvería a verlo nunca más. Pero decidió no pensar en esa posibilidad.

El corazón pareció saltarle de alegría en el pecho cuando le abrió la puerta aquella tarde y vio de nuevo su radiante sonrisa. Se sintió feliz, excitada, como si estuviera a punto de ocurrirle algo maravilloso. Estuvieron cenando y charlando de forma relajada y agradable, no como si fueran dos personas que acababan de conocerse, sino como si hubieran sido amigos durante años.
Nick era un hábil conversador, y de forma sutil, le hizo hablar de ella misma. Miley respondía a sus preguntas con más alegría y entusiasmo de lo que lo había hecho con nadie hasta entonces. Le contó un montón de cosas, sobre todo, su ilusión por los cursos que estaba siguiendo en la Universidad a Distancia y sus esperanzas para el futuro.
Sin embargo, no entró en detalles sobre su pasado, insistiendo por su parte en que Nick le contara algo de su vida. Él le habló de su afición por los deportes y los viajes, y la dejó perpleja al decirle que era un exitoso abogado. Por suerte, Nick estaba concentrado sirviéndole una copa, y no se dio cuenta del efecto que sus palabras tenían sobre Miley.
Estaba atónita, pensando que de todas las personas que había en el mundo, estaba precisamente pasando la velada con un abogado. Era mucho más distinguido que todos los que había conocido hasta la fecha, y parecía completamente seguro de sí mismo; no podía imaginarle incapaz de hacer frente a una situación, por complicada que ésta fuera.
No se trataba de un rasgo innato, sino que parecía que le habían educado concienzudamente para mostrarse de ese modo, y que basaba su seguridad en una profunda fe en los valores que defendía. Por decirlo de otro modo, estaba en una posición a años luz de la suya. Todo ello podía haber contribuido a hacer que ella se sintiera muy incómoda, o por lo menos a que se protegiera de algún modo, pero la atracción que sentía por él era demasiado grande para disimularla.
Le encantaba la forma en la que estaba pendiente de ella, las sombras que la luz de la vela arrojaba sobre su rostro, acentuando los rasgos de sus pómulos, las líneas alrededor de su cara cada vez que sonreía. Tenía una voz muy hermosa, profunda, bien modulada; sabía cómo contar un chiste o una anécdota dándole la expresión adecuada para hacer que ella se muriera de risa. 
La velada fue llegando a su fin; cuando Nick se dio cuenta de que no le quedaban más excusas para quedarse, se levantó y se dirigió a la puerta desganadamente.
 ¿Estás segura de que no necesitas nada más?
—Segurísima. Creo que ya has cumplido con tu obligación más que de sobra. -Ella estaba de pie ante él, abriéndole la puerta; su pelo parecía de seda a la luz de las lámparas.
—Si piensas que ésa es la única razón por la que he venido —dijo Nick suavemente, acercándose a ella—, no puedes estar más equivocada.

Miley era perfectamente consciente de su proximidad, de su imponente presencia, y por un segundo, se puso nerviosa otra vez; levantó su mano derecha para iniciar una despedida más formal.
—Buenas noches, Nick —dijo educadamente—. Gracias, por la cena. 
Él la miró, y en un gesto que la dejó desconcertada, tomó su mano y la besó ligeramente.
—Buenas noches, Miley.
Ella cerró la puerta y se recostó contra la pared, sintiéndose emocionada por su inesperado gesto, y un poco vacía al ver que él se había ido. Por un instante, él le había hecho sentirse femenina, hermosa, y, lo más extraño de todo, protegida, y eso era algo que no había experimentado hasta entonces. Todo eso le había encantado, pero sobre todo, era él quien le había gustado.
Empezó a incorporarse, pero la sorprendió oír dos golpecitos en la puerta. Se dio la vuelta, y abrió lentamente. Nick estaba ante ella, con una mano apoyada en el quicio de la puerta.

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