jueves, 7 de junio de 2012

Capitulo 11.-


Ella parecía una niña pequeña con aquel pijama tan enorme.
El pelo se le había secado en preciosos mechones a lo largo de la noche. La cara, limpia de maquillaje, rezumaba la luminosidad de siempre a pesar de las dos imperfecciones de las rozaduras.
Nick dio gracias a Dios de que lo único que había pasado la noche anterior eran eso y unos cuantos arañazos. Solo esperaba que el asalto del parque no le dejara heridas emocionales. De algún modo, él confiaba en que sería así. Ella le parecía una mujer dura, que no se doblaba ante las adversidades.
Sin embargo, ella había hablado de marcharse de Nueva York. Él tendría que ocuparse de ella muy dulcemente los próximos días. La noche anterior, había hecho lo que había podido. Le había hecho sentirse a salvo, cómoda. Lo primero que él había hecho había sido sentarla, ponerle un jersey por encima y servirle un jerez Ella se lo había tomado mientras él llamaba a la policía, que le dijo que había pocas posibilidades de que los atraparan ya que ella no había facilitado descripción física.
Luego, Nick había llamado al médico, que se levantó de la cama y fue a examinar a Miley. Concluyó después del examen, que no tenía heridas de importancia. Miley se sentía desesperada por tomarse un baño. Mientras se llenaba la bañera, Nick tomó un peine y le quitó todas los trocitos de hojas y de ramitas que ella tenía en el pelo. Nunca se le hubiera ocurrido que un moño pudiera llevar tantas horquillas.
Nick acometió aquella tarea con lentitud, lo que pareció relajada. Él también lo encon¬tró tremendamente gratificante y se sorprendió mucho de que ella se lo permitiera después de lo que había pasado horas antes.
 Le sorprendió mucho que tuviera aquella necesidad de cuidarla, de consolarla, de salvaguardarla. Era una sensación nueva para él ya que ninguna otra mujer había desarrollado en él aquel instinto. Sin embargo, le resultaba también muy turbador.«No me estoy enamorando de ella», pensaba. «Solo estoy mostrando compasión humana. No hay nada malo en eso».
Nick se aseguró que no tendría problema en controlar aquellos sentimientos y evitar que se convirtieran en una bola de nieve. Silenciosamente-, atravesó el dormitorio y entró en el cuarto de baño, mirando una vez más a la mujer que dormía en su cama. Sería difícil, pero él tenía un gran autocontrol.
Nick encendió la luz del cuarto de baño y se dirigió automáticamente al porta cepillo de dientes que había en la pared. Aquella mañana, aparte de su cepillo, había uno nuevo, el que le había dado a Miley la noche anterior, y el alfiler del pelo. Mientras hablaba con la policía la noche anterior, Nick se había ofrecido a llevar el alfiler a comisaría por si podía ayudar a detener a los agresores de Miley.
El policía le había respondido que los análisis de ADN eran demasiado caros como para tomarse la molestia por un intento de violación rutinario. Diego sintió que le embargaba la furia al ver que se consideraba lo ocurrido a Miley «rutinario» pero no discutió.
Le había devuelto el alfiler a Miley, quien, aparentemente, lo había lavado, había estirado las plumas y lo había dejado en el vaso para que se secara. A Nick no le extrañaba que Miley quisiera conservar aquel alfiler. Era como su «Excalibur» y para, Nick, ninguna otra daga famosa merecía tanto honor a sus ojos.

A continuación, abrió el grifo de la ducha y se quitó el albornoz que se había puesto por si Miley estaba despierta. Mientras lo colgaba en la percha de la pared notó que llevaba en el bolsillo un paquete de cigarrillos. Lo tomó y abrió la solapa. Estaba medio lleno. «Una vez besé a un fumador. Nunca volveré a hacerlo» .
Nick dejó el paquete sobre el retrete. No es que dejar de fumar no fuera una buena idea. Tal vez era adicto a la nicotina pero no era estúpido. Sabía que debía dejarlo. De lo que no estaba tan seguro era de si debería dejarlo por ella.
Lo mejor en aquellos momentos era dejar las cosas como estaban antes, cuando Miley era su acompañante y habían decidido evitar implicaciones personales y no crearlas. Nick cerró la cajetilla y volvió a meterla en el bolsillo del albornoz. Mientras estaba bajo el chorro humeante de la ducha, cubierto de jabón, cerró los ojos y pensó en la noche anterior, momentos antes de cometer el peor error de su vida:
llamarle a Miley «señorita Cyrus» en el momento equivocado y hacer que todo se fuera al infierno... Recordó la imagen de ella en el cristal del cuadro, rendida a sus caricias, con la mirada perdida, gozosa... Recordó también la calidez de su piel, el perfume de su pelo, el suave peso de su seno en la mano... La flexibilidad de los músculos de su trasero y el húmedo y embriagador calor que emanaba a través de aquella fina capa de satén.
Los temblorosos gemidos que ella dio cuando le tocó en su más íntima feminidad, la anticipación, la promesa, el hambre que solo ella podía saciar...
-Dios -dijo Nick, abriendo el grifo un poco más para que el agua fría se mezclara con la caliente...
Parecía uno de esos lunáticos que se bañan en las aguas frías de Siberia... Un momento después, cerró el grifo y salió chorreando de la ducha. Entonces, sacó la cajetilla de tabaco. del bolsillo del albornoz y los vació todos en el retrete.
 - Y eso que iba a ser yo el que escribiera el Acto número III.

Miley, somnolienta y cansada, se levantó y, con la gata Hortense en brazos, se encontró a Nick leyendo el periódico en la soleada cocina. El reloj del microondas decía que eras las once. Nunca en toda su vida se había quedado en la cama hasta tan tarde, ni siquiera cuando trabajaba en el restaurante de las costillas en Ohio hasta las dos de la mañana.
-Buenos días -dijo ella con voz ronca.
Hortense saltó al suelo y se dirigió directamente a su comida y agua, que estaban como siempre en una esquina.
-iYa estás despierta! -exclamó Nick, quitándose las gafas.
Entonces, se levantó del pequeño taburete tapizado en negro. Él siempre se ponía de pie cuando ella entraba en una habitación, una cortesía, que, como abrirle la puerta del coche, no era apropiada para las feministas, pero que a ella le encantaba.
El arañazo que tenía en la mejilla había tomado el aspecto de un línea trazada con un lápiz de color marrón.
 - Espero que hayas dormido bien -añadió él, sonriendo.
Ella nunca le había visto sonreír antes, al menos no una sonrisa de verdad, como aquella. Le daba luminosidad, le transformaba e incluso parecía convertirle en un hombre diferente. Además, iba vestido con un atuendo diferente, unos vaqueros y una sudadera, y llevaba el pelo revuelto y no se había afeitado.
Miley encontró que todo aquello, le provocaba cierta sorpresa.
-Tú debes de ser el gemelo bueno de Nick Jonas -dijo ella, extendiendo la mano-. Yo soy Miley Cyrus pero puedes decirme Miles.
Él rompió a reír y le tomó la mano entre unas carcajadas que realmente sorprendieron a Miley, que sintió como si una mano helada le hubiera tocado por la espalda.
La noche anterior le había, sorprendido de igual modo, cuando la había sujetado tan fuertemente y la había llamado Miley una y otra vez.
 Oír el nombre en sus labios la desarmaba y la calmaba aún más que las frenéticas disculpas y explicaciones que él le había dado.
-Has dormido mucho tiempo -añadió Nick, frotándole la mano entre las suyas-. Debes de haberlo necesitado, después de todo lo que pasaste anoche. -Supongo -respondió ella, pasándose la mano por el alborotado pelo.
-¿Te apetece café? -preguntó él, dejando que una sombra le pasara por el rostro-. He preparado una cafetera.
-Sí, gracias. Solo, por favor.
 -Te puedo tener preparado un plato de huevos con beicon dentro de cinco minutos.
 -¿Puedes conseguido en cuatro? Estoy muerta de hambre.
 - Venderían muchos más pijamas de esos si fueras tú quien los presentara -dijo él, mirándola de arriba abajo-. Los hombres se los comprarían a sus esposas y novias en vez de la lencería de color negro.
 -Sí, claro -respondió ella, aceptando la taza de café humeante que él le estaba ofreciendo. Dio un sorbo, pero estaba muy caliente-. Tú también tienes un aspecto muy diferente hoy.
 - Es mi traje de paisano -respondió él, mientras preparaba lo necesario para el desayuno de Miley-. Supongo que nunca me has visto con nada que no sea mi traje de ir a trabajar.
O partes de él. Durante un rato la noche anterior, después de que él le hubiera dado su camisa y la hubiera acompañado a su apartamento, se había quedado con los pantalones Y los tirantes colgando. Parecía ignorar completamente que estaba medio desnudo, tan preocupado estaba de que ella se sintiera cómoda. Al principio, ella había ignorado aquel hecho también pero, a medida de que el jerez iba produciendo su efecto y la pesadilla que acababa de sufrir iba desapareciendo, Miley no pudo ignorar ni un minuto más que él estaba desnudo de cintura para arriba.
 Ella había sabido de antemano que él estaba bien proporcionado, con largas extremidades y estrechas caderas y amplios hombros. Y, después de ver el banco de abdominales que tenía en una esquina, sospechaba también que estaba en buena forma.
Sin embargo, no había conseguido poner juntos en su mente todos esos detalles, confluyendo en un musculoso torso. Y por alguna razón, tampoco había esperado descubrir aquella mata de vello oscuro que él tenía en el pecho y que desaparecía por debajo de la cinturilla de los pantalones. Recordó haberle mirado cuando estaban los dos sentados en el sofá y él le se pusiera a quitarle hojitas del pelo mientras ella se envolvía en una manta y bebía jerez.
También vio la imagen de los dos reflejada en uno de los cristales de los cuadros que había en la pared. Él estaba muy concentrado en su tarea. Parecían una pareja de enamorados sentados juntos.
- La policía llamó esta mañana -dijo él, mirándola mientras ponía las lonchas de beicon en la sartén-. Al parecer dos hombres con heridas producidas por algo afilado se presentaron en las urgencias del Hospital de Columbia alrededor de las cuatro de la mañana. Aparentemente, habían tratado de auto medicarse para combatir el dolor con dosis masivas de algo que se llama... ¿cauntreau?
-Cointreau -le corrigió ella-. Sí, puede ser una buena anestesia... .
- Pues, evidentemente, a ellos no les funcionó porque para cuando llegaron a Urgencias, estaban, ¿cómo lo dijo el oficial?, aullando y pidiendo a voz en grito que les dieran algo para calmar el dolor.
-¿Fueron ellos?
-Sí y te alegrará saber que los han encerrado. Los arrestaron y cuando la policía les interrogó admitieron, no solo que te habían atacado, sino también otros muchos delitos, todo desde violación a atraco a mano armada...
Nick ahogó una maldición y dejó las tenacillas, que había estado utilizando para colocar el beicon, encima de la mesa y bajó la cabeza, emitiendo un largo suspiro.
-¿Nick?
Él levantó la mirada y ella pudo comprobar que él tenía un aspecto tan horrorizado como la noche anterior, cuando bajó al vestíbulo y la vio.
 - No Miley-dijo él, sacudiendo la cabeza-. Realmente lo que ha pasado no ha sido culpa tuya. Yo te empujé a que te marcharas de esta casa.
-Ya te has disculpado, Nick.
 -Necesito hacerlo a la luz del día. Lo siento, Miley. Cuando pienso en lo que esos hombres te podían haber hecho... -susurró él, pasándose una mano por el pelo-. Nunca me he sentido más avergonzado. Mis actuaciones fueron inexcusables. Creo que, en el fondo, quería creer que te me estabas ofreciendo simplemente porque yo... porque yo te deseaba tanto... Esa es la razón pero no es una excusa. Esto es todo, eso es todo lo que tengo que decirte. lo siento, y no tengo excusa.
-Ahora entiendo lo que tú creías que estaba pasando -respondió Miley-, y, después de todo, no es que yo te desanimara exactamente, al menos no al principio. Los dos estábamos... bajo el efecto de ciertas ilusiones... ¡Ojalá no hubiera entrado en ese maldito parque! Eso ha sido culpa de mi mal juicio, no tuya.
 -A ti no se te puede echar la culpa de eso replicó él, tomando de nuevo las tenacillas para volver el beicon-. ¿Qué hacen las chicas de una granja en Ohio cuando les pasa algo semejante?
-¿Cómo sabes que...? -preguntó ella, quedándose con la taza de café a medio camino.
-Tú lo mencionaste anoche. Me imagino que estabas demasiado traumatizada como para recordarlo. No hacías más que decirme que querías ir a la granja de tus padres. ¿Qué tipo de granja es?
 - Tienen vacas.
 -¿De verdad? Yo viví en una granja en el Tibet pero solía levantarme a ordeñar a los yaks, no a las vacas. No he vuelto a trabajar tan duro en toda mi vida. ¿Cómo acabaste por firmar por «Boss» y por mudarte a Milán? .
Nick nunca le había hecho preguntas personales antes.
A ella no le gustó. Le estaba preguntando demasiado. Miley se lamió los labios, nerviosa, dándose cuenta de que necesitaba alguna mentira, a pesar de que las odiaba, para seguir manteniendo la armonía que había entre ellos. Sabía que, por muy contenta que estuviera por las comisiones que había sacado de las hermanas Van Aucken la noche anterior, no podía dejar de seguir disimulando ante ellas, Nick, y todos los demás, que era una amiga ,y no ella, la que hacía las joyas.
-Perdona mi curiosidad -dijo él-. Te acabas de despertar de la peor pesadilla que una mujer puede soportar y te estoy interrogando. No tienes por qué contestar... pero no me importa si lo haces.
Siguieron hablando mientras ella devoraba su desayuno, pero Miley se encargó de desviar la conversación de su vida personal y sus asuntos a  asuntos impersonales.
Mientras se tomaba el último trozo de huevo con un poco de tostada, se dio cuenta de que Nick no había fumado en toda la mañana.
- Tú normalmente fumas cuando te tomas un café -observó ella-. ¿Es demasiado esperar que hayas dejado de fumar?
-De hecho, así es.
 -¿En serio? -preguntó ella, apartando el plato-. ¡Vaya! ¿Qué fue lo que te dio la fuerza para hacerlo?
 -Tu norma de no besar a los hombres que fuman -confesó él, algo tímidamente.
 Ella no pudo evitar sonrojarse-.
- No te preocupes. Te prometí que estarías a salvo de una atención no deseada y es una promesa que tengo la intención de cumplir. Eso... Por favor, dime que no vas a dejar de verme -añadió él, observándola con ojos suplicantes-. Sé que después de lo de anoche debes estar un poco confusa, como mínimo, conmigo pero...
-Claro que seguiré viéndote -respondió ella, pensando en lo raro que sonaba aquello, como si realmente estuvieran manteniendo una relación.
-No te impondré mis atenciones -dijo él-, pero deberías saber que, a menos que me pidas que no lo haga, tengo la intención de besarte en algún momento.. No enseguida. Resistiré la necesidad heroicamente hasta que hayas tenido la oportunidad de superar lo que te pasó anoche, tanto si te lleva días como semanas. Pero creo que es justo que sepas mis intenciones.
-¿Tienes la intención de besarme solamente o... también quieres algo más? -preguntó Miley, casi con la tentación de reír al ver la gravedad con la que había pronunciado aquel pequeño discurso.
 - En mi experiencia, besar a menudo lleva a hacer otras cosas -dijo él, también sonriendo.
 -No dudo que esa haya sido tu experiencia replicó ella, recordando con qué facilidad se había rendido a sus caricias la noche anterior, a pesar de que no la había besado-. Pero... no puedo decir lo mismo de la mía -añadió ella, dejándole perplejo-. Soy virgen, Nick.
 Él la miró fijamente, al principio con un escepticismo que, poco a poco, fue transformándose en completa sorpresa.
-No pasa nada -dijo ella, apartando la mirada-. Puedes reírte si quieres.

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