Cuando Miley se sentó en la terraza, para mirar a su hijo, que jugaba en el jardín, sus pensamientos, bajo un sol cálido, volvieron al verano de cinco años atrás, el verano en que Nick y ella se conocieron. Ya podía reírse de los temores que entonces había tenido, sabiendo que casarse con Nick era lo mejor que había hecho en toda su vida.
Habían sido unos años muy felices. Ella había crecido en confianza, había madurado, con la certeza del amor que Nick sentía por ella. Al principio casi había tenido miedo de confiar en aquella felicidad, pues había pasado por muchos sinsabores y le costaba creer que pudiera ser tan feliz. Además, la asustaba que pudieran arrebatársela de pronto.
Pero, a medida que pasaba el tiempo y Nick no cambiaba, sus padres seguían tan afectuosos, tratándola como a una hija muy querida, y empezó a conocer a los amigos de su marido, que la aceptaron como una más entre ellos, y, sobre todo, al quedarse embarazada y dar a luz a Sam, Miley, finalmente, dejó de lado sus miedos y se convirtió en la mujer feliz y contenta que era en aquellos días.
Durante el primer año de matrimonio, Nick y ella vivieron en Londres, en el viejo apartamento de Nick, pero empezaron a buscar casa en cuanto ella se quedó embarazada, pasando los fines de semana en las afueras de la ciudad, hasta que por fin encontraron la casa en la que vivían, casi por casualidad. Era una casa antigua de estilo georgiano que había estado deshabitada durante algún tiempo.
Era de piedra y estaba cubierta de hiedra, la parcela en la que se asentaba tenía casi media hectárea de terreno y estaba situada en el límite de un hermoso pueblo. Miley se enamoró de ella al instante, a pesar de que llevaba tiempo abandonada y necesitaba algunas reparaciones. Luego, junto a su marido, transformó la casa en un bello hogar con un jardín todavía más hermoso.
Nick seguía pasando mucho tiempo en Londres, asistiendo a diferentes juicios, pero estaba en casa el mayor tiempo posible, disfrutando de su matrimonio y tan enamorado de ella como el primer día.
En aquellos momentos estaba fuera y no volvería hasta última hora de la tarde. Miley consultó el reloj, eran sólo las cuatro de la tarde y él llegaría a las siete, pero ya estaba impaciente por verlo.
—Tengo sed.
Sam trepó a sus rodillas y trató de agarrar el vaso de vino de Miley, pero ella le dio el suyo, con zumo de naranja.
—No, el tuyo es éste.
—¿Cuándo voy a poder beber vino?
—Ya te lo he dicho, cuando seas tan alto como papá.
Sam sonrió.
Su madre, sin duda, estaba de broma, él nunca sería tan alto como su padre.
Se parecía tanto a Nick cuando sonreía que a Miley le palpitaba el corazón cuando lo hacía, llena de amor por ambos. Después de beber el zumo, Sam se deslizó de su regazo y se dirigió a la tumbona que había al lado de la de Miley, se tumbó en ella y se quedó dormido casi al instante. Levantándose, Miley movió la sombrilla para proteger a su hijo del sol.
Luego se incorporó, apartándose el flequillo de la cara. Llevaba el pelo cortado a la altura del cuello, más corto de lo habitual, un cabello liso que sólo se rizaba en las puntas, enmarcando su rostro. Miró a su hijo y sintió una oleada de cariño protector.
Se alegraba tanto de haberse casado con Nick. Tanto. Se le llenaron los ojos de lágrimas de gratitud y se limpió con el dorso de la mano.
—Eh, ¿qué pasa? -Miley se giró al oír aquella voz familiar.
—¡Jonas! —exclamó con alegría, y corrió hacia él. Nick la abrazó y la levantó del suelo, haciendola girar. Al dejarla en el suelo la besó.
—¡Papá! ¡Papá!
Sam se había despertado y se acercó corriendo a su padre, tirándole de los pantalones para reclamar su atención. Nick, riendo, se agachó para levantarlo del suelo, sin soltar la cintura de Miley. Su hijo lo premió con un beso en la mejilla y le echó los brazos al cuello.
—¡Qué pronto has venido! No te esperaba hasta las siete.
—Sí, para un día que puedo llegar antes, te encuentro llorando. ¿Qué demonios pasa?
Miley arrugó la nariz.
—Oh, sólo me he puesto un poco sentimental.
—Entonces será mejor que te dé un beso para que te sientas mejor.
—Ya nos hemos besado.
—¡Tonterías! Un hombre nunca se cansa de los besos. Recuérdalo, Sam.
—Vale —dijo su hijo, y le dio otro beso a su padre.
Un beso muy sonoro, que los hizo reír a los tres.
—Siéntate y te traeré algo de beber —dijo Miley—. Luego puedes hablarme del caso.
Nick se sentó en la tumbona que Miley había dejado libre, con Sam en su regazo.
Miley le llevó una bebida.
Pero no habló del caso, aparte de decir que había llegado a un acuerdo ventajoso para su cliente. Nunca hablaba de sus casos en detalle, para él, ser abogado era como ser médico, cualquier cosa que le dijeran era asunto confidencial.
Estaba especializado en derecho civil, no penal, y a veces sus casos —de fraude, por ejemplo— podían durar bastante, de modo que siempre era bueno que concluyeran antes de lo esperado.
Sam lo miraba expectante, aunque no le preguntó nada, y al cabo de pocos minutos, Nick sonrió, rebuscó en su bolsillo y sacó un paquetito bien envuelto que le dio a su hijo. Sam lo abrió con impaciencia, descubriendo un lápiz de colores con una goma de borrar en forma de dibujo animado en un extremo.
Le dio otro beso a su padre y le pidió a Miley papel para dibujar.
Luego, Nick abrió su cartera y sacó un frasco de perfume para Miley. Ésta, que había acercado una silla para sentarse junto a su marido, lo besó en la mano para darle las gracias.
—¿Cómo sabías que el que tenía estaba a punto de acabarse?
Nick esbozó una perezosa sonrisa.
—Darse cuenta de cosas así es lo que le hace a un hombre ganar puntos para que su mujer le haga una tarta de chocolate —dijo Nick, y, levantándose, condujo a su esposa al interior de la casa, donde la besó con intensidad—. Dios, te echaba de menos —murmuró contra su boca.
—Sólo han sido unos pocos días —dijo Miley riendo.
—Casi una semana. Toda una semana de soledad, de deseo, de ganas de hacer el amor, de soñar contigo —dijo Nick, mientras la besaba, en el cuello, en la mejilla, apartando el vestido para besarla los pechos—. Vamos a la cama —dijo con la respiración entrecortada.
—Es muy temprano. ¿Qué pasa con Sam? —dijo Miley, devolviéndole el abrazo con una pasión alimentada por su propio deseo.
—Déjalo dibujar, está tan contento. Vamos, vamos.
Miley se dejó llevar de la mano, hasta su habitación.
No había necesidad de correr las cortinas; la casa estaba demasiado aislada como para que alguien los viera. Nada más entrar comenzaron a desvestirse el uno al otro, tan impacientes por hacer el amor como siempre; el tiempo y la convivencia no habían disminuido su deseo.
—Mi amor, mi amor —decía Nick, de rodillas delante de Miley, quitándole la última de sus prendas. La besó, tan íntimamente que Miley echó la cabeza hacia atrás, soltando un interminable suspiro.
Nick se levantó, deslizando las manos sobre los muslos de Miley.
Por un instante la abrazó contra sí, dejándola sentir el empuje de su deseo.
Los dos se volvieron locos.
—¡Justin! —dijo Nick apretándose contra él—. Te deseo, te deseo.
Nick profirió un gemido y la llevó hacia la cama, tendiéndola sobre ella y penetrándola al instante, sin poder esperar. Miley lo recibió con abandono y placer, arqueándose, sintiendo su piel cálida, sus caricias, su aliento entrecortado, que se mezclaba con el suyo, llenándose de besos.
Cuando Nick volvía, siempre les sucedía lo mismo, estaban impacientes por hacer el amor, sintiendo una urgencia casi salvaje. Miley sintió que su excitación estallaba y profirió su nombre, a medida que aquel placer exquisito se incrementaba, hasta envolverla por completo y el mundo entero se contuvo en aquel instante de eterna sensualidad.
Aquella noche volvieron a hacer el amor, después de acostar a Sam y hacer una cena ligera. En ciertos aspectos, la segunda vez fue tan excitante como la primera, porque los dos sabían que iba a ocurrir, que los dos habían estado prolongando la espera hasta el momento de volver a la cama. Miley se bañó, se puso un largo camisón blanco casi transparente y se sentó en el tocador para cepillarse el pelo.
Pero Nick le quitó el cepillo, como solía hacer, y prosiguió cepillándola él, con cariño y admiración. Hicieron el amor mucho más despacio. Los dos sabían lo que al otro le gustaba más, lo que le daba más placer. Miley se tendió junto a Nick, besándolo y acariciándole todo el cuerpo, mientras él suspiraba de placer, hasta que la detuvo, sin poder esperar más.
Miley sonrió, sabiendo que había llegado hasta el límite de su excitación, y se inclinó para besarlo en la boca. Fue el turno de Nick de jugar un poco con ella, hasta que ella gimió, clavándole las uñas en los hombros ligeramente. Ninguno de los dos podía esperar más. Con un movimiento rápido, Nick se tendió en la cama y tiró de ella.
—¡Ahora, cariño, ahora! —dijo, y, agarrándola por la cintura, le dio el abrumador placer que sabía que ella deseaba. La luz de la luna se posaba sobre la cama.
Miley encontró su camisón, pero lo echó a un lado, quería dormir desnuda sintiendo el cuerpo desnudo de Nick.
Estaba tendido junto a ella, con el brazo sobre la cintura, de modo protector, en la postura en la que solían dormir siempre.
—Cariño —dijo besándola en el hombro—. Mi amor, mi maravillosa esposa. No sabes cuánto te adoro. -Miley sonrió en la oscuridad.
—¿Crees que hemos hecho un niño?
—Eso espero —dijo Nick dándole un apretón—. Quiero tener una niña, una niña como tú —dijo sonriendo—. Hemos hecho lo que hemos podido. Buenas noches, mi amor. -Bostezó, y al cabo de unos minutos, se quedó dormido, pero Miley permanecía despierta en la oscuridad, preguntándose si el milagro habría ocurrido y habrían engendrado otro hijo.
Era hora de que Sam tuviera un hermano, o la hermana que Nick deseaba y ella lo quería tanto que quería lo que él quería. Algunas veces, cuando pensaba en su pasado, de mala gana, parecía que su vida había comenzado el bendito día en que conoció a Nick.
Todos los años anteriores no contaban, eran como una terrible pesadilla de la que había despertado para darse cuenta de que existía el paraíso. En todos los años de su infancia y juventud, sólo había tenido una cosa buena, Kate Cyrus, la mujer a la que llamaba tía Kate y cuyo apellido había adquirido, pero que en realidad no era su tía, aunque Nick pensara que sí lo era.
Kate había sido auxiliar de prisiones; era una mujer madura y amable que se había dado cuenta de la honradez de Miley y había creído en su inocencia. Había tomado a Miley bajo su protección, animándola a matricularse en cursos educativos y albergándola en su casa hasta que pudiera encontrar un trabajo y pagarse un apartamento en Hayford.
Por ello, Miley le estaría eternamente agradecida y miraba a la tía Kate como a la única persona que sabía toda la verdad y que había jurado, aunque de mala gana, no decírsela a Nick nunca. Miley suspiró, apartando aquellos pensamientos de su mente.
Últimamente volvían demasiado a menudo para atormentarla; pero su presente era demasiado feliz, demasiado pleno. Se echó de espaldas, y el brazo de Nick la siguió. Nick murmuró algo, que ella no entendió.
Nick, sin embargo, lo repitió.
—Te quiero, Miley.
Miley sonrió y lo miró.
Nick tenía el rostro iluminado por la luz de la luna.
Sam había heredado muchos de sus rasgos.
Su suegra le había enseñado muchas fotografías de Nick de pequeño y era increíble lo mucho que se parecían. Se alegraba de que Sam se pareciera tanto a él; no confiaba mucho en su ascendencia, de modo que prefería que su hijo tuviera más de su padre, y no de ella.
Se le había caído el flequillo sobre la cara y ella se lo echó hacia atrás.
Lo hizo con mucho cuidado, pero Nick parpadeó.
—¿Por qué no te duermes?
Miley no respondió y Justin abrió los ojos.
—Deberías estar cansada.
Miley siguió sin decir nada.
—Eres una mujer insaciable. A este ritmo a los cuarenta voy a estar hecho una piltrafa —dijo Nick sonriendo y la atrajo hacia sí para volver a hacer el amor. Aquella vez, Miley durmió durante un rato después de hacer el amor.
Cuando se despertó, la habitación estaba sumida en la más completa oscuridad, la luna ya no iluminaba el cuarto. Nick trató de contar el número de veces que habían hecho el amor desde que se conocían, pero era imposible.
Tal vez pudiera hacer un cálculo de los días, pero muchos de ellos habían hecho el amor más de una vez, con frecuencia tres o más veces, como aquella noche. Y, sin embargo, la repetición nunca había supuesto rutina. Hacer el amor siempre había sido intenso y maravilloso.
Además, era siempre un gozo compartido; nunca había tenido la menor necesidad de fingir, como había leído que hacían algunas mujeres y algunas de sus amigas le habían confesado. Con Nick, la excitación siempre era real y maravillosa.
Su matrimonio era perfecto en todos los sentidos. Demasiado perfecto, quizás. Miley sabía que Nick la había puesto en un pedestal, que su amor por ella estaba cerca de la adoración. Algunas veces le daba miedo la fuerza y profundidad de los sentimientos de Nick, pero era sólo cuando pensaba en ello; la mayor parte del tiempo ella, sencillamente, estaba llena de agradecimiento por haberlo conocido, porque se hubiera enamorado de ella.
A cambio, ella intentaba que su matrimonio y sus vidas fueran lo más felices posible. Había hecho cuanto Nick había querido, le había dedicado su vida; aunque él insistió en que ella debía terminar la universidad, y, cuando lo hizo, la animó a buscar trabajo como profesora a tiempo parcial. Miley había abandonado ese empleo al nacer Sam, pero algún día esperaba poder volver a enseñar arte.
Su vida era perfecta, el pasado estaba profundamente enterrado, y sabía que haría cualquier cosa para mantenerlo así.
me encantoooo
ResponderEliminarsigue porfa
estoy esperando ansiosamente el sig...