—No es posible —dijo sonriendo—. Los mellizos pueden decirte lo desastre que soy.
—Bueno, yo tampoco me quedo corta.
—Debe de haber algo que hagas bien en la casa.
—No —dijo Miley con pesar—. No sé cocinar ni coser. Utilizo edredones para no tener que hacerme la cama, y limpio el cuarto de baño cuando empieza a estar resbaladizo. Mi abuelo me dice que Delta será para ti una esposa estupenda,
Nick, y tienes suerte de tenerla contigo.
—Yo tengo intención de convertirme en un buen granjero, pero necesito también una buena esposa.
La risa de
Nick resonó en la noche; una risa suave y alegre que hizo que Sadie meneara el rabo de contento.
Incluso los perros estaban encantados con
Nick Jonas. En cambio, lo que le ocurría a Miley era mucho peor. Ella no tenía rabo que mover, pero desde luego sentía algo distinto cuando aquel hombre reía.
—Supongo que estás bromeando, ¿no? —sonrió—. Pensaba que todas las mujeres eran en el fondo domésticas.
Miley arqueó las cejas al instante.
—¿Ah, sí? —sonrió—. Me recuerdas a un muchacho con el que salí que me pidió que me casara con él, y casi al momento me dijo que estaba deseando que alguien le planchara las camisas. Según él, para eso es para lo que hemos nacido las mujeres.
—¿Entonces, tú no?
—En absoluto.
—En ese caso creo que tengo suerte de tener a
Delta —
Nick sonrió, aunque
Miley percibió en su mirada una sombra de incertidumbre.
Observaba a Miley como si no supiera qué pensar de ella. Desde luego,
Miley no era el tipo de mujer a la que él estaba acostumbrado.
—Odio decirte esto,
Miley, pero tú y yo no nos llevaríamos bien.
—Desde luego que no —concedió
Miley, y para desgracia suya percibió un leve tono de desolación en su voz; se mordió el labio y cambió de tema—. ¿Quieres... ¿Quieres que les dé lecciones de montar?
—A los niños les encantaría.
—Entonces... en realidad tú no quieres que lo haga sino que estás cediendo a los ruegos de tus sobrinos.
—Eso no es lo que yo he dicho.
—Es lo que has implicado.
—Te fijas demasiado en lo que yo digo.
—¿Y el señor Higgins?
—El señor Higgins no tiene nada de malo.
—Entonces deja que sea él el que siga enseñándolos —le soltó Miley—. No te estoy pidiendo que me dejes enseñar a los mellizos para hacerme un favor.
—No. Pero si no lo haces, los mellizos...
—Se pondrán tristes —acabó de decir por él.
A pesar de sus ideas machistas acerca de las mujeres,
Nick Jonas quería a sus sobrinos de corazón.
—Lo sé —continuó diciendo
Miley —. Y no creo que pase nada si los enseño. Soy buena...
—Estoy seguro de que lo eres —dijo Nick con condescendencia y
Miley se sintió molesta.
Entonces se levantó con dinamismo.
—Quédate dónde estás —le ordenó y entró en la casa.
Al poco encontró lo que estaba buscando. Aparte del equipo de montar, las posesiones mundanas de
Miley cabían en dos maletas. No se había llevado nada que no pudiera resultarle útil, excepto lo que le iba a enseñar: la caja pequeña que llevaba en las manos de camino al porche. Para sus adentros se dijo que
Nick pensaría que estaba intentando presumir, pero era la única manera de convencerlo de que era capaz de enseñar a los mellizos.
Nick estaba sentado mirando el cielo estrellado cuando ella se acercó a él. Entonces él se fijó con curiosidad en lo que tenía en la mano.
—¿Qué demo... ?
Miley le pasó la caja y Nick se quedó callado. La medalla era inconfundible, incluso a la tenue luz del vestíbulo, y aquel hombre sabía lo suficiente de caballos y de personas que montaban a caballo para saber lo que significaba.
Nick sacó el disco plateado de la caja con respeto y la miró.
—¿De las últimas Olimpiadas? —dijo en tono sobrecogido.
—Sí —contesto
Miley con afabilidad—. Mis habilidades no han mermado tanto desde entonces.
—De plata... en adiestramiento de caballos.
—Paddy se mereció el oro —dijo con pesar—. Pero aquel día no estaba yo bien —añadió en el mismo tono—. Los nervios me traicionaron —confesó—. Paddy lo habría hecho. Era tan bueno como el mejor. Mejor aún. Pero yo lo defraudé.
—¡Paddy!
—Paddy es un caballo especial —sonrió—. Es el mejor caballo que he tenido con mucho. Me costó barato porque no era bueno saltando obstáculos... pero es... es maravilloso.
—Pero...
—¿Pero qué?
Nick no se había levantado de la silla. Le daba vueltas y más vueltas a la medalla que tenía en la mano, como si no pudiera creerlo.
—No eres seria —dijo por fin—. Si eres tan buena como para recibir esto... ¿por qué no estás en casa entrenándote para las Olimpiadas siguientes?
—Paddy está ya demasiado viejo para eso —respondió
Miley—. Demasiado mayor para viajar y quedarse en cuarentena y soportar el estrés de las competiciones internacionales. Le he prometido que es la última vez que viaja en avión. Y es irremplazable. Fue Paddy el que ganó la medalla, no yo.
—Pero... —negó con la cabeza—. Tú eres joven. Puedes entrenar otros caballos.
—Ninguno como Paddy. Además...
—¿Qué?
—Mi abuelo me necesita —dijo
Miley—. ¿Cómo puedo seguir compitiendo sabiendo que mi abuelo está aquí solo?
—No habrás renunciado a esto por tu abuelo, ¿verdad?
—¿Qué mejor razón? —dijo
Miley en tono ligero; solo ella sabía lo mucho que había tenido que reflexionar para tomar aquella decisión.
—Eres ciudadana americana —dijo
Nick—. Entonces no podrías competir por Australia a no ser que cambiaras de nacionalidad. Y eso podría tardar años.
—Te lo he dicho —dijo
Miley, intentando no pensar en el dolor que esa decisión le había causado—. Paddy ganó esa medalla... Y tanto él como yo nos hemos retirado.
—¿Del todo?
—De todo —dijo con firmeza.
El futuro de
Miley ya no eran los caballos, sino esa granja.
Nick sacudió la cabeza, como intentando aclarar la bruma que le impedía pensar
—¿Entonces, enseñarás a Matt y a Laura?
—Quiero hacerlo.
—¿Por qué? —
Nick se quedó quieto, observándola.
—Creo... Creo que es porque les he tomado cariño a los dos. Y porque siento lástima por ellos —de repente sonrió—. Y Matthew tiene las manos más ágiles que he visto en un niño. Tengo ganas de enseñarle.
—¿Y a Laura?
—Aún no la he visto sobre un caballo, pero tiene coraje y se ve que es amable. La enseñaré a montar bien.
—Bueno... —
Nick la miraba como si se hubiera transformado de ******* en una bella mariposa—. Esto desde luego cambia las cosas —dijo sencillamente—. Por supuesto que me encantaría que los enseñaras... Y
Delta estará encantada también cuando se entere.
—Solo es que... —
Miley vaciló—. Preferiría que no se lo dijeras a nadie —dijo mientras Nick le pasaba la medalla.
—¿No decirlo? —
Nick la miró extrañado—. Es una locura. No sé por qué tu abuelo no presumió delante de nadie sobre su inteligente nieta.
—Él no habla mucho de su familia —se limitó a decir
Miley—. Ha aprendido a no hacerlo a través de los años. Y yo preferiría... Preferiría ser yo misma aquí. Me lo pasé bien, y algunas personas intentan vivir de glorias pasadas durante años. Pero yo... Yo quiero seguir adelante —sonrió—. No me malinterpretes. Se lo contaré a mis nietos si llego a tenerlos algún día. Pero de momento... preferiría que no me lo recordaran.
—Supongo que lo echas de menos —dijo Nick y la miró como si entendiera el sacrificio que había hecho.
—Sí, por supuesto. Pero esto... esto me compensará por ello —dijo, extendiendo los brazos.
—¿El vivir con tu abuelo?
—Sí —vaciló—. No sabes lo mal que nos hemos sentido por él todos estos años. No sabes lo mucho que mi padre ha sufrido sabiendo que el abuelo estaba solo. Por eso siento que esta decisión es la correcta, y que lo demás carece de importancia. Es lo mejor para mi abuelo y para mi padre. En comparación con todo eso, la gloria del triunfo olímpico se me antoja trivial.
—No entiendo nada —dijo Nick tras una pausa. —Háblame de tu padre,
Miley.
—De mi padre...
Nick se inclinó y le tomó la mano. La tenía caliente, grande y viva.
—Dime por qué estás haciendo sacrificios que debería haber hecho tu padre.
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