—Yo... siento no poder ir a por el agua. No puedo dejar la mesa del ponche... —Miley susurró y Delta los miró significativamente.
—Ya veo que no —Nick había dejado de sonreír también.
Miró con incertidumbre a
Miley, que se estaba poniendo pálida, y de pronto se dio la vuelta y empezó a caminar río arriba.
—¡Nicholas!
Delta lo llamó en tono brusco y él se detuvo. Pero le costó unos segundos darse la vuelta, como si no le apeteciera hacerlo.
—¿Sí?
—Te has olvidado la jarra —Delta dijo en tono desagradable—. Y date prisa, Nicholas. Tengo sed.
Puaj...
¿Qué diablos veía Nick en esa mujer?
Miley pensó en la pareja con tristeza mientras repartía ponche y buen humor a partes iguales durante toda la tarde.
Nick, desde luego, no parecía feliz.
Miley lo miraba de vez en cuando mientras trabajaba, y le dio la impresión de que él y su prometida eran los únicos que no se lo estaban pasando bien.
Tal vez se arrepentía de su compromiso. Tal vez Nick le había pedido a Delta que se casara con él por miedo a educar a los mellizos él solo. Y a lo mejor después se había arrepentido.
No importaba nada lo que pensara él. Aunque estuviera libre no se casaría con
Miley.
Miley no era la mujer adecuada para Nick Jonas, eso se lo había dejado bien claro.
Con dureza se reprendió a sí misma por pensar en todo eso y se dijo que se debía a sus invitados.
Aunque desde luego todos parecían estar pasándoselo en grande. El chico del cumpleaños se lo estaba pasando en grande y el resto parecía seguir su ejemplo. Solo Nick y Delta estaban serios.
A decir verdad no había allí muchas personas que Delta conociera, pero tampoco ella se esforzaba en lo más mínimo por charlar con la gente. Cualquiera que se acercaba a ella, Delta lo saludaba con monosílabos, y a Nick se le estaba haciendo muy duro.
Los mellizos estaban columpiándose de los árboles y chapoteando en el agua, pero parecía como si Delta y Nick tuvieran ganas de marcharse.
Maldito Nick. ¿Si iba a estar así, para qué había ido?
Pasada una hora, Delta ya no podía más.
Miley, que había dejado la mesa del ponche para recoger platos vacíos, pasó junto a ellos en el momento justo en el que Delta se quejaba de que le dolía la cabeza.
—Llévame a casa, Nicholas—le estaba diciendo—. Tú puedes volver si crees que es tu obligación, pero, la verdad, creo que ya te has quedado el tiempo de rigor. No pueden esperar que te quedes; como si fueras a disfrutar de una fiesta así. En serio, ni siquiera hay vino.
Miley se puso colorada y apretó los puños. Pero en lugar de responderle con una grosería, sonrió forzadamente y se volvió hacia Delta.
—No podéis marcharos aún —dijo—. Al menos hasta que hayamos sacado la tarta de cumpleaños.
—¿Has encargado una tarta de cumpleaños? —le preguntó Nick y Miley levantó las cejas e hizo un mohín, como si estuviera enfadada.
—Dios mío, no oigo más que insultos —suspiró con dramatismo—. Ay, hombre de poca fe. La he hecho yo misma.
—No puedo perderme esto —Nick sonrió y
Miley hizo una reverencia.
—Sus deseos son órdenes, señor. No os mováis.
Entonces se marchó, y Nick se quedó mirándola anonadado.
No fue a la casa a buscar la tarta. En lugar de eso,
Miley caminó hasta uno de los árboles y empezó a treparlo.
El árbol era fácil de trepar, de hecho muchos niños habían subido hasta la mitad, pero no hasta arriba. De haberlo hecho habrían descubierto que uno de los cartelones de
Miley ocultaba una enorme caja redonda cubierta de papel de aluminio con un gran lazo rojo alrededor. Por los lados de la caja había escrito las palabras: ¡Feliz cumpleaños, Jack! en brillantes letras rojas.
Miley abrió la caja. En el centro de la tarta había una sola vela. Sin embargo, junto a esta había una bengala atada a un fino alambre. Un poco más allá había otra bengala, y después otra, y otra más, y así muchas bengalas colocadas a lo largo de un cable flexible que estaba enrollado en una rama.
El día anterior
Miley se había pasado horas colocándolas y ajustando las poleas. Entonces encendió la vela central y soltó las poleas poco a poco.
Así, la caja fue bajando despacio, balanceándose lentamente entre los árboles. Las bengalas se fueron encendiendo hasta que la tarta parecía una brillante bola de luz.
Jack miraba anonadado hacia arriba mientras la gente a su alrededor se reía, aplaudía y le daba palmadas en la espalda, deseándole muchos más cumpleaños como aquel.
Y allí arriba entre las ramas, a
Miley se le llenaron los ojos de lágrimas. Le hubiera gustado que su padre hubiera estado allí. Lo deseaba tanto que tenía el corazón encogido.
No era justo. Ella se sentía tan bien allí. Pero Jack debería haber tenido allí a su hijo. No era justo, desde luego que no.
Como no podía bajar tal y como se sentía,
Miley se quedó allí sentada observando con los ojos empañados cómo la gente abajo atacaba la tarta de cumpleaños. Sentía nostalgia de su casa y echaba de menos a sus padres enormemente.
Y encima, el hombre que amaba estaba allí abajo de la mano de otra mujer.
Cerró los ojos, pero el dolor no remitió.
No sabría decir cómo Nick había subido tan silenciosamente, pero de repente
Miley pegó un respingo al sentir que alguien le ponía la mano en el hombro.
Lo último que habría esperado había sido la compañía de Nick.
—Miley...
Miley sollozó y él le puso un pañuelo en la mano. Lo aceptó con gratitud y hundió la cara en los acogedores pliegues de algodón, intentando recuperar la compostura.
—No tenías que haber subido —consiguió decir.
Pero abajo todo el mundo estaba distraído de un modo u otro. Nadie tenía ojos para la pareja que estaba subida en el árbol.
—Es una fiesta estupenda, ¿verdad? —susurró
Miley.
—La mejor. Deberías sentirte orgullosa,
Miley—Nick se inclinó y le tomó la mano—. ¿Bueno, quieres decirme por qué lloras?
—Yo no... Yo nunca...
—De acuerdo. Tú nunca lloras. ¿Quieres decirme entonces por qué has necesitado utilizar mi pañuelo?
Se produjo un largo silencio.
Miley cerró los ojos y balanceó las piernas. La suave brisa le acarició la cara como un bálsamo curativo.
—Solo es que... —tragó saliva—. Supongo que me siento un poco nostálgica de repente. A mi padre... le habría gustado tanto estar aquí.
—Se habría sentido orgulloso de ti —dijo
Miley con mucha delicadeza—. Lo que estás haciendo,
Miley, es algo muy, muy especial. No conozco a otra mujer capaz de dar un regalo de amor con tanta pasión como lo haces tú.
Un regalo de amor...
Nick estaba hablando de lo que había hecho por su abuelo, de lo que le había dado. Pero Nick no deseaba lo que ella le estaba ofreciendo.
—Yo... —
Miley aspiró hondo—. Tengo que bajar. El ponche...
—Hay tres señoras sirviendo el ponche muy contentas —Nick sonrió—. Les encanta tener responsabilidades. Como los mellizos con las tartas Paulovas. Has hecho feliz a todo el mundo,
Miley.
—Excepto a Delta —Miley susurró sin pensarlo—. Nick, será mejor que te bajes. A Delta no le va a gustar que estés aquí arriba.
Desde luego que no. ¿Qué pensaría Delta si viera a su futuro marido sentado en un árbol con
Miley Cyrus? Estaba claro.
—Delta sabe que eres amiga mía —dijo Nick con empeño—. Nos está costando un poco acostumbrarnos el uno al otro... y a los amigos del otro, pero lo conseguiremos.
De pronto hablaba con tristeza; en el tono de un hombre que contempla su futuro con incertidumbre.
—Mientras seáis felices... —susurró
Miley.
—Sí... Bueno, lo seremos. Delta está muy segura... —la voz de Nick se fue apagando; miró a
Miley y maldijo entre dientes—. Ojalá...
—No hay sitio para eso —
Miley dijo con tristeza, se descolgó de la rama y bajó a la siguiente—. ¿No crees, Nick? Como mi padre. La vida le ha desafiado y tiene que vivir con ello. A veces parece tan injusto...pero así es la vida. Y si papá puede seguir viviendo en los Estados Unidos...
No terminó la frase, pero el significado estaba más claro que el agua: Miley iba a tener que seguir viviendo allí, viviendo cerca de Nick, que solo sería su vecino, y se le iba a partir el corazón.
—Maldita sea... —soltó Nick sin miramientos—.
Miley...
—No hay nada más que decir —
Miley dijo con pena—. Por favor, Nick... Baja y disfruta de lo que queda de la fiesta de Jack. Por favor...
No lo hizo.
Nick y Miley llegaron al pie del árbol y se encontraron con Delta llena de rabia contenida, con los mellizos atados por dos horrorosos collares.
Habían sido los primeros en lanzarse por el tobogán de barro con su mejor ropa de domingo.
Miley se echó a reír.
—¿Por qué no dejas que se metan en el río y se laven así? —le sugirió a Delta, pero esta acogió el consejo con desdén.
Ignoró totalmente a
Miley y dirigió su rabia hacia Nick.
—Y tú, trepando árboles cuando deberías haber estado vigilándolos... —miró a Nick con indignación—. Santo cielo... No voy a ser capaz de quitar nunca estas manchas de la ropa. Nicholas, tengo la cabeza a estallar. ¡Quiero que nos lleves a casa ahora mismo!
O la llevaba a casa o allí se iba a liar una muy gorda; y Nick no tenía ganas de pelear.
—De acuerdo, Delta—se volvió y le dio la mano a
Miley—. Ha sido una fiesta maravillosa, ¿verdad, niños?
—La mejor fiesta del mundo —declaró Laura, y Matt asintió con empeño.
—Gracias por venir —respondió Miley.
Solo deseaba que se marcharan. El dolor que le oprimía el corazón amenazaba con hacerse insoportable.
—Tengo una propuesta que hacerte antes de marcharnos —le dijo Nick; le echó una mirada dudosa a Delta, que estaba roja de rabia, y se encogió de hombros—.
Miley, el concurso hípico local se celebra la semana próxima. Al evento viene gente de todo el país y hay exhibiciones de los campeones nacionales. Hay una comida organizada para los mejores jinetes y puedo conseguirte una invitación si lo deseas.
Era un desafío.
—No creo...
—Cariño, la comida es para los caballistas del Gran Premio, los organizadores locales y los recaudadores de fondos —dijo Delta en tono dulzón—. ¿No te parece que quizá Miley pueda sentirse algo fuera de lugar?
—
Miley sabe montar...
—Bueno, por supuesto que sí —Delta sonrió—. Pero si yo no estuviera en el comité social ni siquiera me invitarían a mí. A esa gente... no les gustan mucho los de fuera.
—Delta... —dijo Nick indignado, pero
Miley negó con la cabeza.
—Delta tiene razón. Soy forastera aquí —dijo en voz baja—. Gracias por la invitación, pero no voy a ir, gracias. Ahora, si me excusáis, debo volver con mis invitados.
Quería alejarse de Nick Jonas antes de echarse a llorar y de Delta Podger antes de decirle lo que pensaba de ella.
—Pero no podemos irnos —los mellizos gimieron al unísono—. No queremos...
—Nick, los niños están tan sucios que un poco más no les hará daño. ¿Si te prometo cuidar de ellos, puedo enviártelos más tarde?
—¡No! —explotó Delta, pero Nick negó con la cabeza.
—Los mellizos no tienen por qué sufrir las consecuencias de tu dolor de cabeza —dijo con tristeza—. Te llevaré a casa, Delta, pero los niños pueden quedarse. Gracias, Miley—dijo con brusquedad, como si se estuviera castigando a sí mismo.
—¡Viva! —gritaron los mellizos y Laura abrazó a
Miley con fuerza, manchándola de barro al hacerlo—.
Miley, eres la mejor.
No, no lo era, pensaba con pena mientras observaba a Nick y a Delta alejarse agarrados de la mano. Era la segunda. Solo la segunda.
La fiesta continuó hasta la puesta del sol, y después
Miley tuvo que pasar horas y horas limpiando. Trabajó hasta que lo limpió todo minuciosamente y el río volvió a estar igual que siempre, limpio y brillante bajo la luz de la luna.
Al final los adultos no habían podido resistirse y se habían unido a los niños en el tobogán de barro, y casi todos los invitados habían terminado en el río. Incluidas las remilgadas señoras de la iglesia, que tras mucho parloteo habían cedido a la tentación. Miley jamás había despedido a unos invitados tan sucios como los de aquella fiesta, y sabía que el ochenta cumpleaños de Jack sería muy comentado durante años.
Una buena fiesta. Una fiesta maravillosa.
¿Entonces por qué ella se sentía tan desdichada?
Cuando volvió a casa, Jack la estaba esperando. Le había enviado a la cama horas atrás. El viejo estaba agotado y a esas horas esperaba que estuviera profundamente dormido, pero se lo encontró meciéndose muy contento en el porche, mirando sus dominios con el aspecto de un hombre satisfecho y en paz consigo mismo.
Cuando apareció
Miley, el abuelo le sonrió y le indicó que se sentara.
—Sé que estás cansada, niña —dijo—. Pero te hará bien contemplar las estrellas y pensar en un día tan perfecto.
—¿Un día tan perfecto?
—Sí —se estiró—. Solo faltaba tu padre.
—Mmm...
Se quedaron un momento en silencio, cada uno perdido en sus propias cavilaciones, y entonces
Miley estiró el brazo y le dio la mano al abuelo.
—Abuelo, he visto un par de videocámaras filmando la fiesta de hoy. Le enviaremos una copia a papá para que al menos vea lo bien que nos lo hemos pasado.
—Lo haremos —Jack salió de la melancolía—.
Miley, esta noche, mientras estabas en el río, he recibido una llamada de teléfono de una muchacha llamada Wendy Reynolds.
Wendy Reynolds...
Miley frunció el ceño, intentando recordar. Al momento se le encendió la luz.
Conocía a Wendy. Wendy era la campeona de caballos de exhibición en la categoría femenina.
Miley la había conocido en los Estados Unidos.
—¿Cómo diablos... ?
—Wendy se enteró de que estabas en esta zona de Australia —Jack sonrió—. Ha llamado a veintitrés Cyrus buscándote, y nosotros hemos sido el número veinticuatro. Le dije que la llamarías, pero ahora es un poco tarde.
—Es cierto —eran casi las doce de la noche—. ¿Ha dicho lo que quería?
—Pues sí —dijo Jack pensativo—. Quiere que montes en la función del sábado que viene.
—Que monte... —
Miley arrugó el entrecejo—. Pero ella sabe que no puedo competir. Ni siquiera aunque tuviera la ciudadanía...
—Sería injusto —dijo Jack con satisfacción— que una campeona olímpica midiera sus fuerzas con un talento local... No, eso no es lo que te está pidiendo Wendy. Parece ser que accedió a participar en la exhibición con maniobras al son de la música. Paddy y tú trabajáis con música, ¿verdad?
—Sí, pero...
—
Miley, el caballo de Wendy se ha quedado cojo. No podrá actuar durante un mes o más y ya han anunciado la presencia de Wendy como reclamo. Lo recaudado va para los minusválidos, así que se siente muy mal por no poder participar. Por eso quiere saber si Paddy y tú podréis ocupar su lugar.
—Abuelo... Yo no puedo...
—Porque no montas en Australia —Jack dijo con delicadeza—. Porque te duele mucho.
—Yo no...
—Espera, no creas que no entiendo lo que estás pasando —Jack gruñó—. Lo único que estoy diciéndote es que... Bueno, Paddy es un caballo maravilloso, y es una pena jubilarlo así sin más. Tal vez si hicieras alguna que otra exhibición, te juntaras con compañeros y mantuvieras tu talento a punto, entonces la ruptura con la vida que llevabas en los Estados Unidos no sería tan brusca y no te dolería tanto.
—No me duele.
—Eso no es cierto —dijo Jack con delicadeza—. ¿Verdad,
Miley?
—Supongo que no.
—Paddy y tú hacéis un equipo estupendo —le dijo Jack—. Y nunca te he visto actuar en directo. Me sentiré muy orgulloso de ti si participas el próximo sábado. Además, de ese modo me sentiría menos culpable por tenerte aquí encerrada.
—No me tienes encerrada.
—Lo sé. Tú estás aquí porque quieres. Bueno, pues demuéstrame que no quieres desperdiciar tu talento —se puso de pie, las piernas le temblaban con los años—. Piénsatelo, niña —sonrió y se inclinó a darle un beso en la mejilla—. Piénsatelo. Y gracias por una fiesta tan maravillosa. Me has dado el mejor regalo del mundo solo con estar junto a mí. Y si empiezas a montar de nuevo... A lo mejor eso te ayudaría a superar el trauma de ver a Nick casándose con otra.
Miley no se movió.
Jack Cyrus y ella eran almas gemelas. ¡Cómo no iba a saber Jack lo que le pasaba!
Había tres cosas que le estaban haciendo sufrir. La primera, lo mucho que echaba de menos a sus padres y su hogar; la segunda, lo mucho que echaba de menos montar. Y la tercera...
Jack la sabía.
Miley se mordió el labio, intentando no pensar en Nick Jonas, y tomó una decisión sensata y práctica.
Miley había pensado que podía dejar de montar a nivel de competición, pero no era cierto. Tanto ella como Paddy echaban ya de menos participar a nivel internacional.
Y aquel era el evento al que Nick la había invitado a asistir.
Él estaría allí, y Delta también.
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