viernes, 10 de agosto de 2012

Capitulo 3.-


Pero unos ladridos frenéticos interrumpieron la conversación. Dos collies salieron de detrás de un tractor y corrieron a investigar la camioneta extraña que había en su propiedad; detrás de ellos apareció Nick Jonas.
Nick se detuvo al ver la camioneta, y cuando el granjero vio a Laura y a Matthew dentro del vehículo, su rostro se relajó visiblemente.
Entonces fue Miley la que se puso nerviosa.
Nick Jonas...
Se lo quedó mirando y el corazón le dio un vuelco. Nick Jonas estaba igual de impresionante que diez años atrás, o incluso más.
El granjero tenía un cuerpo esbelto y fornido, pero esos músculos no los había trabajado en un gimnasio. Miley sabía que los Jonas tenían dinero, pero se veía que aquel hombre no era de los que esperaba que los peones realizaran todo el trabajo. Tenía la tez curtida de trabajar al aire libre, y los pantalones de piel, la camisa caqui y las botas de faena no hacían sino acentuar aquel físico tan tremendamente viril.
«Por amor de Dios, contrólate», se dijo con dureza. Saltó de la camioneta y fue hacia el lado de los niños, de modo que pudiera estar entre ellos y el tío y la tía.
—Hola, señor Jonas —dijo despacio, ignorando totalmente a la horrible Delta.
Nick se detuvo a un metro de Miley. La miró de arriba abajo con aquel par de ojos oscuros, desde las puntas de las botas llenas de barro hasta la cascada de rizos castaños atados en una coleta.
—Me parece que no la conozco —le dijo despacio.
Su mirada parecía decir que no tenía ganas de conocerla y Miley se ruborizó. Además, le dolió que no la reconociera.
En ese momento Nick Jonas miraba a los niños, que seguían dentro de la camioneta. Ignoró la mano extendida de Miley y dio un paso en dirección a los niños. Pero Miley no pensaba dejar que la ignorara.
—Señor Jonas, soy Miley Cyrus...
Pero él solo miraba a los niños.
—¿Laura... Matt... estáis bien? ¿Estáis bien? —dijo en tono angustiado.
Y en ese momento Miley perdonó a Nick Jonas por no haberla reconocido. Se notaba que el granjero estaba muy preocupado, angustiado de verdad con la desaparición de los mellizos, y que por eso la había ignorado.
Ninguno de ellos contestó.
—Están bien —Miley se apresuró a contestarle.
Se volvió a mirar a los niños y vio que estaban pálidos. Se encontraba apoyada en la puerta abierta del asiento donde estaban los niños y Nick Jonas estaba tan cerca...
—Solo un poco cansados y nerviosos... y muy, muy tristes.
Nick miró a los niños detenidamente, como queriendo asegurarse de que lo que Miley había dicho era cierto.
Finalmente miró de nuevo a Miley, y su altura le hizo sentirse pequeña, muy pequeña.
—¿Quién ha dicho usted que era? —le preguntó, seguro ya de que le había dicho la verdad—. Parece usted americana...
—Medio americana, medio australiana —Miley sonrió—. Soy Miley Cyrus. Mi abuelo es el dueño de la granja de al lado.
—Cyrus... —Nick la miró tremendamente aliviado.
Era la pariente de un vecino la que había llevado a casa a sus niños. La miró con mayor detenimiento.
—¿Estaban en su granja?
—Estaban a unos tres kilómetros de aquí —le dijo Miley y se puso seria—. Caminando por el medio de la carretera. Estuve a punto de atropellarlos.
Nick se estremeció. Cerró los ojos horrorizado. A su lado, la mujer llamada Delta observaba la escena con detenimiento y frialdad.
Finalmente, Nick abrió los ojos y miró de nuevo a Miley.
—Gracias —dijo con la misma amabilidad que Miley recordaba en él; Nick sonrió y sus ojos también sonrieron—. Gracias —y la miró fijamente a los ojos con el mismo calor que Miley llevaba tantos años guardado en el corazón—. Gracias por conducir con tanta prudencia y por traerlos a casa —sacudió brevemente la cabeza—. Los he buscado por los caminos cercanos, pero no pensé que podrían haber llegado tan lejos. Entonces se me ocurrió que habrían ido campo a través y decidí peinar la finca y los alrededores.
—Estaban muy empeñados en continuar —dijo Miley—. Me dijeron que se dirigían a Sidney.
La aflicción ensombreció el rostro de Nick.
—Pues claro —la miró con gravedad—. Ellos vivían antes en Sidney; antes de que mi hermano y su esposa fallecieran en un accidente. Pero los niños no pueden volver.
—Me lo han explicado.
Miley fue consciente de que los niños no perdían ripio. Les había prometido hablar en su nombre, y estaban esperando a que cumpliera su promesa.
—Según he podido deducir ambos niños entienden que su casa ha sido vendida —continuó diciendo—. Pero estaban desesperados.
—¿Desesperados? —Nick parecía confundido.
—Los niños se escaparon porque le cortaron el pelo a Laura —consiguió decir Miley con dificultad, pero sabía que era importante que Nick entendiera la desazón de los niños—. A sus padres les gustaba mucho el pelo de Laura, y le dijeron que se lo debía dejar largo. Tanto Laura como Matthew lo sintieron más que si les hubiera maltratado físicamente. Creo... Creo que hizo mal en cortárselo. En mi opinión le debe una disculpa a Laura, y si quiere dejarse crecer el pelo otra vez debería permitírselo.
Delta suspiró ruidosamente.

—Eso es ridículo —susurró la mujer y le echó una mirada llena de incertidumbre a Nick—. ¿Qué derecho tiene a...?
—¿Qué derecho tiene usted? —le preguntó Miley mientras la miraba con indignación; pelearía por esos niños—. Laura no quería cortarse el pelo. ¿Tanto daño habría hecho dejárselo largo?
—Nicholas tiene suficiente que hacer por las mañanas como para ponerse a peinar a esta mo... a la niña.
—¿Iba a decir mocosa? —le preguntó Miley lentamente.
—No —fue Nick el que contestó en tono grave; le puso la mano a Delta en el hombro, deteniéndola con el gesto—. Por supuesto que no iba a decir eso —suspiró—. ¿Cómo sabe todo esto? —le preguntó a Miley en tono dolido.
—Los mellizos me lo contaron —Miley dijo en tono bajo—. Me lo dijeron cuando les pregunté. Creo... creo que están desesperados por tener un adulto que los apoye.
Fue un golpe certero. Nick hizo una mueca.
—Delta lo hizo de buena fe —dijo despacio mientras miraba a los mellizos—. A Laura se le enredaba mucho el pelo y me resultaba muy difícil peinárselo. No soy capaz de hacerlo como lo hacía su madre.
—¿Acaso importa tanto?
—Supongo... —Nick la miró desconsolado, como si no supiera qué hacer.
Miley esbozó una sonrisa de arrepentimiento. Había que animar la situación, y rápidamente.
Sonrió de oreja a oreja mientras se le ocurría algo para conseguirlo. Se volvió hacia los mellizos y les guiñó el ojo.
—Esta mañana me ha llevado unos diez segundos peinarme —dijo, de espaldas a Nick—. Me até el pelo con una goma. ¿Tan mal está?
Sonrió a los niños y al momento se volvió de nuevo a mirar a Nick Jonas; ladeó la cabeza y lo desafió con la mirada.
La sombría expresión del granjero se desvaneció. Nick se fijó en el cabello revuelto de Miley, en los ojos alegres, y después se fijó en el resto muy despacio.
Era como si la estuviera viendo por primera vez... Y sus ojos le dijeron que le estaba gustando mucho lo que tenía delante.
—Supongo... Supongo que no está tan mal —tenía la mirada risueña.
—Laura podría recogerse el pelo así ella sola —Miley dijo con empeño; se volvió de nuevo a mirar a los niños—. ¿Verdad, Laura? Matt podría recogértelo. Estoy segura de que incluso podría convencer a la tía Delta para que te comprara un lazo en lugar de hacerlo con una goma. ¿Si te dejaras crecer el pelo otra vez, Laura, te importaría llevarlo tan enredado como yo?
Los dos niños miraron a Miley, le miraron el pelo, que desde luego no lo llevaba demasiado bien peinado. Tenía una rizada mata de bucles castaños que se escapaban de la goma en distintas direcciones.
—Me gusta —dijo Matthew finalmente después de sacarse el dedo de la boca y de desafiar a Delta con la mirada.
—Sí. Tienes una paja pegada aquí detrás, y creo que un poco de boñiga de caballo, pero de todos modos es bonito.
—Eso es —dijo Miley con humor, y se volvió de nuevo hacia Nick—. Incluso con un trozo de boñiga de caballo. Problema resuelto.
—Pero Nicholas no quiere que los niños vayan por ahí con aspecto de vagabundos —saltó Delta sin poder controlar su irritación.
Miley se puso seria y se volvió muy despacio hacia Delta.
—¿Acaso es ese el aspecto que tengo yo?
—Ya que me lo pregunta, le diré que sí. Parece como si llevara varias semanas sin lavarse.
—Delta —Nick le apretó un poco el hombro y bajó la vista, avergonzado por las palabras de su prometida.
Pero era imposible rectificar.
Se produjo un silencio pavoroso. Nick y los mellizos miraban a Miley con expectación, como si pensaran que iba a explotar. Pero entonces el sentido del ridículo de Miley fue en su rescate.
—He conocido a unos cuantos mendigos que se ofenderían si supieran que alguien los ha comparado conmigo —sonrió y miró a Nick—. Dudo que la boñiga de caballo sea el tocado favorito de nadie. Pero no importa. Me he pasado casi toda la mañana limpiando caballos —miró a Delta de nuevo y consiguió seguir sonriendo a pesar del evidente desdén de la mujer—. Me encantaría ponerme pañuelos de seda y perlas para trabajar —sonrió—. Pero me apuesto a que mi caballo intentaría comérselas. Debe de tener un público más ferviente que yo.
Delta se quedó boquiabierta.
La mujer no tenía sentido del humor, eso desde luego. La miraba como si pensara que Miley se estaba burlando de ella.
Bueno, quizá no debería haber comentado nada sobre la apariencia de Delta; pensándolo bien, se le había escapado. En adelante, tendría que ir con más cautela.
Además, lo más importante era llegar a Nick. Se volvió y lo miró sin reparo.
—Si me hubiera parado para ducharme y cambiarme de ropa, habría llegado tarde a casa de mi abuelo y le habría hecho preocuparse, como estoy haciendo ahora mismo —dijo en tono afable—. Pero lo he hecho por los niños, porque son importantes. No importa tanto que el abuelo se preocupe, los niños van primero. Es un asunto de prioridad. ¿Qué importancia tiene para usted que Laura tenga siempre un aspecto inmaculado?
—No tiene ninguna.
Y entonces, antes de que nadie se diera cuenta, Nick la agarró de la cintura con sus fuertes brazos y la apartó a un lado. Se adelantó y levantó a cada niño con un brazo.
—Habéis oído lo que ha dicho Miley, niños —les dijo en tono amable—. El abuelo de Miley estará preocupado porque ella llega tarde —se volvió hacia Miley de nuevo—. Gracias por traerlos a casa, ya nos ocupamos nosotros de ellos —dijo en voz suave—. Créame.
Miley lo miró a los ojos y aspiró hondo.
—Les prometí... Les prometí que no los dejaría hasta que no me asegurara de que nadie iba a enfadarse con ellos.
—Nadie está enfadado —dijo Nick con calma—. ¿Verdad, Delta?
Dellta desde luego que lo estaba. Pero la mirada que le echó Jonas le bajó los humos. La mujer hizo un gran esfuerzo para contestar.
—Por supuesto que no; quiero decir, no con los niños —dijo y le dirigió una mirada de asco a Miley.
—¿Permitirán que Laura se deje el pelo largo? —le preguntó Miley, sabiendo que si alguna vez iba a conseguir algo para los gemelos, ese era el mejor momento.
—Por supuesto que sí —dijo Nick con determinación; le echó una mirada de vacilación a Delta—. Delta... Quiero decir, nosotros pensamos que era lo mejor para ella, pero tal vez... tal vez deberíamos haberlo hablado antes.
Cualquiera hubiera percibido el reproche implícito en las palabras de Nick, y a Delta no le gustó ni un pelo.
—Me parece bien —Miley dijo antes de que Delta pudiera contestar; fue hacia el lado del conductor—. También les prometí a los mellizos que vendría mañana a verlos con mi caballo. ¿Les importa?
—No hay necesidad... —Delta apenas podía respirar.
—Sí que la hay —dijo Miley con firmeza—. Se lo prometí.
—Por supuesto que puede venir —Nick llevaba cargados a los niños, pero le sonrió con sinceridad; fue exactamente la misma sonrisa que la había dejado fuera de combate diez años atrás—. Siempre será usted bienvenida.
Miley miró a Delta, que de repente se había quedado pálida.
—Estoy segura de que no —sonrió con pesar—. Pero de todos modos, vendré.

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