—¿Quieres decir que te casarías conmigo —dijo Nick despacio— si te lo pidiera?
Miley cerró los ojos, intentando sacar fuerzas de flaqueza.
No podía sincerarse, eso desde luego. Sin duda tenía demasiado orgullo para decirle la verdad.
Finalmente, Miley abrió los ojos y miró a su amor, con el corazón atenazado por el dolor.
—
Nick, llevo diez años amándote —dijo en voz baja—. Me sacaste a bailar hace diez años y me enamoré de ti nada más verte. Esperé que se me pasara. Pero, como ves, no ha sido así. Todavía te quiero. Si me pidieras que me casara contigo... —suspiró y se apartó de él—. Si me pidieras que me casara contigo, sin embargo, diría que no.
—Dirías...
—No me quieres como esposa —dijo
Miley simplemente—. No crees que esté a la altura de las circunstancias. Y yo tampoco lo creo. No podría darte lo que quieres, y sé que sufriría mucho intentándolo. Así que... Así que creo que es hora de que vuelvas con tu Delta y continúes con tu vida. Eso es lo que pienso.
El silencio que siguió fue casi ensordecedor.
—Maldita sea —dijo por fin
Nick.
—Eso es —dijo sin más.
—
Miley...
—No hace falta decir nada —susurró con tristeza; seguían agarrados de la mano, como si fueran dos amantes—. Y tampoco debería haber dicho nada. Tú no me necesitas de ningún modo,
Nick. Solo pensé que... Como no me había enamorado nunca antes, y pienso que no me volveré a enamorar, pues que tal vez tú tuvieras derecho a saberlo.
Se quedó callada.
—
Miley... —la voz de
Nick estaba llena de asombro—.
Miley, lo que me estás ofreciendo... es como un regalo...
—Un regalo que no deseas.
—Un regalo que sin duda podría haber deseado. En otro momento, en otro lugar —
Nick la estrechó entre sus brazos—. Si fuera solo por mí...
—Pero no es por ti, ¿verdad? —dijo
Miley—. Es por los mellizos y por tu posición como pilar en la sociedad. Eres un rico terrateniente. Debes casarte con la mujer adecuada. Y esa mujer no soy yo.
—No —dijo de plano y a
Miley le dolió su respuesta—.
Miley no haces más que burlarte de mi nivel social y es ridículo. Pero los mellizos no son ridículos.
—Por supuesto que no lo son —
Miley le sonrió—.
Nick... Volvamos al trabajo. Olvidemos que esto ha ocurrido.
—No puedo...
—Debes hacerlo —dijo
Miley—. Debes.
Nick maldijo de nuevo y después empujó un poco a
Miley Por un momento se miraron en silencio, con dolor.
Estaban tan cerca el uno del otro. Insoportablemente cerca. Tan cerca que solo podía pasar una cosa. Una cosa que ambos deseaban...
Despacio, muy despacio,
Nick inclinó la cabeza. Y
Miley levantó la suya para recibir los labios de
Nick.
Entonces se unieron en un solo cuerpo. Claro que no estaban casados, no eran un solo cuerpo y una sola alma.
Miley no debería haber dejado que la besara. Pero lo hizo, y lo que sintió fue lo que siempre había soñado sentir.
Pero el roce de los labios de
Nick sobre los suyos no era un sueño; ni tampoco sus fuertes manos de granjero rodeándole la cintura, ni la calidez que bañaba su risueña mirada de ojos marrones.
La ternura que emanaba aquel hombre se apoderó de ella con más fuerza que una garra de acero.
Miley levantó las manos para agarrarle la cabeza, para estar más cerca, más cerca... Abrió la boca para dejar que su lengua le acariciara, para acoger a
Nick Jonas con todo su corazón, con cada poro de su cuerpo.
Aquella era su paz, su hogar. Pero, por supuesto, no podía ser.
El beso no podría durar. La ternura no era sino una ilusión. Un momento de locura por parte de
Nick Jonas; infinitamente maravilloso, pero pasajero. Tenía que terminar. El dolor ya lo sentía ella antes de notar que él se ponía tenso. Antes de notar que recuperaba el sentido.
—Dios mío,
Miley... —dijo
Nick en tono ronco y apasionado—.
Miley... Lo siento...
Lo sentía.
La rabia se presentó para rescatarla. No mucha, pero la suficiente.
—¿Sientes haber besado a la criada cuando la esposa no está mirando? —susurró
Miley y retrocedió un paso—. Es lógico.
—
Miley...
—No estoy en el mercado para mantener una relación de una noche,
Nick, ni siquiera aunque seas capaz de olvidar que te vas a casar con otra —
Miley cerró los ojos—. Ahora, si has terminado, me gustaría volver al trabajo... antes de que diga algo de lo que pueda arrepentirme toda la vida.
Nick la miró largo rato sin hablar y, finalmente se agachó para terminar de guardar las cosas en la nevera.
—Entonces vístete,
Miley —dijo con gravedad—. Tienes razón. Tenemos trabajo pendiente y estamos... estamos perdiendo el tiempo.
Sin decirse nada,
Nick y
Miley empezaron a trabajar cada uno desde un lado distinto del prado. No se encontraron hasta que no terminaron de segar toda la extensión, e incluso entonces fue solo para darse las buenas noches con frialdad.
A
Miley le pareció que se estaban despidiendo para siempre.
Miley volvió a ver a
Nick tres días después. Pero a ella se le hicieron eternos. Para sus adentros se reprendió, diciéndose que ella ya no era una adolescente.
¿Cómo podía haberle dicho que lo amaba? ¿En qué demonios había estado pensando para decir una cosa así? ¿Para dejar al descubierto de tal modo sus sentimientos?
Los sermones que no dejaba de echarse a sí misma no la ayudaron en absoluto; al contrario, le hicieron sentirse mucho peor.
Los mellizos asistían a sus lecciones de montar, y le informaban de lo que acontecía en casa de
Nick sin preguntarles ella.
—Nick y tía Delta se pasaron toda la noche preparando las invitaciones de boda —le dijo Laura con tristeza—. Y no puedo ser dama de honor porque Delta dice que solo quiere tener una y será la tonta de su hermana. ¿
Miley, si te casas algún día, podré ser dama de honor?
—Desde luego —
Miley sonrió, pero por dentro se le saltaron las lágrimas al pensar en que ella nunca se casaría.
Imposible. Sobre todo cuando hacía diez años que había entregado el corazón con tanta pasión; y jamás lo había recuperado.
El jueves empezaron a almiarar el heno.
Nick estaba allí, pero
Miley apenas lo vio. Se llevó a tres de sus hombres con él, para tener los suficientes en los prados.
Miley se quedó en el almiar, amontonando las balas de paja hasta que llegaron al techo.
El viernes por la tarde, cuando
Nick llevó el último camión, Miley estaba más cansada de lo que lo había estado jamás. Y, además, muy satisfecha.
Jack había estado supervisando toda la operación, yendo de un lado a otro con expresión satisfecha, y había ido a caballo a cerrar las puertas de la valla cuando los hombres se habían marchado a casa. Así que cuando llegó
Nick con el último camión,
Miley estaba sola.
Era la primera vez desde el lunes que estaban a solas.
Al ver a
Nick entrando montado en el tractor, a
Miley se le formó un nudo en el estómago. No había pensado que volviera a surgir la oportunidad de estar a solas con él.
—¿Tienes sitio ahí arriba para otra carga? —gritó
Nick.
Miley estaba a la altura de las vigas y desde allí
Nick parecía pequeño.
—Echa el elevador hacia este lado. Cárgalo y envíamelas.
No cruzaron palabra durante quince minutos, mientras
Nick cargaba las pesadas balas de paja en el ascensor y
Miley las levantaba y colocaba ordenadamente. Era un trabajo pesado y muy cansado, y se alegró mientras colocaba la última bala de paja.
Nick Jonas se encaramó y se colocó junto a ella.
—Hemos terminado —suspiró; se sentó en una bala y miró al patio.
Nick estaba tan cansado como
Miley. Se lo veía agotado y
Miley sintió cierto reparo.
—Has trabajado demasiado.
Se volvió.
—Tú has hecho todo el trabajo aquí sola —dijo despacio—. Has cargado dos mil balas de paja en dos días. ¡Y dices que yo he hecho mucho!
—Me he divertido haciéndolo —le confió
Miley—. Y los hombres me han echado una mano.
—Los pectorales se te van a poner tan fuertes como los míos, ya verás —Nick se burló mientras la miraba con curiosidad—. Cargando tantas balas...
—Dos mil —dijo con satisfacción.
Y entonces, como no parecía tener otra alternativa, se acercó y se sentó junto a él.
La granja se extendía delante de ellos. En la distancia
Miley vio a su abuelo caminando hacia el río con paso ligero, con el corazón contento. Todo ese heno significaba que la granja podía seguir en marcha.
Los hombres de
Nick estaban recogiendo la maquinaria para volver a casa.
—Yo... Nosotros te estamos muy agradecidos —
Miley dijo con timidez.
Se volvió para mirarlo, pero
Nick parecía concentrado en el punto que era el abuelo de
Miley.
—No hay de qué.
—Sí hay de qué.
—A los mellizos les encantan las lecciones de montar —dijo
Nick sin mirarla—. Matt es un niño distinto. Está siempre feliz y contento. Y únicamente ha puesto mala cara cuando le he dicho que íbamos a almiarar y que no podías darle la clase hoy.
—Esta semana ha dado tres lecciones —Miley sonrió—. No son tan pocas. Sabes,
Nick, Matt promete mucho.
—Es una talento muy valioso en un niño —Nick concedió sin mirarla.
Era como si temiera hacerlo.
—De niña me encantaba montar —dijo
Miley con suavidad—. Siempre tenía un amigo. Primero fue Toby, después Peace. Y ahora Paddy.
—Qué suerte tiene Paddy —dijo con suave ironía, y
Miley no supo si se estaba burlando de ella o no.
—Yo... tengo que bajar —le dijo en tono vacilante—. Esto... tengo que preparar la cena.
—¿Tú? ¿Cocinar? —esa vez la ironía fue inconfundible.
—No hace falta que te burles de mí,
Nick.
—Solo me da lástima de tu abuelo.
Miley se mordió el labio. Le pareció que se estaba mostrando grosero adrede. Como si estuviera intentando enfadarla...
Y lo estaba logrando.
—Sí, bueno, no te molestes —le soltó
Miley—. Hay cosas más importante en la vida que la cocina francesa —
Miley lo miró con rabia—. Me estás comparando con Delta, ridiculizándome...
—No es cierto.
—¿Entonces qué estás haciendo? —le preguntó, y
Nick se quedó callado—. Lo ves —
Miley dijo con amargura—. Delta es perfecta, y yo soy a la que podría haberle tocado el premio si hubieras salido un poco por ahí sin que nadie se enterara —se puso de pie, encorvándose un poco para no darse con el tejado—. Me bajo. Por mí puedes quedarte aquí toda la noche.
—Miley... —Nick le agarró la mano y
Miley se echó para atrás.
No podía soportar que la tocara.
—Suéltame, Jonas —dijo en tono suplicante.
Y su ruego fue respondido, pero por otra dirección.
—¡Miley... !
El grito sorprendió a
Miley. Eran los mellizos.
Nick maldijo entre dientes y la soltó.
—¿Estáis los dos ahí arriba? —gritó Laura—. La señora Brown dijo que podíamos venir y luego volver con
Nick. ¿Podemos subir?
—Si sois capaces de trepar —Miley les gritó, evitando la mirada de
Nick.
Estaba tan agradecida a los mellizos por haber aparecido tan a tiempo que cuando llegaron arriba sintió deseos de abrazarlos.
—¡Vaya! ¡Esto es fantástico! —Laura exclamó mirando los altos montones de paja que había a su alrededor—. Qué lugar tan estupendo para tener un escondite secreto. Esto no lo tenemos en nuestro granero, ¿verdad, Matt? Porque
Nick coloca el heno en grandes ruedas.
—Es el sistema más moderno —dijo
Nick mientras saludaba a sus sobrinos con afecto—. Pero nuestra
Miley es una chica tradicional...
—Cuyo abuelo no puede con enormes balas de paja que nadie es capaz de levantar —Miley terminó de decir por él—. Ni yo tampoco. Si utilizáramos ruedas de paja tendríamos que comprar el equipamiento adecuado para moverlas... —hizo una pausa—. Bueno, espero que vosotros dos hayáis venido a recoger a vuestro tío para iros a cenar.
—Sí —Laura sonrió—. Y también para que nos lleve a casa en el tractor. Pero... —miró con vacilación de
Miley a
Nick—. No tenemos por qué irnos a casa todavía, ¿verdad,
Nick?
—Oh, sí,
Nick tiene que marcharse —dijo
Miley con empeño y sentimiento.
Solo quería que
Nick Jonas desapareciera de su vista para poder tranquilizarse.
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