domingo, 19 de agosto de 2012

Capitulo 11.-

—Yo te diré cómo lo hace —dijo Jack, que se acercaba en ese momento adonde estaban ellos—. Esta chica no para, te lo aseguro. ¿Quieres que te cuente lo que ha hecho esta mañana?
—Abuelo...
—Déjame Miley —gruñó Jack—. Se levantó antes del amanecer para ir a ver el ganado. Cuando me desperté a las seis, ella estaba arreglando una valla que las bestias habían roto durante la noche. Antes de llegar yo, ya la había reparado. Después sacó a Paddy a dar un paseo antes del desayuno, volvió para comerse una tostada, y seguidamente salió corriendo para ir con el veterinario a ver a uno de los terneros que se había hecho una herida en la pata con la valla rota. Más tarde empezó a limpiar el pajar, y estaba trabajando como tres peones cuando la llevé a casa para que se arreglara para venir aquí. Tal vez por eso tenga más hambre que... —el abuelo miró a su alrededor con evidente desagrado— estas mujeres —entonces Jack suspiró—. Estoy cansado, niña. Creo que me iré a casa.
—Te llevaré —dijo Miley con prontitud.
Al abuelo le estaba resultando más duro estar allí que a Miley. Había ido a ver si podía charlar un rato con los lugareños y no había encontrado a nadie conocido.
Nick dejó de sonreír.
—Lo siento —dijo en tono bajo—. Yo no confeccioné la lista de invitados.
—Nos invitaste a nosotros —dijo Miley intentando quitarle hierro a la conversación.
—Es cierto — Nick miró a Jack—. ¿Quiere que le lleve a casa, señor, para que Miley pueda quedarse otro rato?
—Yo lo llevaré, gracias —se apresuró a decir Miley—. Yo...
—¿No te gusta mi fiesta? —dijo Nick con tristeza y  Miley lo miró a los ojos.
En ellos vio un brillo de picardía.
—Es una fiesta preciosa —dijo remilgadamente—. Gracias por la invitación. ¿Podemos llevarnos un trozo de tarta y un globo a casa?
—¿No quieres una bolsa de caramelos? —contestó  Nick, y Miley se echó a reír.
—Bueno... si las hay —sonrió.
Nick se dio la vuelta hacia donde estaba su prometida.
—¿Delta, hemos preparado bolsas de caramelos?
Todo el mundo se quedó callado. El grupo con el que  Delta estaba hablando se volvió para mirar a Miley.
—¿Cómo dices? —la fina voz de Delta se oyó por todo el jardín—. ¿Qué quieres, Nicholas?
—Bolsas de caramelos — Nick sonrió—. Se supone que esto es una fiesta de cumpleaños, ¿no? Mis invitados se preguntan dónde están la tarta y los globos.
—¿El cumpleaños de quién? —preguntó Miley en el silencio.
—El mío, por supuesto —sonrió—. Mi treinta cumpleaños. Pero no puedo recibir regalos porque  Delta dice que la gente bien no debe hacer regalos.
—¿No te han hecho regalos? —dijo Miley en tono vacilante.
—No los quiero — Nick sonrió y estiró el brazo para tomar la mano de Delta que llegaba en ese momento junto a él; para alivio de Miley , la gente empezó a charlar de nuevo—. ¿Lo ves, Delta? —dijo Nick—. Sabía que faltaba algo. No hemos preparado bolsas de caramelos, globos o tarta de cumpleaños.
Miró a su prometida a los ojos y Delta consiguió devolverle la sonrisa.
—De verdad, Nicholas... ¡Qué crío eres!
—No he sido yo —dijo virtuosamente y señaló hacia Jack—. Es el señor Cyrus el que quiere globos, ¿verdad, señor?
Jack sonrió.
—Una fiesta no es lo mismo sin globos —entonces su mirada se encontró con la de Delta y la sonrisa desapareció—. No es eso... Quiero decir, es una fiesta estupenda, señorita.
—Pero hay una tarta de cumpleaños, ¿verdad? —le preguntó Nick y Delta asintió.
—Por supuesto que te he preparado una tarta de cumpleaños —le sonrió con dulzura—. Van a sacarla a las cuatro...
—Pero nuestros invitados se marchan ya.
—¿Cómo? ¿Ya se van? — Delta se animó visiblemente, y sonrió a Miley y a Jack—. Qué lástima.
—¿Entonces no podemos tomar la tarta hasta las cuatro?
—El catering está organizado, Nicholas...
Delta le apretó el brazo de tal modo que ni a Miley ni al abuelo se les escapó el gesto.
—Entonces no hay elección. Tendrá que quedarse, señor Cyrus—dijo Nick con firmeza; retiró la mano de  Delta de su muñeca con cierta frialdad y se agarró del brazo de Jack—. Solo falta una hora para las cuatro, señor —dijo—. ¿Le ha contado Miley lo que hemos pensado para segar sus prados?
—Sí —el hombre le echó una mirada dudosa a Miley —. Parece una oferta generosa...
—Generosa por parte de Miley — Nick le dijo—. No por nuestra parte. Vamos a ver... Dan está detrás de la casa. Conoce a Dan, a mi capataz, ¿verdad? — Nick miró a Delta con el ceño fruncido—. Dan no se siente demasiado a gusto en mi fiesta de cumpleaños, tampoco. ¿Así que qué le parece si vamos a brindar con una cerveza y nos dice qué prado quiere que sieguen antes?
Jack vaciló.
—Ve —dijo Miley en tono suave al ver la emoción en los ojos de Jack.
Jack se había aislado de sus vecinos casi totalmente en los últimos años y la primera salida con Miley no debía estropearse por las estiradas amistades de  Delta.  Miley le sonrió.
—A lo mejor incluso me voy con vosotros. Podemos tomarnos una cerveza juntos.
—Os llevaré —se apresuró a decir Nick.
Dejó su copa de vino sobre una mesa, miró a su prometida dudosamente y sonrió con pesar. Entonces tomó a Miley del brazo.
—A mí tampoco me vendría mal una cerveza.
Por supuesto, no se quedó mucho rato.
Nick no podía permitirse aquel lujo. Acomodó a Jack en una confortable mecedora, fue a buscar a Dan e inició la conversación entre los hombres. A los pocos minutos se excusó.

Jack y Dan se conocían desde hacía años y se entendían muy bien. La presencia de Nick no era necesaria.
—Será mejor que vuelva para seguir haciendo de anfitrión — Nick sonrió—. Si no lo hago, me tocará fregar los platos —dijo medio en broma—. ¿Quieres quedarte o volver conmigo?
—Quedarme, desde luego —se apresuró a decir y  Nick se echó a reír—. Avísame cuando estén encendidas las velas de la tarta.
—De acuerdo —Nick vaciló un momento—. ¿Seguro que estaréis bien aquí?
Parecía como si no tuviera ganas de marcharse.
El cobertizo estaba lleno de piezas de tractores y de maquinaria; olía a grasa y a pienso. Y había gallinas, patos y algún que otro ganso por allí suelto, escarbando el suelo polvoriento en busca de granos.
Le gustaba.
Mucho más que la marquesina de seda blanca.
—Sí... ¿Pero dónde están los mellizos?
Los mellizos.  Nick miró a su alrededor con despiste.
—No tengo ni idea —pero al instante se relajó visiblemente—. Ya sé. Delta les ha mandado a que se echen la siesta. Siempre la echan a esta hora.
—¿La siesta? — Miley frunció el ceño—. Pero… Ya tienen seis años. ¿Estás seguro de que necesitan echarse la siesta?
—Estoy seguro —dijo Nick con naturalidad mientras miraba hacia el segundo piso de la casa—. Se suben cada tarde sin rechistar; y es estupendo saber dónde están, para variar.
—Si los encerraras permanentemente, siempre lo sabrías —dijo Miley en tono mordaz.
—¿Miley, acaso eres una experta en niños? —dijo  Nick Jonas en tono enfadado.
—No, pero...
—Entonces reconozcamos que tal vez Delta tenga razón —dijo en tono bajo—. Será mejor que no nos metamos en lo que no sabemos.
—Solo porque Delta sea mandona no significa que tenga razón —dijo Miley entre dientes—. ¿Cuál es su habitación?
—La que está sobre el último olmo — Nick miró hacia la ventana—. ¿Lo ves? Si estuvieran despiertos, estarían mirando por la ventana. Son buenos niños. Hacen lo que se les dice. Ahora, si me perdonas...
Nick volvió a la fiesta con cara de pocos amigos. Y Miley estaba también enfurruñada.
Se volvió hacia el capataz de Nick.
—Pobrecillos. Si yo tuviera a una tía Delta esperándome abajo, tal vez también me portaría bien. ¿De verdad se van cada tarde a su habitación?
—Durante dos horas —dijo el capataz con gesto pesaroso—. Se supone que tienen que dormir de tres a cinco. He estado delante un par de veces cuando han bajado más temprano. La señorita se puso hecha una fiera.
—¡Puaj!
—No estarán dormidos —Dan dijo con perspicacia—. La semana pasada tuve que reparar el tejado y coloqué la escalera cerca de la ventana. Al subir, vi que estaban cada uno tumbado en su cama mirando el techo, como si fueran muñecos de peluche.
—¡No me digas!
—Es cierto—negó con la cabeza—. Yo no he tenido hijos... pero no me parece bien.
—A mí tampoco —dijo Miley con rabia y fue hacia la puerta del cobertizo.
—¿Oye, Miley, adonde demonios vas? —Jack le preguntó alarmado, pero Miley se volvió y se llevó el dedo a los labios.
—Solo voy a hacer una visita, abuelo —sonrió—. No me preguntes.
A Miley le llevó dos minutos trepar el árbol. Miley Cyrus llevaba desde los tres años trepando árboles y era una habilidad que no había olvidado nunca.
Cuando llegó a la última rama, se quedó perpleja. Los mellizos no estaban dormidos... Estaban metidos en un buen lío. Miley se los quedó mirando hipnotizada. En el suelo entre las dos camas había el montón de pasteles más grande que Miley había visto en su vida.
Pasteles...
Para ser precisos, profiteroles. Los pasteles cubrían el suelo, y por todas partes había trozos de nata o de toffee pegados.
Y los mellizos... Los niños estaban sentados en el suelo, entre los pasteles y se veía que estaban horrorizados.
Miley llamó en el cristal y los pobres se pegaron un susto de muerte.
Matt reaccionó el primero. El niño se levantó, caminó a través de la guarrería y abrió la ventana. Como tenía las manos todas pringosas, manchó también la ventana.
—Santo cielo—exclamó Miley mientras entraba en el dormitorio—. ¿Qué es esto? —Miley miró a su alrededor.
Todo estaba pringado. Pasta, nata y toffee por todas partes, incluidos dos niños.
Miley hizo lo posible para aguantarse la risa, pero al final no fue capaz. Los niños se la quedaron mirando perplejos, y al segundo siguiente estaba abrazándolos.
—Ay, Dios mío. ¿Cómo habéis hecho esto?
—No tiene gracia, Miley —murmuró Laura con la cara pegada a su pecho; había estado llorando, pero de repente tenía hipo—. Ay, Miley, no sabes en qué lío nos hemos metido.
—Bueno... — Miley se sentó en la cama y al hacerlo aplastó uno o dos pasteles—. ¿Queréis contarme qué ha pasado?
Laura la miró enfadada.
—Solo si prometes dejar de reírte.
—De acuerdo, de acuerdo — Miley se puso seria, pero con dificultad—. Soy todo oídos, mientras que no me entre nata por la orejas.
—Bueno...
Aquella, según parecía, era la tarta de cumpleaños.
Miley asintió con conocimiento mientras la triste historia llegaba a sus comprensivos oídos. Miley había visto tartas como aquella antes. La última había sido una gran pirámide de profiteroles unidos elegantemente por deliciosas gotas de toffee dorado.
Un Miley así preparado por un experto era una alegría para los sentidos, y entendió la tentación que habían sentido dos pequeños de seis años tremendamente aburridos.
—Íbamos a perdérnosla totalmente —dijo Laura con tristeza—. La tía Delta les dijo a los camareros que había que servir la tarta a las cuatro. Y a las tres nos ordenó echar la siesta de la tarde. No podíamos bajar hasta las cinco. Así que Matt y yo decidimos echarle un vistazo. Estaba allí en el salón y tan alta que no pensamos que pasaría nada si tomáramos un pastelito de abajo —miró a Miley con nerviosismo—. Los de abajo tenían más toffee, sabes, y pensamos que  Delta se daría cuenta si quitábamos unos de arriba.
—Entiendo —dijo Miley en tono grave—. ¿Y qué pasó entonces?
—Entonces... Entonces se vino abajo todo —Matt dijo con voz temblorosa—. Encima de Laura. Y como no sabíamos qué hacer llenamos una bandeja grande que había en el aparador y lo subimos todo aquí para intentar arreglarlo —miró desesperadamente a su alrededor—. Solo que no podemos pegarlos.
—No — Miley estaba a punto de echarse a reír—. Ya lo veo.
—No te puedes reír —Matt la regañó y Miley se aguantó la risa—. Estamos metidos en un buen lío.
—Eso también lo veo.
Dejó de reírse. Lo pensó bien y se estremeció. Tal vez  Nick se reiría. En realidad, Miley estaba casi segura de que reaccionaría así. Sin embargo, Delta...
Estaba segura de que Delta se pondría hecha una furia con los niños. Miran...
—¿Qué vamos a hacer? —Laura dijo con nerviosismo y cuatro ojos la miraron con pavor.
—¿Puedes repararla? —le preguntó Matt.
—No.
Matt tragó saliva.
—Entonces... Entonces ya está, nos van a arrancar el pellejo.
—No necesariamente —dijo Miley despacio—. Sabéis, chicos, lo que de verdad necesitamos aquí... —hizo una pausa.
—¿Sí? —dijeron los mellizos al unísono.
—Lo que de verdad nos hace falta es un chivo expiatorio.
—¿Un qué?
—Bueno, quizá dos — Miley sonrió—. Dos personas que paguen los platos rotos. No querría que uno se enfrentara solo a vuestra tía Delta. Bueno niños, vamos a ponernos en marcha —echó un vistazo al reloj—. Con suerte tendremos treinta minutos antes de nadie venga buscando la tarta. ¡Vamos!

1 comentario:

  1. Quiero mas!!!!
    Por qué lo dejas ahí????
    Dioss morí de la risa xDD El capítulo estuvo muy bueno, me reí muchísimo : p
    Sube pronto, besis, bye c:

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