—¿Nos estás diciendo que nos vayamos a casa? —Nick le preguntó en voz baja, mirándola de un modo que Miley no comprendió, y apretó los dientes para obligarse a sí misma a contestar.
—Sí, Nick —consiguió decir—. Te estoy tremendamente agradecida por el trabajo que has hecho. Pero de momento... de momento quiero que te vayas a casa.
Cinco minutos después Miley estaba libre para preparar la cena. Pero estaba que echaba humo.
Nick Jonas pensaba que era un cero a la izquierda solo porque no sabía cocinar.
Pero sabía cocinar, pensó con amargura, si seguía las instrucciones de los libros de cocina despacio y cuidadosamente. Lo malo era que se despistaba continuamente.
Pero decidió intentarlo, y para cuando Jack Cyrus volvió del río, sobre la mesa había un pastel de atún bastante pasable acompañado de ensalada.
Jack se detuvo a la puerta y olisqueó el aire con gusto.
—Oye...
—No soy tan inútil como piensas —dijo
Miley con empeño y lo desafió con la mirada—. Sé cocinar.
Jack frunció el ceño.
—Yo nunca he dicho que fueras inútil,
Miley, niña —gruñó—. Y jamás lo diría. Nunca en la vida.
—Sí, bueno, anoche se me quemaron las chuletas...
—Pues a Sadie le encantaron tus chuletas. Además, los huevos fritos que acabamos comiendo estaban perfectamente —Jack se acercó a su nieta y le dio un gran abrazo—. ¿Qué te ha pasado para que te pongas a cocinar? —miró hacia la mesa cargada de comida.
—Solo es que... ¿Por qué Delta Podger tiene que ser tan endiabladamente competente?
—No lo es.
—Pues desde luego ha engañado a todo el mundo de maravilla —susurró
Miley; abrazó a su abuelo—. Lo siento, abuelo. Solo es que...
—Es que sigues enamorada de Nick Jonas. ¿No es así, niña? —Jack Cyrus suspiró—. No sirve de nada,
Miley. En esa dirección no encontrarás la felicidad —fue hacia el aparador y le pasó a Miley una tarjeta color marfil de bordes dorados y con caligrafía dorada en relieve.
Miley la leyó con los ojos empañados. Sabía ya lo que diría.
...la boda de Delta Alison Podger y Nicholas Jerry Jonas...
Miley se quedó mirando la invitación un buen rato, intentando controlar el deseo de echarse a llorar desconsoladamente.
—¿Vamos... a ir? —susurró.
—Creo que deberíamos —dijo Jack con tristeza—. Tendré que sacar el traje de la naftalina. Pero vamos a ser vecinos durante mucho tiempo, niña —miró a su nieta con nerviosismo—. Parece que tendremos que apechugar y hacer lo que se pueda.
—Supongo... —
Miley se dejó caer sobre una silla; se le había quitado el apetito.
—Yo no disfrutaré de la boda más que tú —Jack le dijo con desasosiego—. Será una ocasión formal y por todo lo alto. Conozco a los Podger. Como esa maldita comida, solo que diez veces peor —hizo una mueca de disgusto—. La gente se ha olvidado de cómo divertirse, por amor de Dios...
—Eso es lo único que me enseñaron mis padres —
Miley murmuró, e intentó ahuyentar el dolor recordando algo agradable—. Siempre hemos celebrado unas fiestas fantásticas.
—Tu madre organizó una aquí una vez —dijo Jack en tono nostálgico—. Era la mejor organizadora de fiestas de este lado del Atlántico.
—Y del otro —
Miley sonrió. —Ella también me enseñó a mí. He organizado un par de buenas fiestas yo sola, y salieron muy bien.
—Entonces no eres tan inútil como dices ser —Jack sonrió dulcemente y miró a su nieta.
—En casa no, quiero decir, en los Estados Unidos. Pero aquí...
—La gente es igual en todas partes —Jack dijo rotundamente—, ¿Miley, sabes que dentro de dos semanas cumplo ochenta años?
—Sí... —
Miley se lo quedó mirando—. Es verdad, abuelo. Con lo del heno se me había olvidado.
—No digas eso —le suplicó su abuelo—. Esperaba que me estuvieras organizando una buena fiesta.
—¿Quieres que te dé una fiesta?
—Desde luego.
—¿Qué clase de fiesta? —Miley dijo con cautela, y Jack se echó a reír—. Primero me dices lo bien que se te da organizar fiestas, y ahora quieres que lo disponga yo todo. Ahora que podemos vender un poco de heno vamos a tener algo de dinero de sobra, ¿no?
—Sí.
—De acuerdo, chica —anunció Jack—. Adelante entonces. Te diré a quién quiero que invites, y tú me montas una buena fiesta de cumpleaños.
Parecía que el abuelo quería invitar a medio valle.
A la mañana siguiente, el abuelo le presentó a
Miley dos folios llenos de nombres.
—Son todos amigos. Los chicos del equipo de cricket, la gente de la iglesia, cualquier vecino que merezca la pena.
—Aquí hay más de cien nombres... y hay que añadir a los familiares.
Jack sonrió a su nieta.
—Sí, bueno... ¿Quién sabe, niña? Tal vez esta sea la última fiesta de mi vida.
—Sí, claro. Abuelo, esto es chantaje. Con suerte vivirás hasta los cien años y tendré que invitar a toda esta gente cada año —leyó los primeros nombres y entonces miró a su abuelo—. Abuelo, Nick Jonas y Delta Podger están los primeros de la lista. Y los mellizos.
—Quiero que vengan niños —Jack dijo con determinación—. Una fiesta sin niños no es una fiesta.
—Pero Delta...
—Como te he dicho, vamos a ser vecinos durante mucho tiempo —le dijo Jack—. Debemos aprender a llevarnos bien. Además... —miró a
Miley con picardía—. A Delta no le vendrá mal ver cómo se celebra una fiesta de verdad. Es hora de que vea lo que tiene que hacer una buena anfitriona.
Como ni ella ni Jack tenían medios para contratar a camareros y cocineros, ni para colocar una marquesina, la fiesta tendría que ser a su manera.
Pensarían que era una paleta de pueblo. Pero entonces miró de nuevo la lista y vio que la mayoría de los invitados era gente mayor, amigos de toda la vida y vecinos con niños pequeños. Muchos niños.
Les haría pasar un día inolvidable.
Sin saber cómo, fue paseando hasta el río.
De acuerdo. Montaría una fiesta donde la gente no se dedicaría a degustar comida elegante o a mirarse los unos a los otros con ojo crítico. Daría una fiesta como debía ser.
Faltaban dos semanas para el cumpleaños del abuelo. Y seis para la boda de Nick.
A
Miley le perseguía la tristeza a todas partes, pero al menos tenía la fiesta del abuelo en qué pensar.
Y centrarse en otra cosa distinta a la boda de Nick Jonas era el único modo de mantenerse cuerda.
El día del cumpleaños de Jack amaneció claro y soleado. Los mellizos llegaron a la granja de los Cyrus a media mañana con la fuerza de un pequeño tornado.
—Hoy es el cumpleaños del abuelo, hoy es el cumpleaños del abuelo —iban cantando mientras subían las escaleras del porche; entraron a toda prisa en la cocina y se quedaron de piedra.
—Vaya... —dijo Matt.
—Dios mío... —susurró Laura.
—Hola, mellizos —Miley los saludó desde detrás de un montón de globos—. Os necesito. ¿Tenéis la mañana libre?
—Sí... —Matt dijo en tono dudoso—.
Miley dijo que teníamos que volver a las doce para vestirnos para la fiesta; pero también dijo que si no te molestábamos podíamos quedarnos a ver cómo lo preparabas todo.
—Podéis hacer algo más que eso —dijo
Miley emergiendo del montón de globos; señaló hacia el suelo del vestíbulo—. ¿Veis esas cajas? En cada una de ellas hay una enorme base de tarta Paulova, una base de merengue. Las cambié por cincuenta balas de paja, así que id con cuidado. Hay diez platos en el salón y un bol de nata montada sobre la mesa. ¿Podréis colocar una base de merengue en cada plato y después cubrirla con una capa de nata? —separó los dedos unos dos centímetros—. De este grosor.
Matt y Laura se quedaron mirando a
Miley boquiabiertos.
—¿Quieres decir ayudarte de verdad?
—Sí, ayudarme de verdad —contestó
Miley .
—Pero es una fiesta en toda regla —dijo Laura con duda—. Quiero decir... Delta nos ha dicho que no tenemos que meternos en medio porque lo estropearíamos todo.
Miley puso las manos en jarras y los miró pensativamente.
—¿Vais a estropear mis tartas? —sonrió—. Mientras las preparáis yo podré ir a buscar unas fresas para adornarlas. El abuelo y unos amigos suyos van a llevar unas mesas plegables al río, así que os quedaréis solos. ¿Podré confiar en vosotros?
Los mellizos se miraron asombrados y juntos se volvieron a mirar el enorme cuenco de nata que había en el salón. Entonces los dos sonrieron.
—Desde luego que sí —dijo Matt.
Desde ese momento la fiesta de Jack Cyrus fue todo un éxito.
Los mellizos no querían irse a casa a cambiarse; y de no haber sido por la llamada telefónica de Deltaordenándoles que volvieran, se habrían quedado allí cubiertos de nata.
Eran casi las dos de la tarde cuando Nick Jonas apareció en lo alto de la loma que bajaba hasta el río acompañado de la elegante Delta y de dos mellizos muy limpios.
Miley había estado intentando no buscarlos con la mirada cada cinco minutos, pero había fallado irremediablemente. Estaba sirviéndoles unas copas de ponche a dos señoras cuando los vio aparecer, y le costó mucho trabajo seguir charlando con normalidad.
Nick se detuvo y se quedó mirando hacia la fiesta maravillado. Desde luego no era para menos, pensaba
Miley con satisfacción mientras ella miraba también a su alrededor intentando verlo todo con los ojos de Nick.
Había globos por todas partes. La noche anterior se había pasado cuatro horas inflando unos mil globos con la vieja bomba de la bicicleta del abuelo. En ese momento colgaban de todos los árboles que había alrededor, verdes, blancos y plateados, mezclándose con las hojas de los altos eucaliptos y haciendo que el lugar pareciera mágico.
Había cavado dos hoyos enormes y preparado unas fogatas dentro, bien alejados de los arbustos. Y después había llamado a un amigo del abuelo que era bombero para que los vigilase durante la noche. Media res por una noche de vigilancia le había parecido un trato justo. El carnicero local le había preparado la carne y en ese momento estaba terminando de cocinarse a la perfección. Además, la gente estaba colaborando para cortar más carne de la que los más de cien invitados podrían comerse.
Miley vio que Nick miraba todo con fascinación.
No había ensaladas preparadas. En lugar de eso
Miley se había limitado a proporcionar los ingredientes. Las mesas plegables que Jack había bajado al río estaban repletas de cuencos de lechuga, tomates, rábanos, apio, aguacates, piñones, pepinos, nata líquida y quesos. Había también un montón de productos frescos de la huerta con un cartel que decía: Utiliza la imaginación y botes de aliño ya preparado al final de la mesa junto con otros de mostaza, y otras salsas.
Y pan...
El panadero no había querido el heno, pero él y su esposa acababan de tener un hijo, de modo que
Miley le había prometido sus servicios como niñera a cambio del pan. En ese momento él, su esposa y su bebé contemplaban con orgullo como todo el distrito engullía sus productos.
Más allá estaban las mesas con las tartas Paulovas. Llenos de orgullo, los mellizos tiraron de Nick y lo llevaron para que las viera.
Miley les había llevado las fresas y ellos mismos habían decorado las tartas, así que en realidad todo había sido obra de los dos niños.
La música resonaba entre las cúpulas umbrosas de los árboles, y
Miley vio cómo Nick abría los ojos como platos al reconocer a uno de sus hombres tocando el violín.
Miley había descubierto la pasión del peón mientras la ayudaba a colocar los montones de heno, y cuando le había enviado una invitación, él le había sugerido la idea de la banda de música.
—En realidad estamos empezando —le había dicho tímidamente—. Tocamos música country. Y sé que esto va a ser algo grande... Además, los chicos y yo haríamos cualquier cosa por tu abuelo. Si estuvieras dispuesta a decirle a todo el mundo quiénes somos...
Miley desde luego lo había hecho. Había colocado grandes canelones colgando de un árbol a otro en los que decía: ¡Música a cargo de los Hayboy Hicks! Algunos viejos miraban con asombro los carteles, preguntándose cómo había conseguido
Miley colgarlos tan arriba.
La banda era muy buena. Los niños y algunos adultos habían empezado a bailar; claro estaba, aquellos niños que no se habían metido a bañarse en el río.
Junto a la orilla del río habían colocado el barril de cerveza. Un muchacho que tenía más espinillas en la cara que años hacía las veces de barman y socorrista.
El día anterior se había presentado en la granja intentando venderle a
Miley una enciclopedia. El muchacho era un estudiante intentando sacar algo de dinero para el curso siguiente. A
Miley le había parecido que estaba aburrido y demasiado delgado. Así que le había ofrecido algo de dinero y todo lo que quisiera comer por un día de trabajo.
El chico no dejaba de sonreír, y la hija de uno de los vecinos estaba haciéndole caídas de ojos al chico desde donde estaba con su familia.
Miley sonrió al verlos. El amor estaba en el aire. Entonces se volvió por fin a recibir a Delta y a Nick. Y en ese mismo momento el romance se desvaneció.
Ellos no parecían enamorados, desde luego.
Delta estaba horrorizada... y Nick sencillamente cautivado.
También iban demasiado arreglados para la ocasión. En la invitación,
Miley había dejado claro que era una fiesta informal, y la mayoría de los invitados había seguido el consejo. Ella misma iba vestida con vaqueros y una camisa de cuadros. Nick también llevaba vaqueros, pero Delta vestía otro precioso traje de lino, que encima era de color blanco.
—Bienvenidos... Bienvenidos a la fiesta —a
Miley le costó mucho sonreírles, sobre todo porque iban agarrados de la mano—. ¿Os apetece cerveza o ponche? Si es cerveza, id a ver a Eric, pero si preferís ponche entonces yo soy la persona a la que estáis buscando.
—¿Esto... tiene alcohol el ponche? —Delta preguntó débilmente, y
Miley negó con la cabeza.
—Hay demasiados niños aquí —dijo—. Además, hace demasiado calor. La gente bebe más de lo debido y después se tira al agua y vienen los problemas. Eric dice que tiene el diploma de salvavidas, pero yo prefiero no poner a prueba sus conocimientos.
—Entonces... Entonces tomaré agua —Delta frunció el ceño y
Miley hizo lo mismo.
Se volvió hacia la mesa donde estaba el ponche y le pasó a Delta un vaso de plástico vacío.
—Tenemos todo el agua que quieras, y es más pura que el agua corriente, pero aún está en el río —le dijo a su invitada—. Tendrás que caminar un poco río arriba para que los bañistas no te manchen el traje de arena. Si fueras tan amable, podrías llevarte una jarra y traerla llena; por si acaso a alguien se le ocurre la misma idea que a ti.
Delta retrocedió un paso y entrecerró los ojos; como si pensara que
Miley se estaba burlando de ella.
—Creo que no me voy a molestar...
—Yo te traeré un poco —dijo Nick y sonrió a
Miley—. Vaya fiesta...
—Aún no has visto nada —
Miley le sonrió con picardía y sus miradas se encontraron.
El entusiasmo en sus miradas los unió con un nudo invisible. Alegría compartida. Tan fuerte era el vínculo entre ellos que sin duda Delta se daría cuenta.
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