—No iré si crees que no debemos —le dijo tímidamente, medio esperanzada, pero el abuelo negó con la cabeza.
—Si te vas a quedar aquí a vivir, necesitas relacionarte un poco, chica —dijo algo enfadado—. Te volverás loca conmigo todo el tiempo. Y Jonas me cae bien. Es esa mujer tan antipática con quien se ha prometido la que no me gusta; merecerá la pena ir solo para ver cómo me da la mano y me acepta como vecino.
—Nick dijo que había cometido un error —dijo Miley.
—¿Ah, sí? —Jack hizo una mueca—. Me parece que cualquiera que se interponga en su camino encontrará problemas. Se ha dejado enganchar por una buena pieza.
—Está haciendo todo lo posible por los mellizos —dijo Miley débilmente.
¿Por qué estaba defendiendo a una mujer que tanto le desagradaba?
—¿De verdad? —Jack le respondió—. Niña, esa mujer se va a casar con el terrateniente más rico de la comarca. Por eso es capaz de lo que sea, incluso de ser amable con unos niños, hasta que se hayan dado el sí, claro...
A medida que se iba acercando el domingo Miley se iba poniendo cada vez más nerviosa.
—Delta lleva días preparándolo todo —los mellizos le habían informado.
La mañana después de la visita de Nick habían aparecido los dos en la granja para tomar clases de equitación, y el sábado ya habían hecho tan buenas migas con Jack como con
Miley.
—Y hay tres mujeres ayudando en la cocina y alguien ha traído copas y montones de botellas.
Oh, Dios santo, pensaba Miley mientras echaba un vistazo a su guardarropa. Pero su guardarropa no le dio ninguna solución.
Todo lo que Miley había ganado se lo había gastado en los costes de la competición internacional. Nunca había podido comprarse nada que no le resultara totalmente necesario.
Miley no tenía nada elegante ni frívolo; ni tampoco dinero para ir a Hamilton y comprarse algo parecido. Finalmente,
Miley se puso un vestido que su madre le había hecho hacía tres años. Era un sencillo camisero de algodón, muy práctico para llevar a una boda, a un funeral, o a las funciones ecuestres donde a Miley le gustaba pasar desapercibida.
Mientras se miraba al espejo decidió que se notaba que el vestido estaba hecho en casa, y también que estaba algo deslucido. Se le había caído un botón y
Miley se lo había vuelto a coser con un hilo de un color que no pegaba con el tono del vestido. El suave tono verdoso le sentaba bien, pero...
Bueno, con alegría pensó que era el vestido propio de una granjera, y eso la animó.
Miley se cepilló la rizada cabellera y fue a buscar al abuelo.
Jack estaba intentando abrocharse el chaleco con dificultad.
—No soy capaz de abrocharme este maldito chaleco —dijo cuando su nieta llamó a la puerta de su dormitorio—. Eh,
Miley, estás muy guapa.
—Del montón —Miley sonrió—. Abuelo, hace demasiado calor para llevar chaleco —le dijo en tono afectuoso.
—¿Tú crees?
—Desde luego.
Jack se volvió y miró hacia el espejo.
—No es que vayamos muy elegantes,
Miley, mi niña.
Miley fingió pensárselo.
—No —dijo finalmente—. Supongo que no. Van a tener que contentarse con nuestras mentes geniales y nuestros bellos espíritus.
Pero eso no era suficiente.
Al llegar a la valla de la finca de
Nick,
Miley empezó a sentir vergüenza. Una mente genial o un espíritu bello ocuparía un segundo puesto allí ese día. Lo más importante era la gente guapa y elegante.
Aquella era una reunión de sociedad del distrito, pensaba mientras notaba la tensión de su abuelo al ver al grupo de personajes elegantes y de jóvenes parejas que había en el jardín.
Iban conduciendo la camioneta de
Miley, la del abuelo era aún más cochambrosa. Pero la camioneta no pegaba ni con cola entre los lujosos cuatro por cuatro y los Bentleys que había aparcados en el camino.
—¿No podríamos irnos a casa? —Jack dijo con pesar mientras miraba los vehículos—. Pensé que esta era una comida de la gente de los alrededores, pero no conozco ninguno de estos coches ni tampoco a los dueños.
Era demasiado tarde. Los mellizos los estaban esperando y aparecieron antes de que a
Miley le diera tiempo a responder.
—Venga —dijo Laura mientras abría la puerta de
Miley y tiraba de ella—. Llevamos mucho rato esperándolos; nadie quiere hablar con nosotros.
Los niños no eran los únicos que estaban esperándolos.
Mientras
Miley y Jack cruzaban el césped hacia una marquesina blanca,
Nick Jonas se excusó del grupo con el que estaba charlando y fue a saludarlos.
Iba vestido de sport. Había cambiado los tejanos por unos pantalones de pinzas, pero la camisa blanca que llevaba era de lino de buena calidad. Con la suave brisa acariciándole los cabellos y el sol iluminándole los ojos estaba demasiado guapo para la tranquilidad de
Miley.
Nick les sonrió con afecto y por un momento su sonrisa hizo que
Miley se olvidara de su viejo vestido.
—Hola Jack, hola
Miley—
Nick estrechó la mano de Jack con fuerza y sonrió a
Miley con aquella sonrisa tan encantadora—. Me alegro mucho de veros a los dos.
Y por un momento a
Miley le pareció percibir afecto en su voz, el mismo afecto con que los había saludado Laura. Debía de estar imaginándoselo.
Nick estaba simplemente haciendo el papel de anfitrión. Le ofreció una cerveza a Jack y le puso a
Miley en la mano una copa de champán antes de llamar al grupo con el que había estado hablando para presentarlos.
Nick Jonas era un anfitrión cortés y experimentado, que solo quería que sus invitados se sintieran a gusto.
Y entonces
Delta apareció y se puso al lado de
Nick. Le dedicó a Jack una sonrisa empalagosa y miró a
Miley con desdén al tiempo que le sonreía con frialdad.
—Me alegro tanto de que hayáis venido. Nick tuvo una idea estupenda al invitaros —
Delta le agarró del brazo, sonrió a
Nick con posesividad y seguidamente se volvió a sonreír a Jack y a
Miley de nuevo.
Los mellizos desaparecieron.
Miley se dio cuenta de que siempre lo hacían cuando llegaba
Delta. Claro que a ella le estaban entrando ganas de seguir su ejemplo.
Tal vez
Miley hubiera llegado desde Pittsburgh, pero decididamente ese día se sentía como un ratón de campo. Delta estaba radiante. Su traje pantalón de lino debía haber costado casi tanto como un pasaje en clase turista a los Estados Unidos.
O tal vez en primera clase.
«¡Vamos,
Miley!», se dijo con brío. No debía sentirse intimidada por lo que costara el traje de una persona.
—
Nick ha sido muy amable al invitarnos —dijo
Miley —. Desde luego me gustaría conocer a la gente de por aquí.
Sonrió a Delta y se dispuso a pasar aquella tarde desastrosa lo mejor posible.
Y en cierto modo se divirtió.
Como era nueva en la zona, y además americana,
Miley era una novedad y por lo tanto la gente se esforzó en conocerla. Aunque tampoco demasiado.
Pero
Miley también estaba observándolo todo... y comiendo. La comida estaba deliciosa. Las habilidades domésticas de
Delta quedaron bien patentes, pensaba
Miley mientras paseaba junto a las mesas repletas de cosas ricas. Había entremeses exquisitamente preparados, tres tipos de carne asándose lentamente en tres asadores y unos quince tipos distintos de ensaladas.
Los postres fueron aún mejor.
Miley engulló dos trozos de tarta de frutas del bosque y Nick la pilló mientras iba por la tercera ración.
—Te he estado observando —dijo
Nick, que se acercó a ella por detrás—. ¿Es el tercer trozo que te comes?
—Sí —
Miley sonrió sin timidez—. La tarta Paulova ha desaparecido así que tengo que conformarme con lo que pueda encontrar.
—¿Dónde demonios lo echas? —
Nick preguntó con incredulidad mientras estudiaba su esbelta y firme figura de arriba abajo.
Miley se sonrojó.
—No lo sé —dijo con timidez—. Mi madre dice que tengo la solitaria —señaló la mesa con la cuchara que tenía en la mano—. Y todo está tan delicioso. No me extraña que te vayas a casar con
Delta.
—Ha hecho un trabajo estupendo. ¿Miley, por qué estás aquí sola? Ven y deja que te presente a...
—Ya me han presentado a todo el mundo —dijo
Miley rotundamente—. Gracias,
Nick, pero estoy bien. Por favor... me terminaré el postre y después volveré a que me inspeccionen unas cuantas personas más.
Nick se puso tenso.
—No hace falta ser tan crítico.
Miley, si les contaras a estas personas que has ganado una medalla de plata en los juegos olímpicos...
—Serían más agradables conmigo —
Miley concedió cordialmente—. Lo sé. ¿Por qué crees que no se lo cuento? —al ver su cara de enfado, sonrió y negó con la cabeza—. Lo siento,
Nick. Digamos que me gusta disfrutar de la comida a solas. Nick, por favor... Estoy bien aquí sola. Deberías estar con Delta.
Nick paseó la vista por el jardín y vio a
Delta charlando con un grupo de hombres de su edad. En ese momento
Delta se volvió, y al verlo con
Miley se le borró la sonrisa de los labios.
—Si estuviera en tu lugar, iría con ella —le aconsejó
Miley en tono suave—. No creo que a
Delta le guste mucho la compañía que tienes en este momento.
—Tonterías —suspiró Nick y levantó un cuenco de la mesa—. Aquí tienes nata montada,
Miley, por si no te habías dado cuenta.
—Me he puesto nata en las otras dos raciones —dijo
Miley—. Ya no quiero más. Tengo que pensar en la línea.
Nick se echó a reír y
Miley sonrió. Estaba harta de hablar de bobadas con los invitados de
Nick. Le gustaba estar con alguien con quien poder reírse un poco.
—¡Caramba! —
Nick seguía sonriendo—. Todas las mujeres que hay aquí me han dicho lo deliciosa que está la comida y casi ninguna está comiendo. ¿Cómo demonios los consigues tú?
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