lunes, 6 de agosto de 2012

Capitulo 12.- ¡FIN!

Nick llevó a Miley a casa y luego regresó a la suya. El silencio que había allí le hizo darse cuenta de su soledad. Nunca antes había tenido problemas de aquel tipo hasta que Miley irrumpió en su vida. Hasta entonces, se había sentido bien con su futuro de millonario. De millonario solitario.
Se sintió furioso al pensar en el cuarto del niño, y en cómo había creído sin fundamento alguno que así recuperaría a Miley.
Incapaz de sentarse, se dirigió hacia la cocina se puso a revisar el correo de los últimos días. Había una carta de Stan Michaels dándole las gracias por el regalo de boda y reprendiéndolo por no haber asistido a la ceremonia. Stan se había casado recientemente con Jenna Jean. Nick meneó la cabeza. No podía creer que se hubieran unido en matrimonio. Se habían llevado como el perro y el gato cuando eran unos críos.
Echó un vistazo a la última línea de la carta: Ven a vernos cuando quieras.
Nick se quedó pensativo. Miley se iba a visitar a su familia durante las vacaciones. Aunque para él habría sido tan divertido como ir al dentista, hubiera deseado que ella lo invitara, pero no lo hizo.
Miley había sugerido que pasaran algún tiempo separados pensando en lo que cada uno quería realmente del otro. Aquello le había parecido a Nick pura cháchara de psiquiatra. Cada vez que Miley pasaba demasiado tiempo pensando le causaba a él un montón de problemas.
Se frotó la cara con frustración. Las vacaciones de Navidad se avecinaban y tenía que pensar en lo que iba a hacer. Su amigo de toda la vida, Sam, se marchaba a las Vegas. Nick ya había estado allí con él, y no quería volver a repetir la experiencia. Recibiría un montón de invitaciones que no tendría interés alguno en aceptar. Podía quedarse trabajando y hacer como si la Navidad no existiera.
Miró de nuevo la carta de Stan. Bueno, quizá fuera el momento de hacerle una visita.

—Por nosotros, los chicos que empezaron sus correrías en Cherry Lane —dijo Stan Michaels.
—Por nosotros —repitió Ben levantando la jarra de cerveza.
Nick tomó un trago y se limpió la boca. Era la víspera de Nochebuena y el ruidoso bar estaba atestado de personas. La música estaba alta, y la compañía era estupenda. Si tenía suerte, la combinación de ruido y cerveza apartaría a Miley Cyrus de su pensamiento, aunque fuera por unas horas.
—Bueno, yo realmente no empecé en Cherry Lane —apuntó Nick.
—Sabíamos dónde vivías —dijo Stan al tiempo que pedía otra ronda a la camarera—. Estabas lo suficientemente cerca.
—Además, se te daban muy bien las matemáticas —comentó Ben.
Sorprendido, Nick miró a sus amigos.
—¿Y también sabíais lo de mi padre?
—¿Que no existía? —dijo Ben—. Sí, lo sabíamos.
Nick se retrepó en el asiento y meneó la cabeza.
—Y yo que pensé que estaba todo bien tapado.
—Y lo estuvo por un tiempo —dijo Stan—. Pero éramos muy curiosos.
—Condenadamente entrometidos —añadió Ben—. Stan y yo te seguimos un día hasta tu casa.
—Me han dicho que ya no vives en el mismo vecindario —comentó Stan.
—Sí, es cierto —molesto por ser el centro de atención. Nick se encogió de hombros—. ¿Y qué hay de ti, Ben?
Ben seguía teniendo la pinta de un inconformista nato. El pelo casi le llegaba a los hombros, y llevaba una cazadora de cuero negra que no tenía nada que envidiar a la de James Dean. Con su actitud de importarle todo un bledo y el pendiente en la oreja, tenía pinta de ser la pesadilla de cualquier padre de familia.
—Ben es ahora un estable miembro de la sociedad, que paga sus impuestos —puntualizó Stan—. Y es dueño del mejor concesionario de coches extranjeros de Roanoke.
—Pero todavía conduzco una Harley. No me he casado ni tengo hijos. Y además no tendré que cortar el césped los sábados —añadió Ben dirigiendo una mirada de superioridad a Stan.
—Eh, no es culpa mía si no puedes encontrar una mujer que te merezca la pena —dijo Stan.
—Tocado. Jenna Jean merece la pena. Pero siempre he dicho que me gusta ir ligero de equipaje —Ben se giró hacia Nick—. ¿Y tú? ¿Has encontrado a la mujer de tus sueños? ¿Dispuesto a hacer herederos?
Nick dejó la cerveza en de la mesa. Hasta ahora había disfrutado de la noche. Durante unas horas había sido capaz de apartar a Miley de su pensamiento. No había conseguido olvidarla del todo, pero había ahogado su frustración en la cerveza y en los felices recuerdos de sus amigos.
—He encontrado a alguien —dijo por fin—. Pero no sé si funcionará.
Stan enarcó las cejas.
—¿Por qué no?
—Por tonterías. Odia mi dinero —contestó Nick encogiéndose de hombros.
—Estarás de broma, ¿no? —comentó Ben atónito—. Nunca he conocido a una mujer a la que no le gustara el dinero. Demonios, si ése es el problema, déjala y busca otra a la que le guste.
Aquella idea no atraía mucho a Nick. Ahora que había encontrado a una mujer que lo amaba por sí mismo, no iba a conformarse con menos.
—Ese no es el único problema.
—¿Qué más hay?
—Es vegetariana —contestó Nick, preguntándose por qué estaba eludiendo lo principal—. Y también psicóloga. Y probablemente demócrata.
—Suena interesante —apuntó Stan soltando una risita.
Nick suspiró.
—Además, está embarazada.
Los dos hombres se quedaron mirándolo boquiabiertos.
—Nos pilló de sorpresa. Y discutimos cuando me lo contó.
—Así que lo estropeaste todo, ¿no?
—Sí —contestó Nick—. Bastante.
—¿Y quieres que vuelva a tu lado?
—Sí.
—Entonces, has venido al sitio adecuado. Stan tuvo que salvar también ciertas dificultades antes de conseguir a Jenna Jean —Ben se puso de pie y se encogió de hombros—. Mientras habláis de asuntos domésticos, voy a distraer un ratito a Cindy Gillian. Está buscando presa y mira hacia aquí.


—Recuerda lo que te he dicho acerca de las mujeres con antecedentes penales —señaló Stan.
—Ya. Pero lo importante es que sepa llevar una moto —añadió Ben con una sonrisa irónica.
Nick recordó que Ben nunca citaba a una chica que no supiera conducir una moto.
—¿Habla en serio?
—No creo —dijo Stan.
—¿Y qué hay del resto de los chicos: Joe, Tex, Kevin —Nick cerró los ojos intentando recordar nombres y, rostros—. Spider.
Stan dio un sorbo a la cerveza.
—Algunos vinieron a la fiesta sorpresa de cumpleaños que Jenna organizó para mí. Joe es abogado en Richmond.
—¿Bromeas? —Nick recordó a aquel pobre chico escuálido.
Stan meneó la cabeza y sonrió.
—No, no bromeo. Kevin está en la marina. Tex está en algún lugar de Texas, y no pudimos encontrar a Spider —chocó su jarra de cerveza con la de Nick—. Nadie se sorprendió al oír cómo habías triunfado. Te echamos de menos en la fiesta y en la boda.
—El trabajo —musitó Nick. Un extraño sentimiento de afecto le oprimió las entrañas.
—¿Vas en serio con esa mujer?
—Por desgracia, sí.
Stan lo miró con lástima.
—Te diré la verdad. Jenna Jean es una mujer muy exigente. Pero nadie me ha dado nunca ni una décima parte de lo que ella me ha dado. Ninguna mujer me ha hecho nunca tan feliz. Sabía que si la dejaba escapar, perdería lo mejor que ha entrado en mi sombría vida.
Las palabras de Stan fueron para Nick como un puñetazo en el corazón. Sabía que Miley era su destino. Pero no sabía cómo hacérselo entender a ella. Tomó la jarra de cerveza entre las manos y miró a Stan con escepticismo.
—¿Y cómo la conseguiste? ¿Qué hiciste para que permaneciera a tu lado?
—Seguí tres reglas para conseguirla —contestó Stan inclinándose hacia delante—. Persistencia, persistencia y persistencia.
Las palabras de Stan le recordaron a Nick la estrategia que utilizó para entrar en el club de sus amigos. En aquel entonces pensó que, si seguía yendo por allí, quizá lo dejarían quedarse. Y al final lo consiguió.
—Y mantenerla a mi lado —continuó Stan—, será el proyecto de mi vida.

Miley arrastró el equipaje desde el aparcamiento de autobuses hasta su coche, que se hallaba cubierto de nieve. Gracias a Dios, pudo abrirlo al primer intento, arrancó el motor y limpió el parabrisas. Después del viaje en autobús, de la espera hasta hacerse con su equipaje, y, la dificultad hasta llegar a su coche, se sentía totalmente exhausta, y eso sin contar el viaje en avión.
Durante todo el tiempo estuvo pensando en Nick.
Tensa por el viaje e intentando encontrar sentido a sus sentimientos, salió del aparcamiento y se dirigió hacia las cabinas de peaje. Necesitaba ver a Nick, hablar con él. Las vacaciones habían sido difíciles. Su anticuado padre no pudo comprender por qué se negaba a casarse con el padre de su hijo, y su madre la instó a que volviera a Baltimore.
Después de la última noche que había pasado con Nick, el poder de sus sentimientos hacia él la había asustado. Había sentido la necesidad de aclarar sus ideas. Cuando el miedo desapareció, no le gustó ver lo que había descubierto.
Pagó el aparcamiento y se unió a la larga cola de coches que conducían por la autopista. Empezó a repetir mentalmente lo que le diría a Nick. «Te amo, y quiero que…»
Un camión se desvió bruscamente hacia su carril. Miley pisó el freno, y lo último que sintió fue el airbag golpearle la cara.

El busca de Nick comenzó a sonar cuando conducía camino de su casa. Comprobó dos veces aquel número desconocido y agarró el teléfono.
—Sala de urgencias, Hospital General de Denver.
Nick se puso tenso, y su mente empezó a disgregarse en diferentes direcciones.
—Soy Nick Jonas. Acabo de recibir un mensaje.
—Espere un momento.
Nick frunció el ceño y giró para salir de la autopista. Se le empezó a revolver el estómago. Se suponía que Miley volvía aquel día a la ciudad. Pero si le hubiera pasado algo no lo llamarían a él, se dijo. Él no era su marido. De repente, le sobrevino una gran frustración y empezó a impacientarse.
—Señor Jonas, usted aparece como el contacto de Miley Cyrus en casos de emergencia. La señorita Cyrus ha tenido un accidente y está recibiendo tratamiento.
A Nick se le heló la sangre.
—¿Es grave?
—No tengo acceso a esa información, pero…
La mujer siguió hablando, aunque Nick no le prestaba atención.
¿Qué ocurriría si la perdía? Aquella posibilidad le paralizó el corazón. Después de estar buscándola toda su vida, no podía perderla.
Dio media vuelta en mitad de la carretera y condujo a toda velocidad hacia el hospital. Cuando llegó se metió en una zona en la que estaba prohibido el aparcamiento, pero le daba igual.
Empujó las puertas de cristal y corrió hacia el mostrador de recepción.
—Vengo a ver a Miley Cyrus.
La recepcionista echó un vistazo a sus notas.
—Ahora está consciente. Puede…
—¿Que ahora está consciente? —repitió él alarmado— ¿Dónde está?
Tan pronto como la recepcionista contestó, Nick corrió en busca de Miley. Descorrió una cortina y la encontró en la cama con una especie de cinturón alrededor del vientre y la mirada fija en un monitor situado encima de la mesa que había junto a ella. Tenía cortes y cardenales en la cara, y se estaba limpiando las lágrimas que le corrían por el rostro.
A Nick se le encogió el corazón al verla.
—Miley —dijo.
Ella volvió la cabeza para saludarlo.
—Oh, Nick—contestó deshecha.
Él se acercó para abrazarla, pero ella le apretó los brazos y lo apartó.
—No puedes abrazarme —dijo llorando—. El niño tiene puesto un monitor, y tenemos que asegurarnos de que todo marche bien.
A Nick se le hizo un nudo en la garganta.
—¿Un monitor?
Miley cerró los ojos y respiró entrecortadamente.
—Oh, Dios, no tienes ni idea de cuánto deseo que pudieras abrazarme ahora —musitó—. Esta correa es un monitor externo que mide los latidos del corazón del bebé y mis contracciones. De momento todo va bien. Tuve unas cuantas contracciones cuando llegué, pero parece que han parado.
—¿Qué ocurrió?
—Tuve un accidente en la autopista. Choqué con un camión.
Tenía un aspecto tan frágil con el camisón del hospital… Para Nick era un tormento no poder abrazarla.
—¿Dónde demonios está el médico? —preguntó.
—La enfermera regresará dentro de unos minutos. Dice que lo único que podemos hacer ahora es esperar.
—Miley —dijo Nick.
Ella levantó la mano para que él callara.
—No sigas, necesito hablar contigo. Necesito decirte que tenías razón. Tenía miedo, porque a veces cuando estoy contigo no me siento segura.
—Miley —dijo él de nuevo.
—Pero la seguridad no es siempre la mejor elección, así que…
Nick no pudo aguantar más.
—Miley, te amo, y te quiero, aunque a nuestro hijo le suceda algo terrible. Y Dios sabe que no quiero que le suceda nada. Quiero que seas mi esposa, pero te aceptaré de cualquier otro modo.
Ella lo miró, entornó los ojos y empezó a llorar.
—Tenías que decírmelo cuando apenas puedo tocarte.
Él le tomó las manos, y Miley apretó tan fuerte que le dejó marcadas las uñas.
—¿Decirte qué?
—Que me amas. Nunca antes me lo habías dicho.
—Es algo contra lo que he luchado mucho. Me ha llevado bastante tiempo darme cuenta de que, después de todo, no tenía el corazón de hojalata. No quiero perderte.
Miley abrió los ojos y meneó la cabeza.
—Eso no ocurrirá. Lo que estaba intentando decirte es que me siento más viva contigo de lo que me he sentido nunca. Estar contigo es como ver todos los colores del arco iris, cuando antes sólo veía unos pocos. Te amo tanto que a veces tengo miedo.
—Dime que te casarás conmigo, Miley.
—Claro que sí —susurró ella, y su sonrisa llena de lágrimas le pareció a Nick el sol intentando salir a través de las nubes.

Horas más tarde, cuando el médico dio de alta a Miley, Nick la llevó a casa y, subió las escaleras con ella en brazos. Aunque se sentía todavía un poco débil a causa del accidente, le reprendió.
—No es necesario que hagas esto.
—Ya sé que eres muy fuerte —dijo él dejándola con cuidado en la cama—, pero quiero que te quedes aquí y que no te muevas.
—¿Por cuánto tiempo? —preguntó ella.
—Mucho —contestó él al tiempo que se quitaba la ropa.
—¿Mucho? —inquirió ella con la sospecha de que tenía alguna ridícula idea en mente—. ¿Estamos hablando de cuatro horas o de cuatro meses?
—Cuatro meses no está mal para empezar —respondió Nick echándose con ella en la cama.
—Bueno, puede que necesite usar el baño alguna vez —le recordó ella.
Él meneó la cabeza.
—No. Tendrás que aguantarte.
Miley se echó a reír.
—¡Estás loco!
—Bueno, ahora no vamos a discutir sobre mi salud mental, puesto que tú eres la responsable de que la haya perdido —dijo Nick dándole un tierno beso en la frente—. Estamos hablando de dónde te vamos a colocar. Y yo quiero que te quedes aquí. Así sabré que estás a salvo. Quiero que te quedes aquí y que no te vayas nunca.
Miley se dio cuenta de que sus idas y venidas habían hecho mucho daño a Nick, y saberlo la hizo sufrir también a ella. Levantó la mano hasta su pecho y notó los sólidos latidos de su corazón en la palma.
—No me iré a ninguna parte —dijo—. Me quedaré aquí contigo.
—Bien —contestó él—. Me alegro de que no tengamos que discutir.
—No necesitamos hacerlo —apuntó ella con una sonrisa—. Te amo.
—Yo también te amo —añadió él con una solemne expresión en el rostro.

Miley durmió hasta bastante tarde. A mediodía, encontró un nuevo Volvo en la puerta de la casa. No discutió acerca del coche, ni tampoco lo hizo cuando Nick lo preparó todo para que trasladara inmediatamente todas sus cosas a la casa. Entendía su necesidad de tenerla cerca, porque era completamente recíproca. Miley sabía también, sin embargo, que su vida con Nick estaría llena de negociaciones y que no todas iban a ser agradables. Cuando finalmente habló con él para que la dejara salir de la casa, tres días después, la llevó a una joyería.
Intentó ser cuidadosa al decirle que no se iba a sentir cómoda llevando un anillo con una joya tan grande, pero después del tercer intento, la obligó a quitarse los guantes.
—Es casi indecente. No me lo voy a poner —dijo Miley con firmeza.
—Es una de esas cosas a las que tardarás un poco en acostumbrarte —contestó él tomándole la mano.
Ella la retiró.
—¡Necesitaré una grúa para levantar la mano.
—Entonces compraré una maldita grúa.
El joyero los miraba como si asistiera a un partido de tenis.
—¿Te gustaría tatuarme tu nombre en la frente? —preguntó Miley perdiendo la paciencia.
—No me tientes —musitó él.
Ella respiró profundamente y contó hasta diez. No podía reprocharle aquellos sentimientos tan posesivos, porque ella sentía lo mismo hacia él. Sus colegas utilizarían el bonito y civilizado término de exclusividad mutua. Pero los sentimientos de Miley hacia Nick eran más primitivos. Él le pertenecía, y ella le pertenecía a él.
Le tomó la mano.
—Cariño, no quiero un anillo de compromiso. Preferiría un bonito anillo de boda con mis piedras natalicias y diamantes.
Él se quedó mirándola un momento, sorprendido. El joyero carraspeó.
—¿Puedo hacerles unas cuantas sugerencias?
Nick asintió con la cabeza.
—Adelante.
Miley seleccionó los tres anillos que más le atrajeron.
—Me gustaría que me sorprendieras con la elección final —dijo ella—. Y ahora podríamos buscar anillos para ti.
Nick parecía desconcertado.
—¿Para mí?
Miley lo atrajo hacia sí y lo besó allí mismo, en medio de todo el mundo.
—Bueno, o eso, o quizá prefieras que te tatúen mi nombre en la frente.

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