En Australia estaban la granja, el abuelo y Nick Jonas; pero América era desde luego más seguro. En el último tramo de carretera que la separaba de su casa, Miley tuvo que esquivar dos canguros y una serpiente.
Al tomar una curva muy cerrada, se encontró con dos niños caminando por el centro de la carretera. Eran muy pequeños, la maleta que llevaban entre los dos les llegaba por el hombro, y parecían tristes y desvalidos.
Los niños ni siquiera pestañearon cuando Miley pisó el freno. No parecieron darse cuenta de lo poco que había faltado para que hubiera ocurrido una tragedia. Se echaron a un lado, pasaron junto a la camioneta y siguieron caminando.
En ese momento, Miley se bajó de la camioneta, pero ninguno de los dos niños la miró. En realidad parecía como si estuvieran haciendo lo posible por no mirarla.
—Hola —aventuró Miley.
Silencio.
Miley se miró los vaqueros mugrientos y las botas llenas de polvo. Los niños iban muy limpios, con dos conjuntos iguales, uno de niña y otro de niño.
Miley olía a caballos y la verdad era que no llevaba buena pinta. Convencer a aquellos niños para que confiaran en ella no iba a ser tarea fácil.
—¿Os habéis dado cuenta de que he estado a punto de aplastaros? —preguntó Miley, levantando un poco el tono de voz.
Nada. Los niños siguieron caminando con la maleta a la zaga.
Miley decidió que esa no era una escapada infantil muy normal. Los pequeños iban cabizbajos y tristes, como si algo terrible les hubiera empujado a huir.
No podía dejarlos allí. Tendrían unos seis años y no le pareció que fueran lo suficientemente mayores para andar por ahí solos. La carretera se adentraba entre las colinas, y tal vez el próximo conductor no fuera conduciendo una camioneta muy vieja y destartalada, ni llevara enganchado el remolque de un caballo. Si pasara un coche en buen estado y a cierta velocidad, los niños acabarían en el depósito.
Así que Miley les impidió el paso. Se colocó delante de ellos, les quitó la maleta y la colocó en el arcén. Entonces se puso de cuclillas para estar a la altura de los niños.
—Perdonadme, pero habéis estado a punto de provocar un accidente —dijo en voz baja, esperando ver alguna reacción en sus caras—. Tuve que frenar tan bruscamente que mi caballo podría haberse lastimado. No podéis ignorarme. Es vuestra responsabilidad ver, al menos, qué daños habéis causado.
Los niños se miraron.
El miedo pareció ceder un poco. Aquella no era una extraña que estuviera acosándolos, sino alguien que les recordaba sus deberes.
—Esto... Lo sentimos —dijo la niña con voz temblorosa—. No fue nuestra intención.
—Todo eso me parece bien —dijo Miley con firmeza—. Pero tendremos que mirar si le ha pasado algo al caballo. Quitaros de en medio de la carretera mientras lo hago.
Les dio la espalda y se dispuso a abrir el remolque.
Estaba casi segura de que Paddy estaba bien. Su viejo caballo era un animal tranquilo y de pie firme, un veterano que había viajado por todo el mundo y había aguantado peores sacudidas del remolque que esa.
Cuando abrió la puerta el animal pareció mirarla con reproche y Miley se echó a reír.
—Oh, Paddy, lo siento —se adelantó y le acarició la nariz.
Echó una rápida mirada a los niños y entonces bajó la rampa para sacar a Paddy al arcén.
Paddy avanzó marcha atrás obedientemente. Una vez en el soleado arcén, miró con apreciación hacia la campiña que los rodeaba antes de bajar la cabeza y empezar a comer hierba.
—Tiene buen aspecto —dijo la niña con vacilación.
El miedo había desaparecido de sus miradas, pero aún seguían agarrados de la mano con fuerza.
Bueno, al menos era un comienzo.
—Paddy ha sufrido una buena sacudida —anunció Miley con firmeza—. Necesita unos minutos para recuperarse —acarició con afecto el reluciente lomo de Paddy y después la mancha blanca que tenía entre los ojos—. Os presento a Paddy —dijo en tono suave—. Es mi caballo favorito y no me gustaría que le ocurriera nada. Y yo soy Miley Cyrus. Mi abuelo tiene una granja a un kilómetro de aquí y voy para allá a visitarlo —sonrió—. Vosotros debéis de vivir por aquí.
Hizo una pausa y esperó.
—Nosotros... pues no —dijo por fin la niña—. Pero nuestro tío sí.
—¿Ah sí? —sonrió Miley y arqueó las cejas—. Tal vez lo conozca. Paddy y yo os hemos dicho nuestros nombres. ¿No nos vais a decir vosotros los vuestros?
La niña respiró hondo. Quedaba claro que ella era la portavoz de los dos. Su hermano miraba a Miley pasmado y disimuladamente iba levantando la mano con la intención de meterse el pulgar en la boca.
—Yo soy Laura Jonas—dijo por fin la pequeña—. Y este es mi hermano, Matthew—hizo una pausa y de pronto expresó una curiosidad propia de los niños—. Hablas de un modo muy raro...
Laura y Matthew Jonas...
Jonas.
A Miley se le hizo un nudo en el estómago. ¡Santo cielo! ¡Qué extraña coincidencia!
Miley había cruzado medio mundo para ver a su abuelo, pensando durante todo el viaje que no tenía por qué ver a Nick Jonas. Australia era un sitio muy grande y llevaba diez años sin verlo; desde la última vez que había estado de visita en Australia cuando tenía catorce años. En ese momento decidió que no tenía por qué interesarse por él en modo alguno. Por amor de Dios, Nick Jonas estaría seguramente casado y con seis hijos.
¡Tal vez esos dos fueran suyos!
Nick debía de tener unos treinta años. Desde luego los suficientes para ser padre. Tenía veinte años cuando Miley lo había visto por última vez; cuando, con catorce años, Miley había sufrido el primer y último brote de amor adolescente.
Desgraciadamente aquel enamoramiento no se le había pasado del todo. Lo cual era ridículo, porque aquel amor adolescente había sido solo por su parte. Miley dudaba que Nick Jonas hubiera sabido en algún momento de su existencia. Ni en el pasado ni en el presente.
Bueno... Miley se encogió de hombros para apartar de su mente aquellos recuerdos tan amargos. Su amor por Nick Jonas formaba parte del pasado. Centró su atención en los mellizos.
—Me alegro de conoceros, Matthew y Laura Jonas—dijo despacio, mientras miraba primero a un niño y luego al otro—. Y no hablo de ningún modo raro, muchas gracias. He venido desde los Estados Unidos de América para ver a mi abuelo, y todas las personas con las que me encontrado desde que estoy en Australia hablan de un modo extraño. No soy yo. Sois vosotros.
Miley extendió el brazo para darles la mano y los niños la miraron como si Miley hubiera venido de otro plantea.
Pero la niña enseguida se animó y al momento le estrechó la mano con solemnidad.
Pero su hermano no siguió el ejemplo. Miley le sonrió y decidió no presionarlo.
—¿Queréis que os lleve a algún sitio? —le preguntó Miley y miró la maleta con recelo—. Parece que pesa mucho. ¿Hacia dónde vais?
—No gracias —respondió Laura—. Vamos a Sidney.
—Ya... entiendo —Miley tragó saliva y frunció el ceño—. ¿Laura, Matthew y tú habéis pensado ir andando hasta Sidney?
—Sí —Laura intentó contestar en tono desafiante, pero no lo consiguió del todo.
—Pero, cielo, os llevará más de un mes caminar una distancia tan grande.
El niño emitió un sollozo ahogado y la niña tragó saliva. Estaba algo pálida.
—Debemos... Debemos hacerlo. Vamos a volver a casa.
—¿A casa de vuestros papas? —aventuró.
—Nuestros papas están muertos. Murieron en un accidente —dijo Laura con voz trémula—. Se supone que deberíamos vivir con el tío Nick, pero... no nos gusta y nos volvemos a casa.
El tío Nick. Entonces no era el padre de los niños, sino su tío.
—¿A Sidney? —murmuró Miley.
—Sí.
—Pero... ¿No habrá otras personas viviendo en vuestra antigua casa de Sidney? —les preguntó Miley en tono suave.
—Sí —dijo Laura—. El tío Nick dice eso. Dice que lo siente mucho, pero que tuvo que vender nuestra casa a alguien que no conocemos y que no podemos volver allí —negó con la cabeza—. Pero es nuestra casa. Yo tengo mi propia habitación y Matthew la suya. Y papá le pintó una raya amarilla en el techo solo porque a Matthew le gustaba. Si vamos allí... Quiero decir, si somos buenos, tendrán que dejar que nos quedemos, ¿no?
—Cariño, no creo que lo hagan —dijo Miley con delicadeza—. Laura, por mucho que no les importara que os quedarais, incluso aunque lo quisieran, las nuevas personas que ocupan vuestra antigua casa de Sidney os enviarían directamente de vuelta con vuestro tío Nick. No tienen elección, Laura. Es la ley.
—No.
No serviría de nada fingir.
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