Su hija había estado hablando de Miley todo el camino de vuelta a casa. Nick se arrepentía de muchas cosas, pero nunca se arrepintió de Hannah. No era culpa de la niña que Miley lo odiara. Él sabía quién tenía la culpa.
Y Miley también. Miley nunca culparía a Hannah, porque amaba a los niños y a los animales.
Ayudaría a la potra. Mile lo odiaba, pero ella ayudaría a la potra. Y entonces, quizá… Nick respiró hondo y marcó el número.
Al escuchar la voz de ella, se puso nostálgico. No pudo hablar.
Miley limpió la cocina, la caja del gato y sacó a Moonie a dar un paseo. Después continuó con el archivo de D & M Enterprises, la pequeña agencia de viajes que poseía junto con Demi.
Debía de haberse quedado en el Double Nickel, el rancho familiar que estaba en Hope Valley. O haber convencido a Davy de que se quedara en Aspen con ella en lugar de en el rancho. Con Demi fuera, el apartamento parecía vacío. Demasiado silencio. El silencio le hacía pensar. Y recordar. Miley no quería recordar.
Como si alguna vez lo hubiera olvidado.
Cuando tenía diez años, Miley conocía todos los movimientos que hacía Nick Jonas al andar. Conocía su manera de reír y su forma de hablar tranquila. Le entraban escalofríos cada vez que él pronunciaba su nombre o la llamaba cariño. Su madre, Dolly, era de Tejas. Conoció a Mary Cyrus en una carrera de barriles y allí se hicieron amigas. Dolly también se había casado con un vaquero de rodeo. La diferencia era que Buck Jonas dejó el rodeo y regresó con su familia a un rancho cercano a Aspen. Después se marcharon a Tejas y Nick se quedó en el rancho de Colorado para criar caballos.
Siempre acababa pensando en Nick. Si Miley no hubiera seguido el consejo de su madre, ya llevaría ocho años casada con Nick.
O divorciada.
Querer a Nick no le impidió ver sus defectos. Había sido muy imprudente. Mientras Miley estudiaba fuera, le llegaban comentarios acerca de lo que hacía Nick. Iba a fiestas, y a ella le preocupaba que bebiera demasiado y luego condujera muy rápido por las carreteras de montaña. Durante unas vacaciones, discutieron. Él la acusó de que era una desconfiada. La cosa fue a más y ella decidió quitarse el anillo de compromiso y metérselo a Nick en el bolsillo de la camisa. Le dijo que se marchara y que nunca se casaría con él.
Si él se hubiese disculpado, si le hubiera suplicado que tomara el anillo otra vez… No lo hizo. Sin decir ni una palabra, la dejó allí de pie frente a la casa. Miley lo vio marcharse, conducía tan rápido que el coche derrapaba al tomar las curvas.
No quería pensar en Nick. La había traicionado. Estaba dolida. Tenía que admitir que su vida había cambiado drásticamente.
No parecía un hombre que hubiera sufrido. Parecía que estaba bien.
Sonó el teléfono y Miley se sobresaltó. Interrumpió así sus amargos recuerdos. Cuando contestó, sólo hubo silencio.
— ¿Diga? Voy a colgar.
—No cuelgues, Miley. Te llamo por un caballo.
Miley fue incapaz de pronunciar palabra.
—Tengo una potra que necesita ayuda. Tiene dos años y la han maltratado. Es ágil e inteligente. Dentro de unos años será un buen pony para Hannah, pero las personas le dan pavor. Me gustaría que trabajases con ella. Estoy dispuesto a pagarte lo que sea.
Por lo rápido que hablaba Nick, Miley sabía lo nervioso que estaba. Ella iba a colgar.
—Te necesita —dijo Nick—, cuando se le acerca alguien se pone a temblar. No puedo utilizarla, y aunque Hannah me dejara, no podría venderla. La potra no tiene la culpa. ¿La ayudarás?
—No.
—Antes no soportabas que trataran mal a un animal —Miley quiso decirle que él había destrozado su forma de ser. No le dijo nada y cada vez agarraba más fuerte el cable del teléfono—. ¿Y qué hay de tu campaña de protección a los animales? No te preocupes, tus amigos no se enterarán de que te negaste a ayudar a un animal necesitado.
Su chantaje no funcionaría. Nick podía llamar a otra persona para que lo ayudara con el caballo. Ella tenía que encargarse de su agencia de viajes.
Amber entró en el salón y saltó al regazo de Miley. Lo había encontrado abandonado y medio muerto en la cuneta de la autopista.
—Siento haberte molestado —exclamó Nick.
Miley sabía que no podría ignorar la situación de la potra.
—Mañana tengo que acompañar a la familia de un niño ciego al curso de Braille en Independence Pass. No podré llegar a Double Nickel hasta las cuatro. Así tendrás tiempo suficiente para dejar a la potra en Hope Valley y marcharte.
—No voy a llevarla a ningún sitio. Casi se vuelve loca cuando la traje aquí. Tuve suerte de que no se lastimara, así que no voy a hacerla pasar por eso otra vez. La dejaré en el picadero que hay al lado del granero.
Miley no quería ir cerca del rancho de Nick. No quería volver a verlo. Amber se retorció para que Miley le acariciase la barriga. Ya no se parecía en nada al gato esquelético que Miley sacó del veterinario.
—Mañana iré a verla, pero no prometo nada. Tú no tienes por qué estar allí. Ya te llamaré para contarte mi decisión.
Miley colgó. Le dejaría un mensaje en el contestador una vez que hubiese encontrado a alguien para que se encargara de la potra.
Pasaron treinta minutos antes de que Miley dejara de temblar.
Miley se dirigía hacia el rancho de Nick Jonas. La luz de septiembre iluminaba el arrollo que había junto a la carretera. Los álamos cubrían la ladera de color dorado.
Las montañas se veían entre los árboles. Normalmente Miley se animaba cuando veía esos riscos escarpados. Pero ese día no. No dejaba de preguntarse por qué Nick la había llamado. No es que le importara. Había aceptado ver a la potra por el bien del caballo, no para restablecer la relación con Nick.
Entró despacio en el rancho y aparcó junto al granero. No pensaba acercarse a la casa.
El caballo que estaba en el picadero corrió hasta el extremo más alejado y se quedó mirando a Miley.
Miley cerró la puerta del coche, se apoyó en él y observó a la potra. Era negra con manchas blancas. Al ver su fornida silueta entendió por qué Nick pensaba que sería un buen caballo. Tenía una cabeza preciosa.
La potra se mantenía alerta, no retiraba la vista de Miley. Se notaba que tenía miedo y que desconfiaba. Quería huir pero el picadero no se lo permitía.
Miley sabía que Nick se había acercado. Ella había sentido que él la observaba desde el granero. Antes de que hablara, le dijo:
—Es tan bonita que no tendrás problema en venderla. No necesitas que la entrene —quería escapar, igual que la potra. Había cometido un error al ir allí.
—El problema no es venderla.
El silencio era cada vez más largo. Miley seguía mirando a la potra. No le preguntaría por qué la había llamado. No mencionaría nada acerca del pasado, ni a su hija ni a su mujer. No tenían nada de qué hablar. Lo único que quería decir era adiós.
— ¿Qué le pasa? —soltó Miley. Después se arrepintió por haber mostrado interés.
—Algún beep de Rifle decidió intentar ser vaquero y criar caballos. Nadie le dijo que si cruzaba dos caballos de un solo color que tuvieran un gen recesivo de pintas podían tener un potro con la piel a manchas. Cuando se enteró de que no podía inscribir al caballo porque tenía manchas, se lo vendió a un chico que nunca había tenido caballos y que no sabía cómo domarlos.
Miley se negaba a mirarlo.
—Supongo que la maltrató —era tonta. Tonta por seguir con la conversación si no pensaba ayudar a la potra.
—No, pero pretendía que se comportara como una yegua de diez años domada y cuando vio que no lo hacía se la vendió a una niña mimada que le pegaba cuando no la obedecía. Esa niña se la vendió a un hombre que la compró para su hija y uno de sus mozos la intentó domar a latigazos. Cuando el dueño me lo contó, pensé que la potra se merecía otra oportunidad.
Miley notaba que Nick estaba tenso.
La potra los observaba con recelo. Sabía que los humanos no son de fiar. No sabía si podía confiar en Miley. O en Nick. A pesar de lo que él le hubiese hecho a Miley, nunca maltrataría a un animal.
—Tú puedes domarla —dijo Miley.
—Empieza tú y yo termino.
Miley iba a negarse, pero el temor de la potrilla le había llegado al alma. Otro error arruinaría al caballo para siempre. Se dirigió hacia el coche.
—Llevará tiempo.
— ¿Entonces lo harás?
—Veré como me va. Ahora que Demi no está, me encargo yo sola de la agencia, así que tendré que organizarme en función del trabajo.
—Me he enterado que has renunciado al puesto de profesora —Nick hizo una pausa—. ¿Quieres que mañana te traiga un caballo?
—Traeré a Copper. No se asusta por nada.
— ¿Quieres un café? ¿Un té frío? ¿Una limonada?
—No —Miley fue a abrir la puerta. Lo único que quería era escapar.
Él no podía dejar que se marchara. Aún no. Nick empujó la puerta para impedir que ella la abriera. Quería decirle tantas cosas. Decirle cuánto la había echado de menos. Cómo se arrepentía de haberle hecho daño. Cuánto la quería.
Como no se atrevió a decir nada de eso, dijo:
—Nos conocemos desde hace mucho tiempo, Miley. ¿No podemos intentar ser amigos?
—No —lo miró con frialdad y continuó—. Me gusta poder confiar en mis amigos. Quita la mano antes de que te quedes sin ella.
—Daría lo que fuera, hasta mi brazo derecho, por cambiar lo que ocurrió.
—Qué dramático. ¿Nadie te ha dicho nunca que el pasado no se puede cambiar?
Él quería traspasar el muro que Miley había construido a su alrededor, pero no sabía cómo.
—No quería herirte.
La expresión de Miley indicaba que no creía lo que él decía.
—Sobreviví —dijo ella y le retiró la mano de la puerta. Nick se puso nostálgico con el contacto. Quería explicárselo. Necesitaba comprensión. Que lo perdonara. Quería que lo amara.
Deseaba volver a besarla. En cambio, le acarició la mejilla.
—No volveré a besarte hasta que tú no quieras besarme —dijo en un tono que sonó arrogante.
Los ojos de Miley expresaron cólera.
—Es un trato. No nos besaremos hasta que yo quiera besarte —Nick no dijo nada y ella lo tomó como una afirmación. Fue a abrir la puerta del coche.
— ¿Quién ha venido papá?
Hannah hablaba desde la casa. Nick no apartó la vista de Miley.
—Miley Cyrus. La mujer que conociste en la boda.
—Yo quiero ver a Miley.
—Tengo que marcharme.
Nick sujetó la puerta.
—Te puedes quedar un poco más y decirle hola a Hannah.
—No tengo ningún interés en saludar a tu hija.
El tono frío de su voz le dolió tanto como un corte en la garganta. Él era el culpable. Por mucho que hiciera o dijera, no cambiarían las cosas. Ella había aceptado ayudar a la potra. Iría al rancho. Él podría verla. Hablar con ella. Tenía que conformarse con eso.
Hannah llegó al lado de Nick.
—Hola, Miley. ¿Cómo es que has venido?
—A ver a la potra —contestó Miley.
Nick sonrió a su hija.
— ¿A que es preciosa? Papá dice que tiene que ir a la escuela. Me dijo que tú eres profesora.
—Era profesora. Ya no.
—Papá me dijo que tú la ibas a domar. Lo prometió.
Hannah tenía la costumbre de tomarse en serio todo lo que él decía. Nick medio sonrió a Miley.
—Tu padre es muy bueno haciendo promesas, pero no es muy bueno cumpliéndolas —metió la llave en el contacto y continuó—, no volveré.
Nick no podía creérselo. Maldita sea, ella era profesora y debía saber cómo interpretan las cosas los niños. Lo sabía. Pero el comentario que hizo Hannah le sirvió de excusa.
Él quería gritar de desesperación. Sentía un gran dolor y frustración. Dio un portazo, se apoyó en la ventana que estaba bajada y acercó la cara a la de Miley.
— ¿Eso hace que te sientas mejor, Miley Ray? Como yo te traicioné, tú te niegas a ayudar a la pobre potrilla y rechazas a la niña pequeña que sólo busca tu amistad. Crees que rebajándote a mi nivel te sentirás mejor? Te diré una cosa, cariño, la vida en el fango es oscura, sucia y vulgar, te odiarás desde que te levantes hasta que te acuestes. Y cada vez que te mires en el espejo, aborrecerás tu imagen.
—¿No te das pena? ¿Por qué no te tomas una cerveza y te olvidas de los problemas? Antes te funcionaba.
Sus palabras fueron como una puñalada. Nick se retiró. Miley arrancó el coche y salió del rancho.
Miley miró por el retrovisor. Después se miró en el espejo. No tenía un aspecto diferente. Los mismos ojos azules, la misma melena rubia, la barbilla chata y la nariz vulgar. Sólo la boca le pareció diferente. Como si no le perteneciera. No quería una boca capaz de decir cosas tan horribles y dolorosas. Sus palabras le retumbaban una y otra vez en la cabeza.
Odiosas palabras. Pronunciadas en un tono tranquilo y razonable que las hacía aún más odiosas.
—¿Estás orgullosa de ti, Miley Ray Cyrus? —le recriminó a la imagen del espejo. Lo peor era reconocer que Nick tenía razón. Se había negado a ayudar a la potra porque no era capaz de herir a Nick como él la había herido a ella.
Miley se echó a un lado de la carretera y aparcó. Siempre se había considerado una buena persona. Culpaba a los demás por ser despreocupados e insensibles, pero ella era el parangón de la bondad y la compasión. Se enorgullecía de su compasión.
Cerró los ojos y apoyó la cabeza en el reposacabezas. Era un fraude, su comportamiento una mentira, y su corazón tan negro como las patas de la potra.
Quería culpar a Nick Jonas por su debilidad.
«En el fango la vida en oscura, sucia y vulgar. Eso dijo Nick. Pero él se colocó allí». No podría colocarla a ella. Sólo ella podría colocarse sí misma.
Encendió el motor y dio media vuelta.
La potrilla estaba junto a una manada en la pradera.
Nick estaba de pie junto al picadero mirando a los caballos. Su hija estaba sentada en la cerca y recostada en su pecho. Cuando Miley se apoyó en la cerca junto a él, Nick no se volvió. La niña miró a su padre y después se pegó más a él.
—Te pido perdón por lo que dije —por la reacción de Nick, Miley podía haber hablado en cualquier otro idioma—. Y siento haberlo dicho delante de tu hija.
Pasó un rato hasta que Nick habló.
—No he bebido ni una gota de alcohol desde aquella noche.
—Eso es bueno —dijo Miley. Sabía que se refería a la noche que dejó embarazada a Kim Taylor.
Nick se enderezó, levantó a su hija y la subió sobre sus hombros.
—Gracias por volver. Sé lo difícil que te resulta pedir perdón, y te lo agradezco.
Se encaminó hacia la casa.
—No hace falta que mañana metas a la potra en el picadero. Ya la meteré yo.
Nick no disminuyó el paso.
—Vale.
—¿Vale? ¿Eso es todo lo que tienes que decir? —le gritó ella.
Él se detuvo.
—¿Qué quieres que diga? —le preguntó sin volverse.
—Podías actuar como si te sorprendiera que vuelva mañana.
—No me sorprende. Sabía que volverías.
—Supongo que también sabías que volvería hoy.
Él se dio la vuelta.
—Miley Ray, a veces creo que te conozco mejor que a mí mismo.
—No me conoces. Si me conocieras, sabrías que odio que me llamen Miley Ray.
—Sé que lo odias —dijo mientras acariciaba la pierna de su hija—. Y sí, Miley Ray, sabía que volverías.
Llevó a la niña dentro de la casa y dejó a Miley allí de pie. Ella lo odiaba. Odiaba sus bromas, su sonrisa, su hija que no era de ella. Odiaba sus anchas espaldas y sus caderas delgadas. Odiaba que una simple sonrisa pudiera hacer que a alguien se le acelerara el corazón.
Hubo un tiempo en que esa sonrisa hacía que Miley corriese hasta los brazos abiertos de Nick. Después, ya mayor y más sabia, conocía la diferencia entre el amor y la atracción física. Además, Nick ya no tenía los brazos abiertos. Su hija estaba entre ellos.
Por la cara que puso Miley, Nick supo que había estado a punto de estropearlo todo. Se había arriesgado, recordaba lo honesta que Miley siempre había sido consigo misma. Él sabía que volvería. Nunca se desentendía de un animal necesitado. Hasta que ella volvió, no se percató de lo asustado que estaba.
Deseaba gritar de alegría y abrazarla.
Los años, su matrimonio, Hannah, no cambiaban nada. Quería a Miley Cyrus. Estaba allí de pie, apuntaba al cielo con la nariz, de forma presumida, sus ojos oscurecidos y contrariados. Nick quería dejar a Hannah dentro de la casa y acostar a Miley en el suelo para hacer el amor con ella de forma apasionada.
Tenía que conformarse con que fuera al rancho a ayudar a la potra. El animal tenía suficientes problemas como para que Miley tuviera que ir durante mucho tiempo.
Pero, ¿Nick tendría tiempo suficiente como para traspasar la barrera que Miley tenía a su alrededor? Una barrera en la que él había contribuido poniendo el alambre de espino.
Hannah apareció por las escaleras descalza.
—¿Papá?
No, él no traicionó a Miley por Hannah. Que tuviera una hija era el resultado de su comportamiento, no la causa.
Él le sonrió.
—¿Quieres que te cuente el cuento de antes de dormir?
Hannah cruzó la habitación y le habló seriamente.
—¿Cómo es que Miley nos habló de esa manera tan mala?
—Miley no habló… bueno, supongo que a ti te lo parecería —sentó a la niña en su regazo—. A veces cuando la gente se siente dolida, habla como si estuviera enfadada —antes de que Hannah preguntara dónde le dolía a Miley, Nick cambió de tema—. ¿Recuerdas cuando la otra noche te golpeaste el dedo con el taburete?
Hannah asintió.
—Me dolió mucho y lloré.
—Te pusiste más gruñona que un oso hambriento. Te quejabas mucho. Así —Nick imitó sus quejidos e hizo como si fuera a morderle el cuello.
Hannah se revolvió y lo miró.
—¡No, no! Me quejaba así —y se quejó a pleno pulmón.
Nick se rió y la abrazó. Se levantó con ella en brazos y dijo:
—Vamos, osito, ha llegado el momento de tus oraciones y de que te cuente el cuento de antes de acostarte.
Sentados en el borde de la cama, Hannah se sentó en el regazo de Nick, cerró los ojos y juntó las manos.
—Hola mamá. Papá y yo hemos jugado a los ositos.
Nick no sabía cómo las oraciones de Hannah terminaron siendo conversaciones con su madre, que no era ni un ángel ni una santa. En el libro de Cómo ser padre no hablaban de cómo se le explicaba a un niño que su madre había muerto. Una madre que apenas había conocido. Kim no había sido muy buena madre, pero él esperaba que su hija nunca lo supiera.
i love it
ResponderEliminarsiguela please
me encantoooo
ResponderEliminarplease siguelaaa