jueves, 19 de julio de 2012

Prologo.-

—¿Cómo se te pueden dar tan bien las matemáticas?
—No sé —Nick Jonas se encogió de hombros y, terminó de explicar la división a Ben, un niño de nueve años—. Tienen su lógica.
Sí, las matemáticas tenían su lógica, pero había otras muchas cosas que no tenían sentido para él. Por ejemplo, que su madre tuviera dos trabajos y el dinero siempre escaseara en casa. O el hecho de no tener padre.
Miró de soslayo a los tres niños que estaban con él en la casita del árbol. Vivían en Cherry Lane, en casas bonitas, con sus padres y sus madres. Tenían perros y gatos, ropa nueva y bicicletas flamantes. Jugaban en la liguilla de béisbol y calzaban zapatillas de tenis de marca. Visitaban lugares interesantes cuando iban de vacaciones, como la costa o Disney World.
Nick vivía en un pequeño apartamento, a varias manzanas de allí. En cierta ocasión tuvo un pez de colores, pero murió. Su madre solía decir que los pies le crecían muy deprisa, de modo que los zapatos siempre le apretaban. Y conducía una bicicleta vieja y oxidada con la que se desplazaba a Cherry Lane. Su madre decía que no podía jugar en la liguilla porque carecía de tiempo para llevarlo a los entrenamientos, y los uniformes eran muy caros.
Cuando se hiciera mayor, todo sería distinto.
Tendría un perro, una casa grande, y zapatillas de tenis para cada día de la semana. En el fondo, todo se reducía al dinero y las matemáticas, y a Nick las matemáticas se le daban muy bien.
De momento, sin embargo, aún no pertenecía realmente al «club». Pero le gustaba la casita del árbol. Entrar en ella era como ir de vacaciones a un sitio lejano. Y aquellos niños le caían bien. Cuando estaba con ellos se sentía mejor. A veces, incluso se olvidaba de los problemas que lo angustiaban.
Nick pensaba que, si seguía acudiendo con regularidad, al final acabarían aceptándolo como uno más.
Ben miró a Stan.
—¿Estás preparado?
Stan echó una ojeada a Joe, luego a Nick, y por fin asintió.
—Llegó el momento.
Nick notó una sensación extraña en el fondo del estómago. Los niños lo miraban fijamente, y se preguntó si se habrían enterado finalmente de dónde vivía, o peor aún, de que no tenía padre. Tragó saliva para deshacer el nudo que tenía en la garganta y se puso en pie.
—¿El momento de qué? —inquirió lleno de curiosidad.
Stan se colocó delante de él y permaneció inmóvil durante largos momentos.
Nick sintió que el estómago le daba otro vuelco, pero procuró que no se le notara. Stan era el mayor, y la casita del árbol estaba en su jardín. Nick era tan corpulento como Stan, pero éste le llevaba un año, y era un chico muy inteligente.
—Te invitamos a que te unas al Club de los Chicos Malos. Te enseñaremos el apretón de manos secreto y la contraseña.
La alegría y la sorpresa recorrieron a Nick por dentro como un tren eléctrico. Estaba tan emocionado que apenas podía articular palabra.
—Debes prometer que jamás revelarás nuestros secretos, y que ayudarás a cualquier miembro del club siempre que sea necesario.
Nick tragó saliva.
—Lo prometo —logró decir en tono solemne.
—Tu nombre secreto será «Listo» Jonas —dijo Ben—, porque eres muy bueno con las mates.
«¡Uauh! », se dijo Nick, pero no lo dijo en voz alta porque no habría quedado bien. Simplemente, asintió.
—Yo soy Ben el Malo —siguió diciendo Ben con un rictus travieso—, porque siempre me meto en líos en la escuela.
—Yo soy Stan el Hombre, porque soy el mayor —explicó Stan.
—Y yo Joe el Peligroso —dijo el niño más pequeño.
—¿Por qué el «Peligroso»?
Joe se encogió de hombros.
—Me gustó cómo sonaba.
—Y el apretón de manos…

—¡Stanley! —Llamó una voz de hombre desde el suelo—. Tenemos que irnos ya.
Stan abrió de par en par los ojos.
—¡Caray! ¡Se me había olvidado! —dijo dirigiéndose como una flecha hacia la ventana—. Enseguida bajo, papá —gritó. Luego se giró hacia Nick y dijo—: Mi padre va a llevarnos a ver la nueva película del espacio. ¿Quieres acompañarnos?
—Deberías venir —aconsejó Ben—. ¿Por qué no llamas a tu madre y se lo dices?
Nick se sintió abatido. Su madre le había advertido que sólo la llamase en casos de emergencia.
—No sé —dijo—. Tiene un trabajo muy importante, y a veces es difícil localizarla.
Joe hizo una mueca.
—¿No puedes llamar a tu padre?
Nick meneó la cabeza inmediatamente y contestó lo de siempre.
—Ha salido de viaje otra vez.
—Bueno, a lo mejor mi padre puede llevarte a tu casa para que le dejes a tu madre una nota.
Nick se sintió lleno de pánico. No quería que los chicos supieran dónde y cómo vivía.
—No, seguro que se enfadaría. Ya iré en otra ocasión —dijo, sabiendo que esa otra ocasión no llegaría nunca.
—¿Estás seguro? —preguntó Stan—. Mi padre nos regala las entradas porque he sacado todo sobresaliente.
Algo en los ojos de Stan sugirió a Nick que aquel chico sabía más de lo que daba a entender. Una desagradable sensación le atenazó el pecho y se adueñó de su estómago. Era la sensación que más odiaba en el mundo. La vergüenza. Se metió las manos en los bolsillos y meneó la cabeza.
—De verdad. Será mejor que no vaya.
Stan hizo una pausa.
—Está bien. ¿Quieres quedarte en la casa del árbol cuando nos vayamos? Ahora que eres miembro del Club, puedes estar aquí solo si quieres.
Nick asintió.
—Sí. Me parece buena idea. ¿Cuál es la contraseña?
Stan intercambió una mirada con los demás y esbozó una sonrisa.
—La cambiamos todas las semanas. La de esta semana es: «La pilla ardilla está en la silla amarilla».
Nick asintió sonriendo.
—Muy bien. ¿Y el apretón de manos?
—¡Stanley, tenemos que salir ya o no llegaremos a tiempo! —volvió a gritar el padre de Stan.
—De acuerdo, pero tendremos que hacerlo rápido.
Ben y Stan entrelazaron las manos con una serie de movimientos complicados, y luego escupieron en el suelo.
—¡Practica cuando nos hayamos ido! —dijo Ben, y los chicos descendieron por las tablas que servían de escalerilla.
—¡No dejes entrar a nadie! —vociferó Ben.
—Y menos si son chicas —agregó Joe.
—De acuerdo —contestó Nick—. Mañana me contaréis la película.
—¡Muy bien! —respondieron los chicos a coro.
Nick cerró la trampilla y, desde la ventana, observó cómo los niños corrían hacia el coche del padre de Stan. Al cabo de un par de minutos, habían desaparecido.
La brisa primaveral le acarició el rostro mientras permanecía asomado a la ventana. Le encantaba estar allí.
Al divisar el coche del padre de Stan a lo lejos, mientras salía del vecindario, Nick se hizo una promesa.
—Cuando sea mayor, todo será distinto.

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