lunes, 23 de julio de 2012

Capitulo 4.-


—No me extraña que esos chicos le estén dando tanto trabajo a Sam —explicó Miley a Nick. Aunque le había sugerido realizar el resto de las consultas por teléfono, él había insistido en pasarse por su casa. Y allí estaba, como un árbol inmenso que creciera en el suelo de su estudio.
Aún agitada por la oferta que Nick le hizo la noche anterior, Miley estaba decidida a despacharlo lo antes posible. Entonces podría respirar y pensar con normalidad.
—Anoche me repasé los expedientes —siguió diciendo—. Son unos chicos brillantes e inteligentes. Necesitan que les planteen un reto. Tendréis que poner en práctica un proyecto en virtud del cual tengan que cooperar para alcanzar un objetivo común…
—¿Que son inteligentes? —inquirió Nick incrédulo— Lo que nos faltaba. Una panda de críos sabihondos.
—Más o menos. Puedo darle a Sam unas cuantas directrices, aunque ya lo está haciendo muy bien.
Nick meneó la cabeza.
—Si era tan sencillo, ¿por qué no nos dimos cuenta?
—Porque no sois psicólogos especializados. De vez en cuando, los psicólogos ofrecemos servicios útiles, ¿sabes?
—Nunca he negado tu valía —respondió Nick con un tono aterciopelado que evocó a Miley el sueño que tanto deseaba olvidar.
Notó que el estómago se le encogía. Se puso en pie y le dio a Nick la carpeta con los expedientes.
—Bueno, y eso es todo. Dile a Sam que me llame, y estaré encantada de hablar con él. Lo principal será poner en marcha el proyecto cuanto antes —se encogió de hombros al ver que Nick seguía plantado delante de ella, sin moverse— Nada más.
Él se acercó un paso y ladeó la cabeza.
—Yo creo que sí hay algo más.
Miley se sintió acometida por una súbita desazón.
—¿El qué? —preguntó, sin estar segura de querer saberlo.
—Hay algo entre nosotros dos —respondió Nick sin ambages—Que me aspen si sé lo que es, pero deseo descubrirlo.
A Miley le dio un vuelco el corazón.
—Creía que ya lo habíamos hablado. No soy tu tipo —le recordó.
—No se trata de eso —Nick se acercó tanto que Miley pudo percibir su calor, oler su aroma y captar la intensidad de sus ojos— Se trata de ti y de mí, Miley.
Ella tomó aliento cautelosamente.
—No… no puedo entablar relaciones de tipo personal con mis clientes…
—No soy un cliente. No te pago, ¿recuerdas?
Dios santo, se dijo Miley. El corazón le latía con tanto ímpetu que temió desmayarse de un momento a otro.
—No pretenderás negarlo, ¿verdad?
—¿Negar el qué? —inquirió ella tragando saliva.
—Que hay algo entre nosotros. Algo peculiar.
«Sí, sí, sí.»
—No —dijo Miley sin poder disimular la verdad— Pero se trata de una simple atracción química, insuficiente para sustentar una relación estable y duradera.
—Mas despacio, mas despacio—dijo Nick le tomó la mano— No he dicho que… —le miró la mano y luego el rostro— Estás temblando.
Miley apenas podía respirar.
—Tranquila. No estoy diciendo que sea para siempre —entrelazó sus dedos con los de ella— Sentimos curiosidad el uno por el otro. Satisfagamos esa curiosidad, sin más.
—¿Cómo?
—Pasando tiempo juntos —dijo Nick con una voz que taladró la piel de Miley— Y ya veremos qué ocurre.
Ella notó un excitante hormigueo en la espalda.
—Ni que estuvieras hablando de una partida de cartas.
—Si no juegas, nunca sabrás si puedes ganar.
—Pero también podrías perder —señaló Miley.
—¿Qué, aparte de un poco de tiempo?
Ella tragó saliva.
—Tu corazón.
Nick soltó una risotada cínica.
—Hay que tener corazón para perderlo. Soy como el Hombre de Latón, recuérdalo.
Miley meneó la cabeza.
—Pero yo no.

—Quizá eres Dorothy, y vas a conducirme hasta Oz.

Ella cerró los ojos y se rió.
—Si se trata de un piropo, es el más original que he oído nunca.
—Jamás me han acusado de piropear en exceso a las mujeres.
—No te hace falta —dijo Miley.
Nick se encogió de hombros.
—Nunca prometo algo que no podré dar.
Se mostraba tan confiado, tan seguro de sí mismo… A pesar de la reticencia de Miley, casi exigía que aceptara el reto.
—Muy bien, señor de latón. ¿Y qué es, exactamente, lo que puedes dar?
—Seré honesto. No intentaré controlar tu vida. Jugaré limpio.
Miley miró sus ojos oscuros y asintió.
—Eso es cuestión de opiniones.
Nick esbozó una leve sonrisa.
—De acuerdo. Si decido no jugar limpio, procuraré que al menos disfrutes.

—Quizá no haya sido una buena idea —dijo Miley tras permitir que Selena la llevase a su estilista. Su ayudante no le había dado tregua en lo referente a Nick.
Que el cielo la amparase, Selena se había empeñado en ayudarle a «renovar su imagen». Miley se fijó en el peinado asimétrico de la joven, en los seis pendientes que tenía en la oreja y el aro que llevaba en la nariz. Prefirió no saber si tenía más en otros lugares menos visibles.
—Es una idea genial —corrigió Selena, mirando a Miley y meneando la cabeza— Necesitas modernizarte en todos los sentidos.
—Gracias por la afirmación.
—Oh, basta ya —protestó Selena— Ya cuentas con las virtudes básicas. Sólo hace falta que te pongas al día, si quieres ser la chica de uno de los solteros más codiciados de Denver.
—¿La chica? —repitió Miley al tiempo que se sentaba en el área de espera del extravagante salón— ¿Uno de los solteros más codiciados de Denver?
—Sí. Lo reconocí inmediatamente al verlo entrar en el despacho.
Miley se sintió de nuevo embargada por una sensación extraña.
—Es una locura —susurró— Tengo el estómago revuelto, la garganta tensa y los músculos rígidos. Síntomas que indican que…
—Que eres una cobarde —dijo Selena, y Miley pensó que a su ayudante no le iría mal refinar mínimamente sus capacidades comunicativas— No estás acostumbrada a relacionarte con hombres como Nick —Selena emitió un leve gemido y se hizo aire con la mano— Pocas estamos acostumbradas a relacionarnos con un hombre como Nick. Llevas demasiado tiempo entre adolescentes.
—Hablas como mi padre. Trabajar con niños tiene sus ventajas. Pero no se trata de eso. Estoy habituada a relacionarme con hombres más…
Selena arqueó las cejas.
—¿Más qué?
Miley lo meditó detenidamente.
—Bueno, quizá no me he expresado bien. Quería decir que estoy habituada a relacionarme con hombres menos…
—Ahora sí te entiendo —la interrumpió Selena con un firme cabeceo— Nick es definitivamente superior en todos los aspectos.
Miley dejó escapar un suspiro.
—Creo que tiene práctica en ir deprisa. Mucha más que yo.
—Seguro que no le ha hecho falta practicar mucho para ser perfecto.
Miley emitió un gruñido.
—Sel.
—Salta a la vista que el sexo se le da bien —continuó Selena, sin dejarse arredrar por las protestas de Miley— Se nota en su forma de hablar, de moverse, de mirar… Si llevara encima una señal, diría «Cuidado. Material Inflamable».
—Basta —ordenó Miley, irritada por el hecho de que esos mismos pensamientos se le hubieran pasado por la cabeza.
—Es de esos hombres que te desnudan a toda velocidad y hacen que la cabeza te dé vueltas. Pero hará que disfrutes tanto que no te importará.
Miley notó que la piel le ardía como si acabara de tomarse dos copas de vino. Trataba de mantener bajo control la atracción que sentía hacia Nick y se decía «Doctora, cúrese a usted misma», pero era como si estuviera atrapada en una nave espacial y, la comunicación con Houston se hubiese cortado.
—Doctora Miley —prosiguió Selena— mi madre suele decir que por la vida de una mujer pasan muchos hombres. Pero sólo uno muy especial consigue hacer que se sienta una mujer de verdad, y que se alegre de serlo. Una mujer lista no dejaría escapar a ese hombre.
Pestañeando al oír las sabias palabras de Selena, Miley respiró hondo y abrió la boca para responder.
En ese momento, una mujer se acercó a ellas y dijo:
—¿Miley Cyrus? Ya puede pasar.
Paralizada, Miley se quedó mirando a la peluquera. Consiguió dirigirle una sonrisa, aunque se planteó seriamente salir corriendo.

—No te cepilles el cabello, rónzalo. No te cepilles el cabello, rónzalo —Miley repitió en voz alta las palabras de la peluquera mientras se peinaba. Nick la había invitado a cenar en su casa. Le había prometido poner velas y platos a base de verduras, pero a Miley seguía sin parecerle una buena idea.
Tras recogerse el cabello en una coleta, se detuvo un momento a mirar a la extraña del espejo, y luego agarró un paño y, se dirigió hacia el teléfono. Consultó el número de Nick en la hojita adherida a la nevera con un imán, lo marcó y esperó la señal del contestador.
—Hola, soy Miley. Hace un día precioso, y me preguntaba si no te importaría cambiar de planes. Si acabas temprano, podemos dar un paseo en bicicleta y merendar al aire libre. Por favor, dime qué te parece —añadió mientras se quitaba el maquillaje con el paño.
Tres horas más tarde, Nick se reunió con Miley cerca de su casa. Una de las ventajas de aquel inesperado paseo en bicicleta, se dijo, era la posibilidad de contemplar su hermoso trasero. Lo malo era que empezaba a arder en deseos de estrechar aquel trasero contra su cuerpo excitado. De hacerle el amor. Nick tenía la inevitable sensación de que introduciéndose en Miley, en su cuerpo y en su mente, haría desaparecer aquel anhelo absurdo e inexplicable que lo obsesionaba.
—Tranquilo, amigo —musitó para sí— La dama aún está nerviosa.
Aquélla era una cita inusual para Nick, pero Miley se estaba revelando como una mujer muy especial. Las mujeres con las que solía relacionarse no gustaban de realizar actividades físicas, a menos que se tratara de actividades relacionadas con la adquisición de ropa o joyas caras.
—¿Te parece bien que nos detengamos aquí? —preguntó Miley por encima del hombro.
Nick echó un vistazo al pequeño claro que se abría más adelante.
—Sí, perfecto —dijo al tiempo que paraba a su lado y se bajaba de la bicicleta. Miley se tambaleó al desmontar de su bici, y Nick la sujetó automáticamente— ¿La altitud aún te afecta? —le preguntó, pasando las manos por la piel cálida y suave de sus brazos.
—Debe de ser eso —respondió ella con un hilo de voz.
A Nick le pareció lo más natural del mundo deslizarle las manos por la espalda y atraerla hacia sí. Le pasó un dedo por la nariz sonrosada.
—Te acaloras con facilidad.
—Es de mala educación reírse de ese defecto —contestó ella, sorprendiéndolo al permanecer inmóvil.
Nick le acarició el cabello con la nariz.
—Me recuerdas a un narciso. ¿No es una de las primeras flores que salen en primavera? Recuerdo que, a veces, en el este, solía verlos antes incluso de que cayeran las últimas nieves del invierno. Las flores se ven muy hermosas salpicadas de nieve —Dios santo, ¿de dónde salían aquellos pensamientos semi poéticos?— ¿A qué huelo?
—A jabón. A champú —Miley esbozó una sonrisa de indefensión— ¿A desodorante?
Él sacudió la cabeza y emitió una risita.
—Nada de perfumes franceses, ¿eh?
—No —dijo ella con expresión solemne mientras él bajaba la cabeza.
—Con tu aroma me basta y me sobra —murmuró Nick, y reclamó su boca. Al oírla suspirar y paladear sus labios, comprendió que había esperado mucho tiempo aquel momento. Notó el roce de sus pezones en el pecho y reprimió un jadeo.
El cuerpo de Miley pareció fundirse con el suyo. Nick le introdujo un muslo entre las piernas, deseoso de acariciarla. Al notar que se estremecía casi enloqueció de ansiedad. Abrió ávidamente la boca y devoró la de ella. Con las manos exploró la forma de su cuerpo. Le acarició las caderas, tanteó la dulce curva de su cintura y le palpó las costillas con la yema de los dedos. Al llegar a la altura del pecho, le frotó la parte inferior de los senos con el reverso de la mano, y el gemido que emitió Miley le llegó al corazón. Un corazón que había pensado que no existía.
Nick se retiró de pronto, y ella se le echó encima automáticamente, colocándole las manos en el pecho.
—Oh, Dios mío —exclamó casi sin respiración.
Ni siquiera intentó ocultar su reacción. De nuevo, Nick sintió aquel extraño pellizco en el pecho. Si quisiera, podía poseerla allí mismo, se dijo respirando tan entrecortadamente como ella.
—¿Seguro que no quieres que vayamos a mi casa? —inquirió.
Miley negó con la cabeza y se cubrió los ojos con la mano.
—Será mejor que te retires un poco —dijo, aún aferrada a él— No puedo pensar con claridad teniéndote tan cerca.
A Nick le gustaba sentirla entre sus brazos. Le encantaban su ternura y su fortaleza. No obstante, al percibir aún cierta resistencia, se preguntó cómo reaccionaría Miley cuando se detuviera a pensar en lo que acaba de ocurrir entre ambos. Se preguntó qué sucedería cuando le permitiera poseerla completamente.
Aquel pensamiento le oprimió el bajo vientre.
—Descubrí hace mucho tiempo que pensar demasiado puede ser un obstáculo.
—Y yo descubrí que pensando puedes evitarte muchos problemas —dijo Miley, y Nick suspiró al ver que se apartaba ligeramente.
—No todos los problemas son malos, Miley —dijo él, acariciándole la oreja con los labios.
Más tarde, cuando hubieron merendado y volvieron a casa, Nick consiguió robarle un beso de buenas noches, pero no logró convencerla de que pasara la noche con él.
Aquello se estaba convirtiendo en una guerra de territorios, se dijo mientras aparcaba la bicicleta en el camino de entrada de su casa. Contemplando el moderno edificio de tres plantas, volvió a repetirse que lo había conseguido. Había alcanzado su meta.
Atravesó la lujosa cocina de reluciente embaldosado y luego entró en el ostentoso salón provisto de alfombras persas y muebles tapizados en piel.
A pesar del lujo que lo rodeaba, Nick no se sentía cómodo ni satisfecho.
Dixie, su perro, se acercó a él y le restregó el hocico húmedo en la mano. Nick se agachó para acariciarlo.
Luego el animal lo siguió hasta la segunda planta, donde se hallaba el dormitorio principal. Nick se quitó los zapatos, tomó una cerveza del mueble-bar y se dirigió a la escalera de caracol que conducía a su lugar favorito de la casa.
Había pagado una fortuna por la magnífica balconada del tejado. Durante el día, podía divisar las Montañas Rocosas en todo su esplendor. De noche, las estrellas parecían tan cercanas que casi se podían tocar, y la caricia de la brisa nocturna le producía una sensación querida y familiar. En la balconada sentía una extraña y dulce nostalgia de los días que había pasado en la casita del árbol, cuando era niño.
Siempre había preferido la soledad, aunque últimamente eso estaba cambiando. Deseaba un poco de calor humano en su vida, un poco de luz en su hogar. Su mente evocó la imagen de Miley. Era más auténtica y honesta que cualquiera de las mujeres que había conocido hasta entonces.
Se preguntó cómo sería su casa con la presencia de Miley. Estaba llena de luz y de energía. Era toda risas y corazón. Nick deseaba que esa luz y esas risas fueran sólo para él. Se trataba de un sentimiento egoísta, y lo sabía, pero Miley le atraía irresistiblemente. Y estaba seguro de que podía ofrecerle todo lo que necesitaba.
A pesar de su pertinaz resistencia, ella deseaba sentir su pasión. Nick lo leía en sus ojos y lo percibía en su cuerpo. Cuando al final hicieran el amor, Miley comprobaría que la pasión que sentía por ella era superior a la inmensidad de las Montañas Rocosas.
Aquellos pensamientos no reportaron a Nick ningún consuelo, pero fortalecieron su determinación. Deseaba a Miley, y Nick Jonas siempre obtenía lo que deseaba.

—No sé a quién quieres atormentar —dijo Miley al reunirse con Nick para cenar en uno de sus restaurantes— Si a mí o a tus empleados.
El sonrió levemente, disfrutando con el destello que desprendían sus ojos a la luz de las velas.
—No quiero atormentar a nadie —le aseguró— Simplemente hemos venido a cenar.
—Sí, claro —repuso ella con voz incrédula— Entonces, ¿por qué tus camareros siguen intentando convencerme de que pida un filete?
—Porque la especialidad del restaurante es la carne, y desean ofrecerte nuestro mejor plato.
—Y se esfuerzan el doble porque estoy contigo.
Nick pensó en las demás mujeres que habían acudido a cenar con él a aquel mismo restaurante.
—Bueno —admitió— eres mi primera acompañante vegetariana.
Miley se echó a reír, y el sonido chispeante de su risa provocó a Nick un delicioso hormigueo interior.
—Hablas como si un vegetariano fuese un alienígena.
Él sonrió.
—Lo has dicho tú, no yo —la miró con ojos entornados, tratando de precisar qué había cambiado en ella— ¿Qué te has hecho en el pelo?
Miley puso los ojos en blanco.
—Me lo he cortado. Se supone que ya no tendré que cepillarlo tanto.
—Me gusta. Parece que acabaras de… —se interrumpió al ver que las mejillas se le tenían de color. Se inclinó hacia ella— ¿Qué crees que iba a decir?
Miley se ruborizó aún más, y se quedó mirándolo con aire perplejo.
—Te has sonrojado.
Ella cerró los ojos, aturdida por el tono sensual de su voz.
—Eres muy amable al advertírmelo.
Nick se echó a reír. El timbre áspero y sensual de su risa la estremeció por dentro.
—Vamos, Miley, responde a mi pregunta. ¿Qué creías que iba a decir?
Miley abrió los ojos y lo miró. Resultaba ridículo sentirse avergonzada, pero en presencia de Nick siempre se sentía como desnuda. Tomó aliento cuidadosamente.
—Creí que ibas a decir que tengo el pelo como si acabara de hacer el amor.
—Para ser psicóloga, te pones muy tensa al hablar de sexo.
—Sólo cuando el tema me afecta personalmente —admitió Miley— Para mí, el sexo tiene mucho que ver con los sentimientos. Si se practica sin que haya emociones intensas y sinceras de por medio, acaba siendo sexo basura. Ya digo, para mí el sexo debe ser mucho más que la mera unión física de dos cuerpos.
—Ha de haber pasión —dijo Nick, y eso fue lo que Miley vio resplandecer en sus ojos.
—Y emociones.
Siguió un largo silencio. Nick le sostuvo la mirada, y ella presintió que algo muy poderoso los unía.
—Estoy de acuerdo —dijo él al fin, y Miley notó un pellizco en el corazón al ver la determinación que se reflejaba en su rostro. De haber podido hablar, sus ojos hubiesen dicho: «Voy a hacerte mía».

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