jueves, 19 de julio de 2012

Capitulo 2.-

—Si me tomara esto como algo personal, tendría el amor propio por los suelos. No suelo provocar sueño a las mujeres. Al menos, no a primeras horas de la noche.
Miley pestañeó, algo desorientada. Percibió el humor sexy y masculino que destilaba la voz baja y áspera de Nick. Su mirada se encontró con la de él, y sintió que la recorría una oleada de adrenalina.
—Lo siento. No es nada personal —dijo al tiempo que se incorporaba y se cubría con la manta. Se apartó el cabello del rostro y meneó la cabeza—. Sufrí un episodio de neumonía hace un mes, y aún no he recuperado del todo las fuerzas.
El resplandor del fuego bañaba el cuerpo de Nick, acentuando su estatura y la amplitud de sus hombros. Permaneció mirándola con las manos en las caderas.
—Puede que también te esté afectando la altitud de la zona. A mí me afectó al principio.
¿La altitud? Aquella explicación agradaba más a Miley que algunas de las posibilidades que se le pasaban por la cabeza en aquellos momentos. Reparó en sus zapatos y sus calcetines, extendidos frente a la chimenea junto a su abrigo. Imaginar a Chris tocando sus pies desnudos hizo que se le encogieran los dedos. Consciente de su imponente presencia, trató de levantarse, pero él le puso inmediatamente una mano en el hombro.
—No hace falta que te levantes —le aseguró con una mirada tierna que la desconcertó.
Aquel hombre tenía la virtud de confundirla. Primero se mostraba huraño, y luego la trataba con una amabilidad que le cortaba el aliento.
—Has hecho mucho por mí. Creí oírte decir que no tenías costumbre de ayudar a la gente.
Él se encogió de hombros y luego frunció el ceño.
—Y es verdad. Tú eres mi buena acción de la década. Justo antes de encontrarte, un amigo me echó un buen sermón, animándome a que me preocupara más por la gente.
Miley se echó a reír. La atención de Nick era, pues, puramente impersonal. Una simple obra de caridad.
—Bueno, pues parece que me ha tocado la lotería. Permite que te dé las gracias otra vez —se puso en pie—. ¿Te apetece una taza de chocolate caliente? —vio que él dudaba—. Sin electricidad, no puedo ofrecerte nada de comer. Si tienes que marcharte, lo comprenderé.
Nick negó con la cabeza.
—Tenía que revisar unos cuantos papeles en casa, pero seguramente tampoco allí habrá luz.
—Tu reluctancia resulta increíblemente halagadora —bromeó ella—. Ésta es mi oferta: chocolate y conversación. Después de eso, no te llamaré. Ni tú me llamarás a mí. Nunca volveremos a vernos.
Nick le dirigió una mirada entre especulativa y aprobatoria.
—De acuerdo.
Agarrando la lámpara, Miley asintió y se dirigió a la cocina. Seguro que no le hacían esa clase de ofertas muy a menudo, pensó irónicamente.
—Trabajas tanto, que seguro que no te queda tiempo para entablar ninguna relación. ¿Me equivoco? —le dijo por encima del hombro.
—No, no te equivocas —musitó Nick siguiéndola.
Los labios de Miley se curvaron, formando una sonrisa sardónica.
—No te preocupes —dijo mientras agarraba el paquete de chocolate y llenaba un par de tazas de agua—. No intentaré echarte el lazo. Lo decía porque te comprendo perfectamente. Yo también me he dejado absorber demasiado por el trabajo y he recibido… consejos similares.
—¿También tienes un amigo que te da la lata con el tema?
—Mi padre. Dice que si no dejo un poco de lado el trabajo y paso más tiempo con hombres en edad casadera, acabaré convirtiéndome en una soltera vieja y solitaria. Yo suelo decirle que prefiero estar sola antes que atarme a una persona que no me guste. Y a la que no ame, claro —Miley sonrió tristemente—. Mi madre suele intervenir antes de que la sangre llegue al río —notó una punzada de tristeza y lo que era aún peor, de fracaso—. Creí que todo eso se había resuelto cuando me comprometí hace seis meses —se interrumpió, preguntándose por qué diablos se había puesto a hablar como una descosida—. Lo siento —dijo volviendo al salón—. Voy a lograr que te quedes dormido. ¿Qué me dices de ti? ¿Tienes familia en Denver?
Nick negó con la cabeza, dirigiéndole una mirada tan profunda que conmovió a Miley.
—No, ninguna familia. Me crié en Virginia.

No, ninguna familia.
Miley supuso que eso explicaría su fuerte aire de independencia. Era un solitario, se dijo, y decidió abordar con suma delicadeza el tema de la familia.

Tras colgar la cafetera sobre el fuego, se sentó delante de la chimenea.
—Siéntate, por favor. Me pareció percibir cierto deje sureño en tu acento.
Nick se sentó en el suelo, a su lado.

—He vivido en muchos sitios. ¿Qué pasó con tu compromiso?
Miley se puso tensa, y automáticamente respiró hondo para relajarse. Mientras le quitaba el envoltorio a un caramelo, se dijo que no tenía necesidad de impresionar a Nick. Después de aquella noche no volvería a verlo más.
—No salió bien. Mi prometido opinaba que me dedicaba demasiado a mi trabajo, y…
—¿Y? —la instó Nick. Sus ojos marrones parecían exigirle la verdad.
Ella lo miró de nuevo. Su forma de hablar, de moverse, de mirarla… era muy intensa. Miley notó que el estómago le daba un vuelco, y se recordó que Nick jamás la desearía carnalmente.
Apartó la mirada de él y la centró en la bandeja de caramelos que tenía delante.
—Y probablemente tenía razón —no pudo reprimir una mueca—. Lo cierto es que mi trabajo me resultaba más interesante y me daba más compensaciones que nuestra relación. No me entiendas mal. Era un buen hombre, respetado en su profesión, equilibrado…
—Y a su lado te aburrías como una ostra.
—Yo no he dicho eso —protestó Miley.
—Pero lo piensas.
—Me siento como si estuviera hablando mal de un muerto —dijo ella, mordiéndose el labio y meneando la cabeza.
—Seguro que tampoco te entusiasmaba en la cama.
Sonrojándose, Miley cerró los ojos.
—Prefiero no hablar de eso.
—No había pasión entre vosotros.
—La pasión desaparece con el tiempo —repuso ella, abriendo los ojos para hacer frente a su mirada.
La boca de Nick se curvó en un gesto más sexy que una simple sonrisa. Se inclinó hacia ella.
—Pero no es aburrida.
Durante una décima de segundo, Miley quedó atrapada en un sentimiento de pura fascinación. Sus ojos parecían abrazarla, acariciarla. Era una sensación totalmente nueva y desconocida para ella.
Tuvo el presentimiento de que tanto la mente como el ego de Nick eran extraordinariamente fuertes. La recorrió una electrizante oleada de excitación y, sin apenas pensarlo, se desafió a sí misma. Para Miley era la mejor sensación del mundo, y hacía mucho que no la experimentaba.
Le arrojó a Nick un caramelo.
Él lo atrapó fácilmente y ladeó la cabeza, mirándola con curiosidad. Ella se maravilló ante la energía masculina que parecía crepitar a su alrededor.
—¿Un caramelo a cambio de tu historia? —dijo.
—¿Así es como la señorita de los caramelos logra sus fines?
Miley sonrió sin poder remediarlo.
—Exacto. La cooperación merece ser recompensada.
—¿Y a tu prometido también lo recompensabas con caramelos?
Miley notó de nuevo una punzada. Su sonrisa se desvaneció, pero siguió mirándolo a los ojos.
—No. Lo recompensaba ofreciéndole toda mi atención.
—Pues debía de sentirse muy motivado.
—La cooperación no era su fuerte.
Nick asintió.
—Vaya. Además de aburrido, un incordio.
—Tú lo has dicho, no yo —dijo Miley alzando la mano.
—Pero lo has pensado —contraatacó él.
—En fin, ha llegado tu turno —insistió ella mientras disolvía el chocolate en el agua. El fuego crepitaba, pero Nick permanecía callado—. De acuerdo. Te ayudaré a empezar. Érase una vez un niño llamado Nick que nació en…
—Roanoke, Virginia. ¿Sueles utilizar esa técnica con tus pacientes?
—No seas quisquilloso. Yo ya te he contado mi historia. Sigamos. Nació en Roanoke. Virginia, donde vivió hasta…
—Hasta que se graduó en el instituto y terminó el primer año de carrera. Se quedó sin dinero, y… —Nick hizo una pausa para elegir bien las palabras—. Y decidió buscar fortuna.
—Su padre y su madre se sintieron tristes al ver que Nick se marchaba, pero…
—Su madre se sintió triste —corrigió él—. Pero llevaba mucho tiempo trabajando a destajo para mantener a la familia, y Nick no quería seguir siendo una carga.
—¿Y el padre de Nick? —Miley vio cómo sus ojos se oscurecían y percibió su dolor inmediatamente.
Nick vaciló unos instantes. Luego apartó la mirada.
—Nunca lo conoció.
Eso le dolía, se dijo Miley. De haber estado en una sesión, había explorado más ese ángulo. Pero aquella noche no practicaba ninguna terapia, y no le interesaba hurgar en la herida. Tomó aliento y siguió.
—Cuando Nick era pequeño, se le daba bien…
—Se le daban bien las matemáticas.
Miley hizo una mueca y le pasó una taza de chocolate.
—Qué envidia. Yo suspendí álgebra dos veces.
Él enarcó una ceja.
—Seguro que tenías otros talentos.
Miley contuvo la respiración. Nick era probablemente uno de esos hombres que tenían pensamientos libidinosos cada treinta segundos, porque exudaba sexualidad. Aunque estaba acostumbrada a disipar la tensión sexual con sus clientes, en aquellos momentos tenía que concentrarse para no tartamudear.
—Cuando Nick abandonó su casa para buscar fortuna, se fue a…
—A Las Vegas —explicó él, y Miley notó que la observaba atentamente—. Ganó su primera fortuna jugando a las veintiuna.
Ella se quedó mirándolo sorprendida.
—¡Me tomas el pelo!
Nick soltó una risita.
—No. Las matemáticas siempre se me dieron bien, y el juego de las veintiuna se basa en las matemáticas.
—Debías de ser un jugador magnífico.
—Tan magnífico que me negaron la entrada en varios casinos.
—Las veintiuna… —murmuró Miley, acordándose de la baraja de cartas que guardaba en el cajón de la mesa—. ¿Querrías enseñarme?
—¿No sabes jugar?
—A las veintiuna, no —Miley hizo un gesto displicente con la mano—. Estuve demasiado ocupada obteniendo el título y aprendiendo a jugar con la Nintendo. No conozco muchos juegos de adultos.
—No conoces muchos juegos de adultos… Puedo interpretar eso de varias formas.
—Seguro que sí. Pero, ¿te parece que nos concentremos en las veintiuna? —Miley abrió el cajón y sacó una baraja—. Toma —dijo colocándosela delante—. No te pido tanto. Sólo quiero conocer todos tus secretos.
Nick se quedó mirándola un buen rato, observando cómo su cabello rubio brillaba iluminado por el fuego, disfrutando del calor y la inteligencia que se reflejaban en el brillo de sus ojos. Miley le encantaba y, al mismo tiempo, casi le inspiraba miedo. Casi.
—Ya te he contado algo que jamás le había dicho a nadie —dijo.
—¿Ah, sí?
—Sí. Lo de mi padre.
Ella hizo un gesto afirmativo.
—¿Y cómo te has sentido al contarlo?
—Aún no lo he decidido —musitó Nick mientras tomaba un sorbo de chocolate.
Miley sonrió afablemente.
—Después de la primera vez resulta más fácil —dijo con una voz que casi pareció acariciarle la piel.
Nick notó de nuevo aquel extraño hormigueo en su interior. Ambos estaban completamente vestidos, pero experimentaba una fuerte sensación de intimidad. Quizá fuese por el fuego, o por la magia de la noche. Sin pretenderlo, Miley estaba propiciando una suerte de excitación preliminar cada vez más intensa.
Nick miró de soslayo sus pies descalzos Y recordó lo suave que tenía la piel. Sospechaba que Miley ocultaba su sexualidad tras una fachada. Como si llevase un disfraz y él conociese su secreto.
Alargó la mano y acarició un mechón de su cabello.
—¿Cómo llevas el pelo habitualmente?
Los ojos azules de Miley se clavaron en los suyos.
—Recogido en un moño o una trenza. ¿Por qué?
Los labios de Nick se arquearon ligeramente.
—Tal como esperaba. Escondes tu luz detrás de una pantalla.
Ella encogió sus esbeltos hombros y agachó la cabeza.
—Debo evitar cualquier clase de distracción que entorpezca mi trabajo.
Para Nick era un concepto desconocido el hecho de que una mujer aplacara su belleza, considerándola un estorbo potencial. Miley le recordaba a una pintura abstracta, que cobraba más claridad cuanto más la contemplaba.
Ella arqueó las cejas.
—Bueno, ¿vas a enseñarme o no los trucos de las veintiuna?
Le hubiera gustado enseñarle mucho más que eso. Pero no lo haría. En el trato sólo entraban el chocolate y la conversación. Se retiró de ella.
—De acuerdo. ¿Qué nos apostamos?
Miley sonrió. Tomó un caramelo de la bandeja, le quitó el envoltorio y, lo sostuvo en alto.
—Caramelos.
Al cabo de una hora de enseñanza acelerada, Nick se dio por vencido.
—No puedo jugar ni una partida más —dijo llevándose las manos al estómago.
—¿Tienes miedo de vomitar los caramelos? —preguntó Miley con una risita malévola.
—Creía que el ganador se llevaba el bote a casa —Nick se reclinó y la miró fijamente.
Miley negó con la cabeza.
—Ni hablar. El ganador se come el bote. Normas de la casa.
Nick enarcó una ceja.
—¿Normas de la casa?
Ella alzó el mentón casi imperceptiblemente.
—De mi casa.
A Nick le gustó el modo que tenía de no ceder ni un ápice, aunque se tratase de un simple juego. Era una mujer particular, desafiante, y Nick disfrutaba con los desafíos.
—Si quieres poner a prueba tus nuevas… —hizo una pausa—… habilidades, hay muchos casinos en…
Las luces del vestíbulo se encendieron de pronto, y comenzó a oírse el zumbido de la calefacción. Miley abrió los ojos de par en par.
—¡Aleluya! Ya ha vuelto la luz. Eso significa que esta noche podré utilizar mi manta eléctrica, después de todo.
En opinión de Nick, era una lástima que Miley necesitara una manta eléctrica para mantenerse en calor aquella noche. Observó las tazas vacías, y luego paseó la mirada por la habitación, reparando en el confort de su hogar. El sofá y las sillas eran sobrios, pero estaban bien equipados con cojines. Los colores apagados se alternaban con otros más vivos, confiriendo a la estancia una sensación de tranquilidad y animación al mismo tiempo.
Nick miró a Miley, y sospechó que la decoración era un reflejo de su personalidad. Un hombre podía sentirse seguro con ella. Su instinto de autoprotección protestó enseguida. ¿Cuándo se había sentido realmente seguro? La seguridad no existía. Era un espejismo.
Se levantó, impaciente. Sentía como si tirasen de él en varias direcciones distintas. La noche había sido casi mágica, pero la intrusión de la luz acababa de disipar la magia.
Miley recogió las tazas y se puso en pie.
—¿Te vas ya? ¿O te apetece otra taza de chocolate?
Nick negó con la cabeza.
—Gracias, pero debo marcharme.
Ella asintió con una sonrisa.
—Muy bien. Gracias por haberme rescatado. Si necesitas un testimonio de tu buena hazaña de la década, ya sabes dónde encontrarme.
Nick tuvo la sensación de que dejaba algo inconcluso, pero no tenía idea de qué era. Se abrochó la chaqueta y observó los pies descalzos de Miley sobre la alfombra.
—Qué locura de noche.
—Ha sido interesante —murmuró ella cuando Nick la miró.
Percibió curiosidad en sus enormes ojos azules. Curiosidad y una sensación parecida a la que él experimentaba. Notó que el estómago se le tensaba. Si ella fuera diferente, se dijo… Si él fuera diferente… Le gustaría volver a verla. Conocerla en todos los aspectos en que un hombre podía conocer a una mujer.
Alargó la mano para acariciarle el cabello, y ella se quedó muy quieta. Nick le miró la boca.
—No irás a besarme, ¿verdad? —susurró Miley.
«Por supuesto que no», respondió su lado racional. Pero se acercó a ella y agachó la cabeza.
—No te preocupes —le dijo, tranquilizándola y tranquilizándose a sí mismo—. Sólo será un beso de despedida.
Miley dejó escapar un largo suspiro de alivio.
—Oh.
Colocándole la mano suavemente en la nuca, Nick le alzó con suavidad la cabeza y posó los labios sobre los suyos. Aún sabían a chocolate, suaves y cálidos. Se abrió paso con la lengua, y ella reaccionó abriendo la boca de un modo que hizo que a él se le disparara el pulso.
Nick intensificó la profundidad del beso, y de repente un rabioso fuego amenazó con estallar y consumirlos a ambos. Maldiciendo mentalmente, se retiró, y comprendió que la excitación del rostro de Miley era un reflejo de la suya propia.
Era una locura.
Le dolió en el alma decir aquellas palabras, pero su determinación no menguó.
—Adiós, Miley. Cuídate —y salió de la casa.
Miley seguía contemplando la puerta momentos después de que Nick se hubiera marchado. Se sentía como si se hubiera acercado demasiado al fuego y casi se hubiera quemado. Tardó un momento en darse cuenta de que se estaba acariciando los labios con los dedos.
Hacía mucho tiempo que no se sentía de aquella manera. Mejor dicho, ¿se había sentido alguna vez así? No recordaba haberse excitado tanto con su ex prometido. Aunque no quisiera admitirlo, solía preguntarse si la falta de química entre ambos había sido, en parte, su problema.
Frunciendo el ceño, se abrazó a sí misma y se acercó a la chimenea para apagar el fuego.
Miley no creía en el amor a primera vista. El amor era como una flor. Empezaba como una semilla, y necesita agua, sol y atenciones para crecer.
Pensó en Nick y en su dinámica personalidad. Aún podía sentir su presencia y la extraña intimidad que habían compartido.
Una aventura emocional de una noche, se dijo. Sexo emocional.
—No —se contradijo en voz alta. Se dirigió al cuarto de baño y se enjuagó el rostro con abundante agua. Tras cepillarse los dientes, entró en su dormitorio. Allí se puso una sencilla camisa de dormir y unos calcetines, para combatir el frío de la noche. Y por fin se refugió debajo de las cálidas mantas.
Se sentía muy débil, y no tardó mucho en quedarse dormida. A salvo en el capullo protector del sueño podía ver, ser y hacer lo que quisiera. La cámara de su mente comenzó a rodar y se vio a sí misma sentada en el borde de un acantilado, a oscuras, esperando.
Un hombre se acercó a ella. No podía ver su rostro, pero sentía que su intensidad la rodeaba como un océano. Era etéreo. Más vapor que sustancia. No era real, se dijo Miley, pero podía sentirlo sobre su piel y en su corazón.
En otras circunstancias, habría tenido miedo de aquel hombre. Pero percibía su sorpresa y, su temor. Lo que más atraía a Miley, sin embargo, era su pasión. Su pasión por ella.
El hombre fuerte y moreno introdujo los dedos entre los mechones de su cabello y la atrajo hacia sí. Ya no era de vapor. Era real.
Empezó a besarla, y, ella se sintió perdida al paladear el sabor de su boca. La abrazó con fuerza, para hacerle entender que jamás la dejaría escapar. Luego la apretó íntimamente contra sí para que sintiera la fuerza de su deseo.
La intensidad de su excitación la aturdió. Nunca había deseado tanto a un hombre. Nunca. Mirando sus ojos oscuros, Miley intentó respirar. Aún no podía verle la cara y eso le frustraba. Deseaba verlo. Y, sobre todo, deseaba conocerlo.
—Te deseo —dijo él con voz enronquecida por la pasión.
Algo en el interior de Miley protestó. No creía en las aventuras de una noche.
—Te necesito —dijo el hombre mientras le deslizaba el vestido por los hombros. La prenda cayó al suelo.
El hombre empezó a acariciar a Miley íntimamente, con movimientos firmes pero suaves. Sus palabras la volvían loca.
—Debo hacerte mía.
Deseando poseer y, ser poseída, Miley se aferró a sus hombros y contempló su rostro. Por fin pudo verlo.
Era Nick. Y estaba dentro de ella.

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