jueves, 19 de julio de 2012

Capitulo 3.-

—Este grupo de chicos me mandará a la tumba antes de tiempo —Sam hincó el tenedor en su filete medio crudo, obsequio de uno de los restaurantes de Nick.
Sentado en el otro lado de la mesa, Nick se tomó con tranquilidad las quejas de su amigo.
—Siempre dices que empiezan hechos unas fieras, y luego mejoran conforme avanza el verano.
Sam negó con la cabeza y se pasó la mano por su escaso cabello.
—Este grupo es distinto. Se llevan como los perros y los gatos. Ya hemos tenido que acudir demasiadas veces a la clínica. Maldita sea, no quiero que se maten mientras están a mi cargo.
Sam dirigía el campamento de verano desde su fundación, y Nick lo financiaba. Se habían conocido en sus tiempos de jugadores. Nick tenía a Sam por un jugador emocional, lo que significaba que no había tenido mucho éxito. No obstante, poseía una enorme aptitud para tratar con los jóvenes.
Durante los tres últimos años, Sam había probado varios métodos para lograr que Nick se involucrara de forma más personal en la marcha del campamento. Nick, sin embargo, afirmaba que su dinero les sería a los chicos más beneficioso que su actitud cínica. No era un héroe.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó con el ceño fruncido. Esta vez, Sam parecía verdaderamente preocupado.
—La verdad es que sí —admitió Sam—. He oído que acaba de llegar a la universidad una especialista en psicología juvenil. La he llamado un par de veces, pero dice que ya no ejerce como psicóloga privada.
Nick notó el latigazo de una sacudida eléctrica. Se puso muy recto en la silla.
—¿No se llamará Miley…?
—Cyrus —informó Sam, deteniéndose a medio bocado—. Doctora Miley Cyrus —entornó los ojos dubitativamente—. ¿Has oído hablar de ella?
—La conozco —sí, la había conocido, la había besado, y deseaba con toda el alma olvidarse de ella. Al fin y al cabo, sólo habían compartido una taza de chocolate, un poco de conversación y un beso de despedida. No habían hecho el amor, se decía Nick una y otra vez. Sin embargo, no lograba evitar la sensación de que jamás había compartido unos momentos tan íntimos con una mujer.
Sam soltó el tenedor.
—¿Crees que podrás convencerla para que me eche una mano con esas fieras? Ya no puedo más.
—¿Por qué estás tan seguro de que podrá ayudarte? —inquirió Nick, aferrándose a su habitual escepticismo.
—Ya sabes que suelo asistir a todas las conferencias sobre psicología juvenil, para mantenerme al día. Pues bien, los conferenciantes siempre citan a Miley Cyrus en sus exposiciones. Se supone que es buena. Muy buena. ¿Querrás intentarlo?
Nick titubeó un momento. Miley y él no estaban hechos el uno para el otro. Y ambos lo sabían. Le había parecido una mujer fascinante, se dijo, por las circunstancias de aquella noche. La tormenta de nieve, el calor de la chimenea… Seguramente, a plena luz del día y en un contexto normal, Miley no le atraería tanto.
Necesitaba sacarse el veneno que lo corroía por dentro.
Asintió.
—La convenceré.
Sam enarcó sus pobladas cejas.
—Sabes mucho de mujeres, pero ésta no encaja en el perfil que estás habituado a tratar. ¿Por qué estás tan seguro de que podrás convencerla?
Nick respondió sin tardanza.
—Porque me debe una.

—La modificación conductual es un método muy efectivo para lograr que los niños controlen su ira —explicó Miley, dirigiéndose al último grupo de alumnos graduados del día. En las últimas semanas había descubierto que prefería impartir clase a grupos más reducidos—. Proporcionar a los niños una motivación efectiva es…
Miley vio que Nick Jonas entraba en el aula con toda naturalidad, como si le perteneciera, y la mente se le quedó completamente en blanco. Vestido con unos tejanos negros que realzaban su esbelta estatura y una cazadora de cuero, tomó asiento y le dirigió una mirada desafiante. Como si le dijera: «Adelante, cariño, enséñame de lo que eres capaz».
Lo rodeaba un aura de sexualidad casi insultante. Miley conocía a una colega, especializada en terapia sexual, que habría disfrutado estudiando su lenguaje corporal. Notó que el corazón le latía desenfrenadamente, como si acabara de tomarse diez tazas de café cargado. Un estudiante tosió para reclamar su atención, aunque casi todos estaban pendientes del hombre de negro. Miley oyó cómo una estudiante le decía a otra en voz baja: «Es guapísimo».
Notando que las mejillas se le enrojecían, Miley combatió el impulso de tirarse del cuello del vestido. Respiró hondo y, miró sus notas.
—Proporcionar una motivación efectiva es difícil —consiguió decir finalmente. Difícil. Así era Nick Jonas. Un hombre difícil. Preguntándose qué haría allí, trató de concentrarse en la exposición y mantuvo impasiblemente los ojos retirados de él.
A pesar de sus mejores esfuerzos, tartamudeó y se atascó en numerosas ocasiones. Al terminar exhaló un enorme suspiro de alivio. Un par de estudiantes se acercaron para hacerle preguntas. Finalmente, cuando todos se hubieron marchado, Miley recogió sus notas Y dejó de fingir que ignoraba la presencia de Nick.
Él se levantó al verla acercarse.
—¿Qué tal le va, doctora Caramelos? ¿Te gustan esos estudiantes mayores?
—Hay días en que echo de menos a mis delincuentes callejeros, la verdad —Miley notó que él la inspeccionaba de arriba abajo, y decidió no andarse por las ramas—. ¿A qué has venido?
—Necesito tus servicios —dijo Nick con un tono que seguramente ponía a las mujeres de rodillas, pensó Miley.
—¿Necesitas a una especialista en psicología infantil?
—Necesito a una experta que ayude a Sam, el director de mi campamento de verano, con unos chicos rebeldes. Pago bien.
Miley pestañeó.
—¿Tienes un campamento de verano?
—Sí. Lo inauguré hace unos años —Nick alzó la mano—. Antes de que empieces a pensar que soy un filántropo, te aclararé que me limito a financiarlo y a aprovechar las deducciones fiscales. Mi amigo, Sam Stewart es quien hace todo el trabajo.
Miley sentía que la cabeza le daba vueltas, pero tomó nota del empeño de Nick por restar importancia a su generosidad.

—El nombre de Sam Stewart me suena.
Él esbozó una sonrisa cínica.
—Sí, lo partiste en dos cuando le dijiste que ya no ejercías como psicóloga privada.
Miley hizo una mueca.
—Y es cierto. Recibo ofertas continuamente, de modo que decidí redactar una respuesta estándar. La tengo siempre cerca del teléfono y me limito a leerla cuando me hacen una oferta. Y doy referencias.
—Sam es muy exigente en lo que se refiere a los chicos. Quiere lo mejor.
Ella le lanzó una mirada dubitativa y se dirigió hacia la puerta.
—Eso es mucho pedir.
—Por lo que he oído —dijo Nick con voz profunda mientras caminaba a su lado—, no te será difícil.
Miley percibió sinceridad en su tono. No la estaba halagando.
—¿Cuál es el problema?
—Se pelean mucho —explicó él ceñudo—. Al parecer, más de lo habitual. Dado que hoy ya no tienes que dar más clases, permíteme que te invite a cenar. Te pondré al corriente de todo.
—Aún no he aceptado —le advirtió Miley.
Nick dejó escapar una risita cascada.
—Pero aceptarás.
Ella se giró y lo miró a los ojos.
—¿Por qué estás tan seguro?
Él se encogió de hombros.
—Di un precio —respondió con aquella voz que a Miley le hacía pensar en una noche excitante, cuerpos enredados y dos corazones latiendo juntos.
—Si acepto, y no digo que piense hacerlo, no será por dinero.
—Ya veremos.
—Sí, ya veremos —repitió ella al tiempo que miraba el reloj—. Tengo que ir a mi despacho a recoger unos papeles. ¿Dónde quedamos?
—No tengo prisa. Puedo acompañarte.
Miley tuvo que tragarse su frustración. Deseaba alejarse de él unos minutos para tranquilizarse. Para dejar de oler su loción de afeitado y sentirse libre del hechizo de sus ojos.
—De acuerdo —murmuró, y recorrieron juntos el corto trayecto hasta su despacho.
Selena, la joven profesora en prácticas asignada a Miley, se quedó boquiabierta al ver a Nick cuando entraron en la pequeña estancia.
—¿Eres un estudiante? —le preguntó con expresión provocativa.
Nick esbozó una media sonrisa.
—Todavía no.
Miley intentó pensar en un modo educado de decirle a Selena que cerrase la boca o le entrarían moscas.
—Sel, te presento a Nick Jonas. Está interesado en una consulta particular.
—Creía que ya no ejercías —comentó Selena sin dejar de mirar a Nick.
—Y así es —dijo Miley sombríamente.
—Pero no ha podido negarse a hacer una excepción —la provocó Nick.
Sel miró a Miley con otros ojos.
—Y comprendo exactamente por qué.
—¿Algún mensaje? —preguntó Miley—, decidida a cambiar de tema.
—Sí. Han llamado otras dos personas solicitando consultas. Y tú hermana Selena.
Miley sonrió.
—¿Tina?
—Sí —confirmó Selena colocándose un lápiz detrás de la oreja—. Dice que tienes que empezar a ponerte tacones. Que te darán una imagen más autoritaria.
Miley se rió y meneó la cabeza.
—Ahora que trabajo con adultos, y no con niños, mi hermana se ha nombrado a sí misma mi asesora de imagen.
—¿No estás de acuerdo con ella? —inquirió Nick, mirando sus zapatos planos.
—No es eso. He experimentado muchos cambios en estos últimos meses. Prefiero hacer los demás cambios gradualmente.
Nick le acarició un mechón de cabello que se le había escapado de la trenza.
—¿Y qué opina tu hermana de tu cabello?
—Basta ya —protestó Miley animadamente, a pesar de la sensación extraña que notaba en el estómago. Volvió a respirar cuando él retiró la mano. Incluso se rió al verlo fruncir el ceño. Se giró hacia Selena y dijo—: Que tengas un buen fin de semana.
La muchacha miró de reojo a Nick y suspiró.
—Seguro que no será tan bueno como el tuyo.
Miley abrió la boca para desmentir la absurda suposición de su ayudante, pero decidió que el tiempo se encargaría de hacerlo.
—Ya estoy lista —le dijo a Nick, y salieron del despacho.

«Dios santo, es adorable», se dijo Nick mientras observaba a Miley, cada vez más aturdida por las excesivas atenciones del camarero de su restaurante. Siempre había buscado a las mujeres más bellas. Pero Miley poseía una cualidad especial que jamás había encontrado en las demás. Rechazó aquel pensamiento tan inquietante y siguió contemplándola.
El camarero trataba de ofrecerle un filete de ternera como si la vida le fuera en ello.
—Parece delicioso —dijo Miley—. Seguro que sus filetes son de primera, pero…
—¿Pero? —preguntó el camarero con rostro compungido.
Miley dirigió a Nick una mirada de desesperación, y luego suspiró.
—Soy vegetariana —dijo amablemente—. Me encantaría tomar una ensalada y patatas al horno.
El camarero la miró confundido.
—Muy bien —dijo al fin, y a continuación le preguntó cómo quería la ensalada.
—Yo tomaré el especial —dijo Nick.
El camarero asintió aprobatoriamente.
—Filete poco hecho.
Cuando el hombre se hubo marchado, Miley sonrió y meneó la cabeza.
—Debiste decirme que vendríamos a uno de tus restaurantes. Supongo que te sentirás como un rey cada vez que entras en cualquiera de ellos.
—No suelo pensar mucho en eso. Siempre estoy demasiado ocupado pensando en nuevas mejoras —Nick tocó la planta marchita que decoraba la mesa e hizo una señal a una camarera para que acudiese a reemplazarla.
—Necesita más sol —sugirió Miley.
—Necesita algo —dijo Nick, y de repente cayó en la cuenta de que él necesitaba algo también. Volvió a fijar su mirada en Miley—. Me gusta tu vestido.
Ella titubeó, como si no estuviera habituada a recibir piropos.
—Gracias —dijo al fin.
—Debiste dejarte el cabello suelto.
Miley esbozó una sonrisa trémula.
—¿Tú también eres un asesor de imagen?
—No, simplemente un admirador de lo bello. Es una lástima que te recojas el pelo.
—¿Cuándo quieres que vea a los chicos del campamento? —inquirió ella con las mejillas sonrosadas.
—Cuanto antes. Sam está a punto de darse por vencido.
—Iré mañana. Convendrá que me deis información individual sobre cada uno de los chicos.
—Claro. Todo lo que necesites.
Miley le dirigió una mirada recelosa.
—Estás siendo muy amable.
—Aunque no lo creas, soy inofensivo.
—Sí, claro —repuso ella en tono descreído—. Tan inofensivo como mi hermana Selena. Es un cerebro de Wall Street que devora compañías pequeñas para desayunar —se interrumpió bruscamente—. Sel te interesaría mucho. Es inteligente, avispada y capitalista hasta la médula.
Nick meneó la cabeza.
—Sam suele decirme que debería acudir ante el Mago de Oz para conseguir un corazón.
Miley ladeó la cabeza, estudiándolo.
—Eso no puede ser del todo cierto. Seguro que la idea de fundar el campamento de verano partió de ti.
—Sí —admitió Nick con reluctancia—. Pero es un chollo fiscal.
—Podrías haber escogido otros «chollos» fiscales.
La persistencia de Miley le resultaba irritante. Pero, al mismo tiempo, Nick la admiraba.
—No te hagas una idea equivocada. No soy ningún héroe.
Ella se echó a reír sin sospechar, seguramente, que el sonido gutural de su risa resultaba sexy.
—Pronuncias el término «héroe» como si fuera una palabra horrible. Estás haciendo algo maravilloso por esos chicos. Eso significa que, en el fondo de tu corazón capitalista, posees una cualidad que te redime.
—Llevas demasiado tiempo dedicándote a la psicología. Se te empieza a encoger el cerebro.
Miley chasqueó la lengua.
—¿Siempre te lanzas al ataque cuando alguien te dice la verdad sobre ti mismo? No te preocupes. Te garantizo que tu secreto está a salvo conmigo —a continuación, con una voz susurrante que afectó a Nick como una caricia íntima, añadió—: Nick Jonas es un héroe.

Al día siguiente, Nick observó atentamente cómo Miley tomaba contacto con los chicos. Iba vestida con unos sencillos tejanos y una camiseta, y de nuevo llevaba el cabello recogido. Quizá había pretendido ofrecer un aspecto poco llamativo, pero, a la luz del sol, su pelo parecía de diamante. Sus expresiones faciales reflejaban su concentración y sus emociones. Para Nick, la emoción que más predominaba en aquel rostro era la compasión, y eso hacía que algo se removiera con fuerza en su interior.
Cualquier hombre hubiera tenido que mirarla dos o tres veces para apreciar su atractivo. Nick no dejaba de contemplarla, fascinado.
Durante el almuerzo, Miley se entrevistó con Sam y le aseguró que estaba haciendo un buen trabajo. Para cuando terminó su ensalada de manzana. Sam sonreía de oreja a oreja, satisfecho.
Por la tarde, cuando reunió a los chicos para jugar a videojuegos y unos cuantos se resistieron, Miley ofreció la recompensa definitiva. Tarántulas de plástico para todos aquellos que participaran.
Tal vez resultase cursi, se dijo Nick, pero Miley le recordaba a un rayo de sol. Seguro que cualquier hombre al que mirara con aquellos ojitos azules de niña quedaba enamorado sin remedio.
Todos, excepto él.
Nick se dijo que no estaba enamorado. Sólo quería sumergirse en aquellos ojos de niña y descubrir por qué hacían que las manos le hormiguearan. Quería introducirse en su piel y averiguar si podía excitarla. Quería llevársela a la cama.

Después de aparcar el coche ante la casa de Miley, Nick la acompañó hasta la puerta, acordándose de la noche que habían compartido. Ahora sentía lo mismo que sintió aquella noche disparatada. Deseaba pasar más tiempo con ella.
Notó que Miley flexionaba los hombros como si los tuviera tensos.
—¿Tienes la espalda dolorida después de lo de hoy?
Ella volvió a encoger los hombros y asintió.
—A veces, cuando me concentro en algo durante mucho tiempo, la tensión me pasa factura. Una ducha y una noche de descanso me dejarán como nueva.
—Tengo un Jacuzzi en mi casa —dijo él.
—Qué bien —contestó ella con una sonrisa.
Nick se recostó en el quicio de la puerta.
—Seguro que te sienta mejor que una simple ducha.
Miley negó con la cabeza antes de que él llegara a formular la proposición.
—No creo que…
—Puedes ponerte un bañador —dijo él, intentando eliminar todos los obstáculos.
—No, yo…
—Y puedes meterte en la bañera sola —siguió diciendo Nick, aunque no era eso lo que prefería.
—No, gracias…
—Después te traeré a casa, e intentaré no pedirte que me invites a entrar —dudó, y luego modificó la propuesta— Esta noche.
Miley tomó aliento rápidamente. Su mirada se tornó más profunda.
—Tu oferta es muy generosa —dijo con voz trémula y suave— Pero creo que es mejor que no acepte.
—¿Por qué no? ¿Te pongo nerviosa?
—No —se apresuró a responder ella. Suspiró— Bueno, un poco.
Nick sintió que el corazón se le aceleraba al ver la expresión de Miley.
—Tú también me pones un poco nervioso.
—¿Yo? —inquirió ella incrédula.
Él alzó la mano para acariciarle la mejilla con los nudillos.
—Sí, tú. ¿Por qué te sorprende tanto?
Miley se pasó la lengua por el labio y pestañeó.
—Creo que ya hemos hablado de eso. No soy tu tipo.
—Bueno —dijo él con la mirada fija en sus labios sonrosados— tal vez mis gustos estén cambiando.
Ella abrió los ojos de par en par y retrocedió.
—No, eso no es verdad.
Parecía tan aterrada que Nick no pudo evitar sonreírse.
—¿Cómo lo sabes?
Miley parpadeó.
—Lo sé y ya está —hizo una pausa, y luego se rió nerviosamente. Sosteniendo la mirada de Nick, se sacó las llaves del bolsillo y se dio media vuelta— Leo la mente. ¿No te lo había dicho?
—No.
—Pues es verdad. De hecho, puedo leerte la mente ahora mismo y saber exactamente qué es lo que deseas.
Nick se dijo que se hallaba en un gran apuro si decía la verdad, pues deseaba tenerla junto a él en el jacuzzi, sin ropa. Se acercó a ella.
—¿Y qué deseo?
Miley se sacó algo del bolsillo y se lo arrojó.
—Una tarántula —dijo con una sonrisa mientras abría la puerta— Gracias por el paseo. Te llamaré mañana, en cuanto haya revisado esos expedientes. Buenas noches.
—Miley —musitó Nick con voz serena.
Ella se detuvo ante el marco de la puerta, tensa y visiblemente azorada.
—Gracias por la araña —dijo él, decidiendo no presionarla más por aquella noche.
Miley emitió un prolongado suspiro de alivio.
—De nada. Buenas noches, Nick.
Él observó cómo cerraba la puerta y permaneció inmóvil unos segundos. Deseaba averiguar si Miley estremecía su mundo de veras, o si únicamente se trataba de una mala pasada de su imaginación.
Tenía una premonición extraña con respecto a aquella mujer, y no estaba seguro de qué se trataba. Lo que sí sabía era que obtendría de ella mucho más que caramelos y tarántulas de plástico.

3 comentarios:

  1. me a gustado...
    y Nick obtuvo su recompensa....
    su taratulita de regalo joajoajoa
    que lindo


    xoxo

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  2. uhhh ese Nicholas no se dara x vencido hasta que consiga lo que kiere xq no es haci en la vida real :( sube pronto cuidate linda.

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