martes, 24 de julio de 2012

Capitulo 5.-

Miley se notó la boca seca, azorada por la fuerza sensual que emanaba Nick. Era vagamente consciente de las voces de los demás clientes del restaurante y del tintineo de los platos y los cubiertos, pero Nick acaparaba toda su atención. Le resultaba inquietante la facilidad con que la embelesaba, y trató en vano de romper el hechizo.
—¡Nick Jonas! —la voz de una mujer deshizo la magia del momento.
Miley observó cómo Nick se volvía hacia la mujer de mediana edad que casi tropezó en su ímpetu por acercarse hasta la mesa.
—Janine Perkins —musitó entre dientes, y se puso en pie.
—Cuánto me alegra verte —dijo la mujer efusivamente— Te he dejado varios mensajes en el contestador. Ya sabes, sobre la cena en honor de los Hombres del Año de Denver. Asistirás, ¿verdad?
Nick se encogió de hombros en un gesto de disculpa.
—No sé si podré, Janine. Voy a inaugurar otro restaurante en Wyoming, y dudo que tenga un hueco. Miley —dijo volviéndose hacia ella— te presento a Janine Perkins. Participa activamente en varias organizaciones cívicas de Denver.
Miley asintió con una sonrisa.
—Es un placer conocerla, señora Perkins. Soy nueva en la ciudad. ¿Qué es eso de los «Hombres del Año de Denver»?
—Se trata de una distinción muy importante —explicó la señora Perkins con entusiasmo— Las principales organizaciones cívicas de la ciudad nominan y eligen mediante votación a los tres hombres que han causado un impacto más positivo en nuestra comunidad. Este año Nick ha sido uno de los elegidos por su fabuloso campamento para chicos con problemas, así como por su apoyo financiero a nuestro centro de acogida para madres solteras.
Miley estaba impresionada. Miró a Nick de soslayo y sonrió.
—En Denver están orgullosos de ti.
Él le lanzó una mirada muy seria y luego se volvió hacia la señora Perkins.
—Me siento muy honrado, pero tendré que consultar mi agenda.
—Harás un esfuerzo por encontrar un hueco, ¿verdad? —inquirió la señora Perkins cruzando los dedos. Miley sospechaba que la mujer conocía bien a Nick, y sabía que acabaría haciendo lo que le diera la gana— Las organizaciones cívicas de Denver cuentan contigo.
—Lo agradezco mucho. Haré lo que pueda.
—Gracias —contestó solemnemente la señora Perkins al tiempo que le estrechaba la mano. Luego miró a Miley y asintió— Encantada de haberla conocido.
Cuando la mujer se hubo marchado, Nick se derrumbó en la silla y emitió un suspiro.
—Que el cielo me ayude.
Miley reprimió una risita.
—¿Cuál es el problema? Has hecho cosas maravillosas por la ciudad, y…
Él alzó rápidamente la mano.
—Dejémoslo ahí. No he hecho nada maravilloso, salvo ganar dinero.
—Eso no es verdad —repuso Miley— reclinándose en la silla— ¿Qué me dices de las donaciones al centro de acogida?
—Me limito a aprovechar las deducciones fiscales.
Ella hizo un ademán afirmativo.
—De modo que todo eso lo haces, en última instancia, para obtener un beneficio. ¿No es así?
—Exacto —respondió Nick lacónicamente, apartando la mirada.
Miley dejó que el silencio se interpusiera entre ambos. Podía entender por qué le incomodaba el galardón. Era un hombre muy reservado. Sin embargo, no lograba comprender por qué motivo Nick se empeñaba en no reconocer la bondad de sus actos.
—Eres un farsante —dijo al fin.
Él se giró bruscamente para mirarla de nuevo.
—¿Un farsante? —inquirió en tono autoritario.
—Sí, un farsante. No aceptas tu inclinación a hacer algo bueno con el dinero y, el poder que has ganado. Te empeñas en aparentar que nada te importa, salvo ganar dinero.
—Y así es —insistió Nick.
Miley negó con la cabeza.
—Podrías ser un avaro, como tío Gilito, y acumular el dinero. Pero lo utilizas para mejorar la vida de los demás.
—Simplemente, aprovecho las deducciones fiscales —repitió él.
—Bobadas —repuso Miley, y percibió sorpresa, frustración y un leve destello de admiración en sus pensativos ojos marrones— Utilizas la excusa de las deducciones fiscales para encubrir tus verdaderas intenciones. Eres un buen hombre. Reconócelo. Entiendo que te incomode recibir ese galardón, pero ¿no se te ha ocurrido pensar que es simplemente un modo de darte las gracias?
—Ya he asistido antes a algunas de esas cenas, y son condenadamente aburridas.
Miley se echó a reír.
—Me sorprendes. Eres un hombre increíblemente fascinante e imaginativo. Me extraña que no halles la forma de conseguir que todo esto te resulte más interesante.
Nick entrecerró los ojos y apretó la mandíbula en un gesto de evidente desafío.
—¿Siempre has tenido esa manía optimista de buscar cualidades positivas en los demás?
Ella prorrumpió en risas nuevamente.
—Si pretendes cambiar de tema, no vas a salirte con la tuya. Digamos, simplemente, que no me obsesiona el dinero.
—A todo el mundo le obsesiona el dinero —musitó Nick— Sobre todo a quienes no lo tienen. Dime, pues, ¿cuál es tu obsesión? —inquirió con un tono que destilaba curiosidad— A ver si lo adivino —añadió bajando la voz— ¿El sexo?
Miley sintió que el estómago se le encogía al percibir la poderosa energía que fluía entre ambos. ¿Cómo había conseguido cambiar las tornas de la conversación?
—Yo no lo consideraría una obsesión.
Nick enarcó las cejas.
—¿Y cómo lo considerarías, entonces?
—Me gusta adoptar una actitud cautelosa en ese terreno —respondió ella lentamente, eligiendo las palabras con cuidado y obligándose a mirarlo a los ojos.
Nick la estudió detenidamente, y después asintió.
—Muy bien. ¿Te gustaría ayudarme a superar mi obsesión?
Miley se encogió de hombros, confusa.
—No me dedico a la terapia de adultos. De hecho, ya no realizo terapias de ningún tipo…

Él colocó la mano encima de la suya, interrumpiéndola. Aquella mano ligeramente encallecida pareció engullir la suya, y Miley temió que necesitaría toda su fuerza de voluntad para impedir que Nick engullese también su corazón.
—No estoy hablando de terapias. Me refería a mi obsesión por no asistir a esa cena tan aburrida. Si me acompañas, quizá no me parezca tan insoportable.
Miley experimentó de nuevo un pellizco en el estómago, y tuvo que combatir el impulso de dar marcha atrás.
—Tendré que consultar mi agenda.
—Excusas, excusas, excusas —dijo Nick con un rictus de niño travieso.
Ella se mordió el labio.
—Tengo otros compromisos.
—¿Y si esa noche estás libre?
Miley se sintió atrapada.
—Venga, Miley. Contigo seguro que la cena será mucho más llevadera —insistió él entrelazando sus dedos con los de ella.
Miley exhaló un suspiro.
—¿Es una cena formal?
—Sí —respondió Nick, sonriendo animadamente.
—Detesto las ceremonias formales. Siempre derramo algo.
—Ya sabes por qué no deseo ir.
Miley pensó que sería bueno para Nick oír el reconocimiento público de sus buenas obras. Debajo de su fanfarronería capitalista latía un corazón sensible.
—Muy bien. Asistiré contigo. Pero con la condición de que hagamos todo lo posible por pasarlo bien.
—¿Todo lo posible? —repitió él, con un tono que se aproximaba peligrosamente a la suavidad del terciopelo.
—Siempre y cuando sea legal —respondió ella, experimentando una deliciosa punzada de excitación— Y no perjudique a los demás.
—En ese caso —dijo Nick con una sonrisa lupina— creo que lo ideal para pasarlo bien será ayudarte con tu obsesión.

Nick se presentaba en el despacho de Miley casi a diario, justo cuando ella se disponía a marcharse. Se estaba convirtiendo en un hábito. Miley no sabía si se trataba de un hábito positivo, pero le gustaba estar con él.
Nick la acariciaba con naturalidad, como si no fuese sólo su deseo, sino también su derecho. Ella podría haberle reprochado esa actitud si él no la hubiese animado constantemente a que hiciera lo mismo. No ocultaba el hecho de que deseaba hacerle el amor, y Miley sospechaba que no la presionaba porque sabía que semejante táctica no le daría resultado. Nick no imaginaba lo cerca que ella estaba de cruzar el límite.
Miley notaba que Nick tenía un gran interés en llevarla a su casa, pero ella se resistía. No deseaba ser como las demás mujeres que habían pasado por su vida. Se había impuesto el objetivo de enriquecer a Nick en un aspecto que nada tenía que ver con lo material.
Sentado a la mesa, Nick apuró su cerveza tras acabar la cena que Miley había preparado.
—¿Quieres explicarme otra vez qué diablos he comido?
Los labios de Miley se curvaron.
—Una ensalada vegetariana.
—Con alubias, verduras, queso y… —esbozó una sonrisa lúgubre— Y brotes de soja.
—Si quieres, la próxima vez no los añadiré a tu ensalada —propuso Miley, y se levantó para llevar el plato al fregadero.
Nick fue tras ella, visiblemente aliviado.
—Gracias. Tienen pinta de hierbajos. Ya que hemos terminado de cenar, llegó el momento de revelarte la sorpresa.
Miley intentó combatir la oleada de recelo que la invadió mientras introducía los platos en el lavavajillas.
—Esperaba que antes me dieras unas cuantas pistas.
—Tendremos que ir en coche. Luego habrá que subir unas cuantas escaleras. Seguro que te gustará.
Miley lo miró de reojo, curiosa.
—¿Será largo el trayecto en coche? ¿Y hasta qué punto me gustará?
—No será muy largo —respondió Nick besándole la nariz— Basta ya de pistas —paseando la mirada por su vestido veraniego sin mangas, le recorrió el brazo con la yema del dedo— Tendrás que llevar un jersey.
—¿Hace frío en ese sitio?
—En Colorado suele refrescar de noche.
Miley exhaló un suspiro.
—Estás siendo muy poco concreto.
—Y tú muy escéptica.
Ella emitió un gruñido, pero sonrió. Había muchas constantes en su relación que eran recíprocas. Nick no permitía que Miley se saliera con la suya en todo, y ella procuraba hacer lo mismo.
Tras pasarse apresuradamente por el dormitorio para recoger un jersey, salió de la casa con Nick y ambos se dirigieron al Suburban.
Miley alzó la vista para contemplar las estrellas.
—Qué noche tan preciosa —murmuró mientras se acomodaba en el asiento del pasajero.
—Sí —convino Nick, aunque la miraba a ella.
Cuando hubieron recorrido unos cuantos kilómetros, detuvo el coche en el margen de la carretera y se sacó un pañuelo del bolsillo.
—Para mantener en secreto nuestro destino, debo pedirte que te pongas esto.
Miley miró la venda improvisada, pestañeando.
—¿Me tomas el pelo?
Él negó con la cabeza.
—Te prometí que te daría una sorpresa.
Ella le dirigió una mirada dubitativa.
—Normalmente no me prestaría a este tipo de juegos.
—Lo sé —dijo Nick mientras le ataba el pañuelo— No lo lamentarás.
Miley notó el soplo de su aliento antes que sus labios se fundieran con los suyos. La lengua de Nick invadió sensualmente su boca. No veía nada, pero ante sus ojos se desató un caleidoscopio de colores. Aunque permanecía sentada e inmóvil, hubiera jurado que estaba dando vueltas…
Miley no podía ver a Nick, pero lo sentía en su interior, como antes lo había sentido en sueños. Las sensaciones que la recorrieron por dentro eran tan intensas que la hicieron estremecerse.
Nick se dio cuenta.
—¿Tienes frío? —le preguntó frotándole los brazos con las palmas de las manos.
Miley titubeó, preguntándose cómo le sentaría a Nick la verdad.
—No —consiguió decir, acercándose otro paso al filo del abismo.
—¿No?
Ella tragó saliva.
—A veces tú me haces temblar.
Las manos de Nick cesaron sus reconfortantes movimientos, y Miley se dijo que debía haberle dicho aquello en otro momento. Cuando pudiera ver y leer la expresión de su rostro. El estómago se le tensó conforme el silencio se espesaba entre ambos. Estaba a punto de alzar la mano para quitarse el pañuelo, cuando notó que los dedos de Nick le recorrían la mandíbula. Volvió a posar sus labios sobre los de Miley, reclamando su boca de forma tierna y posesiva. Eliminado el obstáculo de la ropa, Miley pudo palpar su excitación, mientras él seguía disfrutando de su boca.
Cuando, finalmente, sus labios se separaron, Miley tuvo que hacer un esfuerzo para no llorar. Nick le había hecho sentir tanto…
—Si seguimos así, no llegaremos en toda la noche —dijo él entre dientes, con la respiración entrecortada.
—Llegaremos —logró decir ella con voz trémula. Buscó a tientas el botón que abría la ventanilla y asomó el rostro al aire fresco de la noche.
—Miley—dijo Nick.
Ella respiró hondo.
—¿Sí?
—¿Te encuentras bien?
«Miéntele», se dijo Miley.
—Lo estaré —aseguró.
Nick le dio un beso en la palma de la mano.
—Llegaremos antes de que te des cuenta.
Y así fue. Al cabo de unos momentos, Nick atravesó una zona que olía vagamente a aceite y a humo de automóvil, y luego la condujo a través de una puerta. Los pasos de ambos resonaron con fuerza en el suelo de baldosas. Miley oyó los arañazos de unas pezuñas de animal y notó el contacto de un hocico frío en la mano.
Notó un pellizco en el estómago.
—Me has traído a tu casa.
Nick la agarró fuertemente de la mano.
—Todavía no hemos llegado.
Miley se sintió tensa, embargada por una serie de sentimientos contrapuestos. Tenía curiosidad por ver la casa donde vivía Nick, pero también sentía una extraña renuencia a estar allí donde él había llevado a sus otras conquistas.
—Más escaleras —advirtió Nick— Dixie, quítate de en medio —le ordenó al perro cuando Miley estuvo a punto de tropezar con él.
Ella alargó la mano para acariciar el pelaje sedoso del animal.
—¿Es un perdiguero? ¿O un setter irlandés?
—Un perdiguero. Los setters suelen ser demasiado nerviosos.
Miley se dijo que así estaba ella, nerviosa, mientras permitía que Nick la condujera escaleras arriba. Se sintió fuertemente tentada de quitarse el pañuelo.
—Todavía no —dijo Nick como si le leyera el pensamiento.
Tras cruzar otra puerta, notó la suavidad de una gruesa moqueta bajo los zapatos. El olor de aquella habitación era masculino y familiar. El olor de Nick.
Miley notó que el corazón se le aceleraba. Carraspeó para aclararse la garganta.
—¿Es tu dormitorio?
—Aún no hemos llegado a nuestro destino —respondió él.
—No me has contestado.
Nick titubeó.
—¿Por qué dices eso?
—Este cuarto tiene tu olor.
Él se detuvo. Miley no pudo ver las emociones que resplandecieron en su interior. Pero pudo sentirlas.
—Más escaleras —previno Nick— Éstas son más difíciles. Iremos más despacio.
Miley se aferró al pasamanos de madera y a la mano fuerte de Nick. Se dio cuenta de que ascendían en círculos.
—Una escalera de caracol —murmuró sorprendida— ¿Adónde vamos?
—Ya casi hemos llegado.
De nuevo Nick cumplió su palabra. Un instante más tarde, Miley se halló de pie en una superficie plana. El viento le alborotó el cabello, y percibió la ausencia de luz. ¿Estaban al aire libre?
—¿Qué…? ¿Dónde…?
Nick le quitó la venda.
—Dijiste que, en parte, te viniste a vivir a Colorado porque te encantan las grandes vistas.
Miley contempló el aterciopelado manto de titilantes estrellas. Meneó la cabeza, abrumada por la belleza del panorama.
—Parecen tan cerca que casi se pueden tocar —susurró, y se giró hacia Nick.
Él no miraba las estrellas. La estaba contemplando a ella. Con los pulgares en los bolsillos del pantalón, aguardaba su reacción.
Casi parecía nervioso, se dijo Miley, pero enseguida rechazó aquel pensamiento. Jamás había puesto nervioso a un hombre en toda su vida.
—¿Te gusta? —preguntó al fin Nick, encogiéndose de hombros.
Algo se desató en el interior de Miley, y corrió hacia sus brazos. El cuerpo de Nick era fuerte y cálido.
—¡Es precioso! Me siento como si acabaras de hacerme un regalo.
Momentáneamente aturdido, él soltó una risita, y luego la estrechó contra sí.
—Supongo que eso significa que te gusta.
—¡Me encanta! —Miley se retiró un poco para mirarlo— Lo que no entiendo es cómo te las arreglas para ir a trabajar todos los días. Yo haría novillos constantemente para quedarme aquí.
—Eh, hasta un capitalista ha de pagar las facturas de la luz.
Miley alzó de nuevo la vista hacia el cielo, y la piel se le puso de gallina. El horizonte se extendía a lo lejos, dándole una sensación de libertad y de gozo.
—Esas luces no tienes que pagarlas.
—Cierto —convino Nick— Esta es mi parte favorita de la casa. Cuando era niño, formaba parte de un club que se reunía en una casita construida en un árbol. Recuerdo que me encantaba estar allí, en lo alto.
—¿Has vuelto a ir alguna vez?
Nick negó con la cabeza.
—El año pasado uno de los chicos me mandó una invitación de boda. Le envié un regalo.
—¿No crees que hubieran preferido tenerte allí?
Él la miró a los ojos.
—Tal vez. ¿Y tú?
Miley notó un pellizco en el corazón.
—¿Yo qué? —inquirió.
Nick agachó la cabeza y le deslizó el muslo entre las piernas.
—¿Te gustaría tenerme? —Le pasó la yema de los dedos por los costados hasta llegar a la altura de los senos— Haz novillos conmigo.

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