lunes, 10 de septiembre de 2012

Capitulo 8.-

–Porque... no.
–Yo creía que él y tú...
No terminó la frase y miró a su hermana con la cabeza ladeada y el ceño fruncido.
Miley intentó no darle importancia y se encogió de hombros.
–Simplemente no me apetece ir con él.
Sierra se encogió de hombros.
–Vale. Nick, no. Pues quédate con la entrada y lleva a quien quieras –dijo, sacando la entrada del bolso.
–No conozco a nadie que...
–Pues ve sola. Pero ve.
–Yo...
Miró a  Miley como había hecho desde que eran niñas en Emporia.
–Atrévete.
Después de aquello, no le quedaba otra opción.
Nick estaba regando el jardín cuando Sierra salió.
Siempre le había gustado la hermana de Miley, aunque se alegraba de que no se parecieran ni en la forma de vestir, ni en el gusto en calzado ni en los colores del pelo.
Dejó de regar y la miró con una sonrisa.
–Hola, Sierra. ¿Qué tal?
–Cerdo –contestó, y sintió que una de aquellas odiosas botas de militar se le clavaba en la espinilla.

El problema de vivir en el piso de abajo era que uno siempre podía ver lo que estaba pasando. Podía estar sentado viendo las noticias después del partido de los Yankees y ver al mismo tiempo la gente que entraba y salía de los apartamentos de arriba.
Oyó una risa femenina y supo inmediatamente quien era. Miley parecía siempre tan feliz, tan optimista cuando reía. Luego, oyó otra voz femenina y reconoció a Sierra. No supo a quién pertenecía la voz masculina de la tercera persona, que parecía estar esperando a que Miley encontrase la llave. Debía ser el novio de Sierra.
Era reconfortante saber que Sierra se llevaba a su hermana aunque saliese con su novio.
Era reconfortante saber que Sierra tenía una cualidad redentora, pensó, frotándose la espinilla, aún dolorida del encuentro con su bota de aquella misma tarde. Se estaba preguntando si lo sabría.
Oyó decir a Sierra algo de una carrera, al hombre algo del pitcher y a Miley increíble. Fantástico.
Así que habían ido a un partido, y no le habían invitado a acompañarlos. No es que esperase que lo hicieran. O que quisiera que lo hicieran. ¡Pero es que era la clase de cosa que hacían siempre juntos!
Había sido él quien la había llevado a su primer partido de béisbol tres años atrás. ¡Había sido él quien la había presentado a los Yankees! Y ahora, iba sin él.
«Deberías sentirte aliviado», se recordó. Quizás así podría conocer a alguien. Incluso puede que llegase a conocer a uno de los Yankees. Quizás algún lanzador que la llevase en volandas al altar y que se convirtiera en el padre de su hijo.
Aquella posibilidad no le hizo tan feliz como esperaba.
Miley se alegró de que Sierra la hubiese obligado a ir al partido. Así había tenido que pensar en otra cosa, aparte de en sí misma.
Había tenido que concentrarse también en su trabajo durante los últimos tres meses, pero no había tenido demasiada vida social desde que descubrió que estaba embarazada. Siempre había estado esperando que apareciera Nick.
–No merecía la pena esperar –había dicho Sierra de pronto en el partido; y luego había añadido–: si quieres, le doy de tu parte una patada en el trasero.
Miley se había echado a reír.
–Ya le he dado una en la espinilla –añadió. Miley se quedó callada un instante y después volvió a reír.
–¿No hablarás en serio?
–Por supuesto que sí –había contestado su hermana, indignada–. No sé cómo ha podido parecerme un tipo majo.
–Hace lo que puede –dijo Miley.
Sierra sonrió de medio lado.
–¿Cómo puedes decir eso cuando no quiere saber nada ni de ti ni del bebé?
–Ha dicho que se ocupará económicamente.
–Claro. Como si los tribunales no fuesen a obligarle de todos modos. Es un cerdo –concluyó–. Te mereces algo mejor.
–Él opina lo mismo.
Sierra se había vuelto a mirarla.
–¿Nick te ha dicho que te busques a otro?
Miley asintió.
–Para que me apoye en el plano personal. Dice que después de ver a Justin y Sel y a Kev y Dani, cree que es eso lo que necesito.
Sierra había guardado silencio un momento y después movió despacio la cabeza.
–No estoy segura de que darle una patada vaya a ser suficiente.
Sierra nunca hacía las cosas a medias.
–He llegado a la conclusión de que Nick tiene razón –informó a Miley al día siguiente por la tarde, tras entrar en su casa con un papel en la mano–, así que te he preparado una lista.
–¿Qué? ¿De qué estás hablando?
–De que hay que encontrarte un hombre.
–¡Yo no quiero un hombre!
–Tonterías. Todos los que he puesto en esta lista, son tíos encantadores. Y están deseosos... muy deseosos de conocerte.
–¿Se puede saber qué te traes entre manos? Sierra compuso su mueca más inocente.
–¿Quién, yo? Nada. Solo quiero ayudar.
–Me parece a mí que no –le quitó la lista de la mano y la leyó–. ¿Quiénes son estos hombres?
Se esperaba, poco más o menos, una lista de sus anteriores novios, pero no reconoció ni uno solo de los nombres.
–Tipos que conozco –contestó, quitándole el papel de la mano–. Damien va a venir esta noche, e iremos a cenar con él. Mañana puedes comer con Kent. El sábado, Brandon te llevará a un concierto al Carnegie Hall...
–¡Un momento! ¿Se puede saber qué estás haciendo?
–Pues lo que quiere Nick –contestó–. Vamos, Miley, que te lo vas a pasar bien.
–Yo no quiero...
–Tú quieres a Nick –adivinó–, pero no vas a tenerlo, así que tienes que olvidarte de él y seguir adelante.
–No sé...
–Tienes que seguir adelante, Miley– Sierra la miraba con firmeza–. Confía en mí.

Las dos se miraron durante unos segundos. Años de batallas fraternas, de amistad, de apoyo, de devoción, estaban en esa mirada. Al final Miley asintió.
–Damien esta noche –concertó Sierra–. A las siete.

Le había dicho que saliese, pero no que lo hiciera todas las noches.
Después del partido de los Yankees, se había imaginado que se quedaría en casa. Conocía a Miley, y sabía que no era una mariposa de las que va de flor en flor. Tenía amigos, sí, pero no se pasaba la vida de fiesta en fiesta.
Al menos, hasta entonces.
Ahora era la abeja más ocupada de la colmena.
Cada vez que se daba la vuelta, la veía salir del brazo de un hombre distinto. Al principio, se había imaginado que serían novios de Sierra, pero ella seguía presentándose con el mismo chico de pelo largo que venía acompañándola últimamente. Los otros iban con Miley.
Le había sugerido que se buscase un hombre, pero no se le había ocurrido pensar que pusiera un anuncio en el periódico. ¿Qué demonios sabía de todos aquellos tíos? ¡Podían ser asesinos, o violadores!
Además, tampoco tenía que parecer tan complacida cada vez que la veía con alguno de ellos. No todos podían ser tan encantadores.
Y volvía a casa muy tarde. ¡A las diez y media! ¡Incluso a las once! ¿Es que una mujer en su estado no tenía que dormir?
Desde luego él no pegaba el ojo, sobre todo si tenía que esperar levantado dando vueltas por la casa a que ella llegase.
Tenía que alejarse. Necesitaba tomarse un respiro.
De modo que cuando su hermano Nathan le llamó para preguntarle si le gustaría pasar con él una semana en Vancouver, se agarró a la oferte con uñas y dientes.
Nathan viajaba por todo el mundo haciendo fotos para artículos de prensa y, recientemente, para sus propios libros.
Como él, Nathan le había dado la espalda al negocio familiar hacía ya tiempo, aunque por razones menos obvias. Nadie en la familia sabía por qué estaba allí y un buen día, dejó de estarlo.
Nathan interpretaba lo de la familia de un modo muy particular, lo cual era perfecto para Nick. A él tampoco le gustaba compartir los detalles íntimos de su vida.
Se reunió con él en Vancouver y pasaron la semana recorriendo la costa de la Isla de Vancouver y unas cuantas islas pequeñas más.
La semana pasó en un abrir y cerrar de ojos. Nathan tenía que volver a París, que era donde vivía si no tenía que estar haciendo fotos en el otro extremo del globo.
Y Nick volvió a Nueva York.
Pero volver a casa no le proporcionó la satisfacción que en otras ocasiones. Claro que no volvía a casa tras semanas de luchar contra el fuego, sino después de haber estado de vacaciones.
Vacaciones, ¿de qué? ¿De la horda de tíos que perseguían a Miley? No, gracias. Así que, desde el mismo aeropuerto, llamó su hermano Kevin.
–¿No querrás volver a ir de pesca? Kevin dirigía el negocio de la familia con interferencias de su padre. Estaba agobiado de trabajo, intentando demostrarle a su padre que era perfectamente capaz de llevarlas cosas incluso mejor que él. Era cierto, pero su padre no parecía capaz de darse cuenta.
Nick intentó averiguar por qué se desanimó al responder su hermano: –¿De pesca? Claro, ¿por qué no? ¿Ahora?
–Si quieres...
–Te recogeré mañana a las siete de la mañana. Podemos volver a Montauk.
Así le resultó más fácil volver a casa; sabiendo que iba a marcharse por la mañana. Se pasó la tarde haciendo la colada y evitó sentarse en el salón para no ver la entrada. No quería ver a Miley entrando o saliendo con el macizo de la semana.
Estaba levantado y totalmente despierta cuando llegó Kevin.
–Pescaremos una tonelada –dijo sonriendo al subir al coche.
–Me sorprende que hayas podido escaparte con tanta facilidad.
Su hermano se encogió de hombros sin apartar la vista de la carretera.
–Necesitaba hacerlo. Papá viene muy a menudo últimamente.
–Creía que ya te había dejado el día a día del negocio.
–No es solo por el negocio.
Nick enarcó las cejas. ¿Desde cuándo su padre no estaba obsesionado con el negocio?
Pero Kevin no explicó nada más hasta que estuvieron junto al agua.
–Ha encontrado a otra mujer.
–¿Papá?
No podía creerlo. Su padre, Douglas Jonas, llevaba viudo veinte años y jamás le había conocido otra mujer desde que su esposa murió cuando Nick tenía ocho años.
–¿Qué quieres decir con que tiene otra mujer? ¿Es que quiere casarse?
Kevin lo miró con dureza.
–¡Claro que no! ¡Lo que quiere es que me case yo!– se pasó una mano por el pelo–. Últimamente no me deja en paz. No hace más que traerme mujeres a diestro y siniestro. Quiere que vuelva a casarme.
No es que Kevin hubiese estado casado antes. A punto, sí. Había estado comprometido, y le habían dejado plantado el día de la boda.
Doce años antes, Kevin iba a casarse con Carin Campbell, la hija de uno de los socios de su padre.
Todo el mundo había sido invitado a la boda que iba a celebrarse en la casa que la familia tenía en las Bahamas.
Nick iba a ser el padrino, y Nathan había tenido que irse a la Antártida a última hora para realizar un reportaje sobre pingüinos o algo así.
Los dos, Kevin y él, estaban de pie en la terraza, que era donde iba a celebrarse la boda, esperando... y esperando a que Carin apareciera.
Nunca llegó.
Más tarde supieron que había abandonado la isla por la mañana. Nadie sabía adónde. Y nadie lo había sabido desde entonces. Ni siquiera su padre.
Nadie pronunciaba el nombre de Carin estando presente Kevin, ni se hablaba de matrimonio estando él.
Se había perdido la boda de Nick con Sarah al año siguiente. Estaba en Hong Kong en viaje de negocios. Deliberadamente.
–Está intentando hacerme tragar a otra chica –dijo su hermano–. Se está poniendo nervioso ya.
–¿Por qué?
–El mes que viene cumple setenta años, y según él, tiene ya un pie en la tumba. Quiere nietos – suspiró.
Nick miró hacia otro lado.
El viejo se volvería loco si se enterara de lo de Miley. Él mismo lo arrastraría al altar.
–El mundo no lo dirige un solo hombre, viejo e irritante –masculló Kevin.
–No.
Los dos dejaron vagar la mirada. Contemplar el pasado era enfrentarse al dolor del fracaso, de las esperanzas malogradas, de los sueños rotos.
Estuvieron pescando cinco días. Salían cada mañana en un barco a recorrer la línea de la costa y cuando volvían por la tarde, caminaban kilómetros por la playa.
No volvieron a hablar sobre mujeres ni sobre su padre. Hablaron del tiempo y de los peces. Discutieron sobre la mejor clase de cebo y el béisbol. Pescaron una tonelada.
Fue maravilloso. Igual que lo había sido estar con Nathan.
Nick disfrutó enormemente. Se sentía sereno. Ni siquiera se inquietó cuando, de vuelta ya, Kevin sugirió que compartieran parte del pescado con su vecina.
–¿Cómo se llamaba? –preguntó Kevin.
– Miley.
–Eso, Miley. Le gustará.
Quizás. Podía pasarse por su casa y ofrecerle parte de las capturas. Como un amigo. Sin darle importancia.
Se imaginó a sí mismo llamando a la puerta aquella tarde. Le entregaría un gran paquete de pescado con sus mejores deseos.
Pero cuando subió, no encontró a nadie.
Frunció el ceño y dio media vuelta con el paquete en las manos.
La señora Álvarez subía en aquel momento.
–Ya estás de vuelta.
–Sí. Quería darle a Miley un poco de pescado.
–Está fuera. Ha salido con Daniel.
¿Y quién demonios era Daniel?
–Podrás dárselo mañana. Hoy llegará tarde.
–¿Muy tarde?
La señora Álvarez se encogió de hombros con una sonrisa.
–No lo sé, pero cuando uno se lo está pasando bien, siempre llega tarde.
Nick se quedó allí plantado mientras ella subía el siguiente tramo de escaleras. Miró su reloj. Eran casi las diez. Y eso era ya bastante tarde.
Volvió a bajar y metió el pescado en el frigorífico.
Luego, buscó su agenda y hojeó las páginas. Se sentía irritable y necesitaba hacer algo.
Conocía a muchas mujeres y alguna estaría dispuesta a hacer algo en aquel momento.
¿Canie? ¿Annie? ¿Shauna? ¿Teresa?
Teresa, decidió, y marcó su número para ver si quería ir al cine. En los viejos tiempos, se lo habría propuesto a Miley.
–Pero los viejos tiempos ya no existen –se recordé mientras marcaba.
Teresa accedió. Es más, parecía encantada. Encantada de ir al cine con él y deseosa, parecía ser, de pasar la noche con él después.
–Puedes quedarte un rato si quieres –le sugirió, deslizando una mano por su brazo hasta llegar a la nuca para tirar de él y besarle juguetona.
Nick se aparté.
Estoy hecho polvo –bostezó–. ¿En otra ocasión, quizás?
–Puedes apostar que sí, cariño.
Al volver, se dio cuenta de que Miley seguía teniendo la luz encendida. Era casi la una de la madrugada.
Una mujer embarazada debía necesitar dormir. Seguro. Al día siguiente por la mañana, cuando le llevase el pescado, se lo iba a recordar.

1 comentario:

  1. wow por fiiin rivaless
    para nick...
    me cayo bien sierra...
    haber que hace nick con su rival en turnoo...
    sigue porfffiiiiissss

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