Kevin siempre llevaba traje y corbata. Cuando él trabajaba en la empresa de su padre, también. No sería un marginado, ¿no? Una especie de gigoló que se estuviera aprovechando de una mujer indefensa... ¿Y si no tenía trabajo?
¿Cómo averiguarlo? Llamó a su hermano Kevin.
–¿Qué haces cuándo quieres investigar a alguien?
–¿Un competidor, quieres decir? –preguntó Kevin.
–Sí. Bueno, no –
Nick se rascó la nuca–. Demonios… no lo sé. Lo que quiero es saber algo de un tío. Quiero saber quién es, a qué se dedica. Si es digno de confianza;
Hubo un silencio al otro lado- de la línea, pero Kevin no llegó a preguntarle por sus motivos.
–¿Cómo se llama?
–Daniel.
–¿Daniel qué más?
–No lo sé. Lo... lo averiguaré.
¿Y cómo demonios iba a hacerlo?
–¿Estás bien,
Nick?
–Sí, claro. Solo le estoy haciendo un... favor a un amigo.
–Ya –no parecía convencido–. Dame su apellido y yo indagaré.
El problema era que
Nick no tenía ni idea de cómo conseguirlo. No tenía mucho tiempo. De hecho, tenía que reincorporarse al trabajo dentro de dos días, y se sentiría mucho mejor si supiera en manos de quién estaba Miley.
Pensó en llamar a Sierra y preguntarle sin más quién era aquel tipo. Luego recordó el encuentro con sus botas y cambió de opinión. También podía llamar a Dani o a Sel, pero terminó rechazando igualmente la idea. Dani lo había mirado frunciendo el ceño el último día que lo había visto en el supermercado. Normalmente hablaba con desparpajo, y ni siquiera le había dirigido la palabra. Había visto a Sel en Zabar.
–
Nick, ¿cómo has podido? –le había preguntado.
No necesitaba preguntarse más: todo el mundo lo sabía.
Solo había una persona a la que se atrevería a preguntar: a la propia
Miley.
Sí, hablaría con ella. Le expresaría sus preocupaciones.
Esperó a que Daniel la trajera a casa una noche... más tarde de la media noche, pensó irritado, y una vez le oyó marcharse, subió a su casa.
Miley abrió casi inmediatamente.
–¿Qué has olvi...? Ah –su tono cambió y la sonrisa se desvaneció–. ¿Qué quieres?
–Quiero saber cómo se llama.
–¿Quién?
–Tu novio.
Miley abrió los ojos de par en par y las mejillas se le encendieron.
–¿Cómo dices? –preguntó colérica.
–Ya me has oído. ¿Cómo se llama? ¿Es de confianza? ¿Tiene trabajo? ¡Se pasa aquí el día y la noche!
No pretendía acusarla de nada. Solo quería hacerle unas cuantas preguntas y obtener respuestas.
–Vete a hacer puñetas,
Nick–espetó, y fue a cerrar la puerta, pero él metió el pie para impedírselo.
–¡Espera un momento!
–¡No, espera tú! ¿Cómo tienes la desfachatez de presentarte aquí y hacerme preguntas sobre mi vida íntima?
–Como amigo tuyo...
–¿Amigo? –se burló.
Nick sintió que también a él le ardían las mejillas.
–Amigo, sí –repitió–. Solo porque...
–Estoy embarazada de ti, tú no quieres saber nada ni del bebé ni de mí, ¿y aún pretendes ser amigo mío?
–Quiero lo que es mejor para ti.
–Claro... –ironizó.
–No quiero que cualquiera se aproveche dé ti por...
–Lárgate de aquí,
Nick. ¡Ahora mismo! –exclamó, y dio otro empujón a la puerta. Estaba enrojeciendo, e iba a hacerse daño de empujar así.
Nick quitó el pie y la puerta se cerró en sus narices.
–Bien –dijo con menos vehemencia de la que le hubiera gustado–. Adelante. Cásate con él.
Y bajó rápidamente las escaleras.
Las horas pasaron y
Miley no dejó de recordar la escena. La diseccionó, la analizó parte a parte, pero cuando llegó el día, seguía sin comprender nada.
Aquello no tenía sentido.
–Puede que le importes –dijo Sierra, que había ido a verla–. Qué extraño.
A ella también le parecía muy extraño. Un mes antes habría tomado la interferencia de
Nick por un signo de que le importaba, pero ahora ya no podía estar segura. Y tampoco sabía si debía albergar esperanzas o no.
–Yo conozco unos cuantos tíos muy majos –dijo Sierra–. La semana pasada conocí a uno cuando estaba trabajando en una sesión en Central Park. Está buenísimo –añadió sonriendo.
Miley intentó sonreír también.
–Me parece que no.
–¿Sigues estando loca por ese cerdo?
–Me temo que sí.
Era vergonzoso admitirlo, porque lo que quería era no sentir absolutamente nada por él.
Él tampoco lo sentía por ella... ¿no?
Fue un verdadero alivio marcharse.
En cuanto tomó el taxi para el aeropuerto, empezó a sentirse mejor. Respiraba con más facilidad. Unos cuantos kilómetros más y recuperaría el equilibrio. Cuando acabase la semana que iba a durar el cursillo que iba a impartir en Texas sobre incendios en pozos petrolíferos, volvería a ser él mismo.
Estaba convencido.
Cuando estaba extinguiendo un fuego, nada existía fuera de aquel momento. Nada importaba excepto el presente.
Jamás pensaba en otra cosa.
Nunca hasta aquel momento.
Al subir al avión, había visto a una embarazada y no podía dejar de pensar en
Miley. En el aeropuerto vio varios ejemplares de la revista para la que trabajaba.
Parecía perseguirlo donde quiera que fuese. Se compró una revista deportiva, un periódico semanal, y una novela de intriga. Así tendría en qué mantenerse ocupado cuando no estuviera trabajando.
Pero no funcionó. El béisbol solo era una ligera distracción. El tenis nunca había sido uno de sus deportes favoritos. La novela de intriga no era muy interesante.
Alquiló un coche para ir a South Padre Island cuando terminó de trabajar, pero aquello le produjo la sensación de estar de vacaciones, y siempre habían significado para él pasar más tiempo con
Miley.
¿Seguiría teniendo tantas náuseas por la mañana?
¿Seguiría estando Daniel todas las noches con ella?
Se alegró de que terminase aquella semana y poder pasar a otro seminario. Pero Santa Barbara no resultó ser más distraído que Houston.
¿Habría cerrado el agua del fregadero?
¡Pues claro que sí! ¿Cómo se iba a marchar dejándose el grifo abierto?
Siempre podía llamar a
Miley y pedirle que bajase a echar un vistazo.
«Sí, claro. Puedo llamarla y decir: por cierto, creo que hace diez días que me he dejado el grifo abierto».
Pero si no la llamaba y se lo había dejado abierto de verdad, se pasaría el resto de la vida pagando la factura del agua.
«¡No seas pelma! ¡Seguro que lo has cerrado!», se dijo.
Pero la sensación no desapareció. No podía estar seguro a menos que llamase a
Miley y bajase a comprobarlo.
Y así lo hizo.
Ella se sorprendió de oír su voz.
–¿Nick? ¿Por qué llamas? ¿Ocurre algo?
–Nada –contestó él; la verdad es que se sentía un poco ridículo–. Es que... tengo un problema con el grifo del fregadero. El fontanero tenía que ir a arreglarlo, y me preguntaba si te importaría bajar y ver si todo está bien... es decir, si no está cayendo agua.
–Yo no he visto a ningún fontanero.
–¿Es que te pasas todo el tiempo mirando la puerta de mi casa?
–¡Claro que no! Es que... está bien. Bajaré.
–Tómate tu tiempo. Te llamaré dentro de un rato.
Le dio diez minutos, tiempo suficiente para que hubiera podido bajar a su casa y volver a subir. Y cuando volvió a hablar con ella, pudo averiguar como de pasada qué tal se encontraba.
–Yo creo que no ha estado el fontanero –dijo–. No he visto nada nuevo.
–Gracias. ¿Qué tal… qué tal estás?
–¿Yo? –parecía sorprendida de que preguntara–. Bien.
–¿Sigues teniendo náuseas?
–No.
–Entonces te encuentras mejor, ¿no?
–Mucho mejor.
Silencio.
–Bueno, pues me alegro. Gracias otra vez. Hasta pronto.
Y colgó…
¡Pero qué ******* era! ¿Para qué demonios se había molestado en llamar? Para nada. Absolutamente para nada.
Pero, curiosamente, durmió mejor aquella noche.
Con cuatro meses de embarazo,
Miley ya no podía llevar vaqueros ni pantalones cortos. Se puso las manos sobre el vientre. Creía recordar que Sel no estaba tan gorda a los cuatro meses.
Y cuando cenó con Sel y Justin el viernes siguiente, Selena se lo confirmó. La pobre estaba tremenda, ya que tenía que dar a luz en cualquier momento, y no parecía capaz de encontrar la postura en la silla.
–Yo no necesité ropa de premamá hasta casi los cinco meses –dijo, y mirándose la tripa, suspiró–. Parece difícil de creer que alguna vez estuve tan delgada como tú –miró el vientre de
Miley con envidia–. Bueno, ya no va a durar mucho –dijo, acariciándose–. ¿Estás preparado, hijo?
–Todavía no –contestó Justin–, que aún no hemos cenado.
–Se supone que no debo comer si estoy de parto.
Él la miró asustado.
–¿Es que lo estás?
–No –sonrió Selena, apretando su mano–. Te lo diré con tiempo suficiente.
Justin suspiró y miró a
Miley.
–Sabe que cuando llegue el momento, me va a dar un ataque de pánico, y le parece divertido.
Miley sonrió. Era divertido, en efecto, y conmovedor. Verlos juntos era siempre divertido y conmovedor.
Ver a Justin y a Sel, o a Kev e Dani juntos era siempre conmovedor. Ambas parejas estaban tan enamoradas, tan unidas... Kev y Justin eran hombres de personalidad fuerte y temperamental. Sus mujeres eran muy distintas: Dani un poco alocada y Sel dulce y práctica. Pero ambos matrimonios funcionaban.
Porque se querían.
Miley les envidiaba ese amor, que fuese recíproco. Sonrió con tristeza.
Volvió a casa pensando en Nick. No debería. No le hacía ningún bien. No había vuelto a llamar; es más, ni siquiera sabía por que había llamado la primera vez. ¡Y todas esas tonterías del fontanero! ¿Habría llamado para ver cómo estaba? Y de ser así, ¿qué podía significar?
El teléfono la despertó.
Se incorporó, asustada. Era muy temprano.
–¿Qué pasa? –preguntó. En el reloj de la mesilla vio que eran las seis menos cuarto de la mañana.
–iEs un niño! –anunció Justin.
Miley sintió como si se quedara sin aire en los pulmones y se recostó contra el cabecero de la cama.
–¿Me has oído? – insistió Justin–. Tres kilos doscientos gramos. Pelo rubio... bueno, los tres pelos que tiene son rubios. Y tiene los ojos de duce. ¡Te lo juro,
Miley, que tiene los ojos violeta!
Miley se rio.
–Las chicas se van a volver locas por él.
Justin se rio también y ella tuvo la impresión de que había estado llorando.
–Todo a su tiempo – contestó–. Primero tiene que crecer un poco.
–No demasiado. Luego iré a veros. Quiero ser de las primeras en volverme loca por él. ¿Cómo está Sel?
–Bien – suspiró–. Se ha portado como una valiente. Dios, casi me desmayo, y ella ni ha pestañeado.
Miley siguió escuchando al marido enamorado y al orgulloso padre.
–Están guapísimos –concluyó–. Los dos.
–Lo sé –
Miley estaba convencida de ello–. Luego iré al hospital –y acomodándose de nuevo en la cama, añadió–: enhorabuena, Justin.
Colgó el auricular y se colocó una almohada sobre la tripa. Le gustaba sentir su calor. Otras mujeres tenían la espalda de sus maridos a la que acercarse, pero ella solo una almohada.
Tragó saliva y parpadeó para ver a través de la humedad repentina de sus ojos. Era solo felicidad por
Justin, Sel y el recién nacido.
No tenía nada que ver con su propia vida. Podía conseguirlo con una almohada. Otras mujeres lo hacían.
Otras madres solteras seguían adelante con su vida. Ella también lo haría.
–Ya verás como todo va bien –le dijo al bebé–. Tú y yo formaremos un buen equipo. Y todo saldrá bien, ¿me oyes?
Y se acarició la tripa por debajo de la almohada... ¡y obtuvo respuesta!
Su primera reacción fue apartar la mano, pero luego volvió a ponérsela. Y volvió a sentirlo. ¡Era movimiento!
–Dios mío... –musitó, e incorporándose, apartó la ropa de la cama y se miró el vientre. Apoyó las dos manos en el vientre y esperó, completamente inmóvil.
¡Y volvió a sentirlo! Y se sintió mejor. Más feliz. Más fuerte. Ya no estaba sola contra el mundo.
Aunque nada había cambiado, todo era diferente.
–¡Ay, Nick! No sabes lo que te estás perdiendo.
Fue al hospital aquella tarde. Estaba deseando llegar y conocer a Brendan Justin Walker.
Lo encontró dormido en la cunita junto a Sel, un dedo en la boca y el ******* en pompa. Bajo la orgullosa mirada de los padres,
Miley se acercó a contemplarlo.
–Es precioso –dijo–. Precioso.
–Justin ya le ha hecho un carrete de fotos – se rio Selena.
–¿Para qué tener una cámara entonces, si no la usas? –protestó
Justin, y tras guiñarle un ojo a
Miley, miró a su esposa con una expresión tal de amor y ternura que
Miley volvió a sentir una tremenda envidia de una relación como la suya.
Pensó en
Nick. Él quizás había sentido aquello mismo por una mujer, y no pudo evitar desear que lo sintiera por ella. Tragó saliva. No era el momento de dejarse llevar por ilusiones inalcanzables, sino de alegrarse por la alegría de sus amigos.
Justo entonces Brendan abrió los ojos, parpadeó y bostezó.
–Dios mío –exclamó–. Vas a tener que quitarle las chicas de encima.
–Increíble, ¿verdad? –comentó Selena y Brendan empezó a moverse en la cuna, al parecer en busca de su siguiente comida–. ¿Quieres traérmelo a la cama?
–¿Yo?
Miley parecía sorprendida.
–¿Te importa? Así puedes empezar a practicar.
–Ah. Ya –con cierto nerviosismo,
Miley tomó al pequeño Brendan en brazos. Era tan... diminuto. Tan frágil. Tan indefenso que experimentó un momento de pánico. ¿Cómo iba a arreglárselas con alguien como él dependiendo de ella?
Rozó su mano e inmediatamente Brendan se aferró a su dedo. Tenía una fuerza sorprendente y mirándola con sus ojillos aún desenfocados, protestó un poco.
–Un momento, guapetón –le dijo, y lo llevó a los brazos de su madre.
Brendan encontró el pecho inmediatamente y comenzó a succionar.
Miley mientras intentaba comprender el sentimiento, sintió un revoloteo en el vientre. Su murmullo de sorpresa hizo que
Justin y Sel se volvieran a mirarla.
–¿Te da patadas? –preguntó Selena.
–No son patadas de verdad. Supongo que aún tiene sitio para moverse a sus anchas.
–Debe estar nadando –comentó
Justin con una sonrisa–. La primera vez que sentí a Brendan moverse, no me lo podía creer. Fue la primera prueba que tuve de que era real.
–Claro. Tú no tenías náuseas, ni se te quedaba la ropa pequeña.
Los dos se sonrieron. Miley estuvo con ellos aún unos minutos más y luego dijo que tenía que marcharse.
–Tengo cita con el médico. Me hará una ecografía.
–Entonces, vas a ver al nadador –dijo
Justin.
No lo había pensado, pero la idea le hizo sonreír. Se marchó un poco después y los dejó aún sonriendo...
A
Nick nunca antes le había hecho feliz apagar un incendio, pero en aquella ocasión, la distracción fue como un regalo del cielo. No le importó que le hiciesen salir de la cama en mitad de la noche para enviarle a Alaska.
Se concentró en lo que había que hacer en cuanto llegase.
Pero no podía estar peleando contra el fuego día y noche, y tampoco podía controlar sus sueños.
Y era entonces cuando
Miley se le aparecía.
Se sentía irritable y nervioso. Agresivo e impaciente. Estaba molesto consigo mismo por no ser capaz de olvidarla.
¡Quería olvidarla! ¡Necesitaba olvidarla!
Pero era incapaz. «Es porque está sola», se dijo.
Una llamada más no podía hacer ningún daño.
Miré el reloj. Eran las cuatro de la tarde en Nueva York. Un buen momento para localizarla… ya se habrían pasado las náuseas que aún estuviera padeciendo, y seguramente fuese demasiado pronto para que ya hubiera llegado Daniel.
Marcó el número antes de que pudiera cambiar de opinión.
Entonces descolgaron el teléfono.
–¿Diga?
Tenía la respiración alterada, como si hubiese corrido.
–Soy
Nick–dijo–. ¿Acabas de llegar?
–Yo... sí, sí.
–¿Miley? ¿Estás bien?
–Sí. Estoy bien.
Genial. Otra conversación como la anterior. Pero entonces ella dijo de pronto.
–Los siento moverse,
Nick –dijo, y había excitación en su voz–. He ido hoy al médico y los he visto en la ecografía.
Había aun más excitación en su voz. Y también sorpresa. Y
Nick, repitiendo sus palabras en la cabeza, empezó a sentir miedo.
–¿Qué los has visto?
Ella se rió, pero pareció más bien una risa histérica.
–¡Sí! ¡Son gemelos!
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