miércoles, 5 de septiembre de 2012

Capitulo 2.-


Se pasó una mano por el pelo y bostezó. Cuando se hubiera duchado y hubiera dormido, se enfrentaría a ella, le diría lo mucho que valoraba su amistad, y que quería que las cosas siguieran como antes.
Y entonces ella, con una sonrisa, le propondría:
–¿Quieres que subamos al Empire State Building?
Y entonces sabría que todo había vuelto a la normalidad.
Lo del Empire State había empezado a ser una broma entre ellos tres años atrás cuando Miley, nacida en Kansas, había subido al último piso del emblemático edificio y él, nacido en Nueva York, no.
Había insistido en que subieran, y él se había negado. Una vez. Dos. Media docena de veces.
Hasta que al final ella le había enganchado por un brazo cuando volvían caminando a casa después de haber ido al cine, había parado un taxi y le había dado al taxista la dirección de la calle treinta y cuatro.
–Qué idiotez –había protestado él.
–Es precioso, ya lo verás. Mágico –había insistido ella.
Y tenía razón. Había sido mágico. Era tarde, así que no había demasiada gente. Era una noche clara y Nueva York se extendía a sus pies brillando como un puñado de diamantes lanzado al azar por un gigante.
–¿lo ves?– le había preguntado Miley, mirándole a él y no a la vista.
–Lo veo –había contestado, y había sido él quien insistió en que se quedaran hasta que los vigilantes les pidieron que se marcharan.
Habían vuelto muchas veces después. Casi cada vez que él volvía a casa. Excepto aquella noche.
Pero no importaba. Todo había acabado ya.
Se encaminó a la ducha, pero la tentación del frigorífico le detuvo, y se imaginó a sí mismo con una cerveza fría en la mano. Aunque sabía por experiencia que la cerveza sabía mejor cuando estaba recién duchado.
Llevaba sobre su cuerpo un mes de arena, polvo y grasa de Oriente Medio, aparte de barro y cenizas.
La ducha allí servía para muy poco. Siempre había más polvo, más arena, más barro, tanto que llegaba a metérsele bajo la piel. Y sabía que, por mucho que se lavara, no iba a conseguir desprenderse de todo ello hasta que volviera a casa.
Se desnudó, entró al baño y abrió los grifos de la ducha.
En segundos, estaba bajo una cascada de agua caliente. ¡Qué bendición!
Se tomó su tiempo. El agua le caía con fuerza sobre la cabeza y la sentía clara, pura, fresca.
Se sintió mejor. Más vivo. Silbando, comenzó a enjabonarse. Luego se aplicó con las manos encallecidas el champú y se aclaró.
Miró hacia abajo y vio que el agua salía limpia por fin, así que cerró los grifos y empezó a secarse.
Luego se cepilló los dientes y se pasó una mano por la mandíbula. No se había afeitado en cinco días. No había tenido tiempo, y decidió que podía esperar veinticuatro horas más.
Se pasó una vez más la toalla por la cabeza y secándose la cara salió al dormitorio... y se tropezó con algo suave, pero indudablemente firme.
–¿Pero qué demonios...? –retrocedió bruscamente, bajó la toalla y miró boquiabierto–. ¿Miley?
La última persona a la que esperaba ver, la última persona a la que quería ver, estaba de pie en la puerta de su dormitorio llevando puesto un camisón corto de algodón y nada más. Tenía el pelo revuelto de dormir, estaba pálida y parecía tan sorprendida como él. En los brazos llevaba un montón de ropa.
–¿Qué demonios haces aquí? –le preguntó.
¡A ella le habría gustado preguntarle lo mismo!
Unos ruidos extraños la habían sacado de un profundo sueño.
De repente, se despertó. Se había quedado un momento en la cama, intentando aclararse las ideas. Después, asustada, se dio cuenta de lo único que podía ser:
¡Nick!
Se había levantado de la cama y, con la ropa en la mano, se había encaminado hacia la puerta. Se vestiría en su propio apartamento. Así, más tranquila, podría volver a hablar con él.
Pero lo que en realidad había ocurrido era que se había topado de bruces con él que salía del baño.
Y lo único que llevaba era una toalla... ¡sobre la cabeza! Se habían mirado el uno al otro atónitos y rápidamente, gracias a Dios, él había bajado la toalla.
–Lo... lo siento –se disculpó–. No pretendía asustarte. Es que estaba... como siempre me dices que puedo usar tu apartamento cuando tú no estés... si tengo invitados. Mi prima Demi está aquí con su familia, y pensé que sería más fácil que se quedaran ellos en mi casa y que yo me bajase a dormir aquí.
–No te preocupes – le dijo Nick –. Claro que no pasa nada porque vengas a dormir – hizo un gesto con la mano–. No hay problema. Vuelve a la cama, que yo me acostaré en el sofá.
–No –lo que quería era hablar con él, limpiar el aire entre ellos. Pero no en aquel momento. No así–. No seas ridículo. Estás agotado y vas a dormir en tu cama. De todas formas, ya me tenía que levantar. Te cambio las sábanas y me marcho.
Se volvió sin apenas haber terminado y tiró de las sábanas.
Sentía la mirada de Nick en ella mientras trabajaba. Ojalá hubiese entrado antes a vestirse en el baño. Sabía que el camisón apenas le cubría el trasero. Y sabía que él lo sabía también.
Lo que no sabía era si le importaba o no.
Habían hecho el amor la última vez que había vuelto a casa, pero no era tan tonta para creer que había significado algo especial para él. Aunque ella pudiera desear que fuese distinto...
En un minuto quitó las sábanas de la cama. Luego, lo sintió intentando esquivarla y se dio cuenta de que pretendía llegar a la cómoda.
–Lo siento – murmuró ella, con las mejillas al rojo vivo–. Enseguida me quito de en medio.
El sacó ropa de los cajones y se vistió rápidamente mientras Miley intentaba no mirarlo, aunque por el rabillo del ojo... Tenía un cuerpo precioso: firme, delgado y vigoroso.
Respiró hondo y sacó unas sábanas limpias.
–Ya lo haré yo –dijo Nick–. No te preocupes, Miley, de verdad. Y puedes quedarte aquí siempre que quieras. Para eso te dejé la llave. Somos amigos, ¿no?
Sí. Eran amigos. O lo habían sido. Ya no estaba segura de lo que eran.
–No me habría quedado si lo hubiera sabido –contestó mientras remetía la sábana.
–¿Por qué?
–Ya sabes.
–Por lo que ocurrió –adivinó Nick.
Lo único que se movió durante un par de segundos fue la sábana suspendida en el aire. Luego Miley asintió.
–Tenemos que hablar de ello.
–Sí. Sé lo que tú piensas de...
–Exacto –la cortó él–. Y tú también lo piensas así, ¿verdad? ¿Por qué echar a perder una buena amistad como la nuestra? Así que lo mejor es seguir adelante a partir de ahí.
Ella parpadeó.
–Fue... un impulso. Una fiebre. Simplemente... ocurrió. No tiene por qué cambiar nada.
Miley lo miró con una sensación de náusea en el estómago. Sintió frío de pronto, pero estaba sudorosa. Seguramente se había quedado pálida. Qué rabia. Al fin y al cabo, era lo que se esperaba, ¿no?
–Nada tiene que ser distinto –insistió él–. Éramos amigos. Somos amigos – se corrigió–. Y lo que... lo que hicimos, no tiene por qué estropearlo.
–No, pero...
–Y no volverá a ocurrir. Mira, Miley, sé que fue una forma de consolarme... tú creían que lo necesitaba y..
Se detuvo y ella lo vio tragar saliva. También se dio cuenta de que nunca admitiría que lo había necesitado de verdad.
–Estaba pasando por un mal momento. La muerte de Jack y el funeral.
Pero no era solo por Jack y ella lo sabía. Jack había sido el detonante de todo, pero su necesidad iba más allá. Llegaba hasta Sarah, la esposa de la que nunca hablaba a menos que llevase unas cuantas cervezas de más y se olvidara de mantener la boca cerrada.
Sarah, la única mujer a la que había querido.
Miley estaba inmóvil y Nick respiró hondo.
–Tú estabas siendo amable conmigo y... y yo no debería haber hecho... lo que hice. Había perdido la cabeza, y me aproveché. Rompí la regla.
–¿Qué regla?
–La de no tener sexo con las amigas. Ya lo sabes. Es algo que no hago nunca.
–¿Es que te acuestas con tus enemigas?
–No, no, claro que no. Pero tampoco me acuesto con las mujeres a las que me une una amistad especial. No... así no.
–¿Así cómo?
–No debería haberme acostado contigo, ni deberíamos haber dormido juntos – se obligó a ser claro–. Lo complica todo. Si no nos andamos con cuidado, podría incluso cambiar las cosas entre nosotros, y yo no quiero que eso ocurra. Sería un error. Fue un error.
Ya lo había dicho. Ella solita se lo había buscado. En su opinión, habían hecho el amor por error.
–Es obvio que lo fue –contestó sin imprimir matiz alguno a su voz. No estaba dispuesta a mostrarle el dolor que causaban en ella aquellas palabras. Debería habérselo imaginado.
¡Y lo sabía, qué demonios! Pero aquella noche no había podido olvidarlo.
Nick sonrió y le tendió la mano.
–Bueno, sin resentimientos, ¿no?
Ella no contestó, y tampoco estrechó su mano. Lo miró a los ojos y después apartó la mirada. Intentó aunar fuerzas. Volver a ser la persona que él quería que fuese.
Su amiga, su compañera.
Nick bajó la mano, pero no podía dejar las cosas asi.
–Miley... –sonrió una vez más–. ¿Somos amigos?
Recogió la ropa y las sábanas y las apretó contra el pecho como si fuesen un escudo.
–Amigos –contestó, con la mirada baja. Él sonrió y suspiró aliviado.
–Genial.
Miley pasó de largo y llegó al vestíbulo, se sentía fría, sudorosa, las náuseas cada vez más fuertes. Ya junto a la puerta, se detuvo.
–Pero las cosas no volverán a ser como antes – le dijo.
Él frunció el ceño.
–¿Por qué no? Pero si has dicho que...
–Estoy embarazada, Nick. Voy a tener un hijo tuyo.

1 comentario:

  1. Dioss!!!!!!!!!!
    Quedé en shock!!
    Genial, eres estupenda, la nove ma ah dejado piedra, es buenisima, la adoré *-*
    Sube más, porfa, es que te juro que me enamoré de la nove <3
    Bue... cúidate, besis, bye c:

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