jueves, 20 de septiembre de 2012

Capitulo 11.-


¿Gemelos? Nick se quedó boquiabierto. Mudo. Desconcertado. La había llamado para asegurarse de que el tal Daniel era capaz de ser padre de un bebé. ¿Y ahora iba a tener dos?
Demonios... respiró hondo. Y volvió a respirar. No estaba consiguiendo mucho. La cabeza empezaba a darle vueltas, como si no le llegase suficiente oxígeno.
¿Dos? Dios, ¿en qué estaría pensando?
–¿Cómo lo sabes? –preguntó cuando por fin fue capaz de hablar.
–¡Ya te lo he dicho! Los he visto.
–¿Qué?
–En la ecografía. Ha sido increíble. ¡Están ahí! – estaba excitadísima, y daba la impresión de que
tampoco terminaba de creérselo –. Estaban flotando, moviéndose. Nadando, ya sabes.
Pues no. No lo sabía. Ni tampoco podía imaginárselo. Abrió la boca para hablar, pero no supo qué decir.
–Al principio no me daba cuenta –explicó Miley–. Luego, cuando me lo dijo el médico, los vi. ¡Eran dos! Ha sido increíble. ¿Nick? –lo llamó al no oírle hablar.
Fue lo único que pudo decir mientras miraba a su alrededor buscando un sitio donde sentarse.
–¿Nick, no estás...? ¿No te parece...? No, claro que no –la alegría abandonó su voz–. Ojalá pudieras...
Pero no terminó la frase.
–¿Estás... estás bien?
–Por supuesto que sí –replicó con brusquedad.
–¿Seguro?
–Seguro.
–Bueno... bien. Bien –repitió con más entusiasmo–. Me alegro.
–¿Qué querías?
–¿Qué? Ah, no mucho –ya no podía preguntarle si Daniel estaba preparado para ser padre... ¿Quién demonios estaba preparado para unos gemelos?–. Es que... he tenido un descanso. Estoy en Alaska hace tres días. Ahora está ya todo controlado y... bueno, que se me ha ocurrido llamarte.
Ella no dijo nada, así que se obligó a seguir.
–Estarás regando mi jardín, ¿verdad?
En el pasado, no hubiera necesitado preguntar.
–Sí, estoy regando tus tomates, Nick – contestó con frialdad.
Hubo otra larga pausa. Una pausa embarazosa.
–Alguien llama a la puerta –dijo Miley–. Tengo que colgar.
¿Daniel?
–Bien. Te dejo. Cuídate mucho, Miley.
–Sí.
Y colgó.
Nick dejó despacio el auricular y se quedó allí, clavado, inmóvil. Intentó pensar en lo que le había dicho; intentó hacerlo real. No lo consiguió.
¿Miley iba a tener dos niños? ¿Él, que no quería ataduras, lazos, responsabilidades, compromisos, estaba a punto de ser padre de gemelos?
Miró el teléfono. Quizás no había hablado con ella de verdad. Quizás hubiese sido todo un sueño.
Pasó tres semanas más esperando, preocupándose, enfadándose. Su equipo fue enviado a Venezuela directamente desde Alaska. Nunca le importaba adónde fueran o cuánto tiempo estuviesen lejos de casa. Hasta entonces, nunca le había importado.
Pero ahora sí. Estaba ansioso. Irritado. Preocupado.
Y no quería preocuparse.
Quería volver a casa, aclarar las cosas, asegurarse de que todo estaba bajo control... que Miley estaba bajo control. Si podía hacer eso, todo estaría bien. El estaría bien.
Su jefe quería enviarle al Mar del Norte después de Venezuela y él, por primera vez en su carrera, dijo no.
Y volvió a casa.
Llegó a primera hora de la mañana. Había estado volando toda la noche y necesitaba, como siempre, una ducha, una cerveza fría y unas diez horas de sueño.
Pero primero, quería ver a Miley.
Le miró atónita al abrir la puerta y encontrarlo allí.
Él también se sorprendió de lo mucho que había cambiado o, más exactamente, engordado desde que se marchó. Parecía como si llevase un balón de playa escondido bajo la camiseta. Pero el resto de su cuerpo, sin embargo, no era más que piel y huesos.
–Dios mío, ¿es que no comes?
–¿Qué? Claro que... ¿dónde crees que vas? –preguntó al verlo entrar como una bala a su apartamento, directo a la cocina.
Abrió de par en par la nevera. Había queso, huevos, apio, pimientos verdes y yogur. Comida para conejos, se dijo.
–Ya no tienes náuseas, ¿no?
–No, pero...
–Bien. Voy a comprar algo de carne y ahora mismo vuelvo.
–¡Nick! –lo alcanzó cuando estaba ya en la puerta–. ¡Son las nueve y media de la mañana! ¿Se puede saber qué pretendes hacer? No puedes entrar aquí a la carga y... y...
El miró por encima del hombro.
–Ya lo he hecho, y me importa un comino la hora que sea. ¿Tienes patatas?
–No, yo...
–Traeré también.
En el supermercado de Broadway compró carne y patatas. Y cerveza también. Volvió en menos de media hora, sin molestarse en pasar por su casa a ducharse y cambiarse. Podría soportarlo tal y como estaba.
Tardó en abrirle la puerta y se preguntó si quizás no iba a hacerlo. Estaba considerando sus posibilidades cuando por fin abrió.
–Esto no es necesario –protestó ella al verlo entrar con la bolsa.
–Pues a mí me parece que sí –replicó. Sabía dónde estaban las cosas en la cocina, así que sacó una sartén y una cacerola para hervir las patatas.
–Pon la mesa –dijo sin volverse.
–Yo ya he desayunado.
–Pero yo no. Acompáñame –dijo, y la miró de tal modo que Miley se puso manos a la obra.
–Qué mandón eres –murmuró.
–Alguien tiene que hacerlo, por lo que veo.
–Creía que no querías saber nada de mí o del bebé... de los bebés –se corrigió.
¡No quiero!», pensó, pero no lo dijo. Puso las patatas a cocer e intentó concentrarse en la comida. No la miró. No a las claras. No a los ojos. Le parecía demasiado personal, demasiado íntimo.
Le había hecho el amor, y ahora no podía mirar su cuerpo, los cambios que ese intercambio había provocado en ella. Solo pensarlo le molestaba.
Miley, que había terminado de poner la mesa, lo miraba, de pie. Sentía sus ojos clavados en la espalda. Quiso darse la vuelta, ver a la mujer que era su amiga, sonreírle. Que todo lo que había ocurrido entre ellos desapareciera.
Pero no podía ser así, de modo que tendría que contentarse con cuidar de ella por el momento. Asegurarse de que se alimentaba bien. Que sobreviviera a aquel embarazo. ¿Y después?

El futuro era algo en lo que no quería pensar.
No podía entenderlo.
Estaba siendo cascarrabias, mandón, autoritario... y todo ello dejando bien claro que preferiría estar en cualquier otra parte.
–Vete –le dijo.
Debía habérselo dicho unas diez veces aquella primera mañana que entró en su casa. Estaba cansado, con el pelo revuelto, sin afeitarse.
–Vete a casa –le había dicho.
Y había vuelto a decírselo una docena de veces desde entonces, pero no le hacía el menor caso. No contestaba. No sonreía. No hablaba.
Y lo peor de todo: no se iba.
–¡No te necesito! –le había dicho tras tres días de presentarse en su casa para prepararle la cena.
–Necesitas a alguien –había contestado él, implacable, de camino a la cocina–. ¿Dónde está el pollo ese?
–¿Qué pollo?
–Daniel –escupió.
–Esta semana está en Cincinnati.
Su novia había cambiado de parecer. Al menos, eso esperaba él. Se había tomado una semana de vacaciones para tantear el terreno.
–Ya –espetó–. Así que te ha dejado colgada, ¿no es así? Dos críos son demasiado para él, ¿verdad?
–¿Qué? Aún no hemos hablado de ello –confesó con sinceridad.
–Pues tienes que hacerlo.
–¿Por qué? ¿Para que tú puedas desentenderte?
Él fue a contestar, pero no lo hizo.
–No puedes enfrentarte a esto sola.
La señora Álvarez le sonreía.
Asentía satisfecha cada vez que lo veía subir al apartamento de Miley. Sonreía al verlos juntos. Le hacía gestos de ánimo a Miley.
Pero ella nunca contestaba.
No parecía estar precisamente encantada con que él anduviera de cabeza intentando ayudarla. Es más, actuaba como si fuese una imposición molesta. No dejaba de decirle que no lo necesitaba y Nick tenía la impresión de que quería librarse de él.
Pues nada le gustaría más a él que desaparecer. En cuanto otro ocupara su lugar...
Y entonces, una tarde la llamó por teléfono para decirle que iba a invitarla a cenar fuera en lugar de prepararle la cena en casa, pero fue otro hombre quien le contesté.
–¿Quién llama? –preguntó.
–¿Quién demonios quiere saberlo? –espeté Nick.
–Soy Daniel Maguire. ¿Y tú eres...?
–Nick Jonas Dile a Miley que la recogeré para ir a cenar a las seis y media
–No es necesario. Miley me ha dicho que si llamabas te dijera que íbamos a salir a cenar nosotros dos.
–¿Que vais a salir? –explotó. Pero lo único que le contestó fue el tono de marcar del teléfono.
¿Cómo se atrevía Miley a hacerle algo así? ¡Era con él con quien debía cenar! Al menos, eso era lo que él había dado por sentado, ya que llevaban haciéndolo desde que había vuelto de su último trabajo. Sí, es cierto que le había dicho que Daniel iba a estar fuera solo una semana, pero eso no significaba que...
–Pues, al parecer, sí.
–Muy bien –murmuró–. Bien.
Que el bueno de Daniel se la quedara para siempre.
A ver si era verdad.
No la llamó aquella noche, y los vio salir a través de las cortinas. Daniel le había ofrecido el brazo para bajar las escaleras y llegar al coche. El andar de Miley parecía un tanto inestable, como si todavía no supiera cómo equilibrar la carga.
La carga. Los bebés.
Sus bebés. No quería pensar en eso.
Esperó levantado para ver si lo llamaba. Si Daniel la abandonaba, lo menos que podía hacer era esperarla levantada.
Pero no lo hizo.
La oyó llegar. Era casi media noche, y saber que estaba levantada tan tarde le ponía los nervios de punta.
Luego esperé casi una hora para estar seguro de que Daniel Maguire se había vuelto a marchar, pero Miley siguió sin llamarlo.
Quizás hubiera decidido esperar a la mañana. Pero tampoco lo llamó al día siguiente por la mañana.
Al final, fue él quien llamó.
–¿Qué te ha dicho? –le preguntó sin preámbulos.
–¿Cómo dices?
–No te hagas la sueca conmigo, Miley. ¿Qué te ha dicho tu querido Daniel sobre los… gemelos?
–Pues que el dos es un número precioso.
Nick apretó el auricular.
–¿No se ha asustado?
–¿Es que esperabas que fuera así?
–¡No!
Hubo una pausa.
–Entonces, estás de suerte –contestó Miley.
Y colgó
–Vendré cuanto quieras – dijo Daniel con tristeza, sentado a la mesa de la cocina de Miley y con la cara apoyada en las manos–. ¿Qué más tengo que hacer?
Su novia aún dudaba. Estaba casi segura de que él era su hombre, pero necesitaba un poco más de tiempo.
Miley le dio una palmada en el hombro al pasar.
–Ya verás como al final, se da cuenta de que ha estado haciendo el tonto.
¿Cómo podía decir algo así, precisamente ella?
Porque Nick no había salido de su error... excepto físicamente, y eso era aun peor.
–No querría aprovecharme de las circunstancias–le dijo.
–Me gusta estar contigo –contestó Daniel.

Eran dos de las personas más enamoradas de todo Nueva York. Pasaban casi todas las noches juntos.  Miley había empezado a ir a escribir a la oficina en lugar de quedarse en casa, mayormente porque empezaba a padecer claustrofobia de estar contemplando todo el santo día las paredes de su casa. Y porque no quería estar allí cuando estuviera Nick.
Además, el calor de aquel mes de agosto no invitaba a quedarse en casa.

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