jueves, 6 de septiembre de 2012

Capitulo 4.-


–Entonces, seguramente le apetecerá ir.
–Acaba de llegar a casa.
–Tú pregúntaselo.
–De acuerdo. Lo haré.
–¿Qué es lo que vas a preguntar? –quiso saber Joe, el marido de Demi, que entró en aquel momento en la habitación con la pequeña Ashley de ocho meses que le entregó a su mujer después de besarla en los labios. Se miraban con tanto amor en los ojos que Miley no sabía si mirarlos verde de envidia, o darse la vuelta precisamente por la misma razón.
Quería un amor como ese.
–Preguntar al amigo de Miley, que por cierto está como un queso, que si nos acompaña hoy – dijo Demi.
–¿Miley tiene un amigo que es un queso? –preguntó Joe.
–Es solo un amigo –aclaró Miley.
–Y está como un queso –insistió Demi–. Sé que tú no necesitas un hombre, pero su compañía es agradable.
No hacía falta que se lo dijera. ¿De dónde habría sacado su familia la idea de que ella era completamente autosuficiente? Quizá fuese porque tenía ya treinta y un años y durante los últimos ocho se había dejado la piel intentando llegar a ser la mejor periodista para la revista de tirada nacional en la que trabajaba, lo cual no le dejaba tiempo para buscar al hombre perfecto.
Pero eso no quería decir que no estuviera interesada. Porque lo estaba. Y mucho.
Podía tener un jefe que la tenía en muy alta consideración, y unos compañeros de profesión que la admiraban. Los temas de sus artículos, muchos de los cuales ya habían sido quemados por el resto de la prensa, hablaban bien de ella. Miley Cyrus podía ser una de las cronistas más respetadas del círculo de los ricos y famosos de Norteamérica, una mujer que había alcanzado un éxito que jamás podría haberse imaginado.
Pero eso no quería decir que su vida fuese perfecta. No quería decir que quisiera pasar el resto de sus años sin un hombre. Sin el hombre al que quería. Nick.
Respiró hondo. No podía posponerlo para siempre. Tendría que hablar con él, y escucharle, en algún momento.
«Por favor, Dios mío», dijo en el silencio de su corazón. «Haz que esto funcione».
Nick no sabía qué hacer con las manos, así que terminó por guardárselas en los bolsillos. Se dio la vuelta y la miró fijamente.
¿Cómo podía quedarse sentada en el sofá tan tranquila mientras él se paseaba de un lado para otro como un poseso?
–Tú ya sabes lo que pienso de la familia.
Sabía que parecía estarla acusando, pero no podía evitarlo. Estaba haciendo todo lo posible por controlarse. Entre sus compañeros era conocido por su serenidad para trabajar bajo presión... ¡y en aquel momento se sentía como si la tapa de los sesos fuese a saltarle de un momento a otro!
Miley asintió.
–Ya sé lo que piensas de la familia. Por lo menos, sé lo que dices. Y yo... comprendo, pero...
–Entonces, ¿cómo has podido...?
–¡No he sido yo sola! –espetó, perdiendo la calma.
–¡Ya lo sé, maldita sea! Es que...
Cerró los ojos e intentó serenarse.
Cuando abrió de nuevo los ojos, vio que Miley lo miraba como si la hubiese abofeteado. Y quizás había sido así. Pero él también se sentía mal. Atrapado. Atenazado.
–No contaba con algo así –murmuré, intentando suavizar las cosas.
–¿Y tú crees que yo sí?
–¿No, claro que no! Yo quería decir eso. Debe estar siendo tan horrible para ti como para...
–No –le cortó.
–¿Cómo?
–He dicho que no. No está siendo malo. No lo es –repitió–. Admito que cuando me enteré, me quedé aturdida. Y angustiada, porque no me había quedado embarazada del modo que yo había imaginado que sería –sonrió con un poco de tristeza–. Pero ahora ya lo he superado. Estoy bien, y quiero tener al niño.
Parecía totalmente decidida.
–¿Quieres tenerlo? –parecía incrédulo–. Pero si eres una mujer de carrera.
–Montones de mujeres trabajan y tiene hijos, y yo voy a hacerlo también.
–¡Pero si nunca habías dicho que quisieras tener hijos!
–Nunca me lo has preguntado.
Él la miró boquiabierto y después movió despacio la cabeza, incrédulo.
–No tiene sentido. No tiene sentido –repitió, mirándola como si no la conociera. En los tres años que hacía que se conocían, ni una sola vez había dado la señal más leve de que le interesara casarse y tener una familia. ¡Precisamente por eso le gustaba tanto!
Bueno... por eso y porque era una mujer divertida, una gran conversadora, que sabía escuchar y que era compasiva y generosa.
Se sentía engañado. Defraudado.
–Todo esto... ¿ha sido...?
No sabía cómo decirlo, pero ella lo intuyó y su mirada se tomó dura como el acero.
–¡No, no ha sido deliberado! Y si por un solo segundo has sido capaz de pensar que yo... –había perdido por completo la calma – ...¡vete al infierno!
Dio media vuelta y echó a andar hacia la puerta.
Nick corrió tras ella y la sujetó por un brazo. De pronto quedaron a escasos centímetros de distancia, tan cerca que pudo sentir su respiración en la mejilla, tan cerca que cuando sus hechos subieron con la respiración, estuvieron a punto de rozarle.
Y de pronto recordó lo que había sentido cuando le rozaron de verdad.
Soltó su brazo y retrocedió.
–No lo he pensado –le dijo–. No... en serio. Es que... –se pasó la mano por el pelo, dejándoselo de punta–. Es que... estoy... hundido. No... no me esperaba algo... así.
Miley fue a decir algo, pero él levantó la mano para que no le interrumpiera. Tenía que terminar.
–No es que no haya pensado en... lo que pasó. Pero no había pensado... en eso.
Quizás porque todas las mujeres con las que se había acostado desde la muerte de Sarah, que no eran tantas, siempre habían estado preparadas. Buscaban lo mismo que él, y el embarazo nunca había sido una opción.
Miró a Miley. Ella no lo miraba. Estaba de brazos cruzados con la mirada perdida calle abajo. Bajó la mirada a hurtadillas intentando descubrir alguna diferencia, pero no vio nada. Tampoco se lo había visto a Sarah a la novena semana.

Solo tenía una pequeña redondez cuando... murió.

La garganta se le atenazó y algo comenzó a palpitarle tras los ojos. Le dolía.
Tenía que recuperar la calma. La distancia. La serenidad que había conseguido tras la muerte de Sarah, la sensación de caminar en una especie de burbuja de cristal, desconectado de todo y de todos.
Era el único modo de sobrevivir.
Respiró hondo e intentó tragarse el nudo que tenía en la garganta. Se humedeció los labios.
–No quiero casarme –dijo con firmeza.
–Nadie te ha pedido que lo hagas – contestó ella.
Él parpadeó varias veces.
–Me lo has dicho –la acusó.
Ella se encogió de hombros.
–Porque tenías derecho a saberlo, pero eso es todo. Si no quieres tener nada que ver con el bebé... o conmigo, no pasa nada.
–¡Claro que pasa! ¡Pasa todo! ¡Estás embarazada!
–Sí. Y voy a ser madre. Me va a encantar serlo –lo miró desafiante–. Pero no voy a obligarte a ti a ser padre, Nick.
–Según tú, eso ya está hecho.
–Solo biológicamente.
Y ya era suficiente. Más que suficiente.
–Te daré dinero –dijo–. Te ayudaré económicamente. No te faltará de nada. Al... bebé –casi se atragantó al decir la palabra– ...no le faltará nada. Pero eso es todo. Es todo lo que puedo hacer. Todo lo que quiero hacer. ¿Entendido?
Esperaba una discusión. Una condena. Que le dijera lo bastardo que era. Y él, no lo negaría.
Pero ella no discutió. No lo condenó. Se limitó a acercarse a la puerta y mirarlo a los ojos.
–Tú eliges Nick, te lo pierdes.

Fueron al World Trade Center.
–Era más alto que el Empire State Building, –les dijo Miley. Si querían subir a lo más alto de un rascacielos, lo mejor sería escoger el más alto de todos.
–No tienes que convencemos –dijo Joe alegremente–. Iremos adonde tú digas.
–Al World Trade Center –decretó Miley. Y no al Empire State Building. No habría podido soportarlo.
Si se concediera un Oscar a la mejor interpretación de la vida real, ella se lo merecería. No solo por pasarse toda una tarde de visita turística por la ciudad cuando lo que de verdad deseaba era excavar un hoyo en la tierra y morirse en él, sino por haber mantenido la calma ante la explosión de Nick, por no haberse venido abajo... bueno, casi.
Pero lo había conseguido. No habría servido de nada enfadarse con él, discutir, intentar convencerlo. Ella jamás intentaría ganarse de ese modo el amor de un hombre, ni para sí misma, ni para su hijo. Tenía que ser porque él lo sintiera así.
Y sabía que terminaría por ser así. Solo tenía que darle tiempo.
Y tras esquivar todo lo hábilmente que pudo las preguntas de su prima sobre Nick, Joe y ella se entusiasmaron tanto con todo lo que iban viendo, Tyler hizo tantas preguntas, y Ashley reclamó tanta atención como el bebé de ocho meses que era, que nadie se dio cuenta de que la sonrisa de Miley palidecía de vez en cuando, que a veces tenía que sujetarse las manos para que no temblaran, y que aunque el World Trade Center ofrecía una vista espectacular de Manhattan y del mismísimo Empire State Building, Miley no fue capaz de mirarlo.
En su lugar, dejó vagar la mirada por Staten Island, e intentó no recordar el día que Nick y ella tomaron el ferry para ir y volver a la isla. Es más, intentó no pensar en Nick ni un segundo.
Porque si lo hacía, sus emociones se descontrolarían. Empezaría a preocuparse. A asustarse. Y ya no tendría marcha atrás.
Era difícil prestar atención a lo que estaban viendo.
Yo vigilaré al niño –les dijo a Demi y Joe, cuando ellos dudaban entre disfrutar de la vista o vigilar a su hijo–. Vamos, socio. Dejemos un rato tranquilos a papá y a mamá.
Fue lo mejor que pudo haber hecho. Tyler resultó ser la distracción perfecta con sus mil preguntas, y ni una sola sobre Nick.
Apenas le daba tiempo de recuperar la respiración entre las respuestas, lo cual no estaba mal. No quería tener tiempo de pensar.
Pero no podía evitarlo. ¿Sería su hijo tan inquisitivo como Tyler? ¿Sería movido y curioso como él, o tranquilo y plácido como Ashley? ¿Tendría su pelo castaño, o el cabello negro como el del hombre que decía no querer niños? ¿Cuál sería su color de ojos: azules como los suyos, o chocolate como los del hombre que la había mirado con tanta fiereza aquella mañana?
Apoyó la mano en su vientre como si pudiese proteger a su bebé de la ira y las acusaciones que habían brillado en su mirada.
–¿Te duele la tripa? –preguntó Tyler. Miley apartó la mano y sonrió.
–No. Es que tengo hambre. Yo diría que un helado no nos vendría nada mal. ¿Tú qué opinas?
Tyler sonrió.
–¡Genial!

Nick se despertó sintiéndose aún peor de lo que se sentía antes de acostarse. Por un instante no fue capaz de recordar por qué.
Pero un segundo después, lo supo. Y no le pareció real. No le pareció posible.
Se dio la vuelta con un gemido, abrió los ojos y recordó la última vez que había dormido allí Miley compartiendo con él la cama.
El recuerdo era tan vívido, tan intenso, tan estremecedor que incluso en aquellas circunstancias, su cuerpo se endureció de deseo.
Con un movimiento brusco, apartó la ropa de la cama y se levantó.
Entró en el baño, abrió el grifo del agua fría y metió la cabeza debajo. Se lavó la cara. Se cepilló los dientes. Se afeitó. Se vistió.
Fue luego a la cocina, preparó la cafetera y se bebió casi de un trago todo su contenido.
Y mientras estaba allí de pie, con la taza en las manos, pensó en cómo había estado el día anterior… nervioso, temeroso, preguntándose si Miley y él podrían superar lo de aquella noche.
Ahora ya sabía, no sin cierta amarga ironía, que nunca podrían superarlo.
Quizás, pensó, animado por el café y una esperanza desahuciada, se mudase. No tenía que vivir allí por su trabajo. El verano anterior, por ejemplo, se lo había pasado en Hamptons mientras estaban de obras en su casa. A lo mejor decidía irse a vivir allí.
Así no tendrían que verse. Y todo sería más fácil. Podía enviarle el cheque una vez al mes a la dirección que ella le diese. Así haría lo suyo. Seguramente ella no le pediría más.
No había discutido con él. No había dicho una palabra. Había comprendido.
Respiró hondo y sintió que el pecho se le expandía, que la opresión que había venido sintiendo desde que ella pronunciara la palabra embarazada, remitía. Probó a respirar hondo otra vez, y otra.
Sí, se sentía mejor.
Podría asimilarlo. Podría luchar. Como siempre lo había hecho.
Se acabó el café. Después, recogió su bolsa de ropa, la llevó al sótano y metió todas sus posesiones a la lavadora, tal y como siempre hacía cada vez que llegaba a casa.
Intentó concentrarse en cada uno de sus movimientos: medir el jabón y añadir lejía.
Cerró el cajetín, giró el programador y tiró. La máquina comenzó a llenarse de agua, como hacía siempre.
Subió tarareando una canción, como hacía siempre.
Descolgó el teléfono. Y se detuvo. Iba a llamar a Miley para ver si quería ir a comer algo con él. Bien. Algunas cosas iban a cambiar. Pero no las importantes. Iba a seguir viviendo solo. Seguiría solitario. Inalcanzable. Incólume. Exactamente como él quería.

2 comentarios:

  1. wow me encantoo
    pobre miley como ama a nick
    y el ni en
    cuenta

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  2. Nick es un maldito, bastardo idiota ¬¬'
    Pobre Miley :/ No es su culpa amar a un idiota :$
    Bue... sube pronto besis, bye c:

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