viernes, 7 de septiembre de 2012

Capitulo 6.-


–Corres como alma que huye del diablo –dijo.
Nick no contestó, pero pensé que era una imagen muy adecuada.
Al octavo día de ausencia, la vio bajándose de un taxi.
Nick acababa de girar en la esquina. Venía de una de sus carreras de por la noche, ya que habían dejado de ser solo ejercicio. Y aunque había dado de sí todo lo que podía unos minutos antes, volvió a correr a toda velocidad para agarrar a Miley por el brazo antes de que llegase a la puerta.
–¿Dónde demonios te has metido?
Ella lo miró. Parecía cansada. Y sorprendida.
Él también lo estaba. Rápidamente soltó su brazo y se alejó un paso.
–Es que la gente preguntaba por ti –explicó. Miley enarcó las cejas.
–¿Gente?
–Sel.
Lo cual no era cierto, pero podría haberlo sido. Sel había vivido en casa de Miley el verano pasado mientras estaba de obras en la suya y había salido con Nick alguna vez mientras ella estaba en Hamptons. El otoño pasado, en lugar de volver a su casa de Iowa a casarse con su prometido, lo había hecho con Justin Walker, el fotógrafo con el que trabajaba.
Ahora Sel estaba embarazada. Embarazadísima. Como si tuviese inquilinos viviendo en su tripa. Nick se había tropezado con ella, literalmente, dos días antes en Zabar.
–Te echamos de menos el otro día en casa de Miley – le había dicho ella, y él había murmurado una excusa cualquiera.
En realidad, se había ido a un club de jazz en el Soho para estar fuera de la casa cuando llegasen los invitados de Miley.
–Bueno, ya nos veremos – se había despedido alegremente Sel–. Os invitaremos a venir a casa cuando nazca el bebé. Dale un beso a Miley de mi parte.
–Me dijo que no había hablado contigo desde la cena –le dijo en aquel momento a Miley–, y que se preguntaba dónde te habías metido.
–En Montana. Tenía trabajo allí.
Aquello le sorprendió. No solía alejarse tanto de casa. Hubiera querido preguntarle qué tal le había ido. Siempre le gustaba que Le contase cosas sobre los ricos y famosos, ya que Miley entendía a esa gente mejor que nadie. Sabía encontrar puntos en común con ellos. Se metía bajo su piel. Sabía conseguir que fuesen totalmente naturales con ella.
Pero no preguntó nada.
Recogió su maleta del suelo antes de que ella pudiese hacerlo.
–Yo te la llevaré –dijo con brusquedad.
Demonios... debería haberla dejado subir sola, pero es que aquella maleta parecía muy pesada. Seguramente no debería llevar pesos. No en su... estado. Intentó no mirarle la tripa.
Ella echó a andar, y él la siguió.
Abrió la puerta en silencio y empezó a subir las escaleras. Entonces empezó a hablar, a contarle cómo le había ido la entrevista. Cuando mencionó el nombre de Sloan Gallagher, arqueo las cejas. Incluso él sabía que Gallagher no concedía entrevistas y sintió curiosidad por saber cómo se las había arreglado para que la estrella más buscada y más reacia de Hollywood hubiera accedido a hablar con ella.
Pero no preguntó.
Apretó los dientes y subió tras ella.
Resultó ser una vista memorable.
De hecho, ver el trasero de Miley enfundado en unos pantalones de lino a la altura de sus ojos estuvo a punto de ganarle la partida. Agotado tras la carrera y molesto consigo mismo por aquella reacción, cuando llegó a la puerta le faltaba oxígeno.
Miley se volvió a mirarlo.
–¿Es que no estás en forma? –le preguntó, pero él no contestó. No podía hacerlo sin jadear, así que esperó a que abriese la puerta de su apartamento y entró detrás de ella para dejar la maleta.
–Gracias –sonrió Miley –. ¿Quieres agua?
Parecía alegre, contenta de verlo, como si nada hubiera cambiado. Pero no era así.
–No –dio la vuelta–. Tengo que irme.
Ella parpadeó varias veces y su sonrisa palideció antes de morir por completo.
–Ya nos veremos –dijo él, y bajó las escaleras de dos en dos.
Sus esperanzas habían acabado en agua de borrajas.
Se había marchado diciéndose que el no iba a estar allí esperando saber de él a cada instante le ayudaría... los ayudaría a ambos. Que él tendría así tiempo suficiente para asimilar la nueva situación.
Había vuelto a casa creyendo que así sería, dispuesta a abrirle los brazos, a alegrarse con él, a convenir con él que, a pesar de que aquel no era el mejor modo de iniciar una familia, todo iba a salir bien; que podían conseguirlo... los tres.
Y cuando él le había recogido la maleta, había tenido que contenerse para no abrazarle en aquel mismo instante. Menos mal que no lo había hecho porque, al parecer, Nick no estaba más preparado que cuando se fue para aceptar su paternidad. No estaba preparado para formar parte del milagro de la nueva vida que habían creado entre ambos.
Y puede que nunca lo estuviese.
Era la primera vez que se permitía formular aquel pensamiento.
Su mente y su corazón lo rechazaron casi de inmediato. Quería a Nick, y no estaba dispuesta a creer que él iba a darle la espalda a ese amor... o a su hijo.
Aún seguía teniendo náuseas, pero no tan intensas ni tan seguidas como antes. Además, ahora era necesario que algo las desencadenase, como por ejemplo aquella ocasión en la que Sloan Gallagher le ofreció probar algo que él llamaba ostras de las montañas Rocosas para desayunar.
Ella lo había mirado con desconfianza.
–¿Qué es?
–Criadillas. Testículos.
Y había tenido que salir a todo correr al baño.
Más tarde, para recuperar su credibilidad y que él no creyera que era una cuestión de remilgos femeninos, le había explicado que se debía a su estado.
La confesión le había hecho sentirse azorada y vulnerable, pero sorprendentemente él se había mostrado comprensivo y deseoso de apoyarla. Para tener reputación de estirado e insensible, Sloan Gallagher la había sorprendido gratamente, algo que pretendía reflejar claramente en su artículo. A Stella le iba a encantar.
Lo cual, por otro lado, estaba muy bien, ya que al parecer iba a ser madre soltera.
Nick le había dicho que la ayudaría económicamente. Y seguramente lo haría. Pero la economía doméstica no era el mayor de sus problemas. No es que fuera rica, pero ganaba el suficiente dinero para vivir.
No era en esa área en la que quería el apoyo de Nick.
Era en su vida, y en la vida de su bebé.
Pero no estaba dispuesta a rogarle.
Le había sonreído al verlo. Había hablado con él al encontrárselo en las escaleras. Esperaba alguna señal que indicase que estaba recapacitando. Y siguió esperando.
–¿Una fiesta para un bebé que aún no ha nacido? –Nick estuvo a punto de tragarse la lengua y miró aturdido el teléfono que tenía en la mano–. ¿De qué bebé?
–Pues el de Sel, por supuesto –contestó alegremente   Dani MacCauley–. ¿A quién más conoces que vaya a tener un niño?
Nick respiró algo más tranquilo.
–Esas cosas son para mujeres.
–Qué tontería. Justin y Kev estarán allí. Y Louis Fletcher. Los conoces a todos.
Dani no aceptaba un no por respuesta con facilidad.
–Está bien –contestó Nick–. Iré.
–Estupendo. ¿Por qué no vienes con Miley?
–¡No puedo!
–¿Por qué no?
–Yo... he quedado para ir de pesca con mi hermano ese día. No sé cuándo volveremos.
–Vaya. En fin, nos gustaría que vinieras. Te echamos de menos en la fiesta de Miley.
–Ya...
Colgaron poco después.
Nick cometió el error de hablarle a su hermano Kevin de la fiesta para el bebé mientras pescaban.
–Es una tontería. No importa si llegamos tarde y no puedo ir.
–¿Una fiesta para un bebé? Menuda vida social la tuya – exclamó, sonriendo–. Sería imperdonable que te la perdieras.
Y se aseguró de que volvieran a tiempo. Así que no tuvo más remedio que asistir.
–Que te lo pases bien –le despidió su hermano.
–Sí. Genial.
Todo el mundo estaba allí cuando llegó.
–Pasa –Tansy y Pansy, sobrinas de Dani y Kev, le invitaron a entrar–. Están todos en la terraza.
Y le condujeron a través de un despejado salón de techo alto a la terraza en la que charlaban y reían una docena de personas.
Pero él solo vio a una: Miley.
En realidad, vio a dos.  Miley estaba sentada en el columpio con Crash, el niño de diez meses de Kev y Dani, en el regazo. Meciéndose suavemente, Miley  sujetaba las manos del pequeño mientras este bailaba sobre sus rodillas. Los dos se reían y ella parecía... parecía una madre.
Y en aquel momento, siguió mirándola.... hasta que ella reparó en él y apartó rápidamente los ojos.
–¿Quieres tomar algo? –le ofreció Kev–. ¿Cerveza? ¿Té helado?
–Cerveza –murmuré Nick, aunque lo que de verdad hubiera querido era un whisky. Solo.
Se bebió la cerveza sin acercarse a Miley. Estaba claro que no le había hablado a nadie de su embarazo. Todo el mundo revoloteaba alrededor de Sel, tocándole la barriga y recordando cuando Dani estaba tan gorda como ella.
Dentro de unos meses, Miley estaría igual.
De un trago, se bebió la cerveza.
–¿Quieres otra? –le ofreció Kev.
–Claro.
Estuvo charlando con él y Justin sobre los días que había pasado en Colorado con Nathan.
Charló también con Louis Fletcher y Damon Alexakis, ambos importadores y amigos de Dani y Kev. Louis acababa de llegar de Singapur, y Damon, de Grecia. Nick había estado en ambos lugares el año interior.
Habló también con Tansy, Pansy y Dani, y no dejó de observar a Miley en toda la noche.
Estaba preciosa. Resplandeciente. Lo había notado nada más entrar. Se sentía cómoda con Crash, y el pequeño respondía a sus atenciones con entusiasmo, lo cual estaba muy bien, ya que iba a necesitar de esas dotes dentro de pocos meses.
Entonces Kev se acercó para llevarse al pequeño.
–Ha llegado la hora del recreo –le dijo–. Ya le has aguantado lo suficiente.
–No me importa –contestó Miley.
–Te importaría si tuvieses que hacerlo continuamente.
Y tenía razón. Kev y Dani trabajaban en equipo para ocuparse de las gemelas, de Crash y de su hermano mayor, Rip. Louis y Eli Fletcher hacían lo mismo con su hijo, Jake. Y a Sel, Justin la atendía constantemente.
Todo aquello hizo pensar a Nick.
Miley no debería tener que pasar por todo aquello sola. Iba a necesitar apoyo, y no bastaría con un cheque mensual.
No le había dicho ni una sola palabra en toda la noche. Había hablado con todos los demás, con todos los hombres y mujeres, excepto con Sel y ella.
Intentó no irritarse por ello, que no le importase, pero no era fácil, sobre todo cuando, al verla marchar, Dani le preguntó a Nick:
–¿Tú también te marchas?
–No. Voy a quedarme un poco más.
Dani pareció sorprenderse mucho, pero Miley intentó disimular.
–No necesito guardaespaldas –dijo con una sonrisa, y tras despedirse de todos, salió sin mirarlo.
Se fue a casa y se metió en la cama, pero no consiguió dormir. No podía dejar de dar vueltas, de preocuparse, de preguntarse. En poco más de un año, tendría un bebé del tamaño de Crash.
¿Sabría darle lo que necesitase? ¿Sería capaz?
Por supuesto que sí.
Pero en plena noche era difícil sentir la misma confianza que a pleno sol del verano.
Afortunadamente, la tarde estaba inundada de sol y estaba trabajando en un artículo cuando sonó el timbre de la puerta.
Esperaba que fuese la señora Álvarez, que iba a llevarle un cartón de leche del supermercado.
Pero cuando abrió la puerta se encontró frente a Nick.
–Hola.
Ella sonrió con cautela. Él también sonrió un poco. Sintió que sus esperanzas resurgían. Quizás hubiese estado reflexionando sobre la paternidad después de la fiesta del día anterior. Quizás hubiera sido el despertador que necesitaba. Quizá no dijo nada la noche anterior para esperar a que estuvieran solos.
Nick se rascó la nuca y cambió de pie su peso.
–He venido para hablar contigo. ¿Puedo pasar?
Ella asintió y abrió de par en par.
–¿Quieres sentarte? Puedo preparar un té frío.
–No, gracias –contesté. Atravesó el salón y se volvió a mirarla–. He estado pensando... en ti. En tu... embarazo.
Hizo una pausa y ella asintió para animarlo.
–Lo de anoche me ha hecho pensar. Ver a Justin con Sel, a Kev con Dani y a Louis con Eli... me ha hecho pensar.
Miley volvió a asentir.
–Hacen falta dos –dijo.
–Sí –dijo Miley –. Estoy de acuerdo.
–Vas a necesitar apoyo emocional. No solo económico.
«Gracias a Dios», pensó Miley.
–Eso es lo que he estado pensando. Yo puedo ocuparme de lo económico, pero de lo otro... sé que es muy importante.
Miley no entendía lo que pretendía decir.
–Sí –repitió–. ¿Qué intentas decirme, Nick?
–Bueno... como ya he dicho, creo que es importante que un niño tenga padre y madre. Dos personas que se ocupen de él. Y tú también vas a necesitar a alguien, así que creo... que vas a tener que buscarte a alguien. Un hombre, quiero decir.
Miley sintió que se le quedaba la boca abierta.
–Y quería que supieras que no me importaría que... que encontrases a alguien. Y que tuvieras una relación. Que se casase contigo.
La miró como si esperase que le diera las gracias, pero ella no podía decir una sola palabra. Estaba atónita. No podía creer lo que estaba oyendo.
–Eres una mujer fantástica, Miley. Guapa. Inteligente. Sensible. Podrías tener al hombre que quisieras, aun estando embarazada. Sé que a algunos no les hace gracia criar a los hijos de otro, pero cuando elijas a alguien... podrás decirle que no tendrá que preocuparse por el dinero. De eso me ocuparé yo, así que no tendrá que... que cargar con el niño. Con sus gastos.
Parecía un poco desesperado, como si estuviese peleándose con las palabras, como si no estuviera seguro de que lo que estaba diciendo tuviese algún sentido pero necesitase decir algo.
Miley consiguió por fin cerrar la boca.
–¿Y bien? –preguntó él–. ¿Qué opinas?
Ella abrió de nuevo la puerta, de par en par.
–Pues opino que puedes irte a hacer puñetas, Nick Jonas. ¡Fuera de mi casa!

2 comentarios:

  1. Que IMBÉCIL¡!!!!!
    Por dioss, es como puede ser tan idiota, es que como puede decirle eso, acaso no tiene cerebro!!!!! Un idiota total, pero Miley debería hacer lo que él dijo, buscarse a otro y que a Nick le duela y que vea lo que se pierde por estúpido!!! ¬¬'

    Juro que si hubiese estado yo, en ese momento, lo mato o no se, lo más probable es que lo hubiese mandado a la mie**a y le hubiese tirado un florero por la cabeza, te juro que estoy furiosa con ese tonto :@

    Bue... cúidate, sube pronto, besis bye c:

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  2. quee idea mas estupida tuvo nick
    me encantooo
    y me gustaria que hubiera un rival para nick ...
    pobre miley pensandooo que reaccionaria bien..

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